Autor: Oliver, Ángel. 
   La dignidad y el precio     
 
 El Alcázar.    05/06/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

La dignidad y el precio

Ahora no recuerdo por dónde anda el Kant que distinguía entre valor interno - dignidad - y valor relativo -

precio - aunque sí acuda en mi ayuda la musa popular: «Es de necio confundir valor y precio.» Y así valor

es dignidad desiderativa que agrupa lo bueno, lo verdadero, frente a lo negativo, que es malo y falso -

indigno -, por deseable y apreciable que se nos antoje en determinadas circunstancias. En todo caso, la

dignidad es un valor a considerar con todo el rigor que la ética impuso a un montón de pensadores,

obligándoles a casuísticas distinciones entre lo digno y lo dignitativo, entre lo deseable y lo desiderativo.

Los socialistas suelen acudir, cuando conviene a sus tejemanejes, a estos embrollos filopartitocrátiros. Por

esto se preguntan ahora qué hemos ganado al ingresar en la OTAN. Y yo, a mi vez, digo que una verdad

es verdad aunque los socialistas digan que dicha verdad es verdad.

Por un análisis de sangre sabemos los españoles quién es el padre del hijo de Jotaerre y así tenemos, por

fin, la clave de todo. Pero como esta clave la tenían los de Dallas hace la tira de tiempo, una de dos: o

Pérez Llorca está en la inopia, o Pérez Llorca nos oculta cosas muy sustanciosas. Una tercera posibilidad,

deslumbradora, vale al caso por las otras desjuntas: Pérez Llorca está en la inopia y nos oculta que está en

la inopia. En todo caso, estamos en la OTAN formalmente. Digo formalmente porque nosotros somos

OTAN, de hecho, con anterioridad a Pérez Llorca y aun a la propia OTAN. Hasta tal punto es así, que

todos los países que actualmente son OTAN dejaron caer su rencor sobre España nada más que porque

éramos OTAN cuando tal OTAN no existía nominalmente. ¿Qué fuimos en 1936, sino OTAN? Otro

maldito famoso, Hitler, fue OTAN cuando la poderosa Rusia de hoy - que entonces no era nada -, se

fabricaba a marchas forzadas en la industria norteamericana.

La cuasi clandestina formalidad de nuestro ingreso en la OTAN me recuerda, por lo expuesto arriba,

aquello tan chistoso de la discutible legitimidad de Franco como Jefe del Estado español porque su

nombramiento no había salido en La Gaceta, o así, que lo dijo no sé quién para conturbarnos, tal vez, a la

hora de analizar la legitimidad del legado de Franco cada vez que el «atado y bien atado» pierde un nudo.

No he contado los nudos que quedan por desatar, aunque sé que queda alguno. Y también sé que Franco

fue Franco con Gaceta y sin ella, de igual manera qus nosotros fuimos OTAN en las mismas inexorables

condiciones y sin vergonzantes protocolos de urgencia. Por esto el pueblo no se conmocionó ante la

noticia. Únicamente es de registrar, al efecto, la secreta oleada de júbilo que corrió por los parados. Este

reprimido acontecimiento me recuerda la subida a Tercera Regional del Royal Foot-Ball Club Pelouriños

y el gozo estremecido de sus diecisiete socios, presididos por el conacho Ventureira. Lo que no se

comprende bien es la abstención de los parados en tan sonada ocasión como ésta. ¿Por qué no

exteriorizaron su entusiasmo? Hay algo pecaminoso y torvo en esta represión de una alegría colectiva tan

procedente en los ambientes mass medía. Cuenta el historiador Permín dos Carballás que a mi antepasado

Pepino el Oneroso no le colaban actitudes equívocas así como así, según puede verse en Drásticas

medidas de Pepino el Oneroso contra las epidemias de recaudación feudal, mal de amores, haemorrhoides

y, en general, toda clase de tristuras inconvenientes para el buen gobierno de la plebe -Cap. CCLVIII,

pág. 2733 y ss. -: «Cuando Pepino el Oneroso avistaba un pueblo a lo lejos, destacaba al pregonero con

cuarenta lanzas para que diese la buena nueva y todos los vecinos se riesen las tripas. Anticipándose a

Bergson en varios siglos, Pepino el Oneroso había descubierto que la amplitud de lo cómico está

determinada por la esfera humana. Y de aquí pasaría rápidamente a una de sus más voluptuosas

conclusiones: mientras las gentes sencillas anduviesen poniendo un pie delante del otro, a la manera

clásica, no procedía esperar de dichas gentes un estado permanente de optimismo. Por esto les obligaba a

caminar saltarineando, dos pasitos con un pie, otros dos con el otro, y así sucesivamente. "¿Contentitos,

en?" "¡Sí, mi señor! ¡Ay, qué risa!" Platón en La República y Aristóteles en La Política eran un par de

enanos si los comparamos con Pepino el Oneroso,»

Hemos entrado en la OTAN y aquí nadie saltarinea su contento porque Pepino el Oneroso está muerto.

Queda lo dignitativo pidiendo explicaciones a gritos. Pero aquí lo dignitativo clama en el desierto desde

hace casi siete años. Vamonos con ese otro valor llamado precio para entender las cosas y así nos

encontraremos, en primer lugar, con que no somos una gran potencia naval. Pero aun así, tenemos barcos

suficientes para cubrir las bajas navales inglesas de las Malvinas. Empezamos estupendamente, pues, otro

potente siglo XIX derrotando al comunismo en 1936-39 y ausentes luego en las bicocas de la Europa

anticomunista, de igual manera que derrotamos a Napoleón y no enviamos, seguidamente, los ochenta mil

hombres que nos pedía Waterloo para tomar partí-en el botín subsiguiente porque un hombre en la inopia,

Fernando VIl, todavía pensaba en casarse con una Bona-parte. Ya somos cipayos de un bipolarismo -

Norteamérica y Rusia -, que viene canturreando su tiranía en el lenguaje esotérico del Club Bilderberger,

que cuenta entre sus más destacados miembros a una señora llamada Margaret Thatcher - ¡qué ráfaga de

claridad. Malvinas! - . Y esta Bilderbergerese en las mismas manos que esa Triláteral que mangonea el

mundo. Sintiéndolo mucho por las feministas de ocasión, procede preguntarse aquí si la Thatcher

gobierna o es gobernada, al igual que una quincena de adineradas inopias españolas que confunden

deliberadamente valor y precio porque, al fin y al cabo, los que van a pagar no son ellos, sino treinta y

siete millones de incautos. Quince o veinte mercachifles de la general inopia indigna propagan ese

europeísmo para nuevos bárbaros hacia una Europa que apenas existe, de una Europa que - ¡risa, por

favor! -, se reduce a lo que queda de España. Poca cosa, por el momento.

Ángel CLIVER

 

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