Autor: Sarasola Llanas, Ignacio. 
   Una OTAN colonial     
 
 El Alcázar.    06/06/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Una OTAN colonial

Escaño popular

ES sorprendente y muy arbitraria la actitud de los países que lo son también de la OTAN, por

su reiterada condena y presurosa aplicación de sanciones económicas a la nación argentina,

que se limita a defender su integridad territorial, porque esta actitud de evidente discriminación

no es coherente con la adoptada por los mencionados países en situaciones anteriores.

Se da la circunstancia y sin ir más lejos, que la mayoría de estos mismos países tan

apremiantes y codiciosos de sancionar a la nación hermana, se mostraban muy recientemente

en cambio remisos en la aplicación de sanciones a la URSS, que sin el menor respeto a

derecho humano alguno, invadió, ocupó, en cruentas operaciones bélicas y sigue ocupando

militarmente un país vecino suyo que era hasta entonces una nación soberana e

independiente, e imponiéndole, para mayor humillación de las democracias occidentales, un

régimen dictatorial absoluto, presidido por un Gobierno «marioneta» manipulado por la propia

potencia agresora, mientras aniquilaba y destruía a patriotas y a pueblos que se oponían a la

ocupación armada de su patria por tropas extranjeras. Patriotas que, dicho sea de paso, se les

calificaba en nuestra televisión incomprensiblemente de rebeldes.

Fue esta intervención armada un hecho brutal, una agresión contra la Humanidad de la que se

debiera responder ante un tribunal internacional, pero no tuvo, sin embargo, más

consecuencias que las consabidas y rutinarias protesta, inútiles, por supuesto, porque

irremediablemente pasó Afganistán, la nación invadida, a engrosar la lista de los satélites de la

URSS, al igual que otros países que la precedieron.

Irrita, por lo tanto, y apenas a la vez, este escandaloso ensañamiento del bloque occidental

contra la República Argentina, porque significa apoyar una guerra colonial, favoreciendo

descaradamente a la potencia colonialista, y condenando por lo contrario a la nación víctima

que intenta, amparándose en la justicia, liberar su territorio insular de la nación colonialista que

se lo arrebató y viene ocupándolo desde hace 1 50 años, resistiéndose a su devolución y

haciendo caso omiso de las resoluciones del Comité de Descolonización de la ONU mediante

negociaciones que se eternizan en el tiempo.

Para mayor afrenta a la soberanía e integridad de los pueblos, y por supuesto a la totalidad de

Iberoamérica, los EE.UU. se declaran beligerantes, anunciando su decisivo apoyo logístico a la

nutrida expedición aeronaval británica de desembarco, sin cuyo apoyo y sostén quedaría

notablemente mermada y reducida su capacidad de autonomía, sin contar ni mencionar, por

otra parte, la más que probable ayuda militar en materia de información y de material y equipos

de guerra.

En definitiva, todo el peso económico e incluso militar de la OTAN contra una sola y modesta

nación de estirpe hispana, de escasos recursos, pero demostrando gran fortaleza moral, con la

conciencia y seguridad de defender una causa justa y con el noble orgullo de su entidad

nacional. Prácticamente, con estos únicos valores y en gesto heroico se atreve, como un nuevo

David, a rescatar y a defender su territorio insular, en lucha muy desigual ciertamente, pero con

la fe y la entrega que acompaña siempre a la justicia.

Es motivo de escándalo y de tristeza contemplar a una comunidad de naciones, que dicen

profesar elevados sentimientos de paz, de libertad, de respeto a la soberanía de los pueblos,

porque, desgraciadamente en la práctica, están demostrando sin embargo lo contrario, que sus

hechos no concuerdan con sus afirmaciones, que éstas son cortinas de humo que ocultan

intereses de dominio, de presión y despotismo, y cuando lo estiman oportuno transforman sus

engañosos ramos de olivo en sofisticadas lanzas que dejan caer sobre pueblos a los que

pueden humillar y avasallar.

Las guerras coloniales son siempre repudiables y sucias, y esta confrontación colonial del

Atlántico Sur no escapa a la regla Cientos de jóvenes mueren valientemente, unos por retener

un territorio que no pertenece a su patria, que pertenece justamente a la nación que combaten,

pero luchan y se sacrifican defendiendo con sus armas el honor de la patria; los otros,

combatiendo con ardor, sufriendo penalidades, como auténticos soldados, que defienden una

causa justa, sabiendo que cuentan con el apoyo y la admiración de la nación entera, y todos

ellos, toda esta juventud de una y otra parte, muere heroicamente en combates encarnizados,

pero todos también víctimas de una cerril e intransigente política colonial, trasnochada y

caduca. Esta es la triste realidad.

Ignacio SARASOLA LLANAS

 

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