Autor: Cebrián Echarri, Juan Luis. 
   El monopolio de la democracia     
 
 El País.    12/06/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Et PAÍS, domingo 12 de junio de 1977 OPINIÓN

El monopolio de la democracia

Decía el presidente Jefferson que era tan importante el peso de ia opinión pública para el sistema político

de los Estados Unidos, que si tuviera que elegir entre un Gobierno sin periódicos o unos periódicos sin

Gobierno, optaría sin duda por esto último. Este no es, evidentemente, el pensamiento de muchos

políticos españoles. Pero la democracia es sin duda consustancial a la libertad de expresión.

Hace ahora no más de seis meses RTVE puso en antena un programa infantil con una encuesta entre

niños de doce años, en torno a qué entendían ellos por democracia. Todos, sin excepción, contestaban

cosas como «poder decir lo que quiera», «o poder pensar como se quiera», o «poder decir las cosas», o

«que no haya censura». La opinión de un niño de doce anos puede no ser en si muy valiosa —para mí lo

es—, pero si responde a lo que haya podido aprender en la escuela y en su casa, habrá que reconocer que

no debemos desdeñarla. A mí aquella simple encuesta me sirvió para reafirmarme en lo que siempre he

creído: que de las cosas más irritantes para los españoles de la dictadura de Franco, e irritante, incluso,

para los franquistas, fue U falta de libertad de expresión. Asi, la respuesta ante la libertad de prensa es

mucho más afirmativa y rotunda por parte del electorado que ante la creación de partido» o de centrales

sindicales.

Una de las ventajas de lo* regímenes de libertad es que los falsos prestigios amparados en la represión

general se vienen abajo, por la derecha y por la izquierda, a poco que se les empuje. Los directores de

algunos periódicos hemos podido ver en las últimas semanas como algunos de quienes clamaban por el

restablecimiento de las libertades públicas se suman ahora al coro de los descontentos por su ejercí´ ció, y

poco les falta para ponerse a hablar —¡también ellos!— de prensa canallesca. Unas cartas

irritadas de los profesores Tierno y Fraga, artículos polémicos de representantes del PCE y del PSOE,

violentas diatribas de los periódicos de partido: ésta ha sido la respuesta cordial a la serie de editoriales

que sobre las diversas formaciones políticas ha venido publicando EL PAÍS en los últimos días y cara a

tas elecciones. Todo ello salpicado de increíbles sonrisas cada vez que el articulo en cuestión se dedicaba

a fustigar los errores y los vicios del partido que no fuera el propio.

La reacción era de esperar. Sus expresiones, no. En menos de diez días se han quejado^margamente, y

por este orden, de nuestra vulgaf parcialidad, los comunistas, los socialistas, los socialistas populares, los

centristas del Gobierno. los democrístianos gilroblistas, los aliancistas, la ETA, y la ultraderecha. Y todos

añadían algo a su queja: para el PSP el periódico se ponía al servicio del PSOE; para el PSOE, el

Gobierno nos habla sobornado; según el PCE —quizá los más templados éramos anticomunistas; para los

de Alianza, amnésicos; para el Gobierno, un órgano de la izquierda. El Gobierno, sin embargo, tiene,

además, otras armas: censura en televisión las alusiones a EL PAÍS, registra el domicilio de su director,

incoa oficios y pasa tanto de culpa a los fiscales para que procedan. Coareatt expedientes y dieciséis

procedimientos judiciales iniciados, amén de dos procesamientos, es el precio de la lucha por la

independencia en u n año de este diario. También, al meóos, ocho redactores agredidos por la fuerza

pública; algunos de ellos fueron además detenidos y objeto de malos tratos. Y esto, cuando era ministro

de la Gobernación el señor Fraga, que tanto ha hecho por lo visto por EL PAÍS, y cuando era presidente

del Gobierno el señor Suárez, al que, por lo que ahora dicen, el periódico se ha vendido publicando un

reportaje de ese hermoso chalet en el que vive.

A este propósito, y aunque no es una de las costumbres nacionales explicar las acciones propias al

prójimo, no me importa gastar algunos párrafos más sí así se desvanecen las dudas sobre nuestra actitud.

Un periódico, a la postre, no es ni más ni menos que un periódico, y los periodistas, al menos los que aquí

trabajamos, no aspiramos a las actas de diputado por Madrid que el Gobierno y la Oposición han ido

ofreciendo en las últimas semanas a quien las ha querido coger. Yono digo que un reportaje a color de

Suárez en un diario de gran circulación no le pueda favorecer, lo mismo que le puede perjudicar el sondeo

de opinión que hoy publicamos. En EL PAÍS no se hacen las cosas, sin embargo, pensando en eso, sino

en si son interesantes o no. Esto no quiere decir que sea interesante todo lo que se publica, ni que no se

cometan errores. Quiere decir que no se puede hacer un periódico todos los días bajo el peso de la

pequeña intriga. Sucumbir a esa actitud seria tanto como hacerlo ante lo* modos del franquismo.

Por lo demás, ¿qué habla hecho este periódico? Denunciar la dictadura de Franco como un régimen

represivo y brutal; defender la legalización de todos los partidos políticos que no sigan la vía de la

violencia; expresar algunas razonables dudas de fondo sobre el eurocomunismo; trabajar por la unidad de

los socialistas frente a las ambiciones personales de poder de algunos de sus líderes, e) amarilltsmo de

otros, y la ingenua reacción de prepotencia de los más fuertes; protestar por la invasión del poder en las

elecciones, con la decisión del presidente de presentarse; defender las autonomías políticas de vascos y

catalanes, avisando de la inoportunidad de un planteamiento federal de nuestro Estado; señalar la

pequenez de los demócratas cristianos, huérfanos del amparo de la jerarquía eclesiástica; recordar a los

franquistas neodemócratas las violencias, los abusos y las arbitrariedades que cometieron desde el poder.

En una palabra, tratar de ayudar al ciudadano a defenderse de la avalancha de propaganda electoral que ha

llenado de slogans y confusión las cabezas de los españoles.

Hoy habría que decirles a los partidos políticos algunas cosas todavía. Y la más urgente de todas es

recordarles que ellos no monopolizan las condiciones de la democracia, y que ésta es no sólo el veredicto

de las urnas sobre la mayoría que nos debe gobernar, sino el derecho de toda minoría a expresarse y a

tener también un puesto respetable en la convivencia común. Hoy hay que decirles a los partidos políticos

que la gente acudirá a votar por un convencimiento de la necesidad ciudadana de hacerlo, más que por la

credibilidad que los programas y los líderes ofrecen. Pero estos son en cualquier caso depositarios de un

enorme caudal de esperanza que el pueblo ha querido entregarles. Si hacen fracasar la democracia —y

puede ser así, por inexperiencia, personalismo, ambición o miedo recaerá sobre los líderes de esta hora la

gran mancha histórica de enterrar una vez más las libertades públicas en nuestro país. Por eso, la prensa

tiene una función critica y social de primer orden, y un periódico independiente debe ser aquel que sea

capaz de contestar al poder, sea quien sea el que lo ocupe, y que no obedezca a los intereses ni las

consignas de grupo o persona. En este sentido, podría decirse que un periódico independiente está

siempre en la oposición, que no es necesariamente lo mismo que la izquierda.

EL PAÍS, a decir verdad, ni siquiera ha sido un diario de oposición. Ha colaborado con el poder hasta

donde dignamente ha sido posible, no en la ocultación de informaciones —cosa que el poder hubiera

deseado—, pero sí en la moderación de pareceres y actitudes. Pensábamos y seguimos pensando, que si

los diarios contribuyen a encontrar un nuevo lenguaje democrático en esta etapa de nuestra convivencia,

habrán rendido un gran servicio al país, y lo estamos necesitando. La reacción de algunos partidos de

izquierda a los editoriales recientes de nuestro periódico, nada tiene que envidiar en modales a la de

ilustres colaboradores de la dictadura.

Estas cosas conviene decirlas ahora que los partidos van a recibir los sufragios de millones de ciudadanos,

y que algunas formaciones relegadas a la clandestinidad hasta hace poco pueden verse con dificultades

reales para digerir el triunfo. Este es, notablemente, el caso del Partido Socialista Obrero Español, que

según todos los sondeos y pase lo que pase, será después del 15 de junio el primer partido. Las nuevas

generaciones de españoles están solicitando un cambio real en la manera de gobernar este país. Pero un

cambio real no sólo implica un relevo de personas o programas, sino una transformación de actitudes.

Lo menos que se puede pedir entonces a la clase dirigente que se acerca, es que se olvide de la escuela del

franquismo. No vaya a resultar ahora que también los otros nos quieran dar lecciones de patriotismo,

honestidad y moral a los demás. Al fin y al cabo, lo mejor que tiene esto de la democracia es que nos

vamos a ver por fin, todos, tal y como somos, y no como nos soñábamos.

JUAN LUIS CEBR1AN

 

< Volver