España en la OTAN: El fin del aislamiento     
 
 ABC.    06/06/1982.  Página: 18. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

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DOMINGO 6-6-82

España en la OTAN: El fin del aislamiento

Es difícil calcular cuantos españoles sintieron ayer un movimiento de emoción cuando, a las once y diez

de la mañana, se izaba la bandera española en el cuartel general de la Alianza Atlántica. Un sol

meridional lucia en Bruselas, mientras la vieja marcha granadera acompañaba el ascenso de la

decimosexta bandera de la OTAN. No cederemos a ninguna tentación fácil, a ningún patriotismo trivial.

Pero hoy es un día para reivindicar ese sentimiento, hecho a un tiempo de instinto y reflexión: el

sentimiento de la dignidad de España, por el que los mejores de esta tierra acumularon años de esfuerzo y

sacrificio.

El acontecimiento de ayer, mayúsculo en si aparece difuminado por la política menor y por los intereses

en juego, generosos a la hora de propiciar desinformaciones y campañas de imagen. Pero hay que

esforzarse por sobrevolar los intereses inmediatos e ir al fondo de lo que significa el paso histórico,

difícilmente reversible, dado ayer.

No es arriesgado creer que una parte mayoritaria de la sociedad española sostiene hoy, con mil matices

distintos, un modelo de convivencia fundado sobre los valores que dan sentido a la historia de Europa:

porque con todas sus quiebras, retrocesos y desvíos. Europa es la creadora de un modelo de civilización

que le trasciende, que ha cruzado toda América, y que hoy se extiende hasta el Japón y Nueva Zelanda.

Esa es una civilización finalmente fundada sobre unas cuantas cosas inconfundibles: la defensa de la

libertad unida a la primacía de la ley; el patriotismo unido a la preponderancia civil: la tradición

humanista unida a la imaginación tecnológica: la dignidad del individuo junto a la tolerancia intelectual:

la ilimitada vocación innovadora junto a la búsqueda de la felicidad personal... No puede hablarse de

Europa sin rememorar esos valores europeos que son los que han dado sentido, desde hace cientos de

años, a sus grandes empresas. Hoy, en plena era nuclear, cuando la especie humana hace frente a unos

riesgos y unas tentaciones desconocidas, la alianza de los pueblos europeos en la organización atlántica

es, guste o no guste, la gran infraestructura "que sostiene esos valores inmateriales. España ingresa en una

organización militar, en un aparato defensivo que no sólo ha permitido a Europa acceder a su cuarta

década de paz. sino que ha garantizado la permanencia de unos países libres formados por ciudadanos

libres. Y en este punto puede decirse que la Alianza Atlántica es, ante todo, y de acuerdo con su propia

carta, un pacto de civilización.

Históricamente, la llegada de España marca el fin de una larguísima etapa y el comienzo de un capitulo

enteramente nuevo. Desde la liquidación de la aventura napoleónica, España quedó fuera de la mesa de

las decisiones europeas. Durante ciento cincuenta años España ha recorrido un interminable túnel de

aislamiento, apenas interrumpido en algunos momentos de la restauración y del primer tercio del presente

siglo. Ese largo proceso de ensimismamiento es el contrapunto de la España europea, cuya tensión

ininterrumpida corre por un hilo conductor que arranca en la política de Fernando el Católico y llega hasta

la misma jornada de ayer. La bandera izada en Bruselas es el primer gran paso para curar esa larga,

costosa, enfermiza soledad.

Sólo a partir de esas realidades profundas - y, por desgracia, mal conocidas - se puede entrar luego en la

política concreta, en los intereses materiales. Desde hoy la presencia española en la Alianza va a

condicionar toda la política exterior. En cinco grandes puntos críticos podrá modificar el futuro del

Estado la llegada a la Alianza En primer lugar, España se sienta en igualdad de condiciones con las

potencias comprometidas en la defensa occidental: su voto vale como los demás. Ha terminado la

desigual relación bilateral con el gigante norteamericano, iniciada en 1953. en condiciones precarias,

cuando el régimen del general Franco pasaba por su momento más difícil.

En segundo termino, la Alianza es un pacto defensivo pleno, que garantiza el respaldo militar de todos los

países miembros en caso de agresión exterior: es incalculable lo que ello representa en condiciones de

seguridad, si se compara con los primeros acuerdos con Estados Unidos, de tan dudosa reciprocidad.

En tercer lugar se produce una internacionalización de nuestros Ejércitos, con todo lo que ello puede

representar en el orden profesional, en la transformación tecnológica y en la modernización de las

mentalidades.

Pero hay otro factor decisivo: nuestro ingreso en la Organización pone fin, presumiblemente por mucho

tiempo, a las utopías neutralistas y al aburrido sueño de los no alineados. En un mundo dominado por

riesgos crecientes e imprevistos - ahí esta la insospechable crisis del Atlántico Sur - es preciso elegir con

claridad y con decisión. España ha tardado en optar, pero ha optado al fin: no por el modelo cubano, ni

por el estilo mexicano, ni por la tradicional amistad con los pueblos del Magreb, ni por el difícil y

desenfilado equilibrio a la yugoslava. España ha optado por el único modelo coherente con su Historia: la

de una gran tradición que creó, con Inglaterra y Francia, lo que hoy se llama Occidente.

Por último. España obtiene la garantía más fiable: aquella que resulta hoy indispensable frente a la única

superpotencia que, desde el fin de la guerra mundial, desde Mozambique a Vietnam, y desde Afganistán a

Polonia, demuestra cada día su vocación de dominio. Sin la menor reticencia hacia Norteamérica, hoy

puede afirmar España, por primera vez, que cuenta con una protección suficiente frente a la amenaza

soviética.

Hay entre nosotros demasiados problemas internos, demasiadas obsesiones inmediatas que impiden ver el

alcance de la jornada de ayer. El ingreso de España en la Alianza Atlántica es, aunque todavía no lo

reconozcan los españoles, el hecho histórico de mayor calado desde la llegada al Trono de Don Juan

Carlos I.

 

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