Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   La vida en un bloc     
 
 ABC.    12/12/1982.  Página: 21. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

OPINIÓN

ABC / 21

Escenas políticas

La vida en un bloc

Lo peor de los gobiernos centristas es que no traían nada anotado en el bloc. Gobernaban a lo que salía,

de acuerdo con la más acreditada tradición de la improvisación celtibérica. No resulta muy aventurado

pensar que hubo ministros que dejaron de serlo sin haberse leído los programas de su partido, elaborados

por escritores a los que no leía ni su editor. Los políticos centristas leían sus propios discursos sin

entenderlos, atrancándose en las palabras más raras, como los párvulos de la preguerra leían el Quijote en

las largas tardes del invierno escolar. «Siete monos... No. Setenta monos... No. Sentémonos, dijo don

Quijote...» Algunos políticos centristas pusieron de moda eso de decir que determinados documentos,

incluido el esencial documento constitucional, tienen una segunda y una tercera lecturas, y es que se

habían llevado el pasmo al terminar la primera, mucho después de su promulgación.

Muy pocas veces encontré un político centrista que tuviese tres o cuatro ideas claras, en el improbable

caso de que tuviese algunas, y quizá por eso más de una vez, después de un discurso de su portavoz en el

Parlamento, los diputados centristas necesitaban que alguien les indicase con los dedos lo que tenían que

votar. Lo que había dicho el orador de turno aclaraba tan poco la cuestión, que resultaba necesaria la seña

de los dedos. Un dedo, votar que sí. Dos dedos, abstenerse. Tres dedos, votar en contra. En vez de pensar,

contar. Alguien debería escribir un ensayo acerca de la importancia del dedo en nuestra política, lo mismo

en la dictadura que en la democracia. Nombramiento a dedo o votación a dedo. Así y todo, algunos se

equivocaban, o los dedos se le hacían huéspedes. Aquello de la UCD no fue un partido de ideas, ni

siquiera un club de intereses, sino una asociación para el pasteleo. Para saber lo que se tenía que votar en

el Congreso había que esperar a que don Fernando Abril y don Alfonso Guerra terminaran de comerse las

angulas, o que don Adolfo Suárez terminara por decidir un asunto de Estado en un cuchicheo bajo el

busto de Martínez de la Rosa, o sea, de «Rosita la Pastelera». Es natural que haya terminado así el

experimento.

Los socialistas, no. Los socialistas nos traen la nueva vida, nos traen el cambio, nos traen la nueva

frontera anotada en un bloc. Don Felipe González le dio al Rey una lista provisional del nuevo Gobierno

en un apunte a lápiz, con una interrogación junto a algún apellido, y los señores ministros han traído sus

primeras medidas anotadas apresuradamente en el bloc. «Devaluar la peseta.» «Subir la gasolina.»

«Librarme de Ciriaco.» «Abrir la verja.» «Poner a Calviño.» «Oír misa con la Acorazada.» «Acabar con

Martín Luna.» «Negociar la alternativa KAS.» Cosas así.

No era cosa de ponerse a contarlo en el Congreso. Astucia de alta política. No hay que enseñar las cartas.

No hay que asustar a nadie. Mucha moderación en las palabras, y a lo que estamos, Fernanda. Cuando nos

demos cuenta, ya estaremos como los franceses, desahogándonos con un letrero en el coche. «Soy tonto.

Yo también voté socialista.» Tenían una cosa escrita en los discursos electorales y otras cosas escritas en

el bloc. Van a reducir la inflación, pero aumentan el precio de la gasolina. Van a revitalizar la empresa y a

estimular la creación de puestos de trabajo, pero dejan a la Banca sin beneficios. Don José María Aguirre

habrá tardado poco tiempo en convencerse de que tal vez el programa del Partido Socialista sea el suyo,

pero las medidas del socialismo no son las suyas. Ni entramos en la OTAN, ni salimos de la OTAN, ni

hacemos el referéndum sobre la OTAN. Dicen que don Adolfo Suárez prometió a Fidel Castro que no

entraríamos en la OTAN. Dicen que don Felipe González se comprometió en Moscú a que no entraríamos

en la OTAN. «OTAN, de entrada NO». De pronto, don Leopoldo Calvo-Sotelo descubre que España

pertenece a Occidente, y entramos en la OTAN. Y don Felipe «congela» lo de la OTAN. Vamos a ser

algo así como «la leal oposición a la OTAN». Me lo decía el otro día un embajador. «Mire usted, lo que

les pasa a estos políticos de su país es que no son serios.» OTAN, sí, pero Gibraltar, también. En vista de

eso, cerramos la puerta de la OTAN y abrimos la verja de Gibraltar. A ver si se escapan los monos. Ya se

sabe que si no acabarnos con los monos, no recuperaremos Gibraltar. «Siete monos... No. Setenta

monos... No. Sentémonos, dijo don Quijote.»

La vida en un bloc. Pero hay cosas que se pueden hacer en un santiamén, en un decir Jesús, en un

periquete. Otras, no. Zamora no se ganó en una hora. Ayer hablaba de los ministros que nos meten

diariamente en el salón. Siguen entrando a chorro, a manadas, a manta de Dios. Evitar que los ministros

chupen cámara es cosa ardua, empresa laboriosa. Los ministros, incluidos naturalmente los socialistas,

suelen ser televisivo-resisten-tes. La televisión está gubernamentalizada. ¿quién la

desgubernamentalizará? El desgubernamentalizador que la desgubernamentalice, buen

desgubernamentalizador será. Un televidente: «¡La gallina!» No, señor. Don José María Calviño.

El nuevo Gobierno socialista, como cualquier otro Gobierno, merece un margen de confianza. Vamos a

darle, al menos, los cien días clásicos. O más bien, los cien días románticos. Bueno, de acuerdo. Pero esto

no es un margen de confianza. Esto es una nube de incienso. Dice don Emilio Romero que en su vida toda

ha visto tanto incienso echado a los políticos en el Gobierno. Y don Emilio, hay que reconocérselo,

entiende de eso un rato. Cuando él lo dice... Todos los ministros son expertos, capaces, honestos,

sencillos, moderados, realistas, jóvenes y monos. «Siete monos... No. Setenta monos... No. Sentémonos,

dijo don Quijote...»

Dicen que van a negociar con los «eta-rras». Dicen que van a sacar las Fuerzas de Orden Público del País

Vasco. O sea, que van a dejar a los vascos bajo la única protección de don Luis Olarra. Don Luis Olarra o

«el Estado soy yo». No es que yo crea que eso sea un disparate tan grande. Por lo menos, hasta ahora, don

Luis Olarra ha tenido más acierto en defenderse que el propio Estado. Seguramente por eso se meten

tanto con él. Ya se sabe que en este país lo que no se perdona es el éxito. Y si no, ahí tienen ustedes a

UCD. Acertaron en todo. Realizaron perfectamente la entrega de poderes al PSOE. No es posible hacerlo

mejor. Y, sin embargo, ahí está, con sólo doce diputados, la barca rota, los remos quebrados y la

tripulación en plena trifulca. Ya veremos lo que sale de todo eso. No sé, algún nombre nuevo, sangre

joven, espíritus renovadores y con empuje, no sé, don Justino de Azcárate o don José María de Areilza o

don Josep Tarradellas.

La vida en un bloc. Algunos economistas han empezado a fruncir el ceño y a llevarse las manos a la

cabeza. Pero es pronto. Hay que tener paciencia. Hay que abrir el margen de confianza. En el edificio de

«Semillas Selectas» están de obras. Vamos a ver qué nos plantan en la maceta, si geranios, hortensias o

pasionarias. -Jaime CAMPMANY.

 

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