Autor: Fernández Armesto, Felipe (AUGUSTO ASSÍA). 
   Sólo los españoles podemos construir nuestra propia democracia     
 
 Ya.    29/04/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 22. 

CARTA ABIERTA DE AUGUSTO ASSIA

Sólo los españoles podemos construir nuestra propia democracia

La democracia sólo se hace ejercitándola y sólo puede ejercitarse precisamente

gracias a las discrepancias

• Ya no vale querernos hacer comulgar con ruedas de molino • Querer

apartar al presidente de la

lucha electoral es una paradoja y un sarcasmo

Querido director:

Leo en YA que, durante vía conferencia pronunciada ante el Instituto de Estudios

Sindicales; don Emilio

Romero ha, afirmado que "el Estado que tenemos delante de nosotros está en

ruinas", para agregar, en

primer término, que "no estamos de acuerdo los que tenemos que hacer otra", y a

seguida que, "por

supuesto, ni Giscard, ni Schmidt, ni Carter, ni López Portillo lo van a

resolver".

Sin afán de polémica y sólo con el propósito de evitar, si es posible, que ahora

la habilidad dialéctica se

convierta en el mismo protector de las "medias verdades" que fue, tantos años,

el poder, yo ¡e rogaría a

usted, querido director, que me permita, si no le es molesto, analizar los tres

eslabones que en su

admirable retórica ha engarzado el ilustre periodista y tratar de esclarecerlos

a una luz doble: la evidente

de la experiencia durante los pasados cuarenta años, de los que somos producto,

y la indecisa de los años

que se abren ante nosotros, en los que pretendemos ser protagonistas,

Como Shakespeare recomienda, empecemos por lo último.

Empecemos por lo de que no van a ser ni Giscard, ni Schmidt, ni Carter, ni López

Portillo quienes nos

van a sacar a los españoles las castañas del fuego, o, como dice el señor

Romero, van o. "resolver"

nuestros problemas.

En cuanto a la afirmación escueta, no es posible sino estar de acuerdo.

Yo no creo que haya ningún

demócrata que no ´coincida en que nadie, ni de fuera de España ni de dentro;

ningún protector, ningún

amigo, ningún profeta, ningún caudillo pueda, por más poderes que retina,

salvarnos ahora de ¡a situación

en que estamos. Sólo nosotros mismas, haciendo uso inteligente, realista y

moderado de las libertades que

nos aporta la democracia, podemos ser capaces de reunir los materiales con que

sea construida una

España sólida. Ahora bien, si lo que don Emilio Romero quiere sugerir es que los

éxitos que en la política

extranjera ha logrado, bajo la égida del Rey y de Suárez, la Monarquía son

hueros y sirven para poco, en

esto ya es más difícil estar conforme.

Aunque no sean una panacea los numerosos amigas que mundo adelante ha conseguido

en tan poco

tiempo y a fuerza de tanta y tan difícil destreza la Monarquía, son no sólo

muchos más, sino mucho

mejores, y, desde luego, aunque no lo crea don Emilio Romero, pueden ayudarnos

mucho más que los

amigos como Pero», Hitler o Mussolini, para no hablar de Trujillo, con los que

nos conteníamos tanto

tiempo j/ con los que algunos españoles hasta se entusiasmaron.

COMULGAR CON RUEDAS DE MOLINO

Despreciar a los amigos que hemos conseguido con tantos esfuerzos II tantos

trabajos sin cotejarlos con

los que descansaron sobre nosotros ¡o venían a aprovecharse aquí de nuestras

contiendas) tanto tiempo es

una tarea muy fácil, pero poco evidente.

Si don Emilio Romero, o cualquier otro, no tiene mejores argumentos para

defender sus creencias, lo

primero que debe tener en cuenta, antes de atacar a lo que existe hoy es que hoy

las medias verdades,

que tanto tiempo prevalecieron apoyadas por el poder público, hay que

sostenerlas a cuerpo limpio y ya

no vale querernos hacer comulgar con ruedas de molino. Augusto ASSIA

(Continúa en pág. sigte.)

(Viene de la pág. anterior)

No es sino una rueda de molino la pretensión de depreciar la amistad y la

camaradería con que nos

regalan las grandes instituciones democráticas mundiales, sin una sola

excepción, o los más grandes, más

ilustres y más civilizados dirigentes de los más civilizados, ilustres y grandes

países, o las mas reputadas

publicaciones del mundo, con el argumento de que no van a resolver nuestros

problemas.

Claro que no van a resolver nuestros problemas, pero por eso es por lo que somos

demócratas. Si creyera

ni os que otros pueden nacer nuestra felicidad seríamos fascistas a comunistas,

no demócratas.

Don Emilio llama a la puerta equivocada, como llama a la puerta equivocada

cuando nos reprocha que

"no estamos de acuerdo" los que queremos hacer un Estado que sustituya al que

está en ruinas.

Naturalmente que no estamos de acuerdo. Por eso somos demócratas.

No sólo don Emilio Romero, que deja traslucir la misma idea cuando afirma; "pero

no se hizo lo principal,

como hubiera sido reconciliar o avenir antes de ponerlos delante del pueblo

todos los antagonismos y

discrepancias", sino otros muchos españoles asumen, al parecer, que, la

democracia hay que hacerla en la

oscuridad y echarla ya cocida en las urnas. Coma el camino, al andar, la

democracia sólo se hace,

empero, ejercitándola, y sólo puede ejercitarse precisamente gracias a las

discrepancias.

LA PRETENSIÓN DE COCINAR LA DEMOCRACIA ENTRE UNOS CUANTOS

Una cosa es. señor director, que las discrepancias se conviertan en un fin, en

si mismas, movidas por la

ausencia de la responsabilidad democrática, innata a los hombres de todos los

otros Estados modernos, y

se desmenucen en cientos de partidos sin más contenido que el de las ambiciones

personales, como ha

ocurrido aquí al romperse la armadura, y otra la pretensión de cocinar la

democracia entre unos Cuantos

poderosos.

Lo último es cómo conciben la democracia no sólo don Emilio Romero, lo cual no

tendría tanta

importancia, sino muchos otros españoles, cuya mecánica mental coincide con la

del gran periodista y, a

su ves, quizá paradójicamente y por reacción, produce la actitud contraria de

don Adolfo Suárez.

Si Suárez fuera primer ministro de otro país europeo cualquiera, de Inglaterra,

de Francia o de Alemania,

la sola idea de que pudiera pretender marginarse de mía lucha electoral sería

totalmente inconcebible y

nadie la comprendería. Para cualquier europeo permanecer al margen de la

refriega de partidos´ es

compatible con iodo, menos con la participación en lo política activa, y sólo se

explica que el presidente

de nuestro Gobierno haya querido reconciliar dos cosas tan contradictorias Por

el temor de caer en el

pecado que don Emilio Romero echa —como se diría en castellano catalanizado—a

faltar.

El temor de que pudiera reprochársele que manipuló la democracia desde la

oscuridad del poder lleva al

presidente del Gobierno, por escrúpulos incomprensibles, a abstenerse, hasta

ahora, en el juego, mientras

algunos españoles creen que para que hubiera democracia aquí lo que habría que

haber hecho es

manipularla desde la« oscuridad, cuanta más oscuridad mejor, presentándosela

como una añagaza.

Que el temor a darles, aunque solo sea aparentemente, la razón o estos últimos

coarte, apartándote de la

lucha, al presidente del Gobierno, resulta, además de una paradoja un sarcasmo

del que todo indica

que no podremos salir hasta que Suárez corte el nudo gordiano.

Lo terrible de la inconstante actitud del presidente es que, como presagiamos

desde el principio, unos

cuantos observadores, algo más versados que los otros en las lides de la

democracia, su abstención, en

vez de aclarar el panorama, está cerrando y confundiéndolo por minutos. La

conferencia de don Emilio

Romero no es mas que una muestra que yo traigo aquí, querido director, en el

momento que con su

doble triunfo, en Méjico y en Estados Unidos, regrese aquí el presidente para

dar un último toque de

alarma a fin de que, si queremos evitar lo opuesto a lo que Suárez se propuso,

no pierda momento en

poner sobre la oscuridad claridad, que es la claridad, y no la de la

prestidigitación, de lo que es de la

claridad, y no de democracia. Los clarinados son clarinazos, procedan del poder

o no, y las añagazas son

añagazas, procedan de donde procedan. Los demócratas le pedimos a Suárez un

clarinazo

que deshaga las añagazas.

De usted afectísimo amigo, Augusto ASSIA

 

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