Autor: Rupérez Rubio, Francisco Javier. 
   Los socialistas y la política exterior o la búsqueda de la realidad perdida  :   
 La política exterior, a debate. 
 Diario 16.    01/07/1983.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Diario 16 / 1 julio-83

OPINIÓN

JAVIER RUPEREZ Diplomático. Ex embajador de España en la CSCE

LA POLÍTICA EXTERIOR; A DEBATE

Los socialistas y la política exterior o la búsqueda de la realidad perdida

La Política exterior socialista fue un recurso «radical» para compensar el necesario pragmatismo en

política interior. Sin embargo, falta de definiciones claras, actuando en sentidos contradictorios, empieza

a situarnos, ni en el Este ni en el Oeste: en el limbo.

Cualquier política exterior, cualquier política en general, necesita de un aparato conceptual que garantice

tanto una adecuada dosificación de principios e intereses como una visión integrada de las realidades a las

que pretender servir. El aparato conceptual, en este como en otros casos, debe servir de cauce para el

conocimiento de la realidad sobre la que se pretende actuar y, en última instancia, modificar. La

inexistencia del proyecto conceptual, o su planteamiento erróneo, produce disfuncionalidades que, con

manifestaciones diversas, acaban por situar al país de cuya política exterior se trate en el peor de los

lugares posibles: en el limbo.

La política exterior del Gobierno socialista español se inscribe desgraciadamente en esas coordenadas.

Mis reflexiones no están dictadas por una lista de asentimientos y disentimientos, sino por la constatación

de una tremenda evidencia. España, gracias a esa política exterior, vuelve a estar «nulle part», en ninguna

parte, como el rey Ubu decía de Polonia.

Aliviadero radical

Para el PSOE, y ya antes de las elecciones del 28 de octubre, la política exterior de España se convirtió a

efectos programáticos y declamatorios en el aliviadero de la sobrecarga radical que en otros sectores de

proyección política, y por razones saludablemente pragmáticas, se iba modulando. Así, los restos

inencontrables del socialismo puro y duro, revolucionario, atípico y poético fueron a dar con sus huesos

en la definición, y posteriormente en la gestión, de la política exterior del Estado.

Pero la sobrecarga ideológica introducida en la política exterior socialista ha resistido muy mal, en los

escasos meses transcurridos, el contraste con la realidad.

Los socialistas pergeñaron una política exterior española al margen de la OTAN, cuando no

decididamente en contra de ella. Partiendo de una concepción casi teológica - nada extraña en

planteamientos dogmáticos - calificaron el «atlantismo» como pecado nefando a borrar y perseguir.

Negaron cualquier tipo de conexión entre las instituciones occidentales - OTAN y CEE - y afirmaron en

múltiples tonos los peligros hipotecarios que la pertenencia a la Alianza traería para el resto de nuestro

despliegue. La «fuerza normativa de los hechos» ha introducido y condicionado otros comportamientos:

somos «aliado fiel y cooperativo», «comprendemos y apoyamos» la doble decisión, la OTAN «no

condiciona nuestra política cara a Iberoamérica», se reconoce una cierta vinculación operativa entre

OTAN y CEE, la «congelación» del proceso de participación española en la estructura militar de la

Alianza es matizada como «detención»...

Dados los antecedentes, la política de signos nuevos dictados por las realidades tiene aspectos que no

deben ser sumariamente rechazados - y no seré yo el que lo haga - . Lo cual no debe impedir el que, más

allá de los análisis sectoriales, tomemos todos conciencia, empezando naturalmente por el mismo

Gobierno socialista de las graves insuficiencias de que ahora mismo padece nuestra proyección exterior.

Doble tentación

La inexistencia de un proyecto definido está forzando una serie de improvisaciones en las que la simple y

llana contradicción sustituye a la ya tradicional ambigüedad, en donde el voluntarismo reemplaza a la

evidencia y en el que la torpeza lo recubre todo con su doloroso manto. Sabe el Gobierno socialista del

imposible callejón sin salida al que le está conduciendo una imprudente política electoral. Debe intuir ya,

a estas cortas alturas de su mandato, que la grandeza de los gobernantes se mide más por su capacidad de

liderazgo que por la lectura mecánica de los estados de opinión. Y debe comprender - o al menos me

gustaría que ya hubiera comprendido - las necesidades de encaje profundo en el universo de lo que, por

ser europeo, democrático y occidental, es irremediablemente nuestro.

Sumido en sus propias contradicciones y anegada en el anecdótico y comentable rosario de la «gaffe»

cotidiana, la política exterior socialista puede ser objeto de una doble tentación. Por un lado, la de

electoralizar una acción que, por esencia, debe planificar en el medio y largo plazo y construirse en torno

al respeto de los superiores intereses de la nación. Por otro, la de realizar una aventurada «huida hacia

adelante», cimentada en el siempre fácil, y extremadamente peligroso, recurso al nacionalismo.

Una auténtica política exterior de Estado exige, precisamente, evitar esos resbaladizos toboganes. En ello

radica el reto al que los socialistas deben hacer frente. Aun a costa de perder en los márgenes del camino

los votos del desencanto.

 

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