Autor: Pérez Escolar, Rafael. 
   La OTAN, a debate     
 
 ABC.    02/09/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

2 SEPTIEMBRE 1983

LA OTAN, A DEBATE

FUENTES oficiales anuncian que el Gobierno socialista se propone abrir próximamente un debate en

torno a la permanencia de España en la OTAN, asunto capital sobre el que nuestro pueblo será convocado

a un decisivo referéndum.

Para que los españoles podamos emitir conscientemente el sufragio se requiere una completísima

información previa. Lo de menos es que nos expliquen didácticamente en qué consiste la OTAN, esa

temible máquina de guerra tan sofisticada y eficaz como la nacida del Pacto de Varsovia. Se trata, sobre

todo, de exponer claramente las consecuencias políticas y militares que en ambos bloques producirá el sí

o el no a definir por el electorado español.

Es de creer que el Gobierno centrista basó su decisión de incorporarnos a la OTAN sobre datos objetivos

e informaciones técnicas de la máxima fiabilidad. De convocarse el referéndum es necesario que todos

esos elementos de juicio, convenientemente actualizados, se divulguen de manera exhaustiva. Sin tales

antecedentes mucho nos tememos que el problema se trivialice, convirtiéndose en una cuestión de filias y

fobias, de buenos y malos, de simpatías o antipatías. Nada menos que la paz del mundo podría quedar así

a las resultas de campañas propagandísticas en que unos afirman lo que los otros niegan. La defensa de

España y la tranquilidad de Europa no es cuestión de banderías ni partidismos. En los más graves

problemas de Estado todos los españoles hemos de formar un bloque monolítico. Resulta, por tanto,

inconcebible que el sí o el no de nuestro pueblo se presente como una confrontación ideológica entre las

izquierdas y las derechas.

Cualquier observador independiente, no vinculado por ello a partido alguno, cual es mi caso, está en

óptimas condiciones por su objetividad para terciar en el debate, y desde esta perspectiva decir algunas

cosas que inexplicablemente parecen ajenas a la reflexión de los líderes políticos. Cabe sostener, por

ejemplo, que la derecha española, contrariamente a lo que está en boga afirmar en este punto, no es

belicosa por naturaleza, y así lo demostró en las dos guerras mundiales. Durante la primera, los Gobiernos

de Don Alfonso XIII estuvieron presididos por políticos conservadores, ninguno socialista. Durante la

segunda, asumía la gobernación del Estado el general Franco, un militar de derechas con poderes

omnímodos. De ser cierta la proclividad guerrera que se atribuye a la derecha, la entrevista de Hendaya se

hubiera cerrado con el resultado previsto por Hitler, es decir, la incorporación de España al conflicto

mundial al lado de los países del Eje. Acéptense, pues, de buen grado las manifestaciones pacifistas de la

izquierda, pero sin echar en saco roto que si los hechos cuentan para algo esas palabras tranquilizadoras

en apariencia poseen menos valor que las realidades históricas impulsadas por la derecha.

El Gobierno español, por obligación ciudadana, ocasión histórica y profesión política, está en condiciones

privilegiadas para pronunciarse sin ambages en este trascendental asunto de Estado. El Gobierno, que aún

goza de buena parte de la confianza popular, tiene el deber de mostrarse tan seguro como diáfano al

delimitar los presupuestos de la comprometida aventura. Don Felipe González no puede ofrecer un

determinado talante como presidente del Gobierno y otro diametralmente distinto como secretario general

de su partido. Sólo le es lícito adoptar una actitud transparente, la del español exclusivamente vinculado

por el interés de la Nación.

De persistir la peligrosa duplicidad entre Gobierno y partido se daría pie a que contase con cierta base de

verosimilitud la especie de que el referéndum sobre la Alianza Atlántica es la pieza principal de una sutil

maniobra electoralista. Describamos la hipótesis a grandes rasgos. Al subrayar el pacifismo de España

frente al belicismo de la OTAN, insistiría la izquierda en los aspectos deliberadamente guerreros y

destructivos del Pacto Atlántico. Amparado en el voto adverso a la integración, el Gobierno socialista

disolvería anticipadamente las Cortes para que su partido, «el único capaz de salvarnos de la guerra

atómica», alcanzara un nuevo triunfo electoral abrumador. Entretanto, la derecha, prendida en el anzuelo

del atlantismo, presentada como esclava de los intereses bélicos del imperialismo capitalista, quedaría

borrada por decenios del mapa político.

No es cosa de prestar oídos a una especulación semejante, pero se hace indispensable que los

protagonistas más directos salgan al paso de tan escabrosa interpretación. Los socialistas, que para eso

ostentan el Poder, sólo están legitimados para adoptar una decisión: la que resulte más positiva para los

intereses de España y la paz mundial. Y cometerían un gravísimo pecado histórico si dan en politizar el

asunto en su propio beneficio partidista.

Los españoles conocemos por experiencia las ventajas de la neutralidad, aunque deberíamos saber

también que infinitamente mejor que la neutralidad es la paz. La paz mundial se basa en un equilibrio de

fuerzas - tenso unas veces, distendido otras -, cuyo mérito no puede atribuirse aisladamente al Este o al

Oeste. Es claro que de haber faltado el buen sentido en cualquiera de los dos bloques antagónicos alguien

habría pulsado ya el temible botón capaz de ahogar el mundo en ríos de sangre. Tan delicado equilibrio se

verá, sin duda, influido por el resultado de nuestro referéndum. Dicho sin pelos en la lengua: el voto del

pueblo español contribuirá en buena medida a que la paz mundial se consolide o se tambalee.

En trance tan comprometido la postura aparentemente más razonable es la de reforzar nuestra tradicional

neutralidad. La reciente Historia demuestra, sin embargo, que el neutralismo no supone una solución

infalible para alejar los peligros de la guerra. Pensemos que los ataques de Alemania y Francia se vieron

favorecidos considerablemente en las dos guerra mundiales por la insuficiencia defensiva de Holanda y

Bélgica, obstinadas otrora en un neutralismo utópico. Ambas naciones, igual que Noruega, han aprendido

la durísima lección a costa de un inmenso sacrificio, y actualmente no sólo son miembros de la Alianza

Atlántica, sino que brindan hospitalidad a su cuartel general.

No se crea que nuestro caso es muy diferente. España - llave del Mediterráneo, retaguardia de Europa,

avanzada atlántica, cabeza espiritual de Hispanoamérica - puede ver «protegida» inesperadamente su

neutralidad por cualquier superpotencia que decida ponerla a su servicio mediante una rápida ocupación

de nuestro territorio. La vieja piel de toro se convertiría así en un gran campo de batalla. Triste final para

desvanecer la fantasía de cuatro insensatos o el interés de algún dócil emisario.

La amenaza de guerra - que es exactamente la cuestión fundamental que subyace en el previsible

referéndum - es, pues, una posibilidad indudable vinculada directamente a la decisión final que

adoptemos. Pesado fardo el que quiere echarse sobre los hombros de los ciudadanos españoles.

La democracia, y no la paz, es el fruto de las urnas. Dudo mucho que sea lícito manipular la estrategia en

este caso sometiéndolo a consulta popular. Votar es elegir representantes; gobernar es tomar decisiones.

Que se nos gobierne al servicio del interés de España, sin caer en la demagogia del asambleísmo. Ha

sonado la hora de la verdad, que exige gobernar con firmeza conforme a las responsabilidades del Poder.

Se trata de marcar las diferencias entre dirigir y empujar que señalaba Tagore: «No es tarea fácil dirigir

hombres; empujarlos, en cambio, es muy sencillo.»

Rafael PÉREZ ESCOLAR

 

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