Autor: Seco Serrano, Carlos. 
   El profundo sentido de los votos     
 
 ABC.    21/06/1977.  Página: 2-3. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

EL PROFUNDO SENTIDO DE LOS VOTOS

Por Carlos SECO SERRANO

PASADA la fiebre de las elecciones, y contemplando serenamente los resultados obtenidos en las

urnas, parece llegado el momento de «profundizar» en el análisis de aquéllos, a fin de captar el

auténtico sentido del sufragio mayoritario: lo que éste representa como «mandato» a las opciones

triunfantes.

Pero vaya por delante un hecho confortador, en lo que afecta a la campaña y al proceso electoral en sí.

No se han cumplido -como no se cumplieran en diciembre- los pertinaces pronósticos acerca de una

«manipulación» desde el Gobierno: la actuación de éste ha sido pulquérrima; y ejemplar la neutralidad de

TV.E., verdadera piedra de toque para poner a prueba la libertad de información del electorado (todos

recordarán cierto espacio en que el tremebundo Frente Democrático d« Izquierdas nos espetó, a vueltas

de una demagogia del más puro estilo, la presunción de que probablemente TV no recogería su programa.

Y esto lo oímos todos... ¡a través de la pequeña pantalla, precisamente! )

EN cuanto a los resultados del sufragio, tampoco se ha cumplido, gracia a Dios, una temida

polarización hacía los extremos. La superación -y la repulsa- de la guerra civil se ha expresado,

de manera muy clara. en la escasa proporción con que los votos se decantaron hacía aquellos sectores

que de manera más directa encarnaban lo que fueron la «España roja» y la «España azul». La Prensa

extranjera se ha apresurado a subrayarlo: «El mundo libre -decía un editorial del "Frankfurter

Allgemeine"- puede felicitar a España: ha demostrado, al regresar a la civilización política, ser un país

maduro y mayor de edad... Ninguna elección que indique una confrontación, nada que suene a guerra

civil...» Incluso el voto regionalista -pensamos nosotros- expresa continuidad más une reacción:

fidelidad a una estructura ideológica viva a través de la guerra, del tiempo, de la represión.

A la vista de tales resultados parece deducirse, pues, un talante equilibrado y proclive a la moderación en

esta España nuestra que tantas sorpresas está deparando al mundo desde noviembre de 1975. «El pueblo

español -ha reconocido el insobornable "The Times"- puede ser cordialmente felicitado por sus

amigos de Europa occidental... Puede felicitársele por haber rechazado la odiosa calumnia de sus antiguos

gobernantes de que era un pueblo incapaz de disciplina para crear una democracia efectiva... Puede

también felicitársele por el buen sentido que ha demostrado al depositar sus votos...»

UN imparcial examen de las opciones a que mayoritariamente afluyó el sufragio ratifica esta imagen de

equilibrio, de «buen sentido». La Unión de Centro Democrático encierra un contenido liberal y

socialdemócrata que cubre, mucho más adecuadamente que lo hizo la vieja C.E.D.A. en 1933, el papel

de «derecha civilizada» a la europea; papel poco menos que insólito en nuestra historia inmediata. El

estrepitoso fracaso de la Federación Demócrata Cristiana obedece, en buena parte, a su lastre de viejos

recuerdos: el señor Gil-Robles estimaba como ejecutoria indiscutible su historial político, y era ese

historial político el que suscitaba reservas y desconfianzas por parte del electorado. La injustificada

convicción de que el voto de los españoles de 1977 se iba a comportar como el de sus padres o sus

abuelos en 1933, ha llevado al «gilrroblismo» a una táctica equivocadísima, en la que, para su mal, se

implicó al señor Ruiz-Giménez. El error de perspectiva no se ha visto compensado con un acierto

publicitario. Resultaba excesivamente cándido atribuirse la exclusividad de los «hombrea honestos,

soluciones eficaces».

El P.S.O.E. -respaldado por la socialdemocracia alemana, aunque Felipe González no sea exactamente

Willy Brandt, ni puedan identificarse las actitudes políticas de uno y otro- aparece como una izquierda

con «convicciones democráticas» más creíbles que las del P.C.E, pese a la gruesa piel de cordero que este

se ha colocado sobre los hombros para hacernos olvidar sus viejas y desacreditadas carátulas. El hecho de

que el señor González prefiera utilizar la palabra «pueblo» a la palabra «proletariado» en sus discursos y

declaraciones, delata su instinto para apreciar las transformaciones experimentadas por la sociedad

española desde la guerra hasta hoy; pero a su vez. el reconocimiento de esa realidad debería aconsejar al

joven «líder» una renuncia a la rigidez de la lucha de clases concebida como hace medio siglo. El señor

González no puede imaginar que los únicos votos del «pueblo» son los que él ha obtenido: porque tan

«pueblo» es el que ha votado al centro como el que ha votado al socialismo. ¿O, por ventura, las masas

que afluyeron hacia el señor Suárez estarán formadas por legiones angélicas?

AL equilibrio del electorado debe responder el equilibrio de los grandes bloques triunfadores -a través

de sus «capitanes»-. A don Adolfo Suárez le será preciso ahora extremar su reconocida habilidad para

escapar a las limitaciones que podría imponerle un Gabinete «monocolor». A don Felipe González le

convendría mucho -y más que a él, al país- aprender ductilidad para no repetir los viejos errores de un

Pablo Iglesias o de un Largo Caballero; para no frustrar, encerrándose en «pura oposición», la obra de

gobierno más urgente; obra de gobierno que exige una mínima solidaridad entre las dos grandes

formaciones políticas del Parlamento que se dispone a emprender tareas constituyentes -de las que no

pueden excluirse las que afectarán a la situación económica-. La tremenda tarea ha de ser resuelta por

«todos» los núcleos políticos representados en las Cortes, y todos deben cargar con su parte de

responsabilidad, aun a costa de no apuntarse todos los triunfos.

El señor González ha hecho una afirmación que en cierto modo no deja de ser cierta: la de que el P.S.O.E.

es el primer partido del país. Pero se trata de una verdad parcial. Vistas las cosas desde la vertiente del

electorado, éste, sin duda alguna, ha demostrado una mayoritaria vocación centrista. Es, pues, el sufragio

el que está señalando al Centro la necesidad ineludible de integrarse en un partido uniforme, rico en

contenido ideológico, tal como éste afluye a través de las diversas raíces que le han dado vida.

UN sano patriotismo, superador de enquistamientos personales o partidistas, fiel al espíritu del

sufragio, requiere, a mi modo de ver, en esta hora suprema, lealtad y colaboración entre los partidos, para

edificar la morada común en la democracia; una democracia, cuya encarnación viva es la Corona, clave

esencial en el proceso que ha llevado a este memorable logro, a esta alentadora esperanza. Superada esta

fase constituyente, saneada la situación económica, mediante un generoso compromiso de los diversos

sectores sociales, cada partido se reafirmará en sus programas propios, de cara a una nueva singladura.

Pero sería una gran desdicha que la plataforma en que «todos» han de hallar acomodo, no pudiera

construirse; o que se construyera con materiales tan deleznables que un cambio de orientación en las

urnas arrastrase a su destrucción.

Se han elegido, con ponderación y con seguro instinto, unas Cortes democráticas: las primeras. Ahora es

necesario conseguir que no sean las últimas, que el diálogo constructivo y la solidaridad esencial no se

vean suplantados por el «canibalismo político», tan certeramente definido por Francisco Cambó... hace

cincuenta años.- C. S. S.

 

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