Autor: Calvo, Luis. 
   "Franco es fundamentalmente inteligente, reflexivo y previsor, no deja nada al azar"     
 
 ABC.    05/10/1961.  Páginas: 5. Párrafos: 31. 

«FRANCO ES FUNDAMENTALMENTE INTELIGENTE, REFLEXIVO Y PREVISOR, Y NO DEJA

NADA AL AZAR»

Valor sereno, prudencia, firmeza y tolerancia: esas son sus condiciones humanas

DECLARACIONES DEL MINISTRO DEL EJERCITO, TENIENTE GENERAL BARROSO,

AL DIRECTOR DE A B C

El Hustre teniente general ion Antonio Barroso, ministro del Ejercito, ha {Hundo junto al Generalísimo

Franco, en las épocas más culminantes de tía Cruzada de Liberación y en las más afanosas de Ja (paz,

gran parte de su viiía da soldado. El Movimiento Nacional le sorprendió en París, siendo agregado militar

a la ÍEmba-jada de España, y su dimisión acarreó el IB de jwlio de 1936 otras wmdias´ reown-cias de

agentes diplomáticos españoles. Barroso ´desplegó «u Francia, en los primeros días dramáticas de nuestra

guerra, una tan fecunda actividad, qu« el Gobierno del Frente Popular d« León B´lunj, requerido por el

Frente Popullar (jne desde Madrid presidía cruentamente el desastre Tojo, lo eiptflsó -de -su territorio. A

partir de entonces, en. «1 Estado Mayor de Franco, cuyes columnas conquistaban impetuo-«amenté

Badajoz, Talayera, Toledo y la Ciudad Universitaria, el teniente general Barroso rao abandonó al

Generalísimo. Fue nombrado por éste jefe de Operaciones de su Estado Mayor.

Pensando en su limpia ejecutoria de militar, en su ´larga e integérrima lealtad «1 Jefe d«l Estado, cuyas

bodas de plata con la Primera Magistratura de ´España «e celebran «n el día de hoy; conociendo también

nosotros, por directo valimiento, «a llaneza comunicativa, su ´penetración de juicio, la amplitud de su

cultura, dentro y más allá de IBS materias militares, y la benevolencia de sn carácter; fiado», en fin, de su

rigor como testigo persistente de la vida de soldado y de estadista >tc*l Caudillo, a P! humos acudido

hace días, hurtando tiempo a an descanso veraniego, par» conversar extensamente, ajen-oa´ a las

formalidades y apremio» de *u Ministerio j en tono ra«nor y amistoso; conversar en torno a Franco.

¿Cónao fue «1 Genera-lísimo en los lances nías dificultosos de ía guerra? ¿Cuáles son MIS condicione»

temanas- «na* sobresalientes? ¿Cómo -manda, cómo .escacha, cómo estudia, cómo conoce a líos

honnbres? ¿Cómo es, en fin, «1 hombre qu« ha labrado España en ios más arduo» momentos de -su

Historia contemporánea; «1 hombre que ha vea-pida en ´la guerra -y en. la paz y que ganoso signe d«

victorias ípsra ía Patria?

Só´l» a-gregarem®» ana c»sa: qjue las preguntas surgieron •es3>oeíáin,eameat« y ^tt« «spontsnesraenle

fluyeron la> respuesta». El diálwgo anas «bajo iwipowis» e» Jra»*-cripció» fiel y exacta.

—Ho íido Vuestra Excelencia la personalidad militar española que ha estado más tiempo, y en tiempos de

dura lucha, con S. E. el Jefe del Estado. En la Cruzada colaboró usted- intensamente con el Generalísimo.

Alas de treinta meses, y en ocasiones todas ía* horas del día y de la noche, en las jornadas •más arduas de

la guerra, a su lado estuvo usted, >y en los empeños elevados del Generalísimo tuvo usted participación.

Estas son las nzones de gue acudamos en su ayuda para conocimiento de los lectores de A B C. Y se nos

ocurre preguntar en primer lugar; ¿Cree usted que es laboriosa la inspiración de guerrero del Generalísi-

mo Franco o es de generación subitánea?

—Ante todo he de decirle que valar» usted muy por exceso mi modesta personalidad militar y mi

intervención cerca, de Franco durante nuestra Cruzada. Como miembro de su Estado Mayor ocupé, cier-

tamente, un puesto de confianza * su lado, r le serví con lealtad y entusiasmo. Por ser ese puesto la

Jefatura de la Sección de Operaciones, es natural que en los períodos operativos a que se contrae cu

comentario hubiese de cumplir misiones delicadas e importantes, pero no debo dejar de señalar que todos

los miembros del Cuartel General y del Estado Mayor también las tuvieron. Ya sabe usted que todas

cuantos trabajan en un Estado Mayor forman una orquestó, en la que cada Instrumento desempeña su

papel dentro del conjunto y cualquier desafinación de uno de ellos repercute en el concierto. Lo

verdaderamente importante es que su director la sepa conducir con acierto y que los ejecutantes acaten

con disciplina sus Instrucciones. Nuestro Generalísimo fue el director de calidad que nos hizo cumplir a

todos el papel >iue nos correspondía, y nunca hubo favoritos ni camarillas en su orquesta. Como hombre

inteligente acepta el diálogo al plantear una operación o durante las incidencias que surgen en su

desarrollo. Escucha, conoce opiniones y valora puntos de vista. Luegro es él quien dice 1% última palabra

y dicta utm clara decisión. Cabe servirle bien, ayudarle Inteligentemente, facilitarle estudios para que

pueda basar sus decisiones, pero quien pretenda buscar influencias personalistas Irrazonables, yerra el

camino. Todo ello crea un clima de colaboración, confiada en e! «ne Franco señal» la TÍ» que hay que

seguir para desarrollar un trabajo que, claro está, resultará más « menos eficaz, según se ejecute bien o

m*L Lo normal es que resulte lo primero, pues el Generalísimo sabe captar voluntades r todos sus

colaboradores dan de sí cnanto tienen dentro.

Centradas las cosas «n el terreno en que 70 puedo dialogar eon usted j contestar a sus preguntas, voy a

hacerlo a 1» primera que me acaba de formular, no sin antes expresarte mis temores áe defraudar a los

lectores de A B C y a usted mtsroo, que acaso esperan muchas má* cosas inéditas de nuestro

Generalísimo de las que yo les cuente.

Franco es hombre fundamentalmente intpiigeníe, reflexivo .y previsor, que no deja nunca nada al

azar, dentro *le la limitación da las posibilidades humanas. Por eso creo que su inspiración guerrera

participa de Sos dos aspectos, que usted señala. Es un, hombre >iue posee un sentido nato para ver los

problemas militares, pero que no desdeña complementar su visión inicial mediante el estudio pro-

fundo. Nunca olvidaré, por ejemplo, las muchas horas de estudio agotador que dedicó y nos hizo

dedicar a su Cuartel General para decidir, después de la victoria del Ebro, si convenía reanudar las inte-

rrumpidas operaciones sobre Sagunto y Valencia o avanzar sobre Cataluña. Lo primero

arrebataría al mando rojo la huerta valenciana, base de sus abastecimientos, provocando la caída

indirecta de Madrid, y acaso, sin disparar un tiro, la de Cataluña; pero exigía mucho tiempo. Lo

segundo sería una rápida y directa explotación del éxito obtenido en el Ebro, que llevaba a la frontera

con Francia y pondría bajo el mando nacional la rica e industriosa región catalana en breve

tiempo, pero, sobre todo, cerraba las puertas por donde penetraban los refuerzos de guerra del bando rojo.

Después de medir en prolijos estudios, los pros y los contras de ambas operaciones, optó por la que

muchos consideraban más audaz y problemática, pero el resultado confirmó su razón. La operación

sobre Cataluña fue una prueba más de la enorme talla estratégica de nuestro Generalísimo, que

originó el rápido final de nuestra guerra. Su decisión fue la más ajustada a la realidad operativa del

momento, entre otras cosas, porque la amenaza de guerra total en Europa era inminente y obligaba

a terminar pronto la nuestra, para no vernos" inoportunamente mezclados en el conflicto. Todo lo

estudió con detalle minucioso, y mientras viva no se me olvidarán nunca ios días agotadores que pasé, sin

posible reposo, en cumplimiento de sus instrucciones. En poco más de un mes, Cataluña quedó del

lado nacional, con poco desgaste por nuestra parte, y Franco supo resistir a la tentación de una

caída espectacular de Madrid, lentamente rendid» por el hambre al faltarle la huerta valenciana. Bien es

verdad que en su decisión también influyeron razones puramente humanitarias, y más de una vez le oí

decir: "Madrid caerá como una fruta madura nada más ocupar Cataluña. Ahorremos el sufrimiento

del hambre y del asedio a sus habitantes." Así sucedió. Resumiendo: Franco es el Jefe que no improvisa;

el General que mide y estudíalos factores de la decisión sin dejar de considerar un solo aspecto del

problema; el hombre de Inteligencia viva y clara que sabe elegir el camino más acertado; el

conductor sereno que sabe amoldarse y enfrentarse con situaciones cambiantes y difíciles sin dejarse

impresionar por su peligrosidad. No olvida nunca que la guerra es la lucha entre dos voluntades, y se

mantiene siempre atento y en tensión, a fin de reaccionar contra lo que pueda discurrir el adversario para

oponerse a su propia voluntad. Reúne, en suma, las grandes cualidades y virtudes propias de los

caudillos más sobresalientes de la Historia.

—Nos ha descrito usted magistral-mente al Generalísimo Franco como hombre de guerra. En Franco se

admira la energía del hombre militar y también la tolerancia de su conducta cama estadista civil. ¿Cómo

se ha podido realizar esta rara coyunda de temperamentos?

—Realmente casi le he contestado a, tatted eil la respuesta anterior al hacerle la síntesis de sus

condiciones. Entiendo que energía y tolerancia no son absolutamen-• te contrapuestas, sino cualidades

que él sabe aplicar en ¡a circunstancia oportuna. Franco pcsee ambas cualidades, ciertamente, y las ha

demostrado a lo largo de toda su vida. Desde muy joven tuvo ya inmensas responsabilidades de mando.

En la Primera Bandera de la Legión, recién fundada, hubo de ejercitar un mando que sin energía le

hubiese arrastrado al fracaso. No se llevan hombres a la muerte sin ostentar un valor personal sereno, co-

mo siempre fue el suyo; un valor frío que no necesita de excitantes, sino que es fruto de un tremendo

dominio sobre sí mismo y sobre los instintos humanos. Y valor sereno es energía. La tuvo, desde muy jo-

ven, desdeñando lo espectacular y lo brillante, para ir a lo eficaz, y, gracias a Dios, la sigue teniendo. Sin

ella, ¿cómo podría haber superado una guerra tan difícil y gobernado durante veinticinco años al pueblo

español? Pero para hacerlo también ha tenido que ejercitar la tolerancia, pues al español ni le gusta ni

acepta que le domeñen injustamente. Quiere y respeta a los gobernantes cuando tienen las cualidades de

Franco. Firmeza y tolerancia. Nada hay tan verdad como que Franco no es un dictador. Algunos ex-

tranjeros se lo achacan por rutina, pero todos les españole- saben bien que no es así y saben que manda al

país como un padre que lleva el gobierno de una familia: rígido solamente contra aquello que no puede

ser tolerado, pero también comprensivo y generoso.

Franco sabe hacer frente a todas las circunstancias, aunque sean tan diferentes en la guerra y en la paz.

Con el país en paz, en orden y en calma, sus decisiones de gobierno pueden ser estudiadas más a fondo y

asesoradas con más detalle, pues, en general, los problemas a resolver no son tan acuciantes como en la

guerra. Desde el primer momento de nuestra Cruzada, en cuanto fue proclamado Jefe de Estado, comenzó

a gobernar a España con la mirada puesta en su futuro, al mismo tiempo que combatía, porque un gran

estratega es, en potencia, un gran estadista, y viceversa, y un jefe organizador cómo él tenía que construir

la nueva España a medida que la iba reconquistando. Los problemas civiles del país los estudia con la

misma profundidad con que estudiaba los de guerra; elabora directivas para sus ministros, una vez que ha

oído a cuantas personas u organismos debe oír. Hombre inteligente, tenaz, hábil y ponderado, cualidades

éstas las más acusadas de su personalidad, su conducta, tanto en la guerra como en el gobierno de su

Patria, está basada en una inquebrantable voluntad de vencer, en una tenaz resolución para superar los

problemas y .en una visión futura, aguda y perspicaz, consecuencia de un profundo estudio de previsión.

Ha gobernado y gobierna desde su puesto de mando con una cautela que quisiéramos ver en otros

gobernantes extranjeros. No me resisto a narrar una frasa suya qua quedó grabada en mi recuerdo en

ocasión de darle cuenta de la falta de previsión qu« tuvo un general, cosa, por otra parte, que

inevitablemente sucede a veces aun a los mejores mandos por la dificultad intrínseca que encierra esa

tarea de mandar soldados «n la guerra. El Generalísimo, al conocer la imprevisión, sin salirse de tono, dio

las órdenes oportunas para corregir el "lapsus", y comentó, entre enérgico y humorístico:

"Todos mis generales deberían ser gallegos. No sucederían estas cosas."

En la evidente hipérbole de la afirmación irónica late el alto concepto que siempre mereció a Franco las

condiciones de la raza gallega, la raza de sus paisanos, que tantos grandes hombres políticos ha dado a

España. Hombres listos, analíticos y previsores a quienes Franco ha sobrepasado con creces. Sus

profecías sobre el desarrollo de la política mundial de la postguerra, enunciadas durante su transcurso—de

muchas de las cuales es testigo de mayor excepción Sir Samuel Hoare, embajador de Su Graciosa

Majestad Británica en Madrid—, dejan verdaderamente atónitos a los que vamos comprobando cómo se

cumplen punto por punto, con matemática precisión. ;Qué pena que en tierras extranjeras no supiesen ver

la realidad y fundamento de cuanto predijo! En su» discursos, en sus conversaciones y en los coloquios

con sus colaboradores aparece la visión profética de este hombre, y algún día pondré en limpio, si Dios

me da vida, las numerosas notas que tengo tomadas, y que confirman cuanto acabo de decirle. Recopile

usted sus manifestaciones públicas y obtendrá el mismo resultado.

—Los españoles tienen la sensación de que el Jefe del Estado nunca ha restringido la libertad de acción

de sus ministros, a los cuales, mientras lo son, y aun después de serlo, defiende con porfía. ¿Considera

Vuestra Excelencia que es un rasgo de hombre educado en la disciplina militar?

—Franco, en efecto, es un Jefe de Gobierno condescendiente con sus ministros, a los qué deja trabajar

con libertad. No es un Jefe cicatero que se meta en todo y coarte iniciativas. La libertad de acción que nos

concede en los asuntos específicos de cada Ministerio no supone abandono de las riendas de la

gobernación del Estado. La dirección de ésta es suya, y jama* pierde su norte, que condensa en directl-

vas. Conjunta y coordina a los ministros con mano maestra, como corresponde a su extraordinaria

experiencia de gobierno. Quiere >iue se trabaje en equipo, y lo logra con suavidad extraordinaria. Al´ des-

pachar con él se le explican los proyectos, y créame que nada hay más tranquilizador que escucnar su

aprobación, pues su clarividencia y la profundidad de sus cono cimientos de gobierno a todos han

merecido tan elevado con c e p t o que alivia y conforta oír comentarios elogiosos sobre el trabajo

presentado, y, por el contrario, si hace observaciones o sugerencias, ellas resultan siempre atinadas. Como

ya le he dicho anteriormente, ace p t a toda dase de discusiones y admite de buen grado la con-tro versia;

con sil gran práctica do mando, aparte sus c o ndiciones personales, dirige a sus Gobiernos sabiendo la

finalidad general y el objetivo de cada m o m e nto. Así se manda en la milicia, y por ello no es de

extrañar que con un conoeim i e n t o profundo de BUS subo rdinados los comprenda y defienda, si es

justo, pues en el Ejército nada hay más grato para un Jefe ni que te llene tanto de satisfacción como

escuchar: "Es de los que no .dejan en la estacada a los suyos."

—Habrá podido observar el señor ministro gue tas anteriores itreguntax están enderezadas hacia esa

superficie de tangencia donde creemos que el generaí victorioso se confunde con el está» ¡dista, sereno y

equilibrado. En sus respuestas hemos visto que Vuestra Exce~ le´ncia confirma plenamente esta creencia.

Aihora ¡querría preguntarle éómo cree usted que surgió el estadista det cultivo de un gran militar,

considerando como estadista oí legislador B/ana-íío por el bienestar y la alegría de sus gobernados.

—Tiene usted razón. No quisiera que se me atribuyese un exagerado militarismo por puro ejercicio

profesional, pero creo firmemente que es buena coyunda la del general y el estadista. Sin embargo, no es

fácil esta conjunción. Cuando preguntaban a Napoleón ¡qué cualidad: desearía para sus mariscales

contestaba; "Qué tenga cualidades civiles." ¡Qué profundidad encierra esta frase! Cuando existe la feliz

conjunción de cualidades guerreras y civiles se llega al hombre de gobierno peí-fecto. Franco es uno de

estos hombres. Recuerdo que en plena guerra mundial segunda un general de gran talento militar, pero de

escasa visión política, ponía en duda las cualidades de Franco Como estadista, augurándole un corto plazo

de gobierno^ Yo, que ya conocía de cerca al Franco estadista de la Cruzada de Liberación y sus planes de

gobierno, que tantas veces había expuesto ilusionado en aquel "Terminas", durante las largas tras-

nochadas de la guerra, rebatía a mi interlocutor diciéndole; "Usted se equivoca. Usted no conoce bien a

Franco. Siempre sabe lo que quiere y adonde va, y le sobra talento, habilidad, patriotismo y tenacidad

para salvar cuantos obstáculos se opongan en. el camino emprendido. Acaso hoy esté desarrollando

todavía su experiencia de gobierno, pero la adquirirá prorito, y Ue-rará a dominar todos los problemas.

Sien» do un gran español tiene característica? poco comunes a la mayoría de los españoles, y triunfará. Le

he visto .hacer cosas en la guerra que me j proporcionan fe absoluta en cuanto le digo. El país tiene el

instinto de lo que le conviene, y está cansado de los políticos de relumbrón, grandes oradores, pero poco

realizadores. Fran-r «o ya ha sabido orquestar un Estado 7 un sistema que le permitirá caminar hacia las

metas propuestas. Su prudencia, su tenacidad, su energía y su ecuanimidad conseguirán el resto." Quedó

el general pensativo, y hoy podrá contemplar la obra gigantesca de Franco por 1% salvación de España.

No necesita el relumbrón. Su éxito es hablar poco y hacer mucho. En 1$ guerra casi le teníamos que

empujar materialmente para salir a corresponder a las aclamaciones de la multitud. Ni es populachero ni

se vale de estos medios para conseguir e) afecto y el reconocimiento del pueblo. Siempre estuvo seguro

de marchar por el buen camino, y un día me lo decía con estas palabras: "El mundo tendrá que copiar, con

más o menos diferencias, mí sistema, o marchará dando traspiés." A )a vista está que los va dando y los

dará si Dios no inspira las mentes de ciertos gobernantes.

—Es agradable oir ese bosquejo del •político prudente, y oírlo de labios de un gran colaborador de

Franco. Se me ocurre pensar en aquella magnifica sentencia de Cicerón: "Prudentia. sine qua in-teuigi

quidem ulla virtus potest." Sin prudencia no hay virtud alguna, porque ella evita que las virtudes se con-

viertan en exageración; que el valor pase a temeridad; qme la economía degenere en avaricia, la justicia

en crueldad, la moderación en debilidad, la It-bertad en licencia.

Y ahora, -volviendo a nuestra Cruzaa&, ¿querría usted, señor ministro, decirme cuáles fueron los trances

más apurados en que se vio él Caudillo durante la Cra-zada Nacional, agüenos trances en que pudo usted

percibir en el ánimo del Generalísimo una real preocupación?

—Trances, apurados,´hubo muchos; i»a-i««-, 4i«e ju no podría recordarlos todos. Per» puedu decir que

nunca le vi perder esa serenidad de tanto valor en los jefes militares y, por supuesto, en los de Estado ,v

Gobierno. Ahora bien, si quiere usted un» impresión muy personal sobre la ocasión en que le vi más

preocupado, aunque fuese momentáneamente, le diría sin vacilar que fue durante el ataque rojo al frente

de Madrid por Brúñete y otros puntos del cinturón que rodeaba la capital de España, v medida que le iba

informando de los partes recibidos y de la versión directa obtenida en conversaciones telefónicas con los

mandos y los Estados Mayores de nuestras unidades, me miraba como si quisiera escudriñar en mi rostro

la verdadera impresión que me producía lo que estaba pasando. Cuando le dije; "Algunos carros enemigos

han atravesado ya la carretera de Campamento", se quedó pensativo, midiendo lo peligroso de la

penetración, y recuerdo que comentó con voz grave.

"Me han tirado abajo el frente de M» drid."

Su reacción no se hizo esperar. Apenas un minuto después, ya estábamos enfrascados sobre el plano,

trazando una segunda línea y otra tercera para recoger las unidades arrolladas y reorganizar un frente que»

en efecto, parecía derrumbado. ´En breve* minutos dictó órdenes atinadísimas, 400 pusieron los hitos de

la recuperación de todo, en la batalla quizás más clásica de nuestra guerra, pues consistió en la reducción

de una gran bolsa sobre la base de sostener sus pivotes y su fondo, reforzando éstos en un esfuerzo

angustioso por lo urgente, hasta conseguir detener al enemigo e irle estrangulando más tarde su única

línea de abastecimientos. Tomadas las primera* disposiciones, que transmitimos telefónica-

mente al general Saliquet, jefe del Ejército del Centro, y ai general Várela, que con la XIII División y

otras grandes unidades taponaba la brecha, salimos en coche a Navalcarnero, donde se encontraba el Es-

tado Mayor del Ejército del Centro, y allí, en unos puestos de mando o en otros, según el azar de la

batalla, se fue amasando la resonante victoria de Brúñete, que culminaría definitivamente el 25 de julio de

1937, fiesta de Santiago Apóstol. Como siempre, el Apóstol dispensó su protección a nuestro

Generalísimo, y estoy seguro que cuando éste le da anualmente el tradicional abrazo, piensa con gratitud

en aquella inolvidable batalla de Brúñete, que le proporcionó la victoria el día consagrado al Santo Patrón

de España.

—Por último, señor ministro, ¿podría recordar y decir a nuestros lectores cuántas horas dormía Franco y

cuándo se distraía en el seno de su familia o en la intimidad de sus amigos? ¿Podría contarnos alguna

anécdota? Es curioso pensar gue Francisco Franco, hombre, •parece al pueblo español algo misterioso en

sus reacciones, reacciones siempre nobles. Y suele ocurrir gue, como su personalidad escapa a la

definición concreta v exacta, los españoles se dan a contar anécdotas características. Por esía razón nos

gustaría oírle alosna, ya de orden militar o de su vida cotidiana?

—Amigo Calvo, me parece que hablando, hablando, se nos va el tiempo y no acabo de saciar su

curiosidad. Forzosamente ha de limitarme a narrarle rápidamente alguna anécdota que me venga ahora a

la cabeza. ¿Dormir Franco? No sé cuántas horas dormiría, pero sé que como hombre que goza de un

sistema nervioso de perfecto equilibrio y control dormía y permanecía habitualmente en el lecho seis o

siete horas diarias. Se acostaba tarde, a jas tres o las cuatro de la madrugada, pero aun en las vísperas de

decisivas batallas le vi marchar tranquilo y confiado. Pocas veces tuve que turbarle el sueño, aunque,

naturalmente, estaba autorizado a hacerlo si la ocasión lo requiriese. Mi deber me incitaba a respetar su

descanso siempre que podía, y los pequeños problemas que se planteasen durante la ñocha casi siempre

podía resolverlos yo gracia* a su enorme previsión y gracias también •´—¿por qué no decirlo?—a que ya

conocí su pensamiento y sus reacciones después de tanto tiempo de trabajo a sus órdenes. Sin embargo,

recuerdo que una vez tuve que despertarle porque el asunto era grave. Pocas horas antes de nuestro ataque

para recuperar Teruel nos encontrábamos viviendo en un tren formado por dos coches camas, un comedor

y un furgón, donde yo había instalado la oficina de trabajo de la Sección de Operaciones. Manteníamos

una locomotora enganchada para compensar con su calor los 13 grados bajo cero del exterior y poder

trabajar en los últimos detalles de la operación, cuyo comienzo estaba señalado para el amanecer. Serían

las dos de la madrugada cuando nos acostamos a descansar un rato. Foco después me despertaban

anunciándome la visita de un mando importante que pretendía nada menos que corregir el despliegue de

artillería por considerarlo demasiado comprometido para la suya propia, debido a que lo habíamos

concebido muy adelantado para conseguir mayor profundidad en el apoyo desde los mismos asen-

tamientos. Este punto se había discutido ampliamente en el planeamiento de la operación, y una vez más

hube de defender ante aquel general nuestro punto de vista haciéndole ver las razones de aquel despliegue

y la imposibilidad de demorar la operación como pretendía. Insistió tenazmente pretendiendo que

despertara a S. E., y tanto machacó y tan graves perspectivas anunciaba que no tuve más remedio que

entrar en el dormitorio del Generalísimo, seguro, por otra parte, de lo que me iba a contestar. Me escueto

atentamente, y dándose media vuelta en la cama se limitó a decir: "Se atacará a I» hora prevista. Si no le

¿rusta, que deje el mando. A los soldados españoles no les quitan fácilmente los cañones," -Cuando

transmití estas palabras al general, se quedó pensativo y me dijo: "Bien. La Infantería española es la mejor

del Hvundo. Esperemos que pase todo como dice S. E." Mí opinión personal es que 1» visita de aquel

general no tenía otra razón gue la de mirarse en salud si venían mal dadas, cubriendo su responsabilidad

por las unidades que tenía confiadas. Pertenece a una; raza inteligente y astuta y en esta ocasión lo

demostró. A la hora, prevista se iniciaba la operación, que, como es sabido, constituyó un gran éxito.

Y ahora otra anécdota, y ésta sí que es la última. Cuando estábamos ganando la batalla, de Cataluña, atacó

el enemigo fuertemente los frentes andaluces, haciéndonos una brecha profunda y peligrosa. No era

cómoda la situación y el General se enfadó mucho porque decía que no se habían cumplido exactamente

sus órdenes en cuanto a la profundidad de la organización defensiva de aquel frente. El Ejército del Sur,

valeroso*, combativo y lleno de espíritu ofensivo, se avenía mal a ser siempre el yunque. Lo cierto es

que, como le digo, la situación no era buena. Hubo 4ne enviar a toda prisa una división para salir al paso

del avance. Más tarde se fueron arañando otras unidades al Ejército del Centro, generosamente cedidas

por el general Saliquet, que quedaba poco menos que sin reservas, y sacaron también otras del Ejército

del Norte qu« operaba en Cataluña. Franco, que seguía muy enfadado, no quería abandonar una ofensiva

que le había de llevar a 1» -vietori» total, f me dijo: "No quiero distraerme con lo que pasa en Andalucía;

ocúpate tú de ello. La guerra se gana, aquí y no alli." Una vez más tuvo razón y comprendí la verdad de

cuanto decía. No sé cómo pude sacar hasta 60.000 hombres en pocos días, pero la brecha se taponó y el

frente s* rehizo. El teniente general Cuesta, actual iefe del Estado Mayor Central del Ejército, sabe las

noches y los días que pasamos ambos para organizar una contraofensiva que, gracias a Dios, resultó efi-

caz. Es de justicia que aproveche esta oportunidad para rendir tributo de admiración a aquellos mandos y

unidades que, como siempre, supieron portarse con gallardía y heroísmo, superando las mayores

penalidades y sacrificios. Pero la moraleja de la anécdota es consignar la visión militar de nuestro

Caudillo, que comprendió sin vacilar dónde estaba la- clave de la victoria. En una situación semejante,

amigo Calvo, esto sólo saben decirlo los genios militares. Y con ello termiiio, Si me sigue usted

preguntando, sus lectores nos van a hacer sentar plaza, d* pelmazos » lo» dos.

Tiene rozón, sin duda, el ministro del ¡Ejército. Como ñas parece inagotable el condal Je -sus

conocimiento.? sobre la verdadera personalidad del Caudillo, lógico es que no acabemos nosotros con el

tema. La conversación hubiera podido perpetuarse vn ese terreno amistosa y propicio a la confidencia en

qué la habíamos los dos planteado. Pero todo ha Je concluir. JVo* ha confiado el general Barroso algunos

de esos pormenores de psicólogo y de historiador que los lectores españoles reda" jnan; y leus reclaman,

precisamente de observadores tan agudos, tan ¿actos -y toa directas emito el ministro del Ejército, cuya

atalaya ha sitio y es, indudiMevnente, una líe fas más elevtidns. GruciM, pues, mi ilustre y admirado

general.—L. C.

 

< Volver