Autor: Alzaga Villaamil, Oscar. 
   Las cortes democráticas y la oposición     
 
 Ya.     Página: 7-8. Páginas: 2. Párrafos: 8. 

LAS CORTES DEMOCRÁTICAS Y LA OPOSICIÓN

HOY se constituyen las nuevas Cortes, y ello bien merece una pequeña reflexión. Aunque algún

jurista amante de los formalismos sutiles ha podido mantener que estamos ante la última legislatura

amparada en las Leyes Fundamentales del sistema que se acaba, aproximándonos a la cuestión con

óptica política realista, no cabe la menor duda de que estamos ante el primer auténtico Parlamento que

tiene España desde hace muchos años. Y es que, a las Cortes que conocimos en estos últimos lustros bien

se les puede aplicar aquello que decía Herman Heller de las cámaras de Mussolini: "No constituyen un

parlamento; son sólo máquinas sancionadoras de leyes."

El Parlamento que hoy se constituye en nuestro país pone punto final a la gran ficción de negar la

existencia de grandes conflictos públicos entre los españoles y surge de unas elecciones disputadas como

representación de actitudes diversas y contrapuestas. Es decir, estamos ante un Parlamento que se apoya

en el principio realmente integrador de asumir el conflicto para canalizarlo y superarlo.

Dicho en otras palabras, las Cortes que estrenamos se caracterizan porque no sólo toma asiento en las

mismas la mayoría, sino también la minoría; es decir, la oposición. Y es que el gran capítulo de la

reforma política llevada a cabo en el último año ha consistido en sacar de la clandestinidad a numerosas

fuerzas políticas para darles cobijo en el campo de la legalidad política. Pero si el Gobierno ha permitido

a la oposición desempeñar libremente su "rol" crítico, la oposición está, a la recíproca, en la obligación de

permitir al Gobierno que rija el país.

LA conclusión más primaria que debe extraerse de esa conversión de la oposición revolucionaria en

una oposición de Gobierno es que ésta debe plantear y desenvolver su lucha por el poder en el terreno

parlamentario, conforme a los usos y a las prácticas de las democracias parlamentarias de más solera. La

experiencia británica es quizás la más rica en aportaciones a este respecto, pues, como escribió con

ingenio André Maurois, "el pueblo inglés, que ya había dado al mundo el queso de Stilton y butacas

confortables, ha inventado, para salud de todos, la válvula de la oposición parlamentaria. Desde entonces,

campeones elegidos realizan para nosotros escaramuzas políticas en los Comunes, en espera de las

siguientes elecciones, lo que permite al resto de la nación dedicar sus ocios al cricket". Realmente, el

papel a desempeñar por la oposición parlamentaria es sensiblemente más complejo y trascendente de lo

que parece traslucirse de esta irónica frase de Maurois. La oposición ha de jugar como un canal

articulador o agregador de intereses, ha de proveer de información a la opinión pública, ha de generar una

alternativa de Gobierno que merezca tal nombre (es decir, que, a la par de impedir el inmovilismo

político, permita la continuidad del sistema democrático y soslaye los radicalismos) y, sobre todo, ha de

articular un auténtico mecanismo da control democrático del Gobierno. Pero siempre sin perder de vista

que en una democracia estable la oposición, entre elección y elección, debe estar más preocupada por

modificar para bien la política del Gobierno que por derribarle. El cambio de Gobierno no debe surgir de

las maniobras parlamentarias, sino de la voz del electorado.

QUIERO creer que el sector de la hasta hace poco oposición clandestina que ahora va a configurar la,

oposición discrepante parlamentaria se habrá percatado ya de que buena parte de sus usos y costumbres

más o menos revolucionarios (en el sentido técnico-jurídico del término "revolución", por supuesto)

deben pasar, afortunadamente, a engrosar, junto con el hacha de bronce, una especie de museo nacional

de las antigüedades políticas, al estilo de aquel que imaginaba Engels.

Pero no puedo dejar de subrayar que me parecen inquietantes algunos síntomas que dejan entrever en el

horizonte, como la pretensión de declarar poco menos que festivo, a efectos parlamentarios, el día 22 de

julio por razones de efemérides de menor cuantía. Sobre este y otros datos quizás volvamos en otra

ocasión. Hoy querría tan sólo hacer algunas consideraciones breves y por anticipado sobre la presidencia

de las Cámaras, pues no en vano ésta es materia de máxima actualidad.

DE entre todos los cargos que componen las Mesas de las Cámaras destacan, sin duda alguna, las

presidencias respectivas del Congreso y del Senado. Los reglamentos parlamentarios que se suceden en

toda Europa tras la revolución francesa coincidieron en encumbrar la figura de los presidentes de ambas

asambleas, hasta el punto de que en las repúblicas parlamentarias quedó así diseñada la magistratura

más adecuada para suplir transitoriamente la vacante, que pudiera producirse en la Jefatura del Estado.

Si bien en nuestro contexto monárquico las presidencias que glosamos no llevarán aparejadas tales

expectativas de poder, a nadie se le oculta que ostentarán, como de las experiencias del Derecho

comparado fácilmente se deduce, importantes facultades discrecionales e inapelables en la labor

parlamentaria de cada día. Ahora bien, la oposición se equivocaría notablemente invirtiendo sus

energías en obstruir la natural elección para las presidencias de las Cámaras de los candidatos de la

mayoría.

Pienso que en la hora de tales elecciones el comportamiento de la oposición que más puede contribuir a

enraizar los usos democráticos en nuestra nueva realidad política es la de aceptar como algo que dimana

en forma natural de la dinámica parlamentaria que las presidencias de ambas asambleas las ocupen los

candidatos de la coalición mayoritaria, con la única condición de que ambas figuras -también de

conformidad con las prácticas observadas hoy en las democracias parlamentarias europeas- lleven a

cabo un noble distanciamiento de la mayoría de que provienen para asumir con la debida altura la

presidencia de la totalidad de los órganos legislativos, llegando a ser portavoces objetivos de la mayoría y

de las minorías, es decir, también de la oposición. En efecto, volviendo a traer a colación el caso

británico, que no en vano es la monarquía parlamentaria por antonomasia, el "speaker" de los Comunes

"está investido -como decía Ruini- de una imparcialidad religiosa", y si hoy entre nosotros la

oposición, configurada por los socialistas y otros partidos menores no representados en el Gobierno,

aspira a consolidar definitivamente la democracia, debe ser consciente de que cometería un grave error

dando ahora una batalla -por lo demás perdida de antemano, según imagino- por la presidencia del

Congreso y del Senado, que le haría responsable de la politización de dos grandes figuras

constitucionales, respecto de las que un juego parlamentario moderno y genuinamente

democrático exige precisamente la máxima despolitización que sea posible.

Oscar ALZAGA

 

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