Las paradojas del general     
 
 ABC.    05/05/1964.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

ABC. DOMINGO 5 DE MAYO DE 1974. EiDICIQN DE LA . MAÑANA.

.LTiS PARADOJAS DEL GENERAL

Si se contempla con visión de hace tan so´o un decenio el repertorio de declaraciones políticas que se han

dado cita en la Prensa diaria durante los últimos días, podría pensarse que se trataba de una febril

invención de la fantasía. Lo que era antes inimaginable en el ámbito de la opinión escrita, constituye hoy

realidad cotidiana. Ha habido, pues, un cambio positivo en la tolerancia de voces políticas, afirmadas

desde los campos más dispares. El Gobierno, con talante imparcial, otorga un generoso margen de

presencia en la vida española a criterios discrepantes de su propia línea programática.

En este caso se encuentran las declaraciones hechas a «Nuevo Diario» por el teniente general García

Rebull, una de las figuras de más singular relieve en ese noble friso de ejemplaridades y heroísmos que

representa en nuestra arquitectura histórica el Ejército español.

Vaya por delante nuestro reconocimiento a las inestimables virtudes castrenses que configuran la

personalidad de este ilustre soldado. Y, como consecuencia, la proclamación de nuestro respeto por sus

cualidades profesionales y humanas. Pero respetar a alguien no significa siempre compartir sus opiniones.

Permítasenos, pues, la objeción, serena y ponderada, a algunas de las manifestaciones del teniente

general, en ese clima que hoy preside la sociedad española de busca de un posible entendimiento por

encima de la variedad de criterios, de enfoques doctrinales o de perspectivas ideológicas.

Antes de nada nos complace señalar, en contra de lo que han sostenido algunos comentaristas

apasionados, que no todo lo que se dice en esa declaración encierra carácter negativo. Tener convicciones

negativas —sostenía Ortega—, decir «no» obstinadamente a lo que se impone en nuestro contorno como

inesquivable realidad, es propio de gentes en estado de crisis espiritual. Y estamos seguros de que no es

ésta la situación de ánimo del general García Rebull. Prueba de ello son sus afirmaciones esperanzadas

caldeadas por un íntimo fervor patriótico— sobre su fe en el Caudillo y en el Príncipe, este último como

encarnación hacia el futuro de la continuidad histórica de España. Mas la imagen de ese porvenir exige un

sentido superador de antagonismos e inconvivencias al que —digámoslo con toda lealtad— no colaboran

posiciones de tan radical intransigencia como la _qu« proclama en su reciente entrevista el ilustre militar.

Extraña paradoja esta de un falangista que es. además, procurador en Cortes, y que a la vez condena la

política. La Falange —decía José Antonio Primo de Rivera— es una manera de ser, lo que equivale a

decir que es una forma de vivir la realidad española con una mentalidad no abstraída de la política, sino

inmersa, dramáticamente, en ella. Cómo es posible que se trate de reducir la compleja visión de la

circunstancia histórico-política de la España actual a una afirmación tan elemental y simplista como la de

que «en el país lo único que puede haber son españoles». ¿Es que puede pensarse seriamente que en esta

tierra de radicalizados individualismos, en la que en el deporte, en el arte y en las letras cada uno • piensa

de distinta manera, exista una absoluta unidad ideológica en la interpretación ´del Estado y en las fórmulas

de su realización?

Nadie niega que sea legítimo mantener una postura opuesta a la aperatura asociacionista. Pero parece

poco justificada la tesis que enmarca en un uniformismo total el pensamiento —vario, múltiple, diverso—

de treinta millones dé españoles.

Si como pretende el general García Rebull, el Régimen «debe pensar en todos los españoles», habrá de

hacerlo teniendo en cuenta la dificultad metafísica de que todos piensen políticamente igual. Una cosa es

que en determinados momentos la lucha de partidos pueda esterilizar o frustrar la fortaleza del pueblo, y

otra muy distinta que sea razonable condenar sistemáticamente la concurrencia de una pluralidad de

pareceres en la interpretación de los fines del Estado. La potencia creadora de los pueblos se manifiesta

siempre a través de criterios dispares. El buen gobierno consiste en partir del reconocimiento de esa

disparidad, tratando de sublimarla en un ideal común.

Cuesta trabajo aceptar —como afirma el general— que «los partidos políticos son el opio del pueblo». En

la mayoría de los países constituyen el cauce de las diversas corrientes de opinión, traducidas,

pacíficamente, en el juego de la libertad. Cuanto mayor educación cívica y cuanto más alto es el nivel de

cultura de cada país, más limpio es ese juego. Sólo en los Estados donde no existe libertad —pensemos en

Rusia o en cualquiera de las fórmulas estructurales del totalitarismo estatal—, el partido único y

monolítico es la auténtica droga de la sociedad que tiene la desgracia de padecerlo.

A pesar de nuestra personal simpatía por el heroico soldado, no puede menos de asombrarnos su tajante

afirmación de que «los políticos son unos vampiros». En verdad que no sería justo hacer una defensa

cerrada de todos aquellos que se afirman servidores del Estado. ¿Pero es lógico incluir en ese juicio

peyorativo a, los que entienden el quehacer político en su tradicional concepto de «ministrare», es decir,

de «servicio» encaminado al bien de la sociedad que gobiernan? Innumerables ejemplos hay por el mundo

—y, naturalmente, dentro de España— que han sido o son modelos de abnegación, de rectitud y de

patriotismo, a veces sólo comparables a las cualidades morales que constituyen la ejecutoria del espíritu

militar.

Si en España «la mayoría no comulga con nada» —como sostiene el general García Rebull— es, sin

duda, porque un vacío mental ha ido enfriando su sensibilidad política. Inyectar en la sociedad una savia

de ideas y de convicciones constructivas sobre el porvenir de la Patria representa la mejor forma de evitar

esos saltos en el vacío que dan los Estados cuando pasan —como en Portugal— de la atonía política a la

plenitud del ejercicio de sus derechos ciudadanos para la que no estaban ejercitados. La maduración del

cuerpo social ha de ser lenta, como lo es el germinar de la simiente en la tierra. Para asegurarse de que el

fruto de esa maduración no sea monstruoso, el tiempo ha de garantizar la justa medida de ese proceso.

Pero un pueblo excesivamente tutelado se halla en trance de pasar un día, súbitamente, de la infancia a la

plenitud de la madurez. La brusquedad del cambio encierra indudables peligros. Mas esto no ocurre así

cuándo se adiestra a la sociedad política para que se halle en condiciones —cuando las circunstancias lo

exijan— de tomar conciencia de sí misma. Sólo una despierta tensión vital, mantenida en «potencia»,

garantizará el mantenimiento lúcido de unas facultades que un día habrán de ponerse en «acto».

Nos bailamos en estos momentos en lo que llamó un pensador del 98 el violento acoso de una raza

valetudinaria hacia una enérgica existencia. Y en ese proyecto tendremos derecho a reclamar que los lí-

mites de España se inscriban para siempre en irrenunciables latitudes europeas.

Por último, el procurador en Cortes general García Rebull ha minusvalorado la institución de que forma

parte, así como el esfuerzo de los demás procuradores, compañeros suyos de trabajo legislativo. El

general —y ésta es también otra singular paradoja— «no tiene fe» en estas Cortes. Y no porque le

parezcan aún poco rep´resentatiyas, sino acaso porque le resultan excesivamente democráticas. Y lo cierto

es que este organismo —cuyas legislaturas resumen la historia legislativa del Régimen-T- ha forjado, a

través de las Leyes Fundamentales, la nervatura constitucional del Estado.

España ha vivido pendularmenté a través de los siglos entre el dinamismo y la inmovilidad. El nuevo

Gobierno —a través de las palabras programáticas de su presidente en su f a m o s o discurso del 12 de

febrero—pretende inyectar al proceso —razonable y cautelosamente evolutivo— del Estado nuevos bríos.

No dejan de ser paradójicas —este carácter es el únjco que hemos querido destacar— las objeciones que a

ese noble intento presenta, nimbado justamente por sus heridas y sus cruces de guerra, un valiente y pres-

tigioso general español.

 

< Volver