Autor: Frías O´Valle, José. 
   La objeción de conciencia     
 
 Informaciones.    09/03/1978.  Páginas: 2. Párrafos: 32. 

LA OBJECIÓN DE CONCIENCIA

Por José FRÍAS O´VALLE

(Teniente coronel de Infantería D.E.M.)

PARA ser. objetar de conciencia lo primero que hace falta es tener conciencia. La objeción puede

definirse: «Con carácter general y amplio, como la repulsa o la negativa a obligaciones impuestas por

leyes positivas cuando dicho cumplimiento vaya en contra de firmes convicciones de conciencia

individual.»

Cuando se habla de este problema, todo el mundo lo interpreta como la negativa a prestar un servicio

militar, pero, • hoy por hoy, es un concepto más amplio. Veamos sus antecedentes.

Contra lo que algunos puedan pensar, este problema no.es actual. Durante los cuatro primeros siglos de la

Iglesia, esta tesis fue mantenida por los padres griegos. Consideraban, por los Evangelios, que Jesucristo

había condenado la guerra por ser intrínsecamente ilícita, e incluso el servicio de las armas, pues, como

dijo Tertuliano: «Desarmando a Pedro, el Señor desarmó a todos los soldados. Nadie puede, considerar

como lícito el llevar un uniforme que representa actos ilícitos.» Añadiendo: «No aprendamos a hacer la

guerra, pues somos hijos de la paz.» Remachando Lacíancio: «No puede haber excepción al precepto

divino: matar un hombre es siempre un acto criminal... Por eso las guerras son siempre execrables.»

Casi todas las sectas heréticas del cristianismo van a ser «irenistas", recibiendo este nombre por San

Ireneo, uno de sus teóricos más conocidos, como, por ejemplo: montañistas, maniqueos, meldenses,

abligenses, etc. Luego lo impulsarán hombres como Juan Wiclef, Colet, Erasmó de Rotterdam, Tomás

Moro, Juan Luis Vives y, «obre todo, Martin Lutero, que resucita un nuevo irenismo seguido por diversas

sectas" protestantes: antitrinitarios, anabaptistas y los memonitas, que consideran que no ya la guerra,

sino el servicio militar, son incompatibles con el cristianismo, de cuyas filas saldrán los «objetores de

conciencia», así como de los cuáqueros, que son los «apóstoles actuales de un antimilitarismo militante»,

y, más recientemente, los «testigos de Jehová».

Hoy, el problema de los objetores es universal, y la guerra del Vietnam, con su acompañamiento de

quemas de cartillas y papeletas de movilización, unido al espectáculo dé Mohamed Alí, negándose a

prestar el servicio militar, sirvió de caja de resonancia.

SITUACIÓN ACTUAL

Actualmente, los objetores creen que el artículo 18 de la Declaración de los Derechos Humanos —

libertad de pensamiento, conciencia y religión—, y la recomendación del Consejo de Europa —que sólo

tiene facultades de asesoramien-to sobre los Estados firmantes—, en la que se afirma: «Las personas

sujetas al servicio militar que por motivos de conciencia o en razón de una convicción profunda de orden

religioso, moral, ético, humanitario, filosófico u otro de igual naturaleza, rehusan cumplir el servicio de

las armas, deben tener un derecho subjetivo a ser dispensados de este servicio», legaliza y justifica, por

completo, su postura.

Moviéndonos en el campó legal, vemos que en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su

artículo 29, establece que: «En el ejercicio de sus derechos y en el disfrute de sus libertades, toda persona

estará solamente sujeta, a las limitaciones establecidas por la ley, con el fin de satisfacer las justas

exigencias de la moral; del orden público y del bienestar general», y toda ley de servicio militar de, todo

país que acepte y cumpla la Carta de las Naciones Unidas estará encaminada a garantizar el desarrollo

nacional en paz y seguridad, con la finalidad de lograr el bienestar general y el bien público.

En el aspecto religioso, es curioso que los grupos de ideología materialista se apoyen en este aspecto; el

Concilio Vaticano II se limitó a admitir que: «También parece razonable que las leyes tengan en cuenta

con sentido humano el caso de los que se niegan a tomar las armas por motivos de conciencia y aceptan al

mismo tiempo servir a la comunidad: humana de otra forma. Desde luego la guerra no ha sido

desarraigada de la Humanidad; mientras exista el riesgo de guerra no se podrá negar el derecho de

legítima defensa a los Gobiernos. Pero una cosa es utilizar la fuerza militar para defenderse con justicia, y

otra muy distinta querer someter a otras naciones. Los que en servicio de la patria se hallan en el Ejército,

considérense instrumentos de la seguridad y la libertad de los pueblos, pues desempeñando bien esta

función realmente contribuyen a estabilizar la paz.»

Personalmente, Pablo VI afirmó: «Es de asegurar que la . exaltación del ideal de paz no favorece la

cobardía de aquellos que temen dar la vida al servicio del propio país y de los propios hermanos cuando

éstos están empeñados en la defensa de la justicia y de la libertad y qué buscan solamente la huida de la

responsabilidad y de los peligros necesarios para el cumplimiento de los grandes deberes y empresas

generosas. Paz no es pacifismo; no oculta una condición vil y negligente de la vida, sino que proclama los

más altos y universales valores de la vida: la verdad, la • justicia, la libertad y el amor.»

ESCALADA Y POLITIZACIÓN

Tal como están planteadas las cosas en Occidente, el problema casi no tiene solución y va a más. En

principio se objeta el prestar un servicio militar con armas; luego se acepta sólo un sustitutivo civil,

aunque sea de mayor duración; más tarde se pretenderá igualar la duración de los dos servicios, para

finalizar rechazando todo servicio sustitutivo, el pago de la parte de impuestos correspondientes a ,

defensa o inventando nuevas y cada vez más pintorescas objeciones, tales como: hacia la enseñanza

oficial, las obras públicas, la política internacional, la mismísima Constitución, o como ya se ha dado

aquí, a dar tratamiento por escrito de excelentísimo señor a un capitán general.

El problema, aunque parece que no se debería tomar en serio, es grave, y lo es por afectar a la defensa

nacional, por tratarse —en realidad— de uno de los procedimientos que emplea la subversión para

debilitar los Ejércitos, para así poder hacerse más fácilmente con el Poder y ya no abandonarlo jamás,

La aprobación; de una legislación sobre el tema, por muy beneficiosa que sea para los objetores, no

solucionará nada, como se desprende de 3a experiencia ajena, y si es estricta será «objetada». En todos

los países occidentales el número de objetores aumenta cada año, y es que se unen y alian la politización

y la picaresca, al fomentarse el descrédito de los valores morales tradicionales.

Pasemos ahora, a ver la situación actual en los dos países más representativos a uno y otro lado del «telón

de acero».

EN LA REPÚBLICA FEDERAL ALEMANA

El Gobierno alemán, con todos los partidos de la oposición en contra, resolvió que a partir del 1 de enero

de 1977 bastaba una simple notificación por escrito para: ser considerado objetor, no tener que

evidenciarlo ante un tribunal y ser destinado a servicios auxiliares o a instituciones civiles.

La oposición recurrió ante el Tribunal Supremo, ya que se estimaba que en un solo año llegarían a

130.000, la. cuarta parte del contingente; que él 50 por loo serían estudiantes, lo que afectaría a la calidad

de los mandos subalternos y especialistas; la inexistencia del elevado número de puestos dé trabajo

alternativos; la necesidad de llamar a filas a los casados y a los peor dotados físicamente, para poder así

cubrir el cupo anual necesario, y, en resumen, por la elevada disminución de la capacidad defensiva y

operativa.

Los verdaderos motivos de estos «objetores» no eran otros que los de la picaresca; germánica, pero

picaresca. ¡Qué no hará el ibérico!

La resolución del Tribunal Supremo ha sido: — Dejar temporalmente en suspenso la anterior disposición

del Gobierno.

LA OBJECION DE CONCIENCIA

Poner de nuevo en vigor la necesidad de que un tribunal en las Cajas verifique y acepte o rechace las :

convicciones de los presuntos objetores.

-- Dictaminar antes del l de mar?o — ya lo habrá hecho— si la disposición del Gobierno fue

anticonstitucional, por dañar gravemente a las fuerzas armadas. Esta resolución provocó, en su día, una

serie de huelgas y manifestaciones patrocinadas por los «jusos», ala izquierda juvenil del partido

socialista.

EN LA U.R.S.S.

Por extraño que pueda parecer. d do el apoyo orne en nuestro país reciben de los grupos situados más a la

izquierda, o ideológicamente afines, en Rusia no existe un estatuto para ellos: todo lo contrario, el articulo

80. del Código Penal soviético afirma que la objeción de conciencia es un crimen contra el Estado, y, en

buena lógica, pasa a tratar a los objetores como criminales

El general Sbytow manifestó que la objeción no representaba para ellos ningún problema, y que cuando

aisladamente surgía algún caso, el recluta era sometido a tratamiento psiquiátrico, obteniéndose, hasta

ahora, rápidos «éxitos terapéuticos».

Sin comentarios.

¿Y EN ESPAÑA, QUE?

Estamos a la espera de un decreto que regule la objeción y de su tratamiento constitucional.

En el año 1959 se presentan los dos primeros casos de objeción. La progresión se mantiene en términos

muy discretos, sin llegar al medio centenar, pero en los tres últimos años se ha producido un incremento,

en conjunto, del 300 por 100, aunque, asi y todo, en 1977 se dieron solo unos 3ÜO casos. De momento el

problema, numéricamente, ; no es vital, pero ante la experiencia de los países europeos, y vista su

evolución y desarrollo, no parece expuesto diag nosticar en nuestro país un incremento en progresión

geo métrica en años sucesivos.

CONCLUSIONES.

— La auténtica objeción de conciencia no es frecuente.

— No es fácil detectable.

— Difícilmente un estatuto puede resolver el problema y fácilmente lo puede incrementar si viene a

dar ma yores facilidades.

— La objeción presenta una escalada o reacción en ca dena y es fomentada por los grupos

interesados en subvertir los valores éticos, morales, religiosos y patrióticos, de una determinada

sociedad, para hacerse 5? con el Poder de forma irreversible.

— Una relajación previa dé las costumbres crea el apro piado caldo de cultivo para que proliferen los

objetores, no por ética, sino por picaresca.

— En relación con este problema, los Ejércitos sólo pue den dar su voz de alarma y su asesoramiento,

ya que, en definitiva, encontrarle una solución y legislar sobre ello es una decisión de Gobierno. Para

poder cumplir. su misión, las fuerzas armadas necesitan un determi nado cupo anual de reclutas y poder

alcanzar, en caso de movilización, una determinada potencia. Si se con- sigue esto, aunque no hagan

el servicio militar ios objetores,. los filatélicos o los pelirrojos, técnicamente nos traería sin cuidado,

pero moralmente el asunto es de gran trascendencia.

— La única forma de solucionarlo, aparte de la «psiquiá trica» empleada en la U.R.S.S., es por medio

de una educación cívica impartida desde el jardín de la infan cia hasta alcanzar la mayoría de edad

dentro de los Ejércitos: una actitud seria y responsable por parte de todos los grupos políticos, apoyada

por una campaña en todos los medios de comunicación social, y en la identificación, indiscutible e

incuestionable, de la simbio sis Ejército-pueblo.

Esto último podría ser el tema de otro trabajo.

José FRÍAS O´VALLE

 

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