El Ejército, en su disciplina     
 
 Pueblo.    23/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

El Ejército, en su disciplina

LOS ingleses, que tienen como nosotros una tradición mili-tar muy noble y antigua di-cen que «viene

directamente de la boca de los caballos» lo que procede de su Estado Mayor, que durante siglos ha estado

en el llamado «Horse Yard», o «Patio de Caballos», y hacen asi un humorístico juego de palabras entre la

realidad y lo que sólo son rumores, que no merecen confirmación de ninguna clase. En nuestro Estado

Mayor —que nunca ha tenido su sede en ningún «Patio de Caballos», y que data de la «guerra de las

naran-jas>—, se distingue entre «las noticias teta, las noticias grifo y las noticias cu-bo». Las primeras

son las auténticas, las segundas las que podrían ser dudosas y las terceras las que deben ser ´enviadas

cuanto antes al cubo o cesto de los papeles, por la sencilla razón de que no merecen crédito de ningún

género. Los españoles hemos estado bastante en los últimos días ante «noticias cubo», porque no tenían el

menor crédito, aunque, procediesen de informaciones hechas públicas, de fas cuales se deducían hechos

exagerados o inexactos sobre la posición del Ejército. No pocos medios han sacado de] tiesta la brusca

situación de disponible del dignísimo general Prieto,, otros han especulado con exceso sobre los discursos

pronunciados por el capitán general de Canarias en diversas guarní, cienes..., y todo lo demás han sido

«noticias cubo». Casi todas para el cesto de los papeles, si es que merecían en verdad un destino que no

fuese el desdén por su inexactitud en relación con la verdad castrense, que es sólo una. Lo demás son

fantasías para apasionados al sensacio-nalismo.

No hace todavía mucho más de un siglo existían aquellos «ojalateros», a los que se llamaba así porque

eran los que decían «ojalá gobierne Narváez» «ojala gobierne Espartero», que por cierto lo hicieron

Consecutivamente, aunque en orden inverso al que acabamos de exponer en estas líneas. En España ef

poder militar ha existido, y frivolo seria quien l« tomase a broma, porque a lo largo de mas de siglo y

medio ha condicionado casi todos los acontecimientos políticos. Ahora, y además de otros hechos, es

«noticia teta» cuanto se refiere a las declaraciones del capitán general de Cataluña, que algunos acaso

consideran excesivas, pero que en principio parecen prudentes, actualmente exactas y. desde luego,

moderadísimas. Aparte de la gran anécdota de estos días, que es la detención de un autor teatral, de] cual

los jueces dirán si ha ofendido o no a las instituciones militares» es lo cierto que, como acaba de decir en

«El Noticiero Universal- el teniente general Coloma Gallegos, «para reformar el Código de Justicia

Militar se requieren una serie de pasos, entre ellos la aprobación de las Cortes», y aunque sea posible que

ningunas Corte* hayan aprobado el Código vigente, no es menos cierto que cuanto hoy rise arranca de la

ley de Jurisdicciones de 22 de mayo de 1906, cuando entre nosotros estaban vigentes la democracia, el

Parlamento y el liberalismo.

• Que esa ley, de casi tres cuartos de siglo de vigencia, no responde a la situación presente, eso casi nadie

lo duda, pero «dura lex sed lex», y en esto estarán de acuerdo, con las reservas que quieran, todos los

juristas. Cuanto se refiere a las Fuerzas Armadas no puede ser reformado bruscamente, sino por medio de

un prudentísimo «festina lente», desde el cual toda precipitación podría conducir a sucesos como los qué

antes y después de 1906 perturbaron nuestra vida política. Caimos tras aquella fecha en las Juntas

Militares de 1917, y lo peor que puede hacerse con cualquier historia es repetirla. Aunque hoy estemos en

presencia de otro espíritu, que requiere reformas, y profundas, en la vida castrense.

• Los primeros en saberlo son los militares, que no vienen en ningún aspecto desde un paraíso. Porque

aquí el Ejército no ha gobernado en las décadas pasadas, sino que ha sufrido sólo las apariencias de un

poder que no tenia. Más todavía: a lo largo de esas décadas la legislación vigente le ha comprometido,

desgastado y acaso atribulado en algunos momentos gravísimos. No están tan lejanos los juicios de

Burgos, para que nadie desee retornar a un tiempo en el cual el Ejército tenía que juzgar delitos

prácticamente de orden civil. Por lo menos en tiempo dé paz, como sucede con los códigos militares en

casi todos los países.

Seria imprudente tratar ahora, de distinguir entre generales duros y «generales blandos», porque la reali-

dad es que no hay otra cosa que, generales, tratando de cumplir con las leyes vigentes y con su oficio. No

va a cambiarse tal oficio, que. como diría Quevedo, «es imprescindible para el Gobierno de la república»,

o sea del Estado, pero sí pueden irse mudando con la urgencia posible leyes antiguas que obligan al

Ejército, en virtud de normas plenamente vigentes, a interferirse o mediar en temas civiles complejísimos.

Refórmese lo que tenga qué ser reformado, y hágase por iniciativa del Gobierno o de la ¿omisión de

Defensa del Congreso. Pero tampoco habría que olvidar, como ha escrito Coloma Gallegos en «El

Noticiero Universal», que «la Nación, a costa de muchos sacrificios, mantiene una institución corrió son

las Fuerzas Armadas, y el desprestigio de esas fuerzas va en demérito de la propia institución y de la

Nación». Cuidado, y que no se cree el peligroso ambiente de que los militares son de ningún partido,

cuando la ins-titución las ordenanzas, la disciplina y la bandera son de todos, y cuantos lo agravien

agravian también a todos y, desde luego, a nosotros mismos.

Las huelgas, por mínimas que sean, creadas en contra de una decisión jurídica del Ejército, son, por

definición, peligrosísimas, por cuanto crean un desafío que a nadie beneficia. Fue un hombre tan

supuestamente reaccionario como Narváez quien dijo un dia que «los servicios de toda mi vida han sido

por la causa de la Libertad, y no he tenido jamas otra bandera», y Canalejas —¡nada menos que

Canalejas!— quien afirmó que «o el militar es más patriota que los demás o no es un buen militar». Hoy

también, como siempre, esperamos de los militares el patriotismo y la disciplina. Pero también que

cumplan con sus propias leyes, mientras éstas existan. Lo demás seria como crear un peligroso vacío.

Creemos que esto es cierto, lo mismo que deben desaparecer esos «ojalateros» que cada día están

pidiendo, con peligrosa y temeraria precipitación, la directa intervención del Ejército en la política. Con

su actitud están haciendo a la Política de todos y al Ejército, que es también de todos, un daño terrible.

Múdense algunas viejas leyes y cesarán lo» problemas que se plantean en el orden jurisdiccional algunos

días. El camino de las Cortes está siempre "abierto para unas Fuerzas Armadas que, desde hace años, se

mueven ejemplarmente en la legalidad lo cual ha permitido el cambio político en el terreno de la

serenidad y de la disciplina. Provocar al Ejército será siempre no sólo una te-meridad, sino una peligrosa

tontería..

 

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