Enseñanza. El ministro de Educación y Ciencia, en el juramento de los profesores adjuntos. 
 Mi agradecimiento por haber ejercido una función docente en condiciones de penuria     
 
 Informaciones.    31/03/1973.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

«MI AGRADECIMIENTO POR HABER EJERCIDO UNA FUNCIÓN DOCENTE EN CONDICIONES

DE PENURIA»

MADRID, 31. (INFORMACIONES.)

«Quiero manifestaros mí agradecimiento por haber ejercido con solvencia y sin desánimo, durante años,

una función docente en condiciones de inseguridad y de penuria retributiva», ha dicho el ministro de

Educación y Ciencia, esta mañana a los 1.116 profesores adjuntos de Universidad que en sesión solemne

han jurado individualmente los principios del Movimiento y demás Leyes Fundamentales del Estado.

Esta es la primera vez que se reúne a todo un cuerpo para acatar, en sesión solemne y colectiva, las leyes

del Estado, y constituye el segundo juramento al mismo objeto que realizan estos adjuntos, ya que

previamente lo habían hecho por escrito, como es tradicional.

La sesión, en la que se ha hecho preceptivo el uso del traje académico, se ha celebrado en el Teatro Real y

ha sido presidida por el ministro de Educación y Ciencia, don José Luis Villar Palasí, subsecretario y

rectores de Universidad.

Tras la jura del profesorado, el ministro de Educación y Ciencia pronunció el siguiente discurso:

«Vosotros sabéis bien que la Universidad no tolera hoy más jerarquía —y así debe ser— que la que se

desprende del mérito docente, de la experiencia y de la dedicación a la enseñanza y a la investigación. Por

ello, la idea de «cursus honorum» no puede sugerir otra cosa sino que la figura del profesor se perfila e

integra en el transcurso de los años con el ejercicio continuado de su vocación académica. Que el

necesario aprendizaje no haya de realizarse en la indigencia o en el temor a los avatares de la coyuntura

es, a fin de cuentas, la verdadera ratio de la creación del cuerpo de profesores adjuntos.»

FUTURO DE LA UNIVERSIDAD

Posteriormente, el ministro dijo, refiriéndose al futuro de la Universidad: «En términos dialécticos y en

una tentativa de síntesis cabría decir que la opción que agobia a la Universidad, y. que es de ineludible

resolución, se suscita primariamente en torno al sujeto definidor de las funciones y fines de la institución.

Expresado de otro modo, hemos de clarificar, con carácter previo, si la Universidad puede establecer

soberanamente los objetivos últimos que se propone alcanzar, prescindiendo de las necesidades externas a

ella e inspirándose para tal tarea únicamente en los valores que alumbra la concepción académica de la

cultura y de la ciencia, o si, por el contrario, ha de aceptarse que, dados los rasgos que perfilan la época en

que nos ha tocado vivir, la institución. universitaria, como parte integrante e integradora del sistema

social, tiene que desplegar su actividad a la luz de criterios servicios desde el exterior, tales como su

correcta adecuación a las necesidades del desarrollo económico o a las exigencias del llamado, con

innoble expresión, mercado de trabajo. En una primera aproximación, mi personal estimación me inclina

a rechazar que la cultura universitaria pueda concebirse como un fin en sí misma con la exclusiva y

excluyente preocupación de autoperpetuarse.»

«LA UNIVERSIDAD NO ES MERO CAUCE INERTE Y NEUTRAL»

«La Universidad no es un ente químicamente puro, aislable y manipulable en un laboratorio. Es una

institución inserta en un sistema social que demanda de ella el cumplimiento de un determinado papel, al

que por principio no puede sustraerse. La Universidad debe atender en verdad a los requerimentos de la

sociedad, pero no sólo a ellos, ni tampoco de una manera pasiva o mecánica. Si la Universidad ostenta

alguna peculiaridad institucional es precisamente en el modo, en el cómo ha de satisfacer las necesidades

sociales. La gran oportunidad de la institución universitaria cara al futuro radica justamente en que la

sociedad le exige algo, y al responder de acuerdo con su esencia y naturaleza a este desafío puede, al

mismo tiempo, expandir sus valores singulares, realizar un esencial proposito de progreso humano y

desplegar así toda su capacidad de influir en la mayor y más justa configuración del sistema social.

La Universidad no constituye, en sí misma, un supremo fin, pero tampoco es mero cauce, inerte y neutral.

Realizar una especifica función al servicio de la sociedad mediante el ejercicio de una actividad necesaria,

pero positiva, creadora y de vanguardia es tarea sustantivamente distinta de aquella que comporta la

conversión de la educación superior en un centro productivo de profesionales titulados.»

LUCHA ENTRE

EL HUMANISMO Y LA

TECNOCRACIA

«Nos vemos hoy enfrentados con un problema cuya solución exige la recreación y autentificación de

ciertos valores humanos y el alumbramiento de otros nuevos que posibilitan la superación del dilema

entre una cultura humanista y tradicional, insuficiente y desbordada en su capacidad de conformación de

una vida humana y humanizada y una actitud científica y técnica que tiende a la eliminación radical de

todo lo antiguo en favor de lo nuevo, sin discriminar ni sobre su conveniencia o inconveniencia, ni sobre

su utilidad o su carácter residual, ni tampoco sobre su valor humano o su irracionalidad.

Quizá un buen camino por el que marchar para encararse con este reto sería operar conscientemente sobre

la función de socialización que la Universidad ejerce, en el sentido sociológico de la expresión, es decir,

entendida como actividad de integración mediante la transmisión de valores y la creación de modelos

culturales.

La actitud científica que caracteriza nuestra época es a la vez un punto de apoyo y un obstáculo. Es

obstáculo porque la actitud científica, incluso en el campo de las llamadas ciencias humanas, es una

actitud del hombre frente a un universo en el que, por principio, se ha excluido la presencia humana. La

idea de ciencia, implica la fórmula preconcebida de verdades y leyes exactas. Pero, como contrapartida, la

ciencia proporciona como valor un sentido de lo objetivo altamente desmitificador, que debe estar en la

base de todo orden auténtico, de cualquier forma de convivencia justa y pacífica y de cada intento,

individual o colectivo, de aproximación a la verdad.»

MISIÓN DE LA UNIVERSIDAD

Finalmente el ministro dijo:

«Sólo bajo la inspiración de estos valores podrá la Universidad volver a dar sentido unitario a la cultura y

poner orden en un mundo académico desequilibrado por la proliferación incontrolada de las ciencias y las

técnicas, conduce a una mera especialización profesional que hace añicos el ser integral de hombre y

traiciona la sustantividad de la misión educativa en aras de unas demandas económicas incorrectamente

comprendidas. Ciertamente la enseñanza de las profesiones, en sentido amplio, es también función de la

Universidad y función ineludible de la que no puede abdicar en una sociedad como la presente.

La educación tiene como fin superior, y así lo proclama nuestra legislación, la formación humana

integral, el desarrollo armónico de la personalidad y la preparación para el ejercicio de la libertad.

Y es que la Universidad o significa humanismo, tolerancia, razón, progreso, aventura de ideas y búsqueda

de la verdad o carecerá en absoluto de significación. Porque si bien es claro que la Universidad ha de

impartir la enseñanza de las profesiones, no lo es menos que semejante función no justifica por si sola la

existencia de una institución universitaria.»

Y terminó con estas palabras:

«De vosotros depende, en buena medida, la posibilidad de encarnación del ideal al que todos aspiramos,

aunque sea quizá por andaduras distintas. Una vida humana y una sociedad más justa y más libre son

metas irrenunciables y, como la experiencia histórica demuestra, nada fáciles de alcanzar. Tengo la

seguridad de que comprendéis qué situaciones delicadas pueden exigir coyunturalmente medidas

extraordinarias, pero quisiera que por vuestra parte tuvieseis también la certeza de que su adopción no

supone renuncia alguna en nuestra lucha por la consecución de una Universidad al servicio de aquellos

objetivos. Siempre he creído que era un sofisma lógico la opción entre la injusticia y el desorden. Porque

el desorden es ya de suyo la peor injusticia. Y por eso es trampa engañosa darnos a elegir.

31 de marzo de 1973

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