Autor: Seco Serrano, Carlos. 
   La monarquía y sus servicios al país     
 
 ABC.    15/06/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

LA MONARQUÍA Y SUS SERVICIOS AL PAÍS

EW su prólogo a las c u r i osas Memoria s del Rey Luis Felipe, recientemente publicadas, el

conde de París, directo descendiente de aquél y representante actual de la opción monárquica

en Francia, escribió, comentando el fatal enfrentamiento de Luis XVI con el proceso

revolucionario: *La Monarquía Capeta había surgido de la dispersión feudal; su historia es una

larga marcha hacia la construcción de la nación francesa y la realización de su unidad. Para

vencer a las fuerzas opuestas a este designio tenaz, el Estado capeta acogió y organizó ías

mutaciones sociales sucesivas: constantemente se apoyó sobre las nuevas generaciones,

convocándolas, una tras otra, al servicio del bien público. ¿Por qué esta evolución, que se

venta efectuando desde hacía ochocientos años, de acuerdo con las leyes de la vida, no

encontró medio de con´ tinuar a finales del siglo XVIII? ¿Por qué la Revolución, consecuencia

de este fallo, no fue ocasión para que la Monarquía se reencontrase a si misma, poniéndose a

la cabeza de este gran movimiento de 1789 que se inició al grito de ¡Viva el Rey!, al que

durante largo tiempo hicieron eco las aclamaciones del pueblo y de las asambleas?*

No sólo en Francia, sino en todos los países de la vieja Europa, la raíz histórica consustancial a

la Monarquía se robusteció en tanto ésta supo nutrirse con ¡a savia nueva suministrada por el

nivel de los tiempos y de las ideas; lo que a su vez potenciaba un impulso integrador.

permitiéndole actuar, desde una perfecta posición arbitral, como decisivo motor de progreso —

político, social, cultural—, superando los obstáculos acumulados por parcialidades inmovilistas

y regresivas. En el caso concreto de España, el fracaso de la Monarquía isabelina se cifró en

no haber wbido ésta asumir la alta misión que ,a Historia le conferia, descendiendo. aor el

contrario, al terreno de la pugna zntre las fuerzas políticas y volcando su peso a favor de una

de ellas; no para eliminar obstáculos al desarrollo, sino para acumularlos, sustentando una

auténtica dictadura de partido (la revolución de 1868 se haría en nombre de la lucha «contra los

obstáculos tradicionales*).

Por contraste, el éxito de la Restauración —en las figuras de Alfonso XII y de la Reina

regente— se cifró, más que en la voluntad de Cánovas —crear una plataforma de convivencia

para las dos Españas separadas por e! 68—, en la perfecta adecuación del Monarca al logro de

ese fin. Decisiva fue la crisis de 1881, un poco artificiosa, pero oportunísima en los momentos

en que Cánovas, cargado de merecimientos, empezaba a suscitar en muchos ánimos la

sospecha de una nueva versión de los •obstáculos tradicionales´, dada la excesiva

prolongación del mando conservador. La llamada de Sagasta al Poder desvaneció de súbito

aquellos temores y facilitó la polarización de los núcleos revolucionarios del 68 hacia lo que ¿e

llamaría «fusionismo»: el Rey demostraba asi que quería serlo "de todos los españoles^. Y el

propio Cánovas completaría esta normalización de la vida política —la convivencia entre una

´derecha» y una izquierda* dinásticas— cuando, a! producirse la muerte del joven Monarca,

hallándose él otra vez en el Poder, presentó su renuncia a la Regente y aconsejó a ésta una

nueva llamada a Sagasta. Comenzaba el «fumo pacífico».

El caso de Alfonso XIII fue mucho más complefo; no por la supuesta vocación autoritaria del

Rey, sino por su anhelo regeneradoniza —el afán de abrir camino a la «España vital´ entre la

artltlciosidad, cada vez más evidente, de la •España oficial»; de los viejos partidos,

descompuestos por el revulsivo del desastre. En 1909 hubo de escoger entre un Maura, cuya

credibilidad democrática se había hundido en el torbellino de la Semana Trágica, v •media

España y más de media Europa» escandalizadas con la dureza de la represión que siguió a

aquélla. En 1913 tuvo que reaccionar de nuevo ante la pretensión maurlsta de convertir el

papel de la Corona en el de simple valedora del Partido Conservador. En 1918, el Rey se vio

obligado a tomar la iniciativa, una vez más, de cara a cada parcialidad política, para "Construir

un Gobierno nacional, capaz de superar la fragmentación i r r e p arable de los partidos. Por

último, la compleja crisis pe la posguerra —crisis económica, crisis social, crisis constitucional,

crisis militar— generaría en el pa/s real» un engañoso anhelo de acudir al «cirujano de hierro»

propugnado por Costa; vino así la Dictadura, a la que Don Alfonso daría luz verde ante la

pasividad de un Gobierno desasistido por todos los sectores de opinión. Y en 1930 puso fin al

régimen de excepción cuando éste se vio recusado por la "España real», nuevamente anhelosa

de recuperar sus libertades y derechos constitucionales.

No fue, pues, en el caso de Alfonso XIII, una deliberada renuncia a la misión integradora de la

Corona, sino más bien todo lo contrario, lo que provocó e! hundimiento del régimen. Sino que

en su empeño típicamente regeneracionisía, de superar las artifíclosidades tantas veces

atribuidas a la "España oficial», la Corona sólo cosechó el resentimiento de los partidos que se

integraban en aquélla. De la actitud de ios sedicentes monárquicos, diría oportunamente

Lerroux, líder del radicalismo republicano: ´Hace muchos años que los monárquicos se pasan la

vida torpedeando al Rey... Los republicanos nos hubiéramos contentado con derribar la

Monarquía; los monárquicos, cuando no

les sirve, la deshonran...»

Es curioso comprobar cómo la experiencia republicana vino a justificar en la perspectiva del

tiempo las que habían sido consideradas como culpas» del Rey. Alcalá Zamora, puesto en la

misma alternativa que Don Alfonso —apelar a ¡a "España real» frente a la "España oficial"— se

vería barrido por los partidos republicanos: la disolución de ´si Cortes en 1933 le enemistó con

las izquierdas; la disolución del nuevo Parlamento, en 1936, le qanó el rencor de las derechas.

En uno y otro caso, los resultados electorales habían dado plena razón a don Niceto. En cuanto

a. Azaña, nunca supo adoptar una actitud auténticamente arbitral en el fuego político: en 1936,

su vocación jacobina se vio doblada con un pesado lastre de resetiLimientos. El resultado no

podría ser peor, porque estimuló el proceso de crispaciones que condujo a la querrá civil.

l reinado de Juan Carlos i nos ha dado la imagen exacta de lo que supone, en su dimensión

más auténtica, la Monarquía. Tras el paréntesis abierto en 1931 y cerrado en 1975 (el

canibalismo político» de la República, culminante en la guerra civil, primero; la imposición

excluyente de los vencedores sobre los vencidos, a lo largo de los treinta y seis años

siguientes, después), el ¡oven Monarca expresó, desde el mismo día de su proclamación en el

seno de las Cortes, la voluntad integradora que le animaba; el deseo de reinar sobre todos los

españoles. Sólo la Monarquía era capaz de hacer el milagro que los países del mundo libre han

´contemplado con estupor: la conversión sin traumas irreparables, de un cerrado sistema

autoritario en lina democracia abierta. Para el iránsito, operado en el espacio de año y medio,

seria decisiva la crisis de ¡unió de 1976; crisis aue alguna vez he equiparado a la de 1881. Los

siete meses del segundo Gobierno Arias habían restado credibilidad a su programa reformista,

atascado en torno al problema de las famosas asociaciones políticas, inaceptables para la

célebre «plataforma democrática*. Por contraste, la ´.´í´í/jelta actitud del Gobierno Suárez ha

permitido disipar viejos fantasmas, facilitar cauces al diálogo, abrir, en definitiva, un despejado

camino a /a democracia, y todo ello —con serenidad firme y con castellana «mesura»—

sorteando amenazas muy graves, planteadas tanto desde la extrema derecha como desde la

extrema izquierda.

Con exactitud subrayaba recientemente Javier Tusell, en articulo titulado, de forma expresiva,

¡Viva el Rey!, la honestidad y la virtud del auténtico "motor» de la democracia en este histórico

proceso. En efecto, las curvas y revueltas de nuestro imprevisible futuro no sé por qué caminos

nos llevarán; pero sea cual sea su meta final, siempre resultará innegable que la Monarquía, en

la persona del Rey Juan Carlos, ha prestado al país un valiosísimo servicio: le ha devuelto, uno

a uno, todas las libertades y derechos que parecían perdidos para siempre. La Institución y la

dinastía han sellado, con gloria indiscutible, una tradición de servicios abnegados a la patria de

todos; tienen bien ganado derecho a la gratitud y la lealtad de los españoles.

Carlos SECO SERRANO

 

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