Lo que pasa en la Universidad     
 
 Informaciones.    13/10/1972.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

LO QUE PASA EN LA UNIVERSIDAD

PAULATINAMENTE comienzan a abrirse los cursos académicos en las dis tintas Universidades del país.

El lunes comienza el curso en Barcelona, y el martes el ministro de Educación y Ciencia asistirá a la

apertura solemne del curso en el Paraninfo de San Bernardo (Madrid). Una medida que puede extenderse

a Barcelona ha tenido buena acogida en Madrid: la retirada de la Policía Armada del «campus» de la

Complutense. El tiempo universitario es de expectación, y el país en general —muy especialmente los

padres de los alumnos— permanecen a la espera de que se resuelva la incógnita. ¿Qué va a pasar en la

Universidad?

La pregunta es de uso común, incluso a nivel de algunas autoridades académicas. Pero esa noble

preocupación se orienta en sustancia hacia la preservación o alteración del orden público en los recintos

universitarios. Lo que el país se está preguntando es si se van a producir nuevas huelgas o nuevos choques

entre Estudiantes y policías. Esta preocupación —insistimos— es noble, pero parcial. Puede que la

Universidad en este curso 1972-73 sea una «balsa de aceite» y no por ello se habrán resuelto los

principales problemas universitarios.

Lo que va a pasar en la Universidad no lo sabemos, pero sí podemos enumerar someramente lo que está

pasando. Y lo haremos, como escribía don Ramón Menéndez Pidal en 1929 sobre problemas

universitarios parejos a los actuales, «por el patriotismo que exige a todo español pensar y sentir

noblemente los problemas de las instituciones en que vive».

Una buena educación universitaria se logra básicamente con los mismos tres factores que posibilitan

ganar una guerra: dinero, dinero y dinero. Él propio Ministerio de Educación y Ciencia ha reconocido

repetidamente que el principal «handicap» de la reforma educativa estriba en la falta de medios

económicos. Por insuficiencias presupuestarias no paliadas por los préstamos del Banco Mundial—, la ley

general de Educación no puede cumplir sus plazos previstos. El presupuesto de Educación y Ciencia

sigue siendo bajo y no permite afrontar ni una pequeña parte de las reformas previstas. El presupuesto

educativo de 1971 con relación al año anterior creció, en un 36,95 por 100, y el del presente año sólo

creció con relación a 1971 en 1,96 por 100. El crecimiento más bajo de todas las partidas presupuestarias

del Estado, con excepción de las destinadas a Presidencia del Gobierno y Obras Públicas.

Se nos dirá —y es cierto— que el presupuesto de Educación es el más alto de todos, pero el porcentaje

relativo que ocupa en el desglose presupuestario general sigue siendo muy reducido. En Educación

gastamos en 1971 el 15,70 por 100 del presupuesto, y en 1972, el 14,13 por 100. El porcentaje relativo

está, por tanto, «a la baja», y se especula con la posibilidad de que en el presupuesto educacional para

1973 las inversiones se reduzcan en 450 millones de pesetas.

Y el problema económico actual recibe la herencia de carencias pasadas. En 1962 dedicamos a la

enseñanza el 1,8 del P. N. B., cuándo la O. C. D. E. daba una media para Europa del 3,2 por 100.

Entonces Grecia y Yugoslavia superaban a España en presupuesto educacional. Ahora bien, hay que ser

realistas. Aún conscientes de que las inversiones en enseñanza son las más rentables a largo plazo, otras

exigencias imperiosas de infratestructura impiden desarrollar espectacularmente el presupuesto de

educación. ¿Qué hacer? Seleccionar exquisitamente la aplicación del presupuesto.

Esto es lo que creemos que se ha hecho y se está haciendo mal. Se están construyendo nuevas

Universidades y, a mayor abundamiento, se quiere levantar una red de colegios universitarios. Este gasto

es innecesario. Con excepción de las Universidades de Madrid y Barcelona, las restantes del país

imparten enseñanzas a menos de 15.000 alumnos. Cifra ideal máxima según la conferencia de rectores

celebrada en Tokio en 1965. De otra Darte, tenemos a la mayoría de nuestras Universidades por debajo de

los ocho mil escolares, cifra ideal mínima. Hay, por tanto, margen de relleno y menos masificación de la

que se piensa. Máxime cuando en modo alguno la capacidad de las actuales aulas se aprovecha al ciento

por ciento.

Levantando nuevas Universidades y más colegios universitarios no resolveremos nada, sino que

empeoraremos el problema universitario. Porque lo que le falta a nuestra Universidad son subvenciones

para programas científicos, laboratorios, material y, muy especialmente, profesorado. Sabemos que nos

faltan profesores, y sin embargo los caminos que conducen a la vocación docente se llenan de obstáculos:

falta de incentivos económicos, inseguridad profesional, etc. Nos faltan profesores y estamos ahondando

en esa carencia.

De otra parte, es conocido el movimiento de determinado número de catedráticos hacia la petición de

excedencia, la dimisión de otros de sus cargos académicos y la renuncia de tantos a aceptar puestos de

autoridad docente. Todo esto evidencia un clima enrarecido en los claustros.

Del lado de los alumnos, la incertidumbre es grande. Quienes el curso pasado terminaron el C. O. U. se

encuentran en muchos casos sin posibilidad de matricularse en la Facultad elegida. Se están rechazando

miles de preinscripciones de matrícula al tiempo que se hace énfasis en la inexistencia del «numerus

clausus». ¿Es que la avalancha de matrículas universitarias ha sorprendido a alguien? Entre 1963 y 1967

aumentó el número de estudiantes de bachillerato en medio millón (mucho más que entre 1940 y 1963), y

ya sabemos que cuando finalice el III Plan de Desarrollo el déficit de puestos escolares para niños de seis

a catorce años será mayor que el que existía al comenzar el II Plan. Con don Fernando Suárez, decano de

Derecho en Oviedo, nos tenemos que preguntar si acaso no se hicieron previsiones para el futuro con

aquellos datos.

Con casi la totalidad de la Prensa catalana tenemos que sorprendernos de que se retrase la apertura del

curso académico —con estudiantes a la espera en sus casas o en sus pensiones— por problemas que

podían haber sido holgadamente solucionados durante el verano e incluso antes. Y con estudiantes y

catedráticos seguimos sin comprender por qué no se ha arbitrado después de tantos intentos fallidos —dos

reglamentaciones de A. P. E., una ley sobre asociaciones estudiantiles y los Estatutos de cada

Universidad— una representación estudiantil aceptable para todos.

 

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