Autor: Balcells Gorina, Alfonso. 
   La universidad abarrotada     
 
 ABC.     Páginas: 2. Párrafos: 14. 

PRIMAVERA EN MADRID

LA UNIVERSIDAD, ABARROTADA

Un sol recién estrenado alegra y dora las calles de Madrid. El Ayuntamiento, quizá para que no todo sea

agrio chirrido de grúas, hace plantar miles de tulipanes en los Jardines del Prado. Los viejos buscan la

solanera de la plaza de Tirso de Molina, tierra de nadie entre la Puerta del Sol y los barrios bajos. (Fotos

T. Naranjo.)

URGE CREAR NUEVAS FACULTADES Y MOVILIZAR OTROS HOSPITALES EN TORNO A

LAS DE MEDICINA

LA imagen que acompaña a estas líneas no corresponde, como podría creerse, a la Universidad de Madrid

o de Barcelona, sino a la de Salamanca y concretamente a una clase del tercer curso de Medicina.

Alumnos matriculados en la Cátedra: 630 en el presente año. Esta cifra y el aspecto del aula son de una

elocuencia que dispensa de consideraciones parar plantear el problema: la Universidad está abarrotada.

Porque, además de Salamanca, Barcelona, Granada y Zaragoza superan los dos mil alumnos en sus

Facultades de Medicina y en la de Madrid pasan de cinco mil, cifras estremecedoras e inaceptables bajo

cualquier módulo: piénsese que la Escuela de Medicina de Puerto Rico no admite más que 50 estudiantes

por curso y lo mismo el "All India Institute of Medical Sciences" de Nueva Delhi, para hablar de dos

ejemplos distantes que he podido conocer. Por término medio son cien los alumnos de un curso en las

Escuelas de Medicina norteamericanas, y en las recomendaciones finales de la última conferencia

Mundial de la O.M.S. sobre Enseñanza de la Medicina—Nueva De1hi, 1966—pude escuchar con

nostalgia las cifras comprendidas entre 100 y 150 alumnos por curso y ver "condenadas", con pesar y

sentimiento de "culpabilidad", las superiores a 200...

Que la situación de agobio no queda reducida a los estudios de Medicina podría atestiguarlo la matrícula

en Políticas y Económicas, recientemente en las Escuelas Técnicas Superiores, en los cursos Selectivos de

Ciencias y en la Facultad de Letras. El incremento del alumnado no ha sido, por otra parte, paulatino, sino

que asistimos a un verdadero "salto" en los últimos años, respecto de las cifras anteriores, y es previsible

un ritmo acelerado de crecimiento en el futuro, tanto por la afluencia de estudiantes hispanoamericanos y

extranjeros como por el aumento demográfico y la promoción escolar progresiva, desde la segunda

enseñanza.

Pero hoy quiero referirme más concretamente a las Facultades de Medicina. Si el aspecto de las aulas es

impresionante, resulta deprimente el espectáculo de las salas del Hospital Universitario durante las

"prácticas" de los alumnos, hoy forzosamente colectivas, a no ser que el catedrático, por humanidad y por

decoro, las restrinja—con el consiguiente perjuicio para la formación clínica de los aspirantes a médico—

entre otras cosas, además, por falta de personal docente auxiliar: en la cátedra aludida existen solo cuatro

"ayudantes de clases prácticas" simbólicamente retribuidos...

Excuso decir que el presente alegato va dirigido a la opinión pública, y no a las autoridades ministeriales

actuales del Departamento. Estas conocen de sobra el problema y procuran, en la medida de sus

posibilidades, resolverlo, pero la insuficiencia de los medios económicos disponibles desplaza el

aldabonazo a otros sectores, a veces remisos a la hora de los presupuestos, y a la sociedad en general,

pues el desfase entre necesidades y medios viene de lejos. Sea como sea, la situación es insostenible y su

solución no es demorable por más tiempo.

Podría argüirse que las respectivas Universidades acusan, con ello, una manifiesta imprevisión y que un

estudio prospectivo, a tiempo, hubiera adivinado tal crecimiento y permitido una oportuna adecuación de

las instalaciones. A cualquiera se le ocurre, sin embargo, que una institución docente no puede crecer

ilimitadamente, si no quiere poner en riesgo su "medida humana". Megauniversidades y megafacultades

son pasto fácil de toda clase de agitaciones espúreas, entre otras cosas porque, aparte de sus deficiencias

didácticas intrínsecas—el "ocio mental" que conllevan—quedan deshumanizadas por la masificación y

anonimato del alumnado y la escasa relación personal profesor-alumno, con la insatisfacción y frustración

consiguientes.

Hoy se abre camino, en todas partes, la conveniencia de limitar las admisiones en un centro superior al

número de "plazas escolares" disponibles, del mismo modo que todo el mundo califica una escuela

primaria o secundaria según el número máximo de alumnos que por clase admite. Otra cosa seria

deteriorar el nivel y el rendimiento. Ni cubre todos los objetivos el expediente de multiplicar

indefinidamente el número de secciones y "aulas" de un curso, por las razones antedichas.

Conozco la impopularidad del "numerus clausus" y por esto al mostrarme partidario de tal solución ante

los académicos de la Real de Medicina de Madrid (1960), hube de decir que su presunto carácter

antiliberal es aparente y hay que preguntarse si "es honrado admitir más alumnos, hasta un número

ilimitado, de los que se pueden atender" a tenor de la capacidad de locales, laboratorios, camas, etcétera.

Ciertamente, en Europa se ha mirado con repugnancia tal medida, pero recuerdo que el rector de la "Freie

Universitat" de Berlín nos decía, hace unos meses, que ellos se han "plantado" en 15.000 alumnos, y

sobre todo para Medicina, la limitación parece incuestionable.

Lo cual no quiere decir que lleve implícita la limitación, en general, para estudiar Medicina en todo el

país, sino solo en aquella Facultad ya colmada. Asunto aparte, el del "numerus clausus" profesional,

depende, dicho sea de paso, del criterio de los Colegios Médicos y es función de la supuesta plétora: una

planificación en este sentido, en cuyo favor cabe considerar el freno al dispendio de talentos y al

envilecimiento de la profesión por la competencia excesiva, debería ser solo "indicativa" según mi

personal criterio, pero no cerrada, con información pública, para familias y aspirantes, sobre dificultades

en las "salidas" y señalamiento de las "plétoras regionales" en la distribución de la asistencia médica. He

aquí, a mi modo de ver, una misión interesante de las corporaciones profesionales, que repercutiría en la

orientación académica del bachiller.

No hace falta insistir demasiado en que la solución que se impone es la creación, a corto plazo, de nuevas

facultades de Medicina. Téngase en cuenta que existen en España el mismo número de Facultades

oficiales que hace casi un siglo, porque si bien a raíz de la Ley Moyano (1857) quedaron reducidas a

ocho, la de Salamanca se restaura en 1868, a cargo de la Diputación y luego (1874) del Ayuntamiento, y

algo parecido sucedió con la de Sevilla, siendo reconocidas como estatales nuevamente a principios del

presente siglo. Es decir, que, a pesar de doblarse la población española en estos cien años transcurridos—

de 16 a 32 millones—disponemos de las mismas diez Escuelas de Medicina. Y si se quieren otras cifras

ilustrativas y más cercanas: en sesenta años hemos pasado de cuatro mil y pico alumnos de Medicina a

veinte mil en toda España y en igual período el número de catedráticos de Medicina, ha crecido sólo de

ciento treinta a doscientos.

Todo aboga, pues, y de modo apremiante por el retraso, en el sentido de abrir más facultades de Medicina

y que nadie tema que con ello se agudice la "plétora profesional", ya que, aparte de su carácter relativo—

diez países, más desarrollados, nos preceden en número de médicos por habitante—de lo que se trata,

repito, es de reducir la matrícula en cada Facultad a su real capacidad docente. Eso sí, simultáneamente,

es preciso dotar mejor, mucho mejor, a las actuales.

Si se me preguntase sobre la más oportuna ubicación de las futuras Facultades, no dudaría en hacer míos

los criterios que en su día el rector Virgili, de Oviedo, propuso en la Comisión de Educación de las Cortes

y por unanimidad se aprobaron como moción al Gobierno: 1) necesidad de ambiente y unidad

universitarios, es decir, elegir ciudades que ya poseen Universidad y otras Facultades universitarias; 2)

prioridad según demografía regional y, más concretamente, según proporción de alumnado local que hoy

se desplaza a ciudades con Facultad. Yo añadiría, además, que un Hospital anejo a la Facultad, requiere

un volumen camístico difícil de alcanzar en ciudades pequeñas. Es decir, la lógica localización sería en

puntos de concentración espontánea de población escolar y camas de hospital. Y, naturalmente, una

distribución geográfica "estratégica" llevaría a repartir las nuevas en los "vacíos" lejanos de las actuales,

una vez cumplidos los requisitos anteriores. Bilbao, en el seno de millón y medio de habitantes de la

región vasca, Murcia y Oviedo, con más del millón en sus respectivas regiones, parecen reunir todas

aquellas condiciones.

"Otra medida urgente e inaplazable—lo decía también en 1960 a los miembros de la Real Academia—

sería la puesta en marcha de una real coordinación sanitaria, integrando todos los hospitales que reúnan

las debidas condiciones en la Facultad de Medicina respectiva, en una verdadera movilización pedagógica

de la casuística clínica disponible y que permita la viabilidad de la distribución de todos los alumnos de

Medicina, durante el período clínico, en distintos servicios hospitalarios y en calidad de "internos". Esta

movilización de los mejores hospitales en torno a la Universidad, sobre lo que no me he cansado de

insistir, llevaría aparejado el reconocimiento como "profesores extraordinarios" de los jefes clínicos que,

además de su probada competencia, dispondrían de tiempo para dedicar a la enseñanza y de un mínimo de

cualidades didácticas.

Por fin, algunos grandes hospitales—la Clínica de la Concepción, por ejemplo—, en cuyo "staff"

facultativo figuren catedráticos de Universidad, podrían ser autorizados a impartir la enseñanza del

período. clínico, rindiendo los alumnos al final un examen global de reválida "de Estado", como en otros

países.

Alfonso BALCELLS Rector de la Universidad de Salamanca.

 

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