Autor: García San Miguel, Luis. 
   La desmitificación de los políticos     
 
 Diario 16.    27/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Viernes 21 -mayo 77/DIARIO16

La desmitificación de los políticos

La reforma está dando al traste con bastantes cosas, entre otras, con muchos

prestigios establecidos al

amparo de la situación anterior. Bajo Franco habla dos "clases políticas"

sólidamente prestigiadas. Los

políticos del régimen aparecían generalmente a los ojos de sus simpatizantes

como serios, honestos y

eficaces. Sólo excepcionalmente se reconocía la corrupción y la ineficacia-

"¡Cuánto vale don Fulano!",

decían las señoras de derechas, a la hora del chocolate, mientras se disponían a

ver la de Gary Cooper.

Los políticos de la oposición aparecían a los ojos de los antifranquistas como

nobles, valientes y des-

interesados, capaces de sacrificar su libertad y hasta su vida en defensa de

unos ideales. Las mujeres de

los detenidos enviaban sus cestas a Carabanchel, donde los hombres se forraban

d* empanada y antidühring.

Cierto que los simpatizantes de cada sector echaban pestes de k» del otro. Por

eso, .es definitiva, no

importaba demasiado, pues la hostilidad de los enemigos aumentaba el prestigio a

los ojos de los amigos.

Todo esto está cambiando, como decíamos, a pasos agigantados. Y hay varias

razones que lo explican.

Una de ellas, quizá la más importante, es el constante cambio de postura a que

se ven abocados, si

quieren adaptarse a las circunstancias, los hombres de uno y otro bando:

aparecen franquistas "de toda la

vida", de cuya existencia, cuando Franco vivía, nunca hubo noticia; algunos de

los antifranquistas "de

toda la vida" se hacen, o mejor dicho, nos hacemos reformistas y, por tanto,

gubernamentales, como antes

se decía; los que "nunca aceptarían la legalidad establecida" no salen de la

Moncloa y los malévolos

dicen que, si les habilitaran tumbonas, allí se quedarían a echar la siesta; hay

quien pertenece, a la vez, a

la comisión negocia-dora de la oposición y al equipo del presidente Suárez y, si

ambos equipos se

reunieran a negociar de nuevo, iba a hacerse un tremendo lío con las sillas; los

socialistas desbordan por

la izquierda a los comunistas, que, a su vez, desbordan por la derecha a los

socialdemócratas, y poco

falta para que Carrillo, en un alarde de moderación, termine cantando do no diré

que el "Cara al Sol",

pero sí. por lo menos, la "Marcha Real".

La Iglesia hipócrita

La Iglesia es quizá la única que no ha cambiado nada: sigue tan hipócrita como

siempre, pretendiendo

que no hace política. Las líneas entre unos y otros se vuelven borrosas y la

gente recibe la impresión de

que se está operando un monumental cambio de chaqueta en el que todos

participan.

Aparece, por otra parte, en toda su desnudez el ansia de poder de los de uno y

otro bando, sin la cual,

dicho sea de paso, quizá no habría política. Al entreabrirse las puertas de la

libertad e información,

aparecieron numerosos chanchullos y corrupciones entre los defensores de la

civilización occidental y nos enteramos de lo poco "desinteresado" que habla

sido, en líneas generales, su servicio al pueblo. Por otra parte, cuando los

valientes luchadores por la libertad tuvieron que ponerse a organizar sus

partidos, descubrimos con qué ardor y codicia defendían un minúsculo puesto en

la ejecutiva de su minúsculo partido, y cómo su ansia de poder, y quizá su

codicia, no era inferior a las de sus antiguos rivales.

Los políticos de uno y otro bando pierden prestigio a pasos agigantados. Los

hombres fuertes aparecen

en calzoncillos y los héroes están cansados. Hay quien empieza a decir que, gane

quien gane las elecciones, el país va a estar gobernado por una banda de

gilipollas.

Efectos saludables

Todo esto, si no nos pasamos de la raya, puede tener efectos saludables. Los

políticos, cualquiera que sea

su ideología, cobran un aspecto humano: ya no son semidioses ni héroes, puros y

desinteresados. Son

hombres, como los demás: dispuestos a hacer carrera, a menudo ambiciosos,

oportunistas y corrompidos, pero también capaces, en ocasiones, de cierta

grandeza y cierto desinterés. Y, en la medida en

que su Imagen se humaniza, empieza a germinar entre los ciudadanos esa sana

desconfianza hacia los

que manejan las arcas públicas que constituye la esencia del liberalismo. SI

todo poder corrompe, hay

que desconfiar de los que lo ejercen.

Pero Insisto en que sería malo pasarse de la raya. Lo queramos o no va a seguir

habiendo una clase política, mientras los anarquistas no realicen su sueño de

desaparición del Estado. Y habrá que tratar que sea

lo mejor, o lo menos mala, posible. Habrá que mejorar su rendimiento, como el de

los médicos del

seguro, el de los abogados o el de los deportistas.

Quizá necesitemos, en definitiva, una nueva moral de la función política. No una

moral para dioses,

puesto que sabemos que no lo son, aunque, a veces, intentarán parecerlo, sino

una moral para hombrea

como los demás, capaces de muchas miserias y también de alguna que otra

grandeza. La vieja moral

autoritaria habrá de ser sustituida, como tantas otras cosas, por una moral más

flexible y realista, a la

altura de las nuevas situaciones que empezamos a vivir.

Luis G. San Miguel

 

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