Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   Umbral, Azaña, Tierno Galván     
 
 ABC.    11/05/1977.  Página: 03. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

FUNDADO EM 1906 POR DON TORCUATO CUCA DE TENA

UMBRAL, AZAÑA, TIERNO

PACO Umbral va quemando etapas hacia la ocupación del puesto señero que con justicia le corresponde

en el escalafón de los escritores, articulistas y comentaristas de la actualidad. Tiene ya y no es fácil de

conseguir columna propia diaria en una cadena de Prensa que pasa por Jerez, Sevilla y otras

publicaciones andaluzas. Visibilidad y empinamiento que corresponde a lo que en el mundo de la

diplomacia y la vida de relación exterior se suele llamar «cumbre», sino que los escritores tienen que

fabricarse ellos mismos su propia cumbre. Lugar eminente que sirve para que oigan su mensaje una

mayor cantidad de personas y también para que mayor cantidad de personas lo puedan ver a uno.

Ya he anotado otras veces que no he podido saber ni descubrir dónde lo meten a uno los comentaristas y

lectores cuando les achacan que se meten con uno». Ello es que yo me percaté de que Umbral era

seguramente un escritor libre y personal cuando los señoritos de Jerez o Sevilla me dijeron que era un

demagogo. Los lectores que lo relegaban a ese vago aparcamiento literario se enfadaban mucho de que yo

aceptase el decir de los que aseguraban que Umbral era discípulo mío: porque yo era un clásico del

articulismo y siempre me metía con los «malos o izquierdistas, y el señor Umbral se metía con los

señoritos o los desocupados de la Bética, Bueno estaría que un escritor joven se tuviera que dedicar a

fabricar la miel para sus propias celdillas o alveolos antes de cobijarse en la frágil geometría de la

colmena.

Supongo que así dispuestos esos exégetas lleguen a lo más alto y enriscado de su asombro, o incluso su

iracundia, cuando hayan leído algunos recientes artículos en que se rescataba la figura literaria de don

Manuel Azaña, encajándolo en la fila de los grandes escritores con Ortega, Marañón, Pérez de Ayala.

Algunos añadían también a la retahila generacional a don Ángel Herrera, aunque eso fuera quizá por

buscarle un contrapeso a Azaña y sentirse respaldados al convocarlo a la fila.

Tema, además, que reincidía en ese pecado de desdén "avant la lettre», parangonando a Azaña con el

catedrático Tierno Galvan, socialista de cátedra. Paco Umbral casi parece que se tropezó con el profesor

Tierno Galván al pasearse algún día por los caminos líricos y floridos del jardín de los frailes».

Yo no conozco bien al discutido profesor en su mente vaga y doctrinal, aunque sí en su «soma» o figura

física. Como soy padre de familia numerosa tengo cierta licencia para tener casa holgada con fachada

bien extensa. Eso ha actuado algunas veces contra mi, aunque tenga licencia jurídica frente a cualquier

reproche capitalista. Uno es latifundista» no agrícola, pero si urbano, con derecho a fachada grande y

promiscua frente a niños y ovejas. O para que se asome sencillamente por una de ellas el presidente

Suárez, que ya sabemos que institucionalmente pesa tanto como una prole numerosa o copioso rebaño. Ya

mi dicha fachada lo ha sentido sobre sus carnes. Mi fachada ha resultado escaparate apetecible para toda

la propaganda cartelera preelectoral. Gran parte de esos carteles no son fáciles de interpretar con su gran

abundancia de siglas, números y figuras. Pero la mayoría se limitan a reproducir el retrato pensativo y

sereno del profesor Tierno Galván. Este, como cualquier figura de intelectual o jefe de doctrina, aparece

sólo en el cartel. Por lo menos en los retratos ecuestres velazqueños, el Príncipe o el Rey estaban

retratados con benevolencia, y sobre todo dejaban tiempo libre para la divagación al Ir montado sobre el

latifundio hípico de un corcel de Normandía o un percherón bearnés en el que el derroche somático se

refugiaba en las ancas o cachas del jinete, que casi parecían incluidas en la orografía bética.

En conjunto no cabe duda que la hipérbole de la figura propagandística se refugia en esas otras compañías

animales o arquitectónicas que permiten que el espectador no caiga totalmente sobre el personaje del

cartelón: el Gil Robles Impetuoso que iba por los trescientos escaños o el Lenin inacabable que engalana,

en las fiestas mayores, el balcón central de la Plaza Roja de Moscú.

El español aprecia mucho la condición de «moderados» que se aplicó insistentemente a los políticos del

siglo XVIII, porque se partía de la base de que no eran unos moderados por la derrota o el fracaso, sino, al

revés, que ellos mismos se moderaban para alcanzar así más ágilmente la victoria.

De un modo u otro, el español gusta mucho de que la propaganda humanística o política se le entregue

mediante una fórmula de sobriedad comparativa o desde la perspectiva negativa, que contrapesa toda

afirmación.

El verdadero «vegetariano» es para el español, muchas veces, más que el que se alimenta de ensalada, el

que no come filete de ternera.

Tierno Galván parece que ha estado un par de horas de charla con el Rey. No es pura estrategia: yo

contaré al lector, por si quiere encajarlo en sus fichas, que haré unos diez años, cuando yo presidia el

consejo privado de S, M., vino un día a visitarme Joaquín Satrústegui. Venía con un jersey blanco que nos

dejaba en la perplejidad de si iba a hacer política independiente o a jugar al tenis. Me traía de visita, a

petición del interesado, al catedrátíco Tierno Galván, el cual no venia naturalmente a hacer ninguna

profesión partidista de monarquismo. Pero sí a asegurar lealmente que él gozaría históricamente sí viera

que su política democrática no perjudicaba, sino al revés, la secular Institución. Como ahora tengo casi un

par de cientos de Tiernos pegados a mi fachada les recordaré a todos ellos esta visita tan leal y simpática

de hace diez años. Ellos me escucharán con benevolencia, como escuchan siempre las litografías

publicitarias.

José María PEMAN

De la Real Academia Española

 

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