Autor: Fuster i Ortells, Joan. 
   ¿Por qué así y no de otro modo?     
 
 Informaciones.    30/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

¿POR QUE ASI Y NO DE OTRO MODO?

Por Joan FUSTER

EN fin, ya votó quien pudo y quiso, y las flamantes computadoras del Estado han sacado las últimas

cuentas del escrutinio. Ahora, los comentaristas políticos tienen tela cortada para rato. La composición del

nuevo Parlamento español se prestará a análisis y a cabalas de toda especie, y, desde luego, el hecho

mismo de que haya sido «éste» y no «otro» el resultado de las urnas y del sistema D´Honst dará pie

también a muchas y entretenidas explicaciones. Esperémoslo a ver. La «voluntad popular» hasta la

madrugada del 16 era todavía un enigma: con cuarenta años «sin precedentes», ¿qué podrían dar de si los

comicios convocados por el Gobierno Suárez? Durante meses los meses preparatorios se hicieron

vaticinios, cálculos, hipótesis, para todos los gustos. Naturalmente a estas alturas y con las cifras

verificadas, profetas, encuestadores y demás, sabrán si acertaron o no. Parece que, en general, ciertas

previsiones, las más obvias, se han cumplido. Sólo las más obvias y no todas. Un par de familias

ideológicas muy significadas, de las que se anunciaba o temía éxitos seguros, han quedado reducidas a

poca cosa e incluso a nada... No me meteré en honduras, que no son de mi incumbencia Señalo el dato, y

sigo a lo que iba. Que es: la «motivación del sufragio». Eso de «motivación es un término que los

sociólogos emplean con afectuosa insistencia. Y los psicólogos. Sociólogos y psicólogos,

mancomunadamente, podrían dedicarse y seria útil que lo hiciesen a indagar eso: la «motivación del

sufragio» en las elecciones del pasado día 15. Porque en las circunstancias tan excepcionales en que se

producía el episodio la «motivación politica, en sentido estricto, no acababa de ser creíble. La mayoría de

los vecinos de este país y valga la palabra «país» estaban «despolitizados». La segunda dictadura

había hecho todo lo posible, y más aún, para que lo estuvieran... Bueno, la verdad es que a mí lo de la

«despolitización» siempre me dio la impresión de una trampa. Nadie puede ser «apolítico» y menos aún

«despolitizado», porque, aunque tomásemos estos terminachos al pie de la letra, la conclusión sería que se

«abstienen» o se «inhiben» en política, lo cual no deja de ser una actitud política. El gran drama del

«apolitícismo» cenetista de antes del 36 y de después fue ese: que, creyendo «no hacer política», la

hacían, y no a su favor. El régimen franquista quiso politizar con el Movimiento a la entera sociedad

española: adherirla a su programa. Fracasó en ello, y promovió, como recurso supletorio, la

«despolitización»... Las supuestas multitudes «despolitizadas» por el franquismo eran más «políticas» de

lo que el propio Franco pudo imaginar. Eran «franquistas» sin saberlo.

El «antifranquismo» cualquier opción democrática ha sido clandestino y minoritario hasta hace

cuatro días mal contados. La pregunta inmediata seria: ¿cómo, de pronto, la gente se ha volcado,

globalmente, hacia las candidaturas «antifranquistas» o, cuando menos, «no-demasiado-franquistas»? Ni

siquiera los «burgos podridos» se han inclinado por Alianza Popular, por ejemplo. Y ¡alto: tampoco por

don José María Gil-Robles y sus adláteres, cuya tradición «agraria» tanto incordió durante la II

República. No han cambiado las «estructuras», claro está, pero han cambiado modos y medios de

producción, y modos y medios de diversión uso la terminología clásica con la mayor frivolidad, y la

anciana derecha ha perdido su sitio. Hablar de «derechas hoy, y tras la campaña electoral, sería limitarse a

los Fraga y a los Piñar. Lo del momento es ser «moderados». Y todocristo se ha presensado así:

«moderadísimo». Los partidos técnicamente revolucionarios se han esforzado por dar una imagen de

«moderación» preciosa. Los «despolitizados» del franquismo para empezar a politizarse ¿qué mejor

oportunidad? Y entre tanto moderado», ¿a quién escoger?

Bien mirado, en su manifestación cara a la calle y en sus elocuencias radiotelevisivas, los líderes y los

partidos en lucha han procurado no ser demasiado radicales. Sobre todo los de la izquierda. Todos se han

«moderado»: la derecha liberal y la izquierda revolucionarla. Hasta el punto de que un elector inocente,

leyendo los carteles y las proclamas de la oferta, no habría sabido discernir entre tirios y troyanos. Todos

están por la «democracia», que es el vocablo mítico. O por, la «libertad». Y por los «arreglos» en materia

de jornales y de crisis económica, temas que, dicho sea de paso, nadie ha atacado a fondo con un mínimo

de responsabilidad... La «motivación del sufragio», en definitiva, no se hallará por este lado. Las masas

ingenuas exceptuando el sector con «conciencia de clase», que se reveló parquísimo han caído en la

trampa. Votando a unos o a otros, creían votar lo mismo. La «motivación» no ha sido «lógica». De ser

lógica, el proletariado habría sido unánime en el voto comunista, a pesar de que el P.C. no es lo que

tendría que ser. ¿Entonces?

La «propaganda» ¿hasta qué punto ha sido determinante? Carteles, «slogans», fotos de Jerifaltes,

emblemas, banderolas, himnos, canciones... Entramos con esto en un nivel de «motivación» que escapa a

un planteamiento «razonable»; de ideas. «A posteriori», uno concluye que efectivamente los «tipos»

políticos que desde perspectivas diversas han encarnado los señores Suárez y González han pesado

mucho sobre el voto indiscriminado. La opinión femenina habrá calibrado su grado de «guapos». Y ya es

algo. Pero, además, había otras razones. Fuera de la Cataluña estricta y del País Vasco, estas figuras

tenían que imponerse a la provinciana degradación del franquismo. A ese nivel, ni don José María Gil-

Robles, ni el profesor Ruiz-Giménez, ni los demás, no tenían nada que hacer. Ni siquiera el conde de

Motrico, que, con una prudencia estoica, se quedó en casa. La víspera de las elecciones, las

muchedumbres celtibéricas aún estaban indecisas. Apremiadas por la superstición del «voto», hicieron

cola ante las urnas y votaron a Adolfo o a Felipe, y el canto de un duro decidia lo uno o lo otro. Las

candidaturas provinciales se beneficiaban de ello. Tantos años con una «politica» franquista fracasada

en estas urnas ¿qué se podía esperar? ¿Un matiz? Yo no he votado porque en mi circunscripción tenía

que votar «candidaturas cerradas». Para un habitante de pueblo, el candidato no es fantasma, sino un

compromiso mutuo. No existia esa posibilidad.

La gente votó como Dios le dio a entender. Quiero decir: «a dónde va Vicente», que es la rima del

proverbio. Y si yo tuviese que emitir un juicio sobre el resultado, diría que la maniobra no ha sido sino lo

que tenía que ser. La herencia del franquismo, circunscritamente provinciana, no daba lugar a otro

recurso... Quizá en la próxima invitación a votar, cuando sea, los votos se diseminen de una manera más

meditada. El aprendizaje del «parlamentarismo» no tardará en revelar sus limites en la España oficial. Es

muy probable que en esta restauración, salvando las distancias, Suárez intente ser Cánovas, y González

ocupe el lugar de Sagasta, y se turnen. Nunca se sabe. Pero las diversas, múltiples amarguras irresueltas

de clase, de nacionalidad, de credo volverán a emerger con ira. En estas votaciones todo, o casi todo,

ha sido mero «sucursalismo», de una parte, y cuquería de «pacto social», por otra. O sea, que, a pesar de

todo, los votos de la llamada «voluntad popular» han refrendado los poderes arcaicos y arqutípicos: la

«sucursal» y el «pacto» genuflexos. Eso es evidente. Y lo malo es que para que el «electorado» cobre o

recobre la, conciencia (o consciencia) que le corresponde quizá hagan falta cuatro años la duración de

una legislatura o más. A los . contribuyentes menores nos queda la espectativa de contemplar cómo se

comportarán en las Cortes los «elegidos». A todos nos pertenece el derecho de desconfiar...

 

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