Autor: Guinea, José Luis. 
   El cooperativismo en España     
 
 El País.    24/05/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

ECONOMÍA

EL PAIS, Miércoles 24 de mayo de 1978

TRIBUNA LIBRE

El cooperativismo en España

JOSÉ LUIS GUINEA

Doctor en Derecho y Profesor de Teoría del Estado en la Universidad de Madrid

Los pactos de la Moncloa han contemplado el cooperativismo en su apartado V, sobre Urbanismo y

Vivienda, en eí capítulo VII, reforma del sistema financiero, y en el VIII, política pesquera, agrícola y de

comercialización. Nada nuevo; simplemente se está soslayando el problema-básico: Acometer en

profundidad una reforma legal del sistema cooperativo e impulsarla en la práctica. Lo que sí han

conseguido los acuerdos de la Monclóa es establecer una pugna de competencias entre los Ministerios de

Agricultura y de Trabajo con respecto a la ordenación de las cooperativas agrícolas, introduciendo más

confusionismo aún. Asimismo, se acomete, por parte del Ministerio de Hacienda, una política de

captación para el Banco de España de los recursos financieros propios del cooperativismo, es decir, de las

Cajas Rurales y de Crédito-Industrial Cooperativo, que representan una cifra aproximada a los 250.000

millones de pesetas.

Resulta triste contemplar cómo un sistema —el cooperativismo— que resultaría eficaz antidoto de los

grandes problemas socioeconómicos del país: paro, inflación, falta de productividad y huelgas, resulta

marginado, olvidado y, lo que es aún peor manipulado.

El movimiento cooperativo ha tenido, y sigue teniendo, una importancia vital en países y sociedades tan

diferentes cómo las del norte de Europa, Suramérica, Italia e Israel, Canadá o Alemania.

Cronológicamente apareció antes que los movimientos sindicales. Como otra forma de acción obrera que

iba a cumplir --y sigue hoy cumpliendo— un papel de primer plano en las estructuras económicas y

sociales del mundo. El cooperativismo está tan alejado del marxismo totalitario, como del capitalismo

burgués. Su idea es llevar a la práctica la autogestión. Que haya cada vez más propietarios y menos

proletarios. Actúa de reglaje del sistema económico, abaratando —al suprimir circuitos innecesarios—

productos y bienes generados.

El cooperativista reúne, en sí mismo, las notas de empresario y de trabajador. El sistema cooperativista

limita la remuneración del capital, haciendo que se reciba sólo un interés fijado de antemano. La mayor

proporción de los beneficios obtenidos por, las actividades desarrolladas por la cooperativa van a engrosar

el llamado Fondo de Reserva y de Obras Sociales. Por ello, la cooperativa es una productora de «dinero

social». Además el sistema cooperativista suprime las empresas de economía mixta, haciendo obsoletas

las nacionalizaciones de empresas y de sectores económicos. Lleva, pues, a la práctica el ideal

socialista..., sin implantar el marxismo ni ceder en el capitalismo.

Por ultimo el cooperativismo tiene una regla de oro: un hombre, un voto, y se muestra neutral en lo

político y en lo confesional.

Ante un panorama tan atractivo como el descrito (y del que son buenas pruebas casos como el que la

compañía petrolífera más importante del Canadá es una cooperativa industrial; o que en Suecia el

cooperativismo de consumo tenga más de la mitad de las tiendas; y establecimientos del país y que, en

toda Europa y desde el siglo XIX, él crecimiento del cooperativismo, tanto agrícola, como industrial y de

servicios, haya sido increíble —al igual que en Iberoamérica; donde gran parte de la producción radica en

eí cooperativismo, hasta el punto de tenerse que aglutinar en una organización internacional: la

Organización de Cooperativas Americanas—). En España, el sistema cooperativo se encuentra sumido en

una situación de total abandono por parte de los poderes públicos, los cuales no solamente le niegan el

más mínimo apoyo, sino que le ponen continuamente una serie de escollos hasta hacerle prácticamente

imposible su existencide-senvolvimiento.

Ley de 1931

Precisamente en unas tierras donde el cooperativismo creció como parte integrante de las propias

costumbres, como es el caso del País Vasco, de Cataluña o del País Valenciano. Precisamente en un

pueblo donde se han creado cooperativas que han servido como modelo al resto del mundo. País que fue

capaz de elaborar y aplicar una ley de Cooperativas que ha marcado un hito en la normativa mundial

sobre la materia. Nos estamos refiriendo a la ley del 9 de septiembre de 1931, la cual fue elaborada por

expertos de muy distintas tendencias ideológicas en el seno del Instituto de Reformas Sociales. En ella se

han mirado para regir su cooperativismo la gran mayoría de los países, tanto europeos como americanos,

y aún hoy es recordada con nostalgia por los viejos cooperativistas vascos, catalanes, manchegos o

levantinos.

Tras la guerra civil se dictó, por el nuevo régimen, la ley de Cooperativas de 2 de enero de 1942, y su

correspondiente reglamento el 11 de noviembre de ese mismo año.

El cooperativismo dejó, así, prácticamente de existir. Se le subordinó a «los intereses nacionales». Se

sometió a las cooperativas a la tutela absoluta por parte del sindicalismo oficial. A tal efecto se creó «ad

hoc» la Obra Sindical de Cooperación, cuyo único fin era controlar el movimiento cooperativo, limitando

lo más posible su eficacia en ,1a práctica. Lógicamente, el contexto político, social, económico y cultural

de esos años no daba cabida en su interior a un sistema tan avanzado socialmente y tan progresivo en la

distribución: de bienes y de riquezas. Consecuencia de todo ello —y salvo excepciones contadas, cómo

puede ser el caso de Mondragón— fue yugular el cooperativismo a base de emplearlo como fórmula

sustitutivá en negocios poco claros o en aquellos en los que el gran capital no veía rentabilidad rápida y

segura a sus inversiones.

Todo ello remachado con una labor de descrédito a la que las cooperativas de viviendas prestaron —mal

dirigidas y sin fiscalización alguna— toda su colaboración.

En este contexto, como en tantos otros supuestos y circunstancias, nuestro país se vio marginado de las

organizaciones cooperativistas internacionales.

Mientras, cerca de 20.000 cooperativas que habían crecido contra corriente con sus propios medios, sin

ningún tipo de ayudas, demostraban que el espíritu cooperativista no se puede hacer callar. Hoy día,

millón y medio de españoles viven del movimiento cooperativo y sirven a España. La Administración

dictó el 19 de diciembre de 1974 una nueva ley sobre el sistema cooperativista más adaptada a los

tiempos y que borraba muchas de las cortapisas que imposibilitaban nuestra entrada en los organismos

internacionales correspondientes. Con ello pareció que los malos tiempos pasaban. La realidad, en

cambio, es muy otra. Tras cuatro años de dictada la nueva ley, aún no se ha publicado su reglamento

correspondiente. De esta manera se ha paralizado su aplicación. Sirva este artículo para señalar a nuestros

gobernantes la necesidad imperiosa de que, a la mayor brevedad posible, se llene este vació legal; se

impulse el sistema cooperativo, que tanto y tan buen juego está dando en todo el resto del mundo, y se

apoye financieramente por el Ministerio de Hacienda el cooperativismo, y no a la inversa. Y, en fin, que

seamos capaces, por una vez, de desarrollar lo nuestro, y no de desvirtuarlo mientras copiamos lo de

fuera.

 

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