Autor: Altares, Pedro. 
   Ya no hay dictador     
 
 El País.    13/09/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

EL PAÍS, miércoles 13 de septiembre 1978

TRIBUNA L1BRE

Ya no hay dictador

PEDRO ALTARES Director de "Cuadernos para el Dialogo"

Fue Pinilla de las Heras, allá por la década de los sesenta, quien definió España como una sociedad

diacrónica. Es decir, que el observador podría encontrar en su examen de la realidad tantos motivos de

esperanza como de pesimismo. El momento del franquismo, por aquel entonces ya en franca decadencia

(o en franca «evolución", tema éste de capital importancia escasamente analizado), permitía una serie de

análisis en relación con el futuro del que podían extraerse conclusiones muy dispares. Para la izquierda,

cuyo exponente más visible era el Partido Comunista, el régimen era una fruta en descomposición a punto

de caer. Para la derecha, y para cierta sociología, el desarrollo económico y la paulatina flexibilidad de la

dictadura en ciertos aspectos (por ejemplo, una permisibilidad tendente a convertir la represión en

selectiva) iban sentando las bases de una sociedad basada en las clases medias no sólo conservadoras al

uso occidental, sino de alguna manera depositarías de muchos rasgos sociales insuflados por el

franquismo a través de su larga permanencia en el Poder. Se definió después esta situación como

«franquismo sociológico», distinguiendo la clase política detentadora del Poder de un enlomo social

aparentemente muy alejado de aquella pero con paulas de comportamiento, en el terreno cultural

especialmente, pero sin olvidar otros campos, de matiz netamente fascistoide o al menos nada

democráticos.

Años después, y en el largo y difícil camino de construcción de una sociedad civil democratice, la

polémica podría muy bien renovarse. Por lo pronto cabría, insistir en la esencial diacronia de la sociedad

española. Efectivamente, hay tantos datos en nuestro presente que justifiquen un moderado optimismo

como razones para no sentirse especialmente entusiasmado con unas perspectivas de futuro donde

parecen querer cristalizar, perpetuándose, muchas de las remoras que definieron la sociedad franquista.

Hace algo más de un año, exactamente el 15 de junio de 1977. parecía que el régimen anterior habla sido

barrido por los resultados en las urnas, quedando únicamente Alianza Popular como fuerza residual del

pasado a tener en cuenta. Políticamente este hecho parece irreversible, y es hoy impensable la vuelta al

Poder del autoritarismo, al menos utilizando métodos democráticos. Junto a este hecho, que ha alineado

España a su medio geográfico natural. Europa, es cierto que el camino andado ha sido enorme. Para darse

cuenta no hace falta más que examinar desapasionadamente lo que era este país hace solamente tres anos,

todavía en vida del dictador. Ni siquiera los maximalismos pueden negar esto. ¿Cabía pensar en

septiembre de 1975, el mes de las ejecuciones, en partidos políticos legalizados, en libertades ciudadanas,

en la Generalidad de Cataluña, en una Constitución democrática y en la Pasionaria presidiendo una sesión

de las Cortes? Rotundamente, no. La ruptura era, como el tiempo se encargó de demostrar, una quimera.

Lo cierto es que con sus contradicciones, ambigüedades, timideces y sobresaltos. España es hoy un pais

políticamente más progresista que, por ejemplo. Francia, y. dejando aparte el problema de la estabilidad

(como es lógico, todavía débil), el régimen . que salga de la aprobación de la Constitución será

equiparable a los de Europa occidental. Estos son los hechos y como lates tienen que ser aceptados

positivámente.

Ahora bien, ¿agota este análisis la realidad actual? ¿El avance político, indudable, ha sido acompañado de

otro tipo de avances paralelos? No me refiero al plano económico-social. Es obvio que el sistema

capitalista no se siente seriamente amenazado. ni siquiera por la izquierda, y aunque se haya modernizado

y obligado a acatar ciertas reglas de juego políticas (legalización de los sindicatos de clase, derecho de

huelga, etcétera), la estabilidad en este campo es absoluta y no tiene otros vaivenes que los derivados de

la coyuntura que en este momento, como lodo el mundo sabe y padece, es mala. Pero entre la política, a la

que se puede dar el aprobado, o incluso un notable, y la economía pululan una serie excesivamente amplia

de datos negativos que enlazan sin solución de continuidad con la España del franquismo hasta tal punto

de que en ciertos terrenos básicos nada parece haberse movido. Y lo que es más grave, parece existir

cierta tendencia a solidificarse. En realidad contemplamos. primero cautamente, pero cada día que pasa de

manera más desafiante, el resurgir de actitudes y comportamientos que en los días que siguieron al 1 5 de

junio parecieron replegarse, aceptando una derrota electoral que sólo un año después parece no haber

existido. Muchos «acobardados» entonces alzan ahora la cabeza en la seguridad de que sus intereses no

corren el más mínimo peligro. No se acomodan al presente aceptando las reglas del juego democrático,

sino en tronizando en éstas sus caciquiles privilegios. Basta para percatarse de esta con hacer un pequeño

recorrido por las élites de la España rural y por ciertos ámbitos económicos y políticos de las grandes

ciudades.

Otro ejemplo: la corrupción. Lo más abyecto de las dictaduras es su capacidad de corrupción. Pues bien,

la corrupción en España sigue intacta y se perpetúa en la democracia con hábitos y pautas de

comportamiento directamente heredados del sistema anterior. Y no me refiero sólo, ni siquiera

principalmente, a los grandes escándalos financieros, sino a esa palpable ausencia de valor cívico que

hace que algunos diputados cobren, y además legalmente tres sueldos diferentes a cargo del Estado, a

profesores que no van a clase, a profesionales sin escrúpulos, a obreros que engañan al seguro de

desempleo, a la existencia de mafias caciquiles, a la frecuente inmoralidad de las burocracias

administrativas, al fraude continuo, etcétera. En realidad, ética y moral pública son dos valores tan en

desuso en la democracia como en la dictadura, y un espeso complot de silencio y complicidad sigue

cubriendo un país que. salvo quizás el caso de Italia, no tiene en este aspecto rival en Europa. La

democracia no ha sabido exigir ser mejor ciudadano, y eso, de cara a) futuro, puede ser una ausencia

gravísima, de consecuencias irreparables, mucho más partiendo de la aceptación social de que la

corrupción es algo inevitable, normalizado y normalizable.

Pero éstos no son, ni mucho menos, los únicos datos pesimistas. Habría que hablar del evidente emerger

del gremialismo en el seno del movimiento obrero, donde incluso las centrales sindicales democráticas

parecen favorecer el sindicalismo de rama frente al de clase, siguiendo así los caminos del sindicalismo

norteamericano y alemán (los más reaccionarios de Occidente), arrojando en la realidad por la borda esos

principios marxistas de los que tan celosos guardianes se muestran a la hora de los principios

programáticos. Si algunos teóricos de los que tanto se han preocupado por el abandono de términos tales

como «leninismo» o «marxismo» hubieran analizado unas cuantas huelgas de los últimos meses tendrían,

sin duda, muchos más motivos para escandalizarse... En cualquier caso, el resurgir del gremialismo no

hubiera sido posible sin la concienzuda siembra franquista del corporativismo.

Los rasgos preocupantes del presente podrían multiplicarse. Hay otros, como la situación de la cultura,

que quizás requieran capitulo aparte. Baste por hoy apuntarlo con una afirmación simplificadora: desde

los años cuarenta, la cultura española no conocía una etapa peor. Ni nunca había estado en tal peligro de

extinción ni de ser absorbida por inanición en un coniexto tal de mediocridad y atonía intelectual y

científica. Si España política y económicamente se acerca a Europa, culturalmente seguimos en el más

mezquino subdesarrollo. Con un agravante respecto al , franquismo: no hay perspectivas de futuro, por lo

menos a corto y a medio plazo.

Entonces, a la hora de juzgar el momento que vive el país, ¿cuajes son los rasgos a retener?, ¿poder acudir

a las urnas y elegir gobernantes, o las tiradas de periódicos y libros?, ¿los mítines políticos o la capacidad

de investigación y de creación? ¿La inexistente moral pública ciudadana o la pluralidad política?

Seguimos, pues, en la diacronía. Pero ahora sin la esperanza de que la muerte del dictador haga posible el

cambio. Ahora no hay, por suerte, dictador. Sigue, sin embargo, su herencia.

 

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