Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   ¿Pero qué es el Senado?     
 
 El País.    10/09/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL PAÍS, domingo 10 de septiembre de 1978

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

¿Pero qué es el Senado?

EMILIO ROMERO

Hay un hecho evidente en el político y en el escritor político. Se habla, y se escribe de acuerdo con la

situación en la que se está. El político en la Oposición es un personaje diferente al político en el Poder. La

situación de oponente es cómoda, es fàcil, es agradecida, y hasta puede ser brillante si el político tiene

talento. La situación en el Poder es difícil, es comprometida, es fatigosa y solamente es lúcida para

aquellos que tienen una dotación intelectual y unos recursos excepcionales, como los tenía Manuel Azaña

en la Segunda República, o el profesor Adolfo Muñoz Alonso que no fue jefe de Gobierno- en el viejo

régimen. Desde la Oposición, el político está obligado a decir que todo es malo; y desde el Poder, el

político tiene que anunciar todos los días que todo es bueno. El modo es también distinto. El oponente es

imprudente, desenfadado, mordaz. El gobernante es prudente, encajador, paciente. El oponente es nuncio

de paraísos; el gobernante es viajero de desiertos. El oponente enloquece: el gobernante se hace el loco.

Es más compleja, difícil y azarosa la situación del escritor político. Mientras que al político se le exige

solamente que se oponga o que defienda lo que tiene en las manos el que gobierna, al escritor político se

le pide que lo razone. Un político de la Oposición puede decir en estos momentos al Gobierno -sin

faltarle razón- que la economía no va bien o que es un desastre. Pero un escritor tendrá que probar a sus

lectores las razones o las causas de ese desastre. Por eso el escritor político es una especie peculiar, en un

partido, en el Parlamento o en el Gobierno. En principio ya tiene la descapitalización previa de la

adscripción. El estado perfecto del escritor político es el de ser independiente; asumir otro tremendo

riesgo, como es el de no estar adscrito a ningún partido; no figurar en el Parlamento o en el Gobierno. Y,

por supuesto, no vencerse de algún lado, porque podría ser lo mismo, si esto sucediera, que estar adscrito.

Yo he estado en el trance de la adscripción, a lo largo de muchos años, y por eso conozco el paño. A mí

no me pueden venir con habilidades los adscritos en estos momentos, porque se exponen a que los deje

sentados de culo. El objetivo de este articulo es. exclusivamente, comentar hechos de indudable valor

político, aunque tenga que referirme a las personas sin otro ánimo que el del testimonio.

Probablemente, por las razones de estar pasando por una situación histórica y política de transición, no

hay un verdadero Gobierno con autoridad y con actividad creadora; ni una Oposición a la manera como se

entiende en un régimen democrático. La invención o actualización del consenso ha puesto en precario, a

la vez, a los dos grandes instrumentos de la democracia, y que son el Gobierno y la Oposición al

Gobierno; la actividad responsable del Gobierno y el control del poder instalado en el Parlamento.

Confiemos en que, aprobada la Constitución, se instaure la democracia verdadera y se meta el consenso

debajo de la mesa. Preferentemente con siete llaves.

Pero el escritor político no tiene periodos históricos o bulas de la transición. Hay dos escritores políticos

que lucieron estos aftos pasados, o porque estuvieran a la contra del Poder, y éste es el caso de Luis

Apostua; o porque entraba y salla de él como Ricardo de la Cierva. Ahora mismo los dos están instalados

en el Gobierno y en el Parlamento. El primero es diputado y el segundo es senador. Apostua aparece

también en organismos de la Administración, y Ricardo de la Cierva es asesor especial del presidente del

Gobierno. Yo me pongo en su pellejo y busco en sus admirables artículos, exclusivamente, y lógicamente,

sus acrobacias. A mi me pasó otro tanto, pero en menos proporción y gravedad. Lo voy a decir. Yo dirigía

un periódico de opinión, y de muchos lectores, y estaba en el Parlamento. El periódico no era privado,

sino que pertenecía al mundo institucional. Mis ventajas consistían en que la empresa propietaria del

periódico ejercía en aquel régimen, por virtud de la ley y de la praxis, la «contestación».

Yo era en aquel régimen, y respecto al Gobierno, un opositor en la legalidad; ciertamente, un opositor

débil, porque la estructura de las libertades no eran amplias. Tenia otra ventaja a mi favor: el viejo

régimen era una composición de familias politicas sin consenso. Yo estaba en una de ellas y podía

permitirme eso y criticar a las demás. Prácticamente, mi compromiso era gaseoso, aunque estuviera en el

Parlamento y en la institución económicosocial del antiguo régimen. Yo podía pechar con mis

dificultades; podía tener ciertas dosis de opinión. Esto era frecuente en la dictadura. Augusto Assía, o

Seara. o Vázquez Montalbán, o Rafael Calvo, o Haro Tecglen, y tantos otros, ejercían su «cuarto poder»

crítico. Ahora, cuando tiene lugar el despliegue de la libertad de expresión, la obediencia al Gobierno en

unos casos, y la estrategia de los partidos, recorta las libertades de muchas plumas. La condición de

"partidario" se come la libertad y la independencia del escritor.

El caso de Apostua, de Ricardo de la Cierva y de otros es tremendo. La disciplina de un partido en la

democracia es mucho más férrea que la disciplina del Movimiento o del sindicato en el franquismo. El

ejemplo de las purgas en los partidos de la izquierda y los silencios corales en el Parlamento están a la

vista. Los señores Apostua y Ricardo de la Cierva tienen la obligación de no destruir el método y los

objetivos de la Unión del Centro Democrático. Les pasa lo mismo a los escritores políticos que militan en

los partidos de la izquierda. ¿Dónde están ahora mismo, con éxito, los escritores políticos independientes?

Hay uno que me llama especialmente la atención me la ha llamado siempre- yes Carlos Luis Alvarez,

Cándido, aunque le sobren para este cometido algunas altas dosis de abstracción intelectual. Precisamente

a Ricardo de la Cierva no le ha gustado la opinión que tiene

Carlos Luís Alvarez sobre el Senado. Y ello es natural. Ricardo de la Cierva es senador, y Carlos Luis

Alvarez es un escritor político de calle, de libros, de relación social o de tribuna de prensa. Ricardo de la

Cierva ha estado trabajando en el proyecto de Constitución durante el debate en el Senado. Se ha visto

necesitado de defender al Senado y de decir, pasmosamente, U gran aportación del Senado al proyecto

constitucional. Y el Senado, admirado y querido Ricardo de la Cierva, es una Cámara asexuada y

ambigua, procedente de una situación preconstitucional y predemocrática. Es una repetición, en precario,

del Congreso. Es una especie de damero maldito de significaciones, de situaciones y de colectivos

extraños, mixtos, un poco recolectores de personas, de biografías, de compromisos y de cosas. Al

Congreso fueron las autenticidades, y al Senado, todas estas cosas, en el célebre día 15 de junio. En el

Senado no ha habido ninguna reforma sustancial del proyecto de Constitución elaborado por el Congreso,

sencillamente porque había un pacto, un consenso, entre los dos grandes partidos de esta predemocracia,

más los comunistas, que están adscritos, por razones de estrategia inteligente, a la Moncloa. Los señores

senadores no podían hacer ninguna reforma capital a la letra y al espíritu de lo acordado en el Congreso,

porque no habría sido, posible. Algunas actitudes y algunas enmiendas rechazadas prueban todo esto.

Cuando dos partidos políticos componen la mayoría aplastante en el Parlamento, y se ponen de acuerdo,

parece redículo señalar los éxitos del Congreso o del Senado. El éxitd, si es que se ha producido,

pertenece en exclusividad a los dos partidos protagonistas de este acontecimiento. Todo lo demás no ha

pintado nada. Especular ahora con las brillantes enmiendas de Cela para probar la eficacia y brillantez del

Senado es tomarnos el pelo a los ciudadanos. Y yo. por lo menos, no me dejo.

La Constitución, queridos compañeros de la literatura política, ha tenido en su redacción más rábulas que

ideólogos. Es una Constitución redactada por juristas y por tecnócratas. Ha habido como un acuerdo

intimo, no confesado, de apretar las clavijas de cosas pensando en el contrario, o de no hacer grandes

precisiones atractivas para convertir luego la Constitución, cada uno, en un instrumento arrojadizo.

Sinceramente, esta Constitución es mejor que sus dos precedentes liberales o democráticos: la del 76 o la

de! 31. No estoy tan seguro que sea la que corresponde a la sociedad actual, y a la que viene, en estas

postrimerías del siglo. Pero éste es el tema. Mi reflexión era la del gobernante que no lo hace con

plenitud, y opera temerosamente ante las otras fuerzas políticas; y la del opositor, que no se opone a nada

serio e importante, y solamente anuncia o promete, o dice alguna boutade aislada; y la del escritor político

que, instalado en una democracia, le mudan la conciencia por una invitación al servicio, y la pluma por un

incensario. Efectivamente, hay polvorines dispuestos para volar esta experiencia democrática en una

actitud global, y parcialísima, de descalificación total; la democracia no ha tenido buen pasado, pero ¿por

qué no ha de tener un buen futuro? Se echa i mucho de menos una actitud saneadora del régimen

democrático que no nos venga facturada por los partidos o por ei Gobierno en su arte de la política. Hace

falta urgentemente credibilidad. Nadie es identificable ahora mismo de manera pura. Se dice que los

políticos son inteligentes o habilidosos porque pactan, porque hacen cosas sorprendentes, porque están

con la sonrisa o la mascara puesta. Si la autenticidad no fuera posible, hay que decir las causas. A lo

mejor son razonables. Poco tiene que ver lo que hacen los partidos con lo que dicen en sus programas que

son. Pues esto habrá que explicarlo. El caso de los escritores políticos es todavía más grave. "No es

aceptable defender sus poltronas con razonamientos mediocres. Parece irremediable, o necesario,

defender las poltronas. Pero a los escritores políticos comprometidos en sus silencios o en sus inciensos,

lo menos que se les puede exigir es oficio y talento.

 

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