Autor: Contreras, Lorenzo. 
 Señor Cantarero, candidato por Madrid. 
 Las Cortes también son para los que disentimos  :   
 Hay que modificar la legalidad por vía legal; eso es lo civilizado y lo racional. 
 Informaciones.    17/09/1971.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 21. 

17 de septiembre de 1971

Señor Cantarero, candidato por Madrid

"Las Cortes también son para los que disentimos"

«Hay que modificar la legalidad por vía legal;.eso es lo civilizado y lo racional»

Por Lorenzo CONTBERAS

Don Manuel Cantarero del Castillo es un candidato a procurador en Cortes de representación familiar por

Madrid que repite la suerte. Se presentó en 1967, también por la capital de Espanto,, y aunque no salió

obtuvo un lucido número de votos. Durante estos cuatro años ha sido una de las figuras más tenaces, y

destacadas del aperturismo extraparla-mentario. Ante ,el inminente utour de forces electoral, el señor

Cantarero del Castitto no da muestras de nerviosismo.

—¿Por qué se presenta de nuevo a las elecciones?

—Por una cuestión d e principios: las Cortes también son para los que disentimos. O lo deben ser. Por

otra parte, entiendo ;que ello constituye no sólo un derecho, sino también un deber, aunque 1« legalidad

no gusta, A mí no me gusta, pero me gusta menos la acción ilegal. De ahí que, en la medida en que no me

gusta, trate de -modificar esa legalidad por vía legal. De ahí también que incluya tel cuestión de la

concepción dinámica de la legalidad en mi progr ama electoral. Eso es Jo civilizado y lo racional. Y

también lo útil.

—¿Y qué trataría usted de modificar en la legalidad vigente?

—Por de pronto, el sistema m i s m o de elección dé pro curadores familiares.´ Si h«y una .cámara

orgánica de representación de intereses, que lo sea con la máxima regularidad. Y para ello, la re-

presentación familiar en Cortes debiera resolverse, eléc-torataiente, en el ámbito interno de las

asócíaeionee familiares. Exactamente de1 la misma manera que se resuelven la representación sindi-

cal y la municipal. Ello a pesar de que esto de la representación familiar yo no lo entienda tan claramente

como lo de la representación sindical y municipal.

—¿Entonces usted lo que desea es aoater con esta pequeña parcela de sufragio cuasi-universal?

—No, en absoluto. Yo lo que creo es que la democracia de las ideas o democracia política no puede mez-

clarse, en el campo de la representación, c o n la democracia de los intereses o democracia económica y

social. A mí me parece bien una Cámara orgánica de representación de intereses. Pero ello solo no basta.

Hay que ir, a la,vez, a una: Cámara inorgánica de representación estrictamente política. En esa línea

entiendo debe orientarse la evolución del Consejo Nacional. Los candidatos de representación abso-

lutamente , política podr í a n precalificarse en el ámbito interno de las asociaciones de esa índole y ser

luego votados para los Consejos locales por sufragio directo de la población municipal ma yo r de edad.

Los Consejos locales podrían constituir luego los cuerpos electorales para la elección de los consejeros

provinciales, y ios Consejos provinciales el cuerpo electoral "para la elección de los consejeros

nacionales. Naturalmente, en el seno de las asociaciones políticas se aseguraría el ejercicio de esa libertad

básica, que es la libertad específicamente política, derivada de la más noble facultad humana (el p e n s a-

mlento), y la igua 1 d ad de oportunidades, esa igualdad de" oportunidades electorales que hoy no existe

en base a la discriminación económica e in c 1 u s o geográfica. Por ejemplo, en las elecciones de 1967 yo

saqué en Madrid 113.000 votos y no pude ser procurador en C o r t e sj En cambio, en otra provincia, un

candidato lo pudo ser con sólo 15.000 votos.

—¿No le parece a usted mucho proyecto de cambio?

—Bueno, yo parto de aceptar la actual legalidad vigente con todas sus consecuen-cios a favor y en

contra.. Se trata de intentar esas modificaciones de la legalidad sin romper la baraja democrática, aunque,

por ahora, uno tenga en la mano las peores cartas y no esté de acuerdo con el reglamento. Se trata de

conjugar válidamente ; orden, justicia, libertad y posibilidad. Eso es todo...

—¿Cree usted entonces, puesto qué hay un juego democrático, gue cualquiera que fie presenta a les

elecciones tiene posibilidad de salir elegido?

—Tal como están las cosas, evidentemente no. En esta parcela de la representación familiar, en que rige

exce£>-eioñalmente el sufragio inorgánico cuasi-universal, opera una discriminación económica: el que

más dinero pone en juego es el que tiene más posibilidades de sálir;. Al candidato pobre ni siquiera : le

permite la ley hacer colectas públicas para financiar los elevados (en Madrid, astronómicos) gastos

electorales; Yo no salí en 1967 tal vez por la falta de dinero. Y lo mismo puede ocurrirme esta vez,´ En

última instancia, como ,-jJt en la vez anterior, ni ea está, pude poner ni un solo millón, me ca.be el

consuelo de pensar que a ello se debió quizá mi poca suerte de entonces y ia poca que pueda teñe* ahora.

—¿Ello quiere decir que no tiene esperanzas de ganar?

—Tengo algunas, y por eso me presento. Pero desde luego ni solo ni acompañado estoy en disposición de

financiar, sin hipotecar mi omnímoda independencia política, el costo cuantiosísimo que la elección

requiere concretamente en Madrid. Yo no soy más que un modesto hombre de ideas, más o menos

discutibles y valiosas, que encuentra alientos dea-interesados, y estrietame n t e morales, en un

determinado! número de personas. Mi fuerza no puede residir, para esta prueba electoral, más que en el

mayor o menor número de personas dispersas cf u e me presten su adhesión moral.

—¿Quiénes cree usted que le votarán?

—Pues, en general, acuella» personas que hayan sabido de mi actitud política, esencialmente social y

democrática, de mis modestos esfuerzos en pro de una cancelacdon definitiva del espíritu de guerra eivil y

de las diferencias ciudadanas entre vencedores y vencidos, de mi obsesivo afán por una raciqnaliaación y,

a la vez, cordialización política nacional

—¿Pero no podría ponerle etiquetas políticas a esas personas?

—Homteet, es difícil. Pero creó q*ue podran votarme loa españoles inquietos social y cultüraJniente, los

hombres de pensamiento democrático, ea sus distintas advocaciones cristianas y socialistas huma-nistas,

liberales, tradicionalis-tas, aperturistas... Y, naturalmente, los hombres de mi mismo origen b filiación fa-

langista, que ´sean igualmente aperturistas. Yo creo que todos aquellos que, sin adjurar de sus

convicciones, sean boy capaces de concebir una España en la que la oposición política o el antagonismo

ideológico no tengan que en-traña¡r, necesariamente, la enemistad vital y la imposibilidad de convivencia.

—¿Y los trabajadores?

—©i pudieran conocer tnt trayectoria -biográfica, como la conocen q la conocieron algunos trabajadores

de la Marina Mercante, o de la Prensa, etc., creo qwe sí, que me votarían. Es muy tíiíícil convencer a un

trabajador da que ;uno lleva dentro un auténtico e insobornable espíritu de servicio a la clase trabaja-dora.

El trabajador ha sido siempre escéptieo, y hoy lo es más aún, ante el político. Hay que dar muchas

pruebas >1« integridad para conseguir conquistar la confianza o la fe de los trabajadores.

—Si alcanzara el escaño parlamentario, ¿qué haría usted?

—Tratar, por todos los medios, de .comprometer cMa día al cuerpo legislativo ea una incesante tarea de

pacificación, yo diría que «metafísica», de la conciencia política nacional, Trataría con todas mis fuerzas

cíe faforicar, con los materiales legislativos, un futuro nacional de progreso, >Je justicia, de libertad, de

paa. Un futuro, como digo tantas veces, de racionalidad y de civilidad. Trataría de reducir el grueso

pasivo de •ifra-cionaJidítdes que tanto nos toca-pacita aún, poniendo ea la tarea tanta raadn como co-

razón. Racionalización y cor-tíiaiizaeión. Ese querría qu« fuese el resultado genérico de mi posible

actuación futura en las; Cortea.

 

< Volver