Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   Malos indicios     
 
 Hoja del Lunes.    25/04/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

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— PAUINA I

MALOS INDICIOS

DESPUÉS de enterrar a Franco en Cuelgamuros tañíamos los españoles que ensanchar el campo de la

participación política, distribuir el "poder personal" a todos, echar a andar hacia un proceso democrático.

El crédito lo tenía Franco; su régimen, no. Por eso no ha hecho falta otra cosa que soplarlo para que se

viniera abajo.

La Monarquía nunca heredaría al régimen, sino que lo aceptaría sobre la marcha, hasta hacer su propio

tiempo histórico. Los monarcas no heredan a los dictadores, aunque fuera una dictadura institucional.

Los reyes heredan solamente a los reyes, y, además, una monarquía no es nunca igual a otra. La

Monarquía de Juan Carlos I sería la suya, y no la que hubiera podido hacer su padre. La Monarquía que

tenemos delante, sin embargo, tiene todas las características de ser muy azarosa. Los únicos triunfalistas

que tiene ahora mismo este país son los ministros. Una vez dije que era un Gobierno de "primera

comunión". Tiene, como unos admirables jubitos adolescentes. La política ya sé que es una erótica, pero

nunca podía imaginarse que fuera tan desmedida.

La democracia que se quiso hacer fue la de base europea. Su dialéctica es contrapuesta a la del régimen, y

por eso fueron tan inútiles las discusiones sobre "ruptura" y "reforma"; y fue, además, toda una añagaza

asegurar que se haría el cambio "desde la legalidad". Llevar adelantee esta Innecesaria estratagema con el

concurso de las Cortes ¿^ vie]0 régimen ha sido un verdad^ sarcasmo, y los señores procuradores han

lucido una dosis espléndida, da inocencia, de credulidad y de candidez. Las ciento cuarenta firmas de

ahora para plantear el tema de la legalización del Partido Comunista son ganas de fastidiar, porque no

existe comunicación respetuosa entre et Gobierno y las Cortes desde el otoño pasado, sino un puro

simulacro. Lo más serio que tiene el viejo Parlamento es el bar. No se debe salir de allí hasta el final de la

legislatura.

La cuestión que se planteaba era la de meter ptro régimen político—una democracia liberal y

parlamentaria—delante de las mismas narices de una clase política y de una organización social no

preparada para una mudanza así. Se (a pedía su colaboración y su actividad para que tomara asiento en la

silla eléctrica. Se la desahuciaba si no se ponía otras casacas. Las nuevas casacas del Gobierno.

La Monarquía apetecía también—lógicamente—acabar con los exilios, pero no podría impedir la

resurrección o la legalización de las antiguas organizaciones políticas, o de las nuevas, que componían el

cuadro de la "oposición". El Rey eligió a dos hombres para hacer esta difícil operación: a Torcuato

Fernández Miranda y a Adolfo Suárez. El primero, catedrático de Derecho Político, tendría que facilitar el

cambio en las instituciones desde las instituciones; y como eso no era fácil, tendría que ayudar a meter

gato por liebre. En esto era un maestro. El segundo se encargaría de atraer a la "oposición", de contener el

franquismo, de tranquilizar a todos, de engañar a quien se dejara, de seducir a los duros, de izar a alguien

unas veces y descolgar eg otras ocasiones, y de olfatear siempre. Nadie habría hecho esto mejor. Está

fabricado así. Y esto se ha venido haciendo ante el auditorio, exactamente como en un circo, porque eran

unos asombrosos juegos malabares. A veces se veía mucho el mecanismo del juego, porque era imposible

que no se viera. Pero resultaba Igual. Estaban allí para hacer eso, y se hacían los distraídos cuando se les

veía el plumero. Estaban cumpliendo una misión, y además estaban muy a gusto haciendo eso. Casi me

atrevería a decir que eran felices.

*

El tema, sin embargo, era otro, y menos anecdótico. ¿Cómo sería la identidad de la democracia una vez

que teníamos una sociedad distinta a aquella otra de los años treinta, que era nuestro último antecedente?

El mundo era políticamente diferente, y nuestra experiencia era muy rica de sucesos y de frustraciones. El

objetivo no tenía que ser solamente el de cambiar de régimen, puesto que eso se estimaba como necesario,

sino el de acertar en la construcción del nuevo sistema político sin que

padeciera el eje filosófico de la democracia y no se sometiera al país a los antiguos temporales. Esto se lo

han planteado todos los ideólogos europeos estos años: la actualización de la democracia. Me temo que lo

que estamos construyendo sea lo peor. Todos los indicios es que es malo. Nos suceden todas estas cosas:

protagonismos pueriles (tenemos más partidos en España que en todo el continente). La "ideologización"

de los sindicatos es más alta que en la anteguerra. La dialéctica entre la derecha y la izquierda es la más

radical de la Europa occidental, mientras que el centro es, como siempre, una invención del poder. Y el

Gobierno es poderosartienfó. centrifugador.

Este Gobierno de "tra£¿;C|6V´ no aspira a pasar el paït ¿« tfna 8¡tuaclón a otra situación v luego0 quitarse

el sombrero y saludar sino que es otra "fuerza política (fue aspira a convertir la "transición" en

"stablishment" de la Corona, con todo el riesgo para la Corona que elfo comporta. Algunos de ellos dicen

que son el "partido del Rey", que es un método de servilismo y de aprovechamiento que merece, desde la

Zarzuela, una operación de saneamiento. El sistema electoral elegido hace imposible los gobiernos

homogéneos y responsables para un período, y lo que asegura son gobiernos de coalición que los va a

convertir en pasajeros y con la eficacia política y administrativa disminuida. En lugar de hacer, con buen

sentido, "pocos muchos", está haciendo "muchos pocos", y todo esto para que no haya poderosos, sino

débiles. Esto es un diabolismo aldeano que vamos a pagar muy caro.

La impotencia, o la falta de destreza, para haber iniciado una operación democrática mediante tres pactos,

el de la "reconciliación", el político y el económico-social, ha diferido no se sabe hasta cuándo este

objetivo prioritario, y probablemente lo hará imposible. Redondamente, hemos tenido hasta ahora buenos

y desenfadados maniobreros y ningún estadista. Se ha destruido con inútiles artimañas un edificio, y no

ha habido una sola preocupación seria de construir otro que no se venga abajo. Hemos reducido a

escombros el viejo régimen, y estamos construyendo una democracia de fachadas para que se nos vea

fuera y no para que nos sirva dentro.

Los dos presidentes han venido a decirt "Bueno, ya hemos tirado esto; ahora levanten ustedes lo que sea,

que para eso fes hemos dado la soberanía nacional." Lo que ocurre es que los pueblos no acostumbran a

construir esas cosas, sino a autorizar o desautorizar aquello que han realizado los políticos más

acreditados o más responsables. Por el contrario, nadie ha pedido aquí a los políticos que hagan nada, sino

les han dicho que se las busquen cada cual en las urnas. Y ellos — el Gobierno—elegirán a los

protegidos. Nadie sabe adonde vamos. ¿Pero se puede poner en camino a nadie sin saber dónde se va y

sin imaginarse las dificultades y los riesgos del camino? Decir que vamos hacia una democracia no es

decir nada. Eso ya lo sabemos.

EMILIO BOMERO es uno de ios periodistas españoles má* Importantes de nuestra época. Gran

polemista—entre los primeros de Europa—, gran director de periódicos, maestro y descubridor de

numerosos profesionales. Posee lo» premios más prestigiosos del periodismo español. Eg novelista y

escritor con abundante obra galardonada y de frecuem tes ediciones. Es autor teatral de varios éxitos.

EMILIO ROMERO volverá, según pare* ce, A dirigir un periódico diario, "El Imparcial", en fecha breve.

* La aparición de loa originales solicitados de esta antología breva, de esta "quién es quién" «c el

periodismo español actual, será por riguroso o´rden de llegada hasta nosotros. Naturalmente, HOJA DEL

LUNES respeta y acoge las Ideas de su* ilustres colaboradores, aunque ea obligado añadir que el

periódico no ae solidariza necesariamente con ella»,

 

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