Autor: Tusell, Javier. 
   Democracia cristiana y centro democrático     
 
 Ya.    03/05/1977.  Página: 7-8. Páginas: 2. Párrafos: 5. 

DEMOCRACIA CRISTIANA Y CENTRO DEMOCRÁTICO

Con la maestría que en él es habitual exponía hace unos días don José María Gil Robles en un diario de

lo mañana lo que él denominaba como "la ilusión y la realidad del centro". Su insuperable pluma dibujaba

los graves inconvenientes que necesariamente han de derivarse de la forma como se ha llevado a cabo la

reforma política, la incongruencia de un sistema electoral que varia de una a otra Cámara y, en fin, el

peligero con que nos encontraremos a partir del próximo mes de junio de esa misma bicefalia

parlamentaria. Tan hábil disección concluía con una condenación de la operación centrista y, en especial,

de la influencia gubernamental en ella como generadora de ambiciones de escasísimo vuelo.

A la crítica, de Gil Robles al centro democrático yo le opondría tan sólo dos reparos. En primer

lugar, que está incompleta. Si es, en mi opinión, indudable que desde un principio, hace ya meses, era

imprescindible la constitución de una amplia coalición electoral de las familias ideológicas que han

construido Europa, el centro nació demasiado subrepticiamente y luego ha desenvuelto sus actividades

demasiado cerca de despachos madrileños, privados y aun oficiales. Además, el problema que plantea el

centro, a medio y largo plazo, es el de la posibilidad de un parlamento ingobernable y desgobernador. Por

otra parte, en segundo lugar, el señor Gil Robles-desde mi modestísimo punto de vista- racionaliza en

exceso su explicación de los procedimientos gubenamentales, teniendo como con secuencia su análisis

una imagen maniquea de sus propósitos. Cuando un historiador dentro de unos años estudie la

transición de la dictadura franquismo, a la presente situación descubrirá con toda probabilidad que el

procedimiento seguido por el jefe de Gobierno ha sido el muy chapucero del "salto de mata", con

resultados, sin embargo, no del todo malos, como ha venido a demostrarse con la legalización del PCE.

En todo caso, uno puede imaginar los métodos ideales que quiera para lograr la transición a la democracia

(la imaginación puede volar todo lo libremente que se quiera, porque es la primera vez que ocurre en la

Historia); lo que no cabe dudar es que, gracias a los seguidos, se va a llegar a aquélla.

Cuando se es demócrata y se actúa en la vida pública, el ejercicio de la autocrítica no sólo es necesario,

sino obligado. (Será necesario recordar que si el Gobierno ha cometido errores éste ha sido también

elcaso de la llamada oposición. Han sido además gravísimos en el caso de los partidos de centro o

modera dos. Mencionaré los que me lo parecen más, desde una personal actitud autocrítica. Se ha

perdido el tiempo y aun enturbiada la imagen en agrupaciones como Coordinación Democrática, que, por

lo menos, han perdurado demasiado. Se ha mostrado una absoluta incapacidad para identificarse con

el electorado jugando con conceptos y actitudes que sólo interesaban a un sector reducido de la clase

política con el resultado de que todo el mundo estaba mucho más a la izquierda de lo que le correspondía.

Se ha llegado casi a la neurosis a la hora de formar partidos, siendo al mismo tiempo incapaces de

aglutinarlos en grandes opciones de tipo ideológico, no personalista; así, indirectamente, se hacia cada

ven más inevitable una amplia coalición electoral. Los llamados partidos no son más que tertulias

ampliadas formadas por unos pocos militantes abnegados, pero quizá mucho menos preparados de lo

que sería menester; intentar solucionar los problemas del país,con cuatro centenares de personas es por

supuesto, algo que bordea el ridículo. En fin, la oposición con su actitud (o la de algunos de sus partidos

más caracterizados) ha querido capitalizar su pasado sin ser capaz de ofrecer una opción clara para el

futuro. Habría que recordar en este sentido cosas tan obvias como que el puro antifranquismo no es

democracia, que la clase "politicas del régimen en trance de fenecer se ha divido y, en una porción, ha

mostrado capacidad de asunsción de la democracia, con lo que carece de sentido tratar de fumigarla

como si de insectos perniciosos se tratara y, finalmente, que por el hecho de repetir hasta la saciedad que

el reformismo era una vía imposible no deja de ser cierto que la realidad está demostrando, contra lo que

muchos pensábamos, que sí es viable.

Hay todavía mas. En el mo mento en que se escriben estas líneas existe una situación política en España

que se podría resumir de la siguiente manera; un electorado con actitudes de base democráticas y

moderadas, pero desorientado por las circunstancias y, por tanto, muy poco apto para una adscripción

ideológico a nítida; una derecha (Alianza Popular) potentísíma, cuyo lenguaje y talante engendran

fundamentadísimas dudas acerca de su posición democrática, que ha actuado con sagacidad politica y que

ha potenciado en su favor el miedo al vacío, muchas veces perfectamente respetable y lógico, del pueblo

español; y una izquierda (el Partido Socialista) de la que nada menos que Matthofer ha afir mado que está

inmadura todavía, no sólo para el gobierno, sino incluso para elaborar, un programa sin

irresponsabilidades. En esas condiciones, ¿cuáles son las exigencias del presente? Las elecciones no van a

ser unas elecciones democráticas ideales, pero de ellas ha de salir, de manera clara y neta, un Parlamento

capas de generar un sistema democrático; han de ser, por tanto, unas elecciones para la democracia. Se ha

de ejercer, durante la campaña, una actitud pedagógica que facilite al elector una opción clara, aunque, de

momento no lo suficientemente precisa. Frente_ a los amenazas al sistema democrático se ha de votar

para tener la seguridad de que en su día se votará de nuevo. Hay, para concluir, que someter a Alianza

Popular o a los socialistas a una cura de reposo en la opo

sición que convierta a la primera en un partido conservador y a los segundos en verdaderamente

homólogos de sus correligionarios europeos.

Yo le oí decir en una oca sión a don José María Gil Robles, con esa sabiduría que da el poso de la

experiencia, que la política es el arte de elegir entre dos inconvenientes. No niego que el Centro

Democrático los tenga, pero la situación es tal que si ahora mismo no existiera habría que inventarlo.

¿Peligros? Muchísimos, desde luego. El primero de ellos la mediatización desde el poder, aún por aclarar,

pero de la que cabe decir que, si se produce de una manera que resulte intolerable (lo que no creo), una

parte de la culpa le corresponderá a la actuación de la oposición en estos últimos meses. La misma

negativa de la Federación de la Democracia Cristiana a figurar en el Centro, como quería probablemente

la opinión pública, de seguro la prensa e incluso la mayoría de su consejo político, ejerce en este sentido

una función contraproducente. El segundo peligro, para el ideal democristiano, es la pérdida de identidad

ideológica. Sin embargo, ¿será necesario recordar que en la década de los cuarenta, cuando De Gasperi

estaba asentando los fundamentos de la democracia italiana, creó una coalición electoral denominada

Centro Democrático, de composición idéntica a su homónimo español actual.

Javier TUSELL

 

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