Autor: Ferrer Peña, Ramón María. 
   Sentido actual de la DC en España     
 
 Informaciones.    25/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

SENTIDO ACTUAL DE LA D.C. EN ESPAÑA

Por Ramón María FERRER PEÑA

LA misión de la D.C. en España, ante todo, es hacer posible la instauración y el afianzamiento de la

democracia en nuestro país, igual que hace más de treinta años, a la caída de los regímenes fascistas

europeos, lo hizo posible en los países de este viejo continente. Su aspiración a conseguir una so ciedad

interclasista, integradora de los distintos grupos y clases sociales, es en el orden histérico-político donde

adquie re su verdadera trascendencia.

Aun a riesgo de ser demasiado realis tas y de tratar de simplificar en exceso el panorama de la realidad

política y social de nuestro país, creo que son tres las opciones que como españoles se nos van a

presentar. Una opción claramente posfranquista, con espíritu renovado e incluso aspiraciones realmente

democráticas, se nutrirá, en extensión e intensidad, de los elementos más aprovechables de un pasado

todavía reciente. Otra opción tendrá un signo marcadamente marxiste y aspirará, como es lógico, a borrar

toda relación con el pasado y a destruir todos los efectos de un sistema radical mente adverso. Una tercera

opción, de signo prudente y moderado, se situará en un lugar intermedio. Podrán figurar en ella

personalidades del pasado y no hará tabla rasa de la realidad presente ni de cuanto incorporado a la

sociedad de nues tros días merezca ser conservado y respetado, pero esto tendrá un carácter ex cepcional

y se presentará, en definitiva como una opción nueva, europea, libre de concomitancias fascistas.

¿Cuál es la importancia para España de esta tercera opción? En mí opinión, fundamental.

Creo que una opción posfranquista, aun con espíritu renovado y aspiraciones democráticas, difícilmente

podrá obtener el asentimiento nacional necesario para asegurar la estabilidad del país y garantizar que una

crisis de Estado no se presente en cualquier momento. Me parece también que una opción marxista, por

razones idénticas, pero de signo inverso, puede conducir a esta misma crisis y a una involución

inevitable, al menos en una primera fase. Por tanto, para la viabilidad inmediata de la democracia es

fundamental esta tercera opción. En ella se encuentra, sin duda, la Democracia Cristiana.

Ciertamente, no sólo se encuentra la D.C. También tienen cabida en esta tercera vía, la socialdemocracia,

los socialismos no marxistas y los partidos liberales. Ahora bien, ¿cuál de estas corrientes ideológicas es

capaz en nuestro país de mover mayor número de masas? Honestamente, creo que la D.C. Los partidos

liberales, cuya definición ideológica es clara y congruente; encontrarán serias dificultades de arraigo

popular. La socialdemocracia y los socialismos reformistas todavía no han adquirido aquí una entidad

separable de los socialismos de base marxiste. Si creyera que ello iba a ser así, en un futuro inmediato, no

vacilaría en afirmar que el papel que reservo para la D.G. podría ser asumido o, al menos, compartido por

los expresados movimientos políticos.

Ahora bien, la D.C. no tiene, ni mucho menos, su éxito asegurado en nuestro país. Por lo que le afecta

específicamente, debe la D.C. corregir y superar sus contradicciones internas y el estado actual de

desunión entre los distintos grupos y sectores que la integran. Por lo que respecta al orden general de su

actuación, para cumplir su misión debe constituir, como está ocurriendo en los países europeos, un

partido de corte moderno, no confesional, con dimensiones auténticamente populares, tratando de

representar el verdadero papel que corresponde a su doctrina. Por una parte, afirmar la primacía del ser

humano, la exaltación de su dignidad y el sentido trascendente de su existencia. Por otra, defender

abiertamente las legítimas aspiraciones populares, sacrificando intereses y egoísmos en pro de una socie-

dad más justa y solidaria. Debe tener siempre conciencia la D.C. de su misión y de los .principios en que

se basa su acción política, rechazando actitudes y comportamientos que, a la postre, no constituyen sino

una traición a los fundamentos de sus propias pretensiones temporales.

El sentido actual de la D.C. en España exije el total mantenimiento, en la acción política concreía, de la

denominación con que se expresa su ideología. Es posible que en el campo político donde la D.C. se

mueve exista un.buen número de personas no dispuestas a una militancia activa mientras el partido man-

tenga toda referencia directa a cuestiones que no son propias del orden temporal. Sin entrar a juzgar este

tema y sus implicaciones culturales, creo que es el mismo, ahora, un mal menor, pues cuando de lo que se

trata es de salvar la confusión existente, los riesgos de orden formal —a la postre siempre secundarios—

deben ceder a la claridad en la identificación de una doctrina para unas masas que justamente la reclaman.

En estos momentos, renunciar a una denominación aglutinante equivale al propio suicidio y, en

definitiva, a dañar toda la estabilidad del proceso democratizador al que la D.C. sirve.

Es indudable que en el futuro, la D.C., que es una ideología moderna, pueda evolucionar hacia formas

políticas en las que su doctrina constituya un ingrediente fundamental, pero que excluyan toda referencia

al orden trascendente. Probablemente, en una sociedad más justa y estable, superado el sentido materialis-

ta de las doctrinas marxistas y la subordinación del ser humano que las mismas imponen, todos los

planteamientos políticos serán distintos. Pero en el mundo en que nos movemos hoy, con su confusión y

sus contradicciones, no son posibles las concesiones. Este es el sentido actual de la D.C., posibilista y tal

vez meramente coyuntural en la historia política de nuestro tiempo.

La D.C., efectivamente, no constituye un movimiento político utópico. Si está empeñada en una lucha en

que al defender la democracia ha de defender al hombre por encima de todo, también pretende conseguir

y adoptar soluciones prácticas concretas para ¡os problemas materiales que ese hombre se plantea.

Defender al trabajador y sus condiciones de trabajo, al empresario y su función económica dentro de la

sociedad, a la pequeña y mediana empresa, tanto en él sector agrario como en el industrial.

La concepción política de la D.C. la lleva a defender la familia, configurándola como el marco

fundamental de protección y de realización del ser humano, a promover la participación activa de la

mujer en condiciones de igualdad en todos los órdenes de la vida social, a fomentar el desarrollo cultural

y a propugnar un sistema educativo que libremente escogido por los padres, asegurado y garantizado por

el Estado, prepare a la juventud para sus futuras tareas cívicas y profesionales.

En definitiva, toda una concepción moral que defiende el principio de subsidiariedad del Estado y el

derecho del individuo y de los grupos primarios a disponer y ordenar, en primer término, la vida de la

colectividad. Toda una concepción moral que promueve la dignidad de la persona y su libertad. Toda una

concepción moral que lucha por la Justicia social y la gualdad de oportunidades. Toda una concepción

moral que aspira a que la democracia no sea mera mente representativa, sino que en ella y de modo

creciente, tenga lugar una participación activa ciudadana.

Todo esto es lo que se espera de la D.C. en esta hora de España, histórica, difícil y expectante.

Ceuta, 24 de septiembre de 1976.

 

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