Autor: RUY LÓPEZ. 
   Que se defina el presidente     
 
 Diario 16.    30/12/1976.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Que se defina el presidente

En la tradición europea se distinguen usualmente dos figuras políticas: por una parte, un jefe de Estado, a

veces un rey, que representa la unidad del Estado per encima de los partidos y facciones políticas, y por

otra, un jefe de Gobierno, que siempre es portavoz de un partido o coalición de partidos y, por tanto,

representa únicamente a un sector, mayoritario o no, de la sociedad.

En los regímenes autoritarios, por el contrario, tal dicotomía desaparece. El dictador pretende acabar con

la "disgregación" política del país, para identificarse radicalmente con el interés general de toda la

sociedad, lo que, por supuesto, no deja de ser una entelèquia, ante la imposibilidad de lograr una

unanimidad ideológica en una sociedad moderna.

Vemos, por ejemplo, que el general Franco pudo decir en su testamento político que no tenía más

enemigos que los de España, pues se consideraba la personificación del Estado y de la sociedad española :

también hemos podido ver en España a un ex ministro, y aspirante a la Presidencia, que indicaba que "no

tenía más enemigos que los del Estado", lo cual, aparte de ser una bonita frase, no deja de ser un

eufemismo.

Pues bien, hay que dejar bien claro que todo Gobierno es Gobierno de partido, bien en solitario bien en

coalición con otros, y que toda pretendida imparcialidad del Gobierno no son más que palabras o una

simple falacia. Precisamente una democracia se caracteriza porque el Gobierno reconoce que representa

solamente una parte (aunque sea ciertamente numerosa) de la opinión de la comunidad.

Precisamente aquí reside uno de los mayores peligros para la reforma: que el presidente Suárez, tras la

victoria que por otra parte habría que matizar en el pasado referéndum, se considere por encima de

los partidos, como auténtica representación del Estado (o del interés general). De seguir este camino,

caería en la falacia autoritaria ya citada, que consiste en confundir su posición dirigente con la posición

simbólica del Jefe del Estado. Pues, si hay una diferencia entre las dos, es para que el jefe del Gobierno se

comprometa públicamente con una línea política determinada, más o menos mayoritaria.

Todas estas reflexiones vienen a cuento ante la inminencia, que ya es un desenmascarado presente, de las

elecciones a Cortes. Si el Gobierno pretende que estas elecciones tengan una credibilidad pública debe

comenzar por enseñarnos sus cartas a los españoles. El presidente debe indicar cuanto antes si piensa ir a

las elecciones en tanto que líder de un partido, o, por el contrario, si pretende seguir en la linea autoritaria

de considerarse legitimado por encima de partidos y elecciones. La respuesta a esta talternativa es

decisiva para el futuro del país. Si se mantiene en la línea autoritaria, la confianza de los españoles en la

reforma podría resultar seriamente amenazada. Ea cambio, la definición partidista del Gobierno podría

representar un pase decisivo hacia la normalización y clarificación de la vida política del país.

Pero no nos basta con esto: hay que ir más allá. Como es sabido, la democracia no sufre en Europa por el

hecho de que un Gobierno de un partido presida unas elecciones parlamentarias: se debe a razones de

tradición democrática bien arraigabas. Sin embargo, no es éste el caso español, en donde una larga

dictadura, e incluso antecedentes previos a ésta, han venido a crear una amplia desconfianza hacia la

imparcialidad del Gobierno en el proceso electoral. De ahí que, si el Gobierno se define como

propugnamos representante de una tendencia ideológica determinada, será necesario, para garantizar la

absoluta limpieza de las elecciones, la inclusión en el Gobierno de personalidades de prestigio o de

representantes de otros partidos, a fin de equilibrar o controlar las influencias partidistas en los comicios.

En definitiva, pues, es absolutamente indispensable, para conocimiento de los españoles, primero, que se

defina el Gobierno sobre la línea partidista que va a seguir cara a las elecciones, y, segundo, que proceda

a incluir en su seno aquellas personas que puedan garantizar con su presencia la honestidad democrática

en el proceso constituyente.

Ruy López

 

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