Autor: Tusell, Javier. 
   Un margen para la esperanza     
 
 Ya.    22/09/1976.  Páginas: 2. Párrafos: 5. 

UN MARGEN PARA LA ESPERANZA

Un margen de defensa

LOS españoles que militamos en la oposición democrática (en mi caso, en la demócrata cristiana) hemos

pensado durante mucho tiempo que e1 camino que conducía desde el franquismo a la homologación, con

la Europa occidental no pasaba por el "reformismo" tal como este programa fue enunciado desde 1973.

Para nosotros, este último no era sino una forma más de presentarse un régimen de autocracia personal

que, sin embargo, siempre había tenido la infundada pretensión de contar en sus instituctones con una

participación popular importante y que, a (partir de aquella fecha, puesto que se habían modificado las

bases sociales que otrora lo sustentaban, debia aumentarla sin perder sus rasgos definitorios.

En definitiva—pensábamos—, la libertad es algo indivisible y radicalmente diferente de la tolerancia; un

régimen no pierde sus características dictatoriales porque deje de perseguir a su oposición democrática.

La esencia misma del franquismo la vedaba de forma radical la posibilidad de convertirse en una

democracia, de la misma manera que resultaba impensable que, por ejemplo, una de las llamadas

"democracias populares" evolucionara desde sí misma hacia el pluralismo. A todo lo expuesto añadíamos

que la llamada Constitución española no podía, simplemente, tomarse en serio. Lo que ha habido durante

todos estos años han sido no textos legales fundamentales, sino la voluntad omnipotente del general

Franco, aunque la ejerciera con una habilidad y una prudencia que le permitieron durar tanto tiempo. En

fin, la misma experiencia del reformismo en el poder nos confirmaba en nuestra opinión. Arias, primero,

y Fraga, después, se apoyaron en un vago deseo de "liberalización", que inmediatamente resultaba

frustrado ante los ojos de los españoles por las contramarchas del poder, las incoherencias de su programa

y por un ejercicio de la autoridad que se diferenciaba bien poco de la pura y simple arbitrariedad.

En su origen, el ministerio presidido por el señor Suárez no permitía abrigar tampoco excesivas

esperanzas: quien esto escribe publicó, nada más determinada su composición, un artículo con el título

"La apoteosis del caos". La perplejidad y el pesimismo parecían la reacción mas lógica ante un Gabinete

de significación personal más grisácea que el anterior, y cuyos propósitos no pasaban de ser una reedición

.del "reformismo" de siempre. Creo, sin embargo; que el proyecto de reforma política hace poco

enunciado me rece un importante cambio de postura. Lo que ahora se nos ofrece, hay que reconocerlo, es

mucho más de lo que parecía pensable originalmente, y mucho más de lo que prometieron Arias y Fraga,

lo que puede llegar a demostrar que, contra pronóstico (o, por lo memos, mi pronóstico), todavía hay un

resquicio de posibilidad para evitar al país el poco apetecible trauma de una ruptura. Se pueden criticar

muchísimos aspectos del proyecto, desde su gestación al margen de importantes sectores de la opinión

española hasta la constitución del Senado, pasando por la exclusión del PCE, mezcla de injusticia y error,

pero lo verdaderamente importante es que, en definitiva, se ha aceptado un punto de vista de la oposición

al, de hecho, partir prácticamente de cero en la construcción de una nueva legalidad. Esto, que es lo esen-

cial, constituye una victoria a la vez de la oposición y de la propia sociedad española, pero también puede

demostrar de parte de quienes nos gobiernan un perspicacia política para mí inesperada. Porque, a fin de

cuentas, si las instituciones dictatoriales, albocadas a una pronta desaparición, acaban por deglutir, como

una especíe de purga, su propia autodestrucción, ¿ qué mas da que se siga o no el requisito for-mal de

acudir previamente a ellas?

Se ha dicho en estos últimos días que, para la oposición el programa Suárez constituye un reto. En lo que,

en cambio, quizá no se ha insistido suficientemente hasta qué punto lo es. Lo más fácil ahora es seguir

viviendo la vida de tertulia, de infantilismo "gauchista", i n c o n creción y protesta quejumbrosa, pero,

por puro patriotismo, esto debe acabar radicalmente. Se insiste en los medios de oposición en las

condiciones que la acción gubernamental debe reunir pa- ra llegar a ser creíble. Obviamente, sin libertad

de propaganda y de sinceridad en la emisión del sufragio, la reforma se quedará en agua de borrajas.

Pero incluso más importancia que eso ha tiene aho-ra el que la ley electoral de alguna manera sea pactada,

y sobre todo, la persona y la actuación del ministro de la Gobernación. En orden público,la política hasta

ahora seguida ha sido, en mi opinión, totalmente erróna y contradictoria con el mismo principio de

autoridad, al deteriorar crecientemente la imagen de quienes, por su misión especifíca, deben

precisamente contar no sólo con medios defensa, sino con el apoyo e identificación de todos y cada uno

de los españoles. En una España despolitizada, una cincuentena de gobernadores civiles con "psicología

de leopardos", como llamó Ortega a los de 1919, podrían obtener una mayoría confortable para el poder,

pero representarían, entonces, un gravísimo atentado a la paz social, como de hecho ya ha ocurrido en

algún tríste caso.

Creo, en cambio, que si la oposición ha insistido en las condiciones requeribles pa-ra creer en la

sinceridad de sus propósitos gubernamentales, no se ha molestado en señalar las ventajas que para la

nación derivarían de ella. Estas son evidentes y conviene recordarlas.

En primer lugar, mientras que los regímenes como el franquista se suelen derrumbar súbitamente y

producen una verdadera cesura histórica, el caso español podría convertirse en lo suficientemente

meritorio y singular como para probar que no es imposible el tránsito pacífico de la dictadura a la

democracia y que, en todo caso, lo es menos en las dictaduras conservadoras, como la de Franco, que en

las mal llamadas democracias populares. En segundo lugar, en el mejor de los casos, si la sinceridad y la

corrección son absolutas, se convertirá en posible un desalinde de campos en el seno de una oposición

que, cuando aparece como alternativa global, potencia Indirectamente a los grupos situados más a su

izquierda. Y finalmente (éste sería el culmen de los ideales), sería pensable un cierto realineamiento de

fuerzas políticas: es evidente, que un partido democrático no puede admitir en su jefatura a quienes hasta

hace semanas han estado confortablemente instalados en la autocracia, pero, en cambio, puede recoger a

las masas qué lo han aceptado pasivamente o a los cuadros de los grupos que, sinceramente, en un

momento determinado, colaboraron con fórmulas evolucionistas que ya se pueden considerar periclitadas

¿No podría ser éste él papel de un partido de tendencia demócrata cristiana?

Pero, hay que recordarlo, de todo esto nos hallamos todavía bien lejos. Sólo una persistente labor

gubernamental en los sentidos indicados nos demostrará, en definitiva, si en este momento hemos tenido

algún derecho a ser más optimistas que en los meses pasados. De todas las maneras es necesario afirmar

que en el oscuro horizonte del ciudadano español, baqueteado durante décadas, se ha abierto un, por ahora

tímimo, margen para la esperanza.

Javier TUSELL

 

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