Autor: Gil-Robles y Quiñones, José María. 
   Alergia a la opinión     
 
 El País.    28/10/1976.  Página: 6,7. Páginas: 2. Párrafos: 16. 

OPINIÓN

EL PAÍS, sábado 28 de agosto de 1976

Alergia a la opinión

JOSÉ MARÍA GIL-ROBLES

Es frecuente la afirmación de que la opinión pública española se encuentra muy desorientada y

prácticamente incapacitada para formarse un criterio acerca de los graves problemas del momento. Los

rumores contradictorios que a diario se entrecruzan, las declaraciones y rectificaciones que llenan las

columnas de la prensa y las divisiones entre los grupos de oposición —reales en unos casos y aparentes

en otros— son las causas principales de tal confusión, que muchas veces engendra, o al menos favorece,

una clara inhibición en el pensamiento y una marcada atonía en la acción.

Pero no son éstas las únicas causas del fenómeno, que si resulta alarmante siempre, lo es mucho más

cuando un pueblo camina, o se dice que camina, hacia el cambio fundamental de sus estructuras políticas.

La falta de información sincera por parte del Gobierno constituye también un poderoso factor

determinante de la desorientación. Es muy fácil echar sobre los gobiernos culpas que en buena parte

deberían recaer sobre toda la sociedad. Me dolería cometer esa injusticia; pero creo que en el presente

caso la responsabilidad del Gobierno es evidente, por lo menos en una buena parte.

Desde hace cuarenta años, por exigencias de la guerra y la posguerra, primero, y por conveniencias

injustificadas del régimen imperante después, ha funcionado un organismo oficial regulador de la parte de

verdad que podía llegar a conocimiento del público. El subjetivismo del responsable de tal organismo —

subjetivismo integrado por factores muy diversos que iban desde las convicciones doctrinales hasta los

brotes temperamentales— dosificaba a su placer no solamente los hechos que habían de ser conocidos de

los españoles, sino incluso las deformaciones que en ellos se creía oportuno introducir. Los periodistas

encargados de la información política y los directoores de las publicaciones periódicas saben muy bien

cómo funcionaban las notas oficiosas, las referencias de los Consejos de Ministros, las denominadas

ruedas de prensa, las conferencias en el Ministerio de Información y hasta las consignas coactivas,

transmitidas muchas veces por teléfono. El efecto que en los informadores y en el público causaban

aquellos procedimientos tenían que conducir de manera forzosa al escepticismo y a la incredulidad.

Comprendo que no es fácil cambiar en unos meses tan viciado sistema. Pasar sin transición de la verdad

oficial a la verdad real, no es, desde luego, tarea de poca monta; de ahí que pueda ello representar un

atenuante de culpas que no es posible dejar de anotar entre las partidas del pasivo del Gobierno del señor

Suárez.

Hay, sin embargo, aspectos de la política informativa que, a fuerza de querer ser habilidosos, vienen a

caer en el defecto, muy grave para quienes gobiernan, de aparecer como una clara falta de seriedad. Lo

digo con el máximo respeto que me merecen las personas, pero con la claridad que el tema exige. Vale la

pena recoger en apoyo de esta tesis unos cuantos hechos de rigurosa actualidad.

El pasaporte de Carrillo

El primero es el del problema del pasaporte del señor Carrillo. Y conste —me adelanto a proclamarlo—

que no tengo contra él la menor hostilidad personal, y que considero que si la reciente amnistía concede al

secretario del Partido Comunista Español el derecho a ese documento de identidad, no hay razón que

justifique la , negativa.

Pues bien, la actitud del Gobierno en este punto no ha podido ser más desdichada. El ministro de Asuntos

Exteriores se muestra contrario a la concesión del pasaporte cuando habla con sus interlocutores

alemanes, básicamente anticomunistas, sin perjuicio de «echar agua al vino», como vulgarmente se dice,

apenas pone el pie en Barajas al regreso de su periplo por Europa. Tampoco el jefe del Gobierno oculta en

declaraciones públicas su criterio contrario a la concesión del pasaporte al señor Carrillo y a la señora Iba-

rruri: Por último, se anuncia que el pasaporte les ha sido denegado a los dos personajes...

Y mientras tanto, la prensa, incluso algún periódico de marcado carácter oficial, proclama con grandes

titulares lo que todos sabemos: que el señor Carrillo entra y sale de España cuando quiere, visita a los

amigos, preside reuniones políticas y hasta estrecha en algún restaurante la mano de un ministro, que ni

siquiera se da cuenta de quién es el amable ciudadano que le saluda. A todo esto, la Dirección General de

Seguridad permanece muda.

¿Puede decirse que todo ello es propio de una política seria? Repito que nada tengo que objetar a que el

señor Carrillo esté en España, puesto que la amnistía le ha abierto las puertas. Pero ese maquiavelismo

gubernamental de vía estrecha me parece más bien un infantilismo destinado a distraer a niños en la edad

de la primera comunión.

Algo semejante cabría decir de la huelga de los controladores de vuelo. No entro para nada en el

problema de la justificación de sus reivindicaciones, que a primera vista no parecen abusivas. Lo que me

preocupa es la insinceridad con que el problema se está tratando a la vista del público.

Quienes en las últimas semanas hayan tenido que utilizar el avión como medio de transporte saben

perfectamente que, primero en Barcelona y luego en otros aeropuertos, extendiéndose como una mancha

de aceite, los servicios experimentaban perturbaciones debido a lo que se llama la huelga de celo de los

responsables de la delicadísima tarea de dirigir el tráfico aéreo. ¿A qué razón plausible obedece la

negativa oficial de la existencia de una realidad conocida cada día por mayor número de personas? ¿Por

qué se ha esperado a que la noticia nos llegue aumentada desde el extranjero, incluso con el anuncio de la

cancelación de vuelos de turismo?

Negar lo evidente

Estoy seguro de que el Gobierno, consciente de la trascendencia del conflicto, está dando ya los pasos

conducentes a su solución.

Pero ¿qué motivos justifican esa táctica ingenua de negar lo que está a la vista de todos? ¿No han pensado

los gobernantes que una información amplia y clara del problema, de las trascendentales consecuencias

del conflicto y de sus razonables soluciones contribuiría a formar un estado de opinión que podría

reforzar la eficacia de la negociación? ¿Qué beneficios lleva consigo ese empeño en marginar al pueblo

de los problemas que tan de cerca le tocan?

Lo mismo podríamos decir del aumento del preció de la gasolina. Hace unas semanas, el señor Silva

Muñoz, figura preeminente de la CAMPSA -su puesto es de carácter netamente oficial—, tranquilizaba a

la opinión acerca de la pretendida subida del precio del carburante. Todos sabíamos, sin embargo, que era

inevitable la subida, y que se produciría de un momento a otro, como así ha ocurrido.

No es fácil explicarse la finali-dad práctica que haya podido tener el piadoso engaño, cuando hubiera sido

mucho más útil —y por supuesto más político, en el buen sentido de la palabra— ir preparando al pueblo

español a la aceptación de una medida impopularísima, razonando su imperiosa necesidad, máxime

cuando en esta materia se viene actuando con una falta de criterio y decisión que agravan el pavoroso

problema cada minuto que pasa.

No voy a insistir en casos concretos, que por desdicha son muy abundantes; prefiero, para concluir,

elevarme de nuevo a la tesis que al principio esbozaba.

Un Gobierno no puede actuar desvinculado por completo de la opinión de su propio país. El principio

parece más indiscutible cuando se trata de unos gobernantes que no han recibido sus poderes del pueblo.

¿Es razonable en esta etapa de transición, en la que deberían comenzar a ensayarse métodos menos

autoritarios, aislarse de la opinión pública y, lo que aún es peor, servirle inocentes engaños pueriles en

lugar de informaciones serias y veraces?

¿O no será que el Gobierno de don Adolfo Suárez, al igual que los anteriores de tipo dictatorial a los que

tantos de sus miembros sirvieron, padece una alergia incurable a la opinión pública?

 

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