Autor: Alameda, Soledad. 
   Joaquín Ruíz-Giménez  :   
 Un político testimonial. 
 El País.    11/12/1977.  Página: 6-12. Páginas: 7. Párrafos: 71. 

JOAQUÍN RUIZ GIMÉNEZ

UN POLÍTICO TESTIMONIAL

Soledad Alameda

Católico progresista y posconciliar, empezó su carrera política como embajador ante la Santa Sede

(1948-51), para continuar como ministro de Educación. Hasta que, en 1956, abandona al comprobar la

imposibilidad de realizar desde dentro una liberalización del Régimen franquista. De entonces hasta

ahora, la vida de Joaquín Ruiz-Giménez (nacido en 1913, en Hoyo de Manzanares, Madrid) ha

evolucionado sin pausas hacia posturas cada vez más democráticas. Esas posturas le llevaron, hace ya

algún tiempo, a las puertas del marxismo. Y allí se detuvo.

Este atractivo y prolífico hombre (tiene once hijos) es catedrático de Derecho, abogado en ejercicio y una

de las personalidades más notables que la Democracia Cristiana (DC) ha tenido en este país. Que, por

cierto, rechazó su opción electoral estrepitosamente en las elecciones. No parece, sin embargo, amargarle

esta quiebra. Tal vez porque sabe que no se ha deteriorado su imagen personal. Hoy, su partido, Izquierda

Democrática (ID),ha quedado reducido a un núcleo, como dice el mismo Ruiz-Giménez, testimonial, y

trata de ahondar en una posición de humanismo cristiano.

A veces basta con transcribir las palabras del entrevistado para dar una idea aproximada de lo que esa

persona opina (la verdad es que nunca se logra del todo), y del clima en el que se desarrolló la

conversación. En otras ocasiones haría falta completar el texto con imagen, o haría falta que la entrevista

se filmara. Esto pasa cuando el personaje es múltiple, matizador, cuando acepta ese juego en que, a veces,

puede convertirse una entrevista. Es en estos casos en que las miradas, el tono de la voz, las entonaciones,

forman parte de la comunicación. A Ruiz-Giménez hay que incluirlo en este segundo grupo. Pero,

curiosamente, esto sólo fue verdad a partir de la segunda media hora de charla. Antes, don Joaquín hizo

gala de eso que a veces se ha dicho de él, de su dialéctica jesuística. Incluso, como ocurre con los curas

que van para cardenales, sus respuestas no siempre correspondían exactamente con las preguntas.

El austero don Joaquín se convirtió en esa segunda parte en un señor divertido, lleno de sentido de

humor, chispeante, que acompañaba sus frases con risas y recibía las preguntas con sorna y complicidad.

Es necesario decir esto si se quiere alcanzar un conocimiento más verdadero dé lo que piensa

Ruiz-Giménez sobre algunas cosas y sobre sí mismo. O, al menos, de lo que pensaba una mañana de

diciembre de 1977.

Pregunta. ¿En los últimos meses ha tenido la tentación de considerarse un perdedor?

Respuesta. El hecho de haber perdido me parece que era innegable. Lo que ocurre es que una cosa es

perder y otra sentirse perdedor. O, si usted prefiere, perder la esperanza. Creo que hemos aceptado el

fracaso electoral con mucha serenidad. Hemos comprendido las causas, porque hemos realizado un

análisis objetivo, pero no hemos desertado de nuestro deber de continuar sirviendo a nuestro país. No

tenemos ánimo de vencedores, lo que sería absurdo, pero tampoco de vencidos. Tenemos ánimo de

hombres que han afrontado un desafio con ilusión y que no por haber tenido un fracaso la han dejado mo-

rir.

P. Después de la celebración de los dos congresos de septiembre, la DC se ha desgajado de nuevo.

Izquierda Democrática, que ha virado hacia un humanismo cristiano, se ha reducido

más?Pienso que esto podía producirle desaliento...

R. Repito que hemos revisado con toda serenidad lo ocurrido, y no nos desalentamos. Lo que nos

preocupa es España. Me parece que el reciente compromiso entre el Gobierno y los partidos de la

oposición democrática, por un lado, y las centrales sindicales, por otro, es un paso positivo.

Indudablemente tiene defectos, tal vez hubiera sido mejor tramitarlo, sin más, a través del Parlamento;

también tiene defectos de contenido, pero en un momento de transitó difícil como este, lo mejor puede ser

enemigo de lo bueno. El haber logrado una convergencia —aunque sea limitada y temporal— en cuanto a

problemas que son muy graves para el país, es algo que tiene en sí mismo un innegable valor. Creo que

nuestro deber, el de los hombres que están en el Parlamento y el de quienes estamos fuera, es contribuir a

que ese esfuerzo no se agoste. Pienso que Izquierda Democrática está en la lista de una cooperación

crítica y leal, porque ningún español puede sentirse ajeno a esta labor de consolidar la democracia.

P. ¿Qué peso político cree que tiene personalmente, no su partido, en este momento?

R. Es muy difícil revisarlo; habría que hacer una encuesta y no hay interés inmediato de precisarlo.

Pienso que, tal vez, el hecho de que hayamos encajado este revés electoral con espíritu deportivo; el

hecho de que mis palabras no hayan sido agrias contra nadie; el hecho de que propugne que se vaya a un

Gobierno de amplia coalición o que, en todo caso, estos pactos de la Moncloa vayan adelante, creo que

me gana una dosis de respeto por parte de diversos sectores de la población española. Me siento alentado

porque me llegan voces de afecto, de estímulo y, aunque también me llegan otras de crítica y algunas que

laceran, creo que quien está en la vida pública tiene que aceptar el apoyo sin vanidad, valorándolo

objetivamente, y tiene que admitir también la crítica.

P. Pero usted es uno de los políticos respetados más unánimemente y con quien casi todos los grupos

políticos estarían dispuestos a colaborar.

R. Lo agradezco, y tengo que reconocer que he recibido palabras alentadoras, tanto de UCD, empezando

por su presidente, como por parte de los sectores de la izquierda marxista. No puedo olvidar las palabras,

siempre generosas, que para mí ha tenido el profesor Tierno, Felipe González, Santiago Carrillo, e

incluso ciertos grupos extraparlamentarios.

P. A raíz de su fracaso electoral, ¿qué ofertas concretas ha recibido de líderes políticos o del mismo

Suárez?

R. De una u otra forma me han abierto las puertas del partido que encabezan. Naturalmente, esto me

obligaría a dividirme en trozos, porque cada uno me inspira simpatía y algún punto de coincidencia.

Aparte de esto, pienso que no han sido puras fórmulas, palabras amables. Es cierto que en algún momento

se ha hecho referencia a puestos en alguna institución del Estado.

P. Pero usted ha dicho que no quiere puesto que no sea elegido democráticamente.

R. Simplemente he preferido que se me deje permanecer en la base, lo que es bueno, porque le permite a

uno ver las cosas desde otro ángulo. Por otra parte, y ya que la prueba del 15 de junio resultó negativa

para mí, desearía ver si en alguna otra prueba logro cierto respaldo de la opinión pública. En efecto, me

gustaría que si en alguna otra prueba logro cierto respaldo de la opinión pública

Creo, además, que esta imagen es mucho más importante que la de promotor o cabeza de un determinado

grupo político.

R. Me parece que tiene usted razón, aunque eso no les gusta oírlo a algunos de mis amigos de ID, o antes

a los de la Federación de la Democracia Cristiana. Insisto, hay un gran fondo de verdad. Es decir, yo me

siento mucho más coordinador de esfuerzos que hombre dedicado a capitanear un grupo político.

P. Y en ese sentido, ¿piensa variar su actitud?

R. Es lo que estoy intentando en este momento; de modo que no me ha venido mal el naufragio del 15 de

junio, porque me ha permitido volver a actuar en algo que es para mí muy importante: la superación de

las fronteras partidistas. Me parece interesante contribuir a estimular lo que une, más que lo que separa.

Incluso, el haber vuelto a Justicia y Paz me permite volver a trabajar en aquello en lo que están de

acuerdo todos los partidos democráticos: defensa de los derechos humanos, de las libertades públicas y el

avance hacia una mayor igualdad.

P. Creo que su militancia en un partido político no fue muy precoz...

R. Yo no había militado propiamente en un partido concreto de oposición hasta 1969, en que al morir

Manuel Jiménez Fernández me lo pidieron sus albaceas políticos. Desde 1956, en que salgo del

Movimiento y del Gobierno, no había querido adscribirme a ningún partido,

precisamente porque estuve en contacto con muchos grupos diversos, tanto en Cuadernos como en otros

círculos, que al principio no eran más que círculos de reflexión. Prefería este tipo de actividad donde

podía haber hombres de distintas ideologías —Cuadernos ha sido un caso claro— que pertenecer a un

partido concreto. Y cuando lo hice, porque me lo pidieron insistentemente, de alguna manera esa opción

empezó a producir ciertos desgajamientos.

«Aunque a nosotros nos haya causado cierto perjuicio electoral, creo que la Iglesia ha hecho muy bien en

no apoyar a ningún partido político concreto.»

P. Creo, además, que usted tiene virtudes o está preparado para este papel conciliador más que para la

dura lucha política.

R. Por vocación es así, y creo que también tem-peramentalmente. Mi talante es más bien el de un hombre

que gusta de unir — aunque,a veces,desgraciadamente estos esfuerzos de unión producen movimientos de

diáspora—; lo prefiero a la técnica estrictamente política. Ahora, yo diría que la política si no es un

equilibrio profundo de una actitud de servicio a valores humanos y de superación de injusticias no es

auténticamente política. Lo que sí es cierto es que para determinado sistema político, un sistema de

representación parlamentaria, hacen falta técnicas electorales, etcétera. Y tal vez para eso yo haya estado

menos dotado que para mantener un clima de respeto a valores fundamentales.

P. Usted cree que si la Iglesia no se hubiera mostrado tan neutral hubiera sido otro el resultado electoral

de ID?

R. Diré, en primer lugar, que me parece perfectamente que la Iglesia haya sido neutral. Aunque a nosotros

nos haya causado cierto perjuicio electoral, creo que la Iglesia ha hecho muy bien en mantener su actitud

de no apoyar a un partido político concreto, aunque fuera de «inspiración cristiana». Ha sido estar en la

línea de lo que el Concilio Vaticano II y el dinamismo posterior indican para la actitud del cristiano en la

política. Lo cual no quiere decir que desde un punto de vista electoral no nos hubiese sido más

conveniente lo otro, como fue en Alemania e Italia. En segundo término, tengo que añadir que no estoy

tan seguro de que aunque la jerarquía eclesiástica se hubiera volcado por un dispositivo DC se habrían

conseguido resultados distintos. Porque el proceso de cambio de mentalidad del español hacia la

secularización es tan acentuado ya que aunque la Iglesia quisiera imponer ciertas pautas no tendrían mella

a niveles multitudinarios. De modo que no se puede estar tan seguro de que con el apoyo de la Iglesia se

hubiera obtenido un resultado distinto. Por otra parte, los demócratas cristianos, al presentarse unos

dentro de la UCD y otros fuera, daban pie a que la votación se dividiera.

P. Es posible que algunos obispos a usted no le quieran mucho.

R. Yo les pago queriéndoles mucho a ellos. Tienen recelos, y admito que acaso estos recelos puedan tener

alguna fundamentación objetiva. Si un obispo ve que yo sigo preconizando que hay que defender a los

comunistas cuando son injustamente atacados, o que hay que promover un diálogo más profundo entre

cristianos y marxistas, puede que sienta recelo. Sin embargo, creo que cada vez se van a dar más cuenta

todos de que no lo hago en función de un despegue de mi fe, sino en función de una fidelidad más

profunda a mis propias creencias cristianas.

P. ¿Y promover un diálogo más profundo entre socialismo y cristianismo no le llevará, irreme-

diablemente, a abrazar la opción marxista?

R. Es un tema que he tratado en la presentación del libro de Comín. Todavía no veo claro en conciencia, y

para mí, que deba hacerlo... P. Se podría pensar que tiene miedo... R. Yo no usaría esa palabra. Es que un

paso de esa importancia, sobre todo a cierto nivel de la vida personal, si uno no lo ve muy claro, es

preferible que no se dé. Los pasos que yo he dado los he dado con desgarramiento interior y sufrimiento,

pero los he dado sin volver atrás. Es decir, cuando yo me convencí de que una evolución desde dentro en

el régimen del general Franco no era posible, con toda libertad me aparté. No he tenido una palabra de

reproche o de resentimiento hacia el general, pero tampoco volví atrás. Avancé cada vez más en línea de

la oposición democrática. Ahora, el paso de entrar en un partido marxista asumiendo la ideología marxista

no lo veo. Pero defenderé siempre a quienes den ese paso si en conciencia creen que deben darlo, y me

opondré a cualquier tipo de condenación pública de esas personas.

P. Usted es posconciliar. También lo son Tarancón e Iniesta. ¿Con cuál de los dos está más de acuerdo?

R. Ese dilema es un poco así como cuando a un niño se le pregunta, ¿a quién quieres más, a papá o a

mamá? Es una pregunta que nunca debe hacerse a un niño —ni a un hombre—. Yo diría que son niveles

absolutamente distintos. Con Tarancón me entiendo siempre bien porque es hombre muy abierto al

diálogo y muy pragmático. Es un hombre que actúa sobre lo concreto, que no se anda con declaraciones

abstractas, y, en ese punto, mi diálogo con él siempre ha sido leal y fecundo. Hemos podido discrepar en

metodología, pero nunca ha habido diferencias fundamentales. Hablo del monseñor Vicente Tarancón de

hoy, claro, no del de hace treinta años. Con monseñor Iniesta mantengo una relación fraterna, de

compenetración mucho más intensa; no tengo que andar con argumentos, nos intuimos recíprocamente.

Por tanto, la comparación es difícil, no es como si se estableciera entre Iniesta y un obispo conservador.

El cardenal Vicente Tarancón tiene un papel de gran responsabilidad a nivel de toda la Iglesia y ha de

conjugar criterios a veces muy dispares, lo que le ha acreditado como hombre abierto de espíritu. Iniesta

es la voz profética.

P. Me parece que querer, querer, quiere más a Iniesta.

R. Bueno, bueno...

P. Ha hablado antes de su etapa como ministro de Franco y de la posibilidad de liberalizar aquel régimen

desde dentro. ¿No era usted realmente el utilizado?

R. En política, ¿quién utiliza a quién?

P. Y visto ahora, pasado ya mucho tiempo...

R. Lo cierto es esto. La política del general Franco y sus Gobiernos de alianza con el Eje entró en quiebra

porque se veía ya clara la derrota de esos países; y entonces, el general Franco intuyó que tenía que

cambiar el dispositivo y eliminó a quienes habían apoyado esa política. ¿Y a quiénes llamó? A lo que

hubiera sido una Democracia Cristiana en los años cuarenta o cincuenta, si en ese momento se hubiera

producido una ruptura del régimen. Llamó a hombres como Alberto Martín Artajo, y éste llamó a otros

más jóvenes, como yo mismo. Cuando Martín Artajo pensó que era necesario variar el tipo de relaciones

con la Santa Sede, se acordó de mí porque yo estaba dando clases en la facultad de Ciencias Políticas

sobre «Relaciones entre la Iglesia y el Estado». Y así empecé propiamente mi participación en la vida

política española. Durante mi estancia en Roma y mis conversaciones con Pío XII y monseñor Monti-ni,

me convencí de que España tenía que cambiar. La Santa Sede estaba convencida de que en España tenían

que producirse transformaciones en las estructuras del régimen.

P. Sin embargo, la Iglesia española no parecía pensar así.

R. La Iglesia española había vivido otra experiencia. Pero la verdad es que Montini pensó siempre en la

democratización de España. Recuerde el grave incidente que se produjo con la muerte de Grimau. Más

clara fue todavía su actitud siendo Papa. Y monseñor Benelli, que había sido secretario de la Nunciatura

en Madrid.

P. Y siempre pudo más Franco que el Vaticano...

R. Hubo un forcejeo importante. Franco fue muy duro en dos o tres puntos, entre ellos la renuncia al

nombramiento de obispos. Pero no fue tanto Franco (y alguna vez lo contaré) como los que le rodeaban.

Puedo decir que Franco estuvo a punto de renunciar al privilegio de la presentación de obispos en el año

1951. En ese momento vine a Madrid como ministro de Educación y fui sustituido por mi amigo Castie-

lla (que en paz descanse) y aquello quedó parado. Luego Franco se endureció, o le endurecieron, en ese

punto concreto, y eso fue decisivo para las malas relaciones del régimen con la Santa Sede. El general

Franco, influido por algunos de sus consejeros, consideraba que la renuncia al nombramiento de obispos

podía traer consigo la desarticulación de la unidad. También Franco, a punto de introducirla libertad

religiosa por ruego de Juan XXIII, lo retuvo hasta la declaración del Concilio Vaticano II, y lo retuvo por

la enorme presión de algunos ministros que estimaban que rota la unidad religiosa vendría la ruptura de la

unidad social y de la unidad política.

P-. ¿Qué personas eran estas con tal influencia sobre Franco?

R. Algunos de ellos fallecieron y, por consiguiente, prefiero no mencionar a nadie. Pero la verdad es que

hubo unas cuantas personalidades que se opusieron fervientemente a estos cambios. Digo todo esto

porque creo que es importante. Y repito que nuestro anhelo, tanto el de Martín Artajo como el de otros

más jóvenes como yo, era el de ir cambiando el régimen desde dentro, acercándolo hacia las formas de la

democracia europea. Cuando vi que era imposible, me aparté del sistema.

«Este país tiene que ir hacia una forma socialista de existencia, no totalitaria y centralista,

que garantice todas las libertades y tenga índole autogestionaria.»

P. Volvamos al presente. ¿Usted cree, como otros demócratas cristianos, que Suárez se ha cargado a la

DC en España?

R. A Suárez se le atribuyen muchas cosas. Pienso que con la formación de la UCD ha contribuido si no a

cargarse la Democracia Cristiana, sí a causar un desconcierto en el electorado de esa tendencia, eso es

verdad, pero no sólo con la DC, sino también con la socialdemocracia y el Partido Liberal.

P. Usted cree que la Democracia Cristiana tiene un lugar en el espectro político de este país, ¿verdad?

R. Depende de muchos factores. Creo que como tal, como fórmula semejante a la que existe en Italia, en

Alemania o en Bélgica, lo veo difícil, porque el cambio de mentalidad en España ha sido grande, y ya se

ha producido una especie de bipolarización en torno a dos fuerzas principales: la UCD y el Partido

Socialista Obrero Español. Evidentemente el espacio entre ambos es pequeño,y una parte del electorado

de la DC lo tiene ya el presidente Suárez. Se podría presentar una oportunidad para la DC si fracasan los

pactos de la Moncloa; la situación-límite que se crearía haría surgir la necesidad de una nueva agrupación

de centro. Pero a mí no me gusta jugar a eso, porque pienso que para España sería un gran retroceso, un

peligro de desestabilización en el que podría venirse abajo todo lo que se construye ahora. Conste que

estoy en la base y —como es obvio— no he intervenido para nada en esos pactos. De todas formas, me

parece que un movimiento que tenga una inspiración última de humanismo cristiano, pero que sea muy

abierto, no confesional, que dialogue con el mundo del trabajo, con el socialismo obrero, puede ser

importante para el futuro no inmediato, no para las elecciones próximas; y es que la vida española está

abierta hacia el porvenir. No hay que quemar esa posibilidad, pero tampoco crear artificialmente una

Democracia Cristiana.

P. Pero ¿cuál es el futuro de Izquierda Democrática, reforzada en una línea de humanismo cristiano, ante

el proceso de secularización que usted mismo reconoce?

R. Para predecir el futuro hacen falta encuestas sociológicas serias; no podemos operar por intuiciones.

Un político, en la parte de poesía que tiene la política, puede permitirse el palpito de lo que va a pasar.

Pero, de verdad, la política es hoy una ciencia; tiene,al menos,un fuerte ingrediente científico, que ponen

de relieve las encuestas, los estudios sociológicos? ¿Qué es lo que pasa en este país respecto a la fe

religiosa? Lo vamos a ver en tres o cuatro puntos. Cuando se plantee, por ejemplo, el problema del

divorcio; creo que en ese punto se ha avanzado mucho en la flexibilización del espíritu de los católicos.

Lo vamos a ver en la educación, y eso va a ser más difícil. A mí me parece que no se puede decir en este

momento que el pueblo español, globalmente, está ya en una actitud secularizada. Creo que no es así.

Pero lo que no quisiera es que esas reacciones, que se pueden producir en el pueblo español, fueran

radicalizadas. Eso sería un grave retroceso. Los cristianos debemos ayudar a resolver esos tres o cuatro

puntos con la aportación de ideas nuevas. En lo que respecta a educación hay que buscar una fórmula que

no sea la clásica de escuela privada frente a escuela estatal. Porque en esa perspectiva jugarían

sentimientos de hostilidad que ahora parecen dormidos. Otro tema que puede ser conflictivo es el del

aborto. Vuelvo a insistir: no creo que se pueda predecir la reacción del pueblo español, si va a reaccionar

en católico o en laico. La secularización ha avanzado, pero desconocemos cómo se va a reflejar esto en la

política concreta. Volviendo a su pregunta, creo que ID tiene una posibilidad si se mantiene en esa línea,

como un partido pequeño, testimonial casi, pero que puede representar una actitud importante de hombres

cristianos hacia el futuro, especialmente en el orden de los cambios socioeconómicos. Ahora, si eso va a

representar un uno, un diez o un 20 % del electorado, eso todavía no lo podemos saber.

P. ¿Todo esto no es jugar a algo muy ambiguo?

R. No, eso no es ambiguo. Es, si quiere decir, ambiguo como la política o como el amor. En política hay

factores contingentes difícilmente predecibles, corno también en la economía. ¿Por qué,de repente, sube o

baja la Bolsa? Parece que actúan factores emocionales, políticos e, incluso, más extraños aún... Si usted

me dice que me gusta la ambigüedad, le diré que no me gusta, lo que pasa es que la vida es en gran parte

ambigua.

P. Pues yo diría por todo lo que venimos hablando que usted sí se muestra como un hombre ambiguo y

creo que eso es malísimo para un político...

R. Insisto; ambiguo no soy. Tengo las ideas muy claras. Para mí, este país tiene que ir hacia una forma

socialista de existencia, que no ha de ser totalitaria ni centralista, tiene que garantizar 12 todas las

libertades y tener una índole autogestionaria. La Iglesia debe estar al margen de la política en el sentido

de respetar la autonomía de ésta; creo en la necesidad de un Estado federal; creo que la Monarquía debe

subsistir en la medida que colabore a la democratización del país, como lo está haciendo, y si no, se

jugaría su destino histórico. No tengo ambigüedad alguna. Si usted me quiere hacer pasar revista como

cuando el comandante de un avión revisa todo antes de despegar, una lista donde están las diez preguntas

claves, verá que no hay ambigüedad. Lo que ya no puedo decir con absoluta claridad es cómo se va a

conseguir eso en plazos relativamente cortos.

«No admitíamos que la democracia cristiana pudiera formar parte de una alianza conservadora; de

intereses económicos.»

P. Y algo utópico, ¿es usted utópico?

R. Una cosa es la utopía y otra la esperanza. Aparte que no descarto la utopía, porque creo que sin ella no

se mueven los pueblos. Utopía, hoy, es llegar a una sociedad sin clases que respete al unísono las

libertades y la igualdad. Cómo se puede ir avanzando hacia esa utopía lo señalan los programas políticos

abiertos al futuro. No creo —permítame insistir en estoque nosotros tengamos ambigüedad en lo que

decimos; lo que ocurre es que somos conscientes de las dificultades en la metodología, en la técnica de la

política.

P. Y un romántico, ¿es usted un romántico?

R. Sin romanticismo y sin poesía no hay política tampoco. Una cosa es ía esperanza que debe tener todo

movimiento político y otra es el programa para avanzar en la práctica hacia esa esperanza.

P. ¿Usted no desprecia un poco las técnicas?

R. No las desprecio en nada, porque si no negaría el aspecto científico de la política. Lo que no quiero es

que las técnicas o los técnicos puedan más que los poetas en política.

P. ¿ Y eso no es ser un poco romántico?

R. Románticos en la política española reciente los ha habido, y muchos. Y el más noble de todos, para mí,

ha sido Ridruejo. Es que la palabra romantico.es, fíjese usted que le gusta tanto, una palabra ambigua.

Porque el Romanticismo es un movimiento que cambió el curso de la historia del XIX. No es ninguna

trivialidad, no es sentimentalismo. Creo que soy un hombre profundamente humano, pero eso no quiere

decir que sea un romántico en el sentido sensiblero de la palabra. Creo que tengo un sentido realista, y la

prueba de ello es que no me he amilanado con el fracaso de junio, que no me he suicidado políticamente

como hubiera hecho un romántico sentimental.

P. ¿Y su realismo no le hizo ver que aquella opción política que presentaba a las elecciones era inviable?

R. Nunca pensamos en ese resultado tan adverso. Si usted ve las declaraciones o los discursos míos de

entonces comprobará que trataba de animar a la gente porque había que conseguir

votos; pero nunca dije que alcanzaríamos más del 16 o el 17 % del voto total. Nunca fuimos optimistas, y

mucho menos desde que apareció el presidente Suárez al frente de la UCD. Lo que no imaginamos —

repito— es perder en la proporción en que se perdió. Quizá sobreestimamos el valor de ir a cuerpo limpio,

de no ir apoyados por el Poder. La independencia siempre es cara y si hubiéramos pactado hoy estaríamos

en el Parlamento.

P. Pero usted no pacta así como así...

R. No pacto si creo que es un daño para la fidelidad y la coherencia. Pero no soy un puritano. Acabo de

ver otra vez Las manos sucias, de Sartre, y creo que la tragedia que ahí se plantea es la de cualquier grupo

político, no sólo la del Partido Comunista; cualquier partido vive ese drama entre la fidelidad testimonial

y el hecho de que, en política, las técnicas manchan las manos.

P. Y usted no se las quiere manchar, incluso yo diría que usted presume de eso...

R. Perdóneme, no es verdad. Al contrario. Un punto de diferencia que tuvimos cuando se constituyó

UCD es que nosotros estábamos dispuestos a llegar a un acuerdo con los partidos que la formaron pero no

queríamos determinadas imposiciones ni que interviniera el presidente. No había un empacho de purismo.

Algún que otro sector de la DC se sentía más exigente, y tengo que decir que con cierto fundamento

histórico, ya que ellos siempre habían estado frente al Régimen, concretamente Gil-Robles. Pero yo, que

había sido embajador y ministro del Régimen, no podía mostrarme intolerante, y por eso dialogué con

todos esos sectores sobre la posibilidad de un acuerdo, siempre que fuéramos muy claros en el programa.

Lo que no admitía es que la DC pudiera formar parte de una alianza conservadora; conservadora, sobre

todo, de intereses económicos...

P.Y eso es la UCD...

R. Ese era su riesgo, un riesgo evidente. La democracia cristiana hoy, en Europa, está en esa línea y, por

desgracia, la alemana lo está acentuando.

P Y esa imagen ha hecho daño a la Democracia Cristiana española...

R. Sí, esa imagen ha hecho daño. La italiana tiene muchos puntos negativos, pero otros muy positivos,

como haber sido durante treinta años la defensora de la democracia en su país; y nunca ha roto su

colaboración con socialistas y comunistas. Externamente dicen que no al compromiso histórico, pero

luego llegan a un acuerdo; y ese pacto de Andreotti es el pacto de la Moncloa, avant la lettre. No nos

engañemos, no lo hemos inventado nosotros. Los italianos son grandes inventores de lo que sirve para la

vida y evitan la muerte con mucho acierto. Para la vida política son habilísimos; la misma economía

italiana está resurgiendo después de haber estado peor que nosotros. Y todo eso gracias a ese esfuerzo, a

esa flexibilidad, a ese saber encontrar vías, a esa suave ambigüedad de las cosas...

P. Ve cómo la ambigüedad le gustaba un poquito...

R. Es usted muy peligrosa, lo tendré en cuenta para el futuro.

P. Gracias, don Joaquín, ha sido muy divertido entrevistarle.

R. Gracias, también yo lo he pasado muy bien.

 

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