Autor: Cavero, José. 
   Gil Robles señor expresidente     
 
 Arriba.    20/03/1977.  Páginas: 4. Párrafos: 114. 

GIL ROBLES

"Mis ideas son prácticamente las que tenía en los años 30, adaptadas a las

circunstancias actuales"

"Hoy, el problema principal es hacer triunfar una democracia que no existe"

"Con esta proliferación de siglas no lo haría mejor el peor enemigo de la

democracia"

"A un dirigente político se le debe exigir que sea sincero, desinteresado y que

esté dispuesto a sacrificarlo todo, empezando por el puesto que ostenta"

"Determinados gestos pro-comunistas de algunas figuras de la DC no son más que

imprudencias externas de convicciones profundas"

"Veo muy difícil, pero posible, la unidad de la DC a medio o largo plazo"

"Como cada día se encuentra uno con un nuevo partido, estamos ya en una cosa que

rebasa los límites de lo cómico para entrar en la caricatura"

El "viejo león", el veterano luchador, por fin, parece haber tirado la toalla.

En algún momento del acto — ocho días atrás— en que anunciaba esa dimisión el

presidente de la efe-pe-de, uno diría que llegó a emocionarse. Pero se superó

con un rasgo de humor, con una frase irónica de las que siempre te

caracterizaron. Como por ejemplo: "Quiero siquiera una vez desmentir eso de

"antes morir que dimitir".

Yo dimito antes...". O bien: «A mi no me parece mal que los Ministros puedan

presentarse a las elecciones, pero me parecería mal que quisieran hacerlo en

coche oficial.. ,».

Don José María, con este ingenio y las correspondientes «puyas» hace sonreír a

sus interlocutores. Hace sonreír, en primer término, a su hijo José María Gil-

Robles y Gil-Delgado, o simplemente, el señor Gil-Robles «hijo», secretario

general de la .misma Federación de partidos gilroblistas, excedistas, popular-

democráticos.

—Es cierto entonces, don José María, que duerme usted mejor después de dimitir?

—Muchísimo mejor.

Y ya está. Una pregunta con la que podría explayarse don José María queda

resuelta en seis sílabas, seis; en dos palabras, dos. El periodista empieza a

temer que se trata de una entrevista difícil...)

—Es una preocupación menos...

—Desde luego.

—Pero, de verdad, ¿era tan preocupante como para quitar el sueño ser presidente

de la Federación Popular Democrática?

—No por el puesto de presidente, sino que cualquier señor que en política tengo

hoy, a mi juicio, la atención de un partido, las responsabilidades de su

partido, o es un Inconsciente, o no duerme tranquilo...

—Hoy, en esta hora...

—En esta hora.

—Eran ya cuarenta años...

—Sí; llevaba cuarenta años en la lucha,

--En la lucha?

—Claro.

—Una lucha que antes se llamó CEDA...

—Primero, CEDA. Después, destierro Después, el partido actual.

—¿Y cuál ha sido la etapa más prolongada de esta síntesis biográfica?

—El destierro.

—¿Cuántos años fueron?

—Veinte.

—¿Dónde estuvo?

—En Portugal, Francia y Suiza,

—¿Y qué recuerdos guarda, cuarenta años después, de la CEDA?

—Los de una masa muy buena, con una extraordinaria lealtad, espíritu de

sacrificio. que ha sido objeto de una parte de una grandísima parte también de

la sociedad española.

—Todavía ahora, cuando se recuerda al líder de la CEDA, suele rememorarse su

«slogan de «Jefe, jefe...»

—Así es. la gente es muy libre de recordar lo que le da la gana. Parece que

quienes quieren recordar lo de «Jefe, jefe» desean obligarnos a olvidar a la

gente que ha estado gritando tantos años «Caudillo,

Caudillo».

—Pero aquel grito no deja de ser auténtico, era cierto...

—Lo llamaban, sí. Pero era por un consenso, no por una imposición. Porque

ninguno de los que a mí llegaban a aclamarme, con mayor a con menor

justificación, recibía dinero ninguno, No venían por ningún interés, sino que

venían con entusiasmo.

—¿Pero aquel grito no suponía la existencia de ninguno de los "estigmas", de los

modos que se llevarían luego en la Alemania nazi o en la Italia fascista?

—Absolutamente nada. No sabe usted la cantidad de anónimos que yo tenía,

insultándome por no ser fascista.

—Y ahora, ¿qué pensamientos le sugiere la lectura de esas insinuaciones, de esas

críticas a aquellos años?

—Pues de bastante indiferencia. Pero no me voy a dar un mal rato. ¿Por qué me lo

voy a dar...?

DEMÓCRATA SIEMPRE

—José María Gil-Robles, ¿ha sido demócrata siempre, toda su vida?

—Toda la vida. Desde el primer momento hasta el último.

— ¿Con disgustos y satisfacciones..-?

—Con un diez por ciento de satisfacciones y un noventa por ciento de

disgustos..., de contrariedades.

—¿Tanto desequilibrio?

—Sí... Mire usted: la política, si se toma como un oficio, para ganar dinero,

para vivir bien, para triunfar en la vida, puede dar un porcentaje muy alto de

satisfacciones y de otras suertes. Si, en cambio, la política se concibe como un

deber, el porcentaje de satisfacciones es muy pequeño.

—¿Y a usted no le ha dado dinero la política?

—Me ha quitado muchísimo.

—¿Era usted rico?

—No es que fuera rico; pero tenía un despacho entre los diez primeros despachos

de Madrid cuando empecé en la política, y después, ya en el extranjero, he

tenido que hacer traducciones para poder dar de comer a mis hijos, a mi familia.

—¿Cuántos hijos tiene?

-Seis.

—¿Cuántos de ellos en la política?

—Pues, prácticamente, todos.

—¿Es hereditaria?

-No es porque yo se la haya inculcado, sino porque ha nacido como un

convencimiento en cada uno de ellos.

—No falta quien vea algo extraño en considerar que, llamándose Gil-Robles el

presidente, se llame también Gil-Robles el secretario general del mismo

partido...

—Pues no es extraño, por una razón: porque han sido los propios socios los

perfectamente democráticos, que yo he tenido buen cuidado de ni siquiera

presidir, para que nadie me pudiera tachar de que yo lo Imponía.

—¿Vale mucho, entonces?...

—Un padre no lo puede decir. Los que lo tienen que decir son tos electores...

La CEDA nació en unos momentos en que el problema religioso era el problema

candente y, por tanto, las luchas religiosas tenían un carácter predominante

señor ex-presidente

HUMOR Y SALUD

—El sentido del humor de don José María Gil-Robles es proverbial...

—Es lo que me defiende de muchas contrariedades, que, de otra manera, se

convertirían en momentos graves. Yo prefiero tomarme muchos asuntos por el lado

humorístico de la vida, y son pocos los que no tienen ese lado...

—Eso podría denominarse socarronería salmantina. ¿Cómo lo llamaría usted?

—Pues, una adaptación a la vida.

—Pero, ¿lo da el carácter de su tierra natal?

—No. Mi tierra mas bien es una tierra seria, de gente más bien retraída en sus

juicios, poco extrovertida...

Yo tampoco soy demasiado extrovertido. Pero no tiene un sentido muy profundo del

humor. Ya sabe usted que las cosas hereditarias dan muchísimas sorpresas. Yo no

podría decirle si entre mis antepasados remotos había algún señor humorista. No

se lo puedo decir...

—¿Cómo está de salud, don José María? Porque ronda ya los ochenta...

—.No, no. Añaden ustedes siempre algunos años. Yo he cumplido los setenta y

ocho en el mes de noviembre pasado.

—Eso no niega que esté ya próximo a los ochenta.

—A los setenta y nueve antes...

—-¿Y cómo está de salud?

—Admirablemente. Es una de las cosas que más tengo que agradecer a Dios. Una

salud y una capacidad de trabajo como si tuviera veinticinco años.

—De modo que no es la salud lo que le ha forzado a dimitir...

-No, no, no. De ninguna manera. De salud, nada.

—Y el cansancio físico...

—Tampoco. No sé lo que es el cansancio.

—¿Y el cansancio moral?

—Tampoco.

—¿La desunión de los demo-cristianos no le produce esa clase de fatiga?

—No. Lo que he querido es apartar un pretexto que se alegaba para que los

cristiano-demócratas no se unieran. Yo he querido quitar ese pretexto para que

no haya traba alguna por esa parte. Para que no se pueda poner esa disculpa.

—Una disculpa, una alegación, que usted rechaza como carente de razón...

- ..mí, subjetivamente yo era un obstáculo. Pero basta que lo fuera

objetivamente para otros para que yo me quitara de en medio.

LOS «DECES», DESUNIDOS

—¿Quién es, de verdad, el primer líder de la Democracia Cristiana española:

usted o el señor Ruiz-Giménez?

—Yo huyo de toda clase de comparaciones.

—¿No quiere pronunciarse?

—No quiero pronunciarme.

—¿A qué cree usted que se debe la existencia de un número tan elevado de grupos

de ideología democristiana o autotitulados democristianos?

—Porque la Democracia Cristiana no cabe duda que representa en el mundo una

tendencia muy fuerte. No solamente en Europa occidental, sino incluso en los

países de América, incluso en aquellos que están bajo la dependencia comunista

existen grupos demo-cristianos. Todo eso le da a la Democracia Cristiana un gran

prestigio. Y ese prestigio es algo que incluso tratan de conseguir aquellos que

ni siquiera creen en la Democracia Cristiana..Porque se quieren aprovechar de

una «marca de fábrica» —llamémosla así— muy acreditada.

—¿Pero los demo-cristianos es preciso que sigan siendo cristianos practicantes,

católicos? ¿lo son?

—Mire usted, estos partidos son demócratas ante todo. Y de una inspiración

cristiana. Luego, en el orden individual, cada cual allá con sus ideas y con su

conciencia, de la que no tiene que dar cuenta a nadie, al menos en este mundo.

Tiene que dársela a Dios.

—¿Usted está de acuerdo con la tesis de monseñor Tarancón sobre la conveniencia

de que los partidos no lleven el apellido de católicos?

—No solamente estoy de acuerdo, sino que en eso soy algo precursor. Cuando yo

fundé y desarrollé la CEDA hubo bastantes personas que trataron de convencerme

de que le colocáramos una denominación cristiana o católica. Y no. La CEDA era

Ja Confederación Española de Derechas Autónomas... Nada más.

—¿José María Gil-Robles ha permanecido siempre en esa «derecha autónoma»? ¿Ha

sido siempre un hombre de derechas?

—De una derecha— Depende. Mire usted. Hoy se ha trastornado todo. Hoy se llaman

de derechas gentes que antes se considerarían como los peores izquierdistas, no

por sus ideas, sino por sus costumbres. No por los ideales que dicen que

defienden, sino por los procedimientos que utilizan. De modo que yo, con esa

derecha, no quiero ni tengo nada que ver ni tipo alguno de contacto. Por otra

parte, por la izquierda hay muchas personas con las que ideológicamente no estoy

ni puedo estar de acuerdo... Por consiguiente, estoy en una posición media, de

equilibrio, procurando significar ese conjunto de ideas que eviten que España se

divida ideológicamente en núcleos irreconciliables. Eso lo dice un miembro de la

Democracia Cristiana, ¡eh!, que no tiene ya sobre si ni la más pequeña parte de

responsabilidad.

—Sin embargo, en los últimos años usted ha aparecido, en no pocas ocasiones, en

posiciones de izquierda...

—Mire usted: no me importa. A mi no me importa que se me haga aparecer de una

manera o de otra. Yo lo que quiero es ser fiel a mis ideas, que siguen siendo

las mismas...

—¿Las mismas de los años treinta?

—Prácticamente, las mismas, adaptadas a las circunstancias actuales. Porque los

problemas cambian. Lo que hay que tener en política son unas ideas muy claras en

lo esencial, que permitan no desviarse de un cauce básico y luego poder aplicar

a cada uno de los problemas concretos aquellas normas que exige la evolución de

la vida.

—¿Cómo ha evolucionado la CEDA hasta convertirse en la FPD?

—Mucho. Porque la CEDA nació en unos momentos en que el problema religioso era

el problema candente y, por lo tanto, le daba a las luchas religiosas un

carácter predominante. Y en cambio, hoy, el problema predominante es hacer

triunfar una democracia que no existe. Y, por lo tanto, lo que interesa a

nuestro grupo es funcionar.

—¿Se ha hecho aquella CEDA, hoy FPD, más progresista socialmente?

—Va evolucionando al compás de los tiempos, Y consiguientemente va haciéndose

cada vez más progresiva en ese sentido que usted dice. Pero no porque antes

fuera regresiva, sino porque evoluciona al contacto de una realidad que cambia

de día en día.

—¿Usted estaría dispuesto a invitar a su partido, en aras de esa unidad

democristiana que preconiza, a fusionarse y quedar aglutinado en otro partido?

—Yo, como ya no dirijo el grupo, dejo que sus elementos directivos tracen las

líneas de la política del partido. Y cuando se convoquen los Congresos actuaré

como uno de tantos exponiendo mi opinión. Si es que creo que es necesario

exponerla...

—Pero una invitación de don José María tendría un valor excepcional...

—Pero si yo me he marchado de la presidencia precisamente para hacer posible una

fusión o una entente más estrecha con esos partidos...¿Qué más llamamientos o

invitaciones puedo hacer?

—¿Ve usted posible, probable, esa fusión, esa unidad «decé» a medio o largo

plazo?

—La veo muy difícil, pero posible.

—¿Por razón de los personalismos existentes o por las diferencias ideológicas?

—Las diferencias ideológicas entre los grupos son muy pequeñas.

—¿Entre todos los grupos demo-cristianos son pequeñas?

—Muy pequeñas.

—Desde UDE,

—Es que yo a ese grupo no lo considero democristiano.

—¿Y a cuáles sí considera?

—Yo ya le he dado a usted un caso negativo. Los demás, para qué hablar, si cada

día surge uno.

—Repasemos uno a uno: ¿Considera democristiano auténtico al Partido Popular

Demócrata Cristiano?

—Sí.

—De modo que el único que excluye es UDE.

—Sí.

—¿Solamente a UDE?

—Hasta ahora no la considero demócrata-cristiana. Pero, le repito. Mire usted,

como cada día se encuentra uno con un nuevo partido, estamos ya en una cosa que

rebasa los límites de lo cómico para entrar en la caricatura.

EL SARAMPION DE LAS SIGLAS

—Pero usted también ha colabora do a esta situación. También ha plantado y

regado su propia sigla.

—No, si esas siglas estaban mucho antes, mucho antes de que se crearan todos

éstos... El mío existía desde atrás. Existía ya en la clandestinidad.

—De cualquier forma, parece evidente que después de unas elecciones quedarán

cinco o diez.

—No sé los que quedarán, pero en estos momentos se aproximan ya a cien. Y

amenazan con llegar a ciento veinte o a ciento cincuenta. Si ya ha aparecido un

Partido Cantonalista en Cartagena. Ya el «¡viva Cartagena!» es una realidad.

—¿Qué piensa de tal proliferación?

—Que no lo haría mejor el peor enemigo de la democracia.

—¿Cree usted que exista alguna..?

- ..como si la hubiera.

—¿Y ve remedios?

—Dejar que pase el sarampión. Es algo natural.

—¿El sentimiento y definición de monárquico ha sido una de las constantes del

señor Gil-Robles?

—Eso no es absolutamente exacto. Yo no soy un monárquico. Yo soy un

accidentalista. Creo que la forma de Gobierno mejor es aquella que en un momento

histórico dado mejor puede encauzar la vida de un país. Creo que durante estos

años se ha demostrado que la Monarquía tiene mayores posibilidades de encauzar

bien esos problemas. Y, por lo tanto, creo que debo apoyarla. Pero no porque me

considere sustancialmente monárquico, sino porque soy un accidentalista que me

pliego a la realidad.

—¿Cree que es una postura en la que se encuentra la mayor parte del país?

—Pues, no lo sé. Porque el país muchas veces grita, porque lo llevan a gritar...

Otras veces, sí, va por su propia voluntad. Y no es fácil distinguir la

diferencia. En una palabra, que hay una serie de constantes que se siguen dando.

—¿Quiere usted decir que el país no ha cambiado, no cambia?

—El país ha cambiado muy poco en sus aspectos externos. Internamente creo que

sí. Pero me parece que el proceso actual no va a poner de manifiesto lo que hay

en el interior del país.

—¿Por qué?

—Porque no hay tiempo. No hay experiencia. Ni posibilidad de desarrollar unos

cauces democráticos. Yo creo que tendrán mucha más importancia las segundas que

las primeras elecciones.

—No parece que le preste usted demasiada confianza a este proceso.

—Muy poca.

—¿Cómo lo hubiera querido, entonces?

—Con tiempo, sinceramente, y adoptando previamente una serie de medidas que el

Gobierno no adopta, probablemente, porque no puede. O porque no se atreve. Por

ejemplo, desmontar el aparato del Movimiento Nacional, que ocupa los puestos más

decisivos en la vida organizativa.

—¿Tanta importancia conceden al «aparato»?

—Sí. No en balde ha estado arraigado durante cuarenta años y en la mayor parte

de los pueblos de España. Y no hay tiempo ya de desmontar ese aparato. No hay ni

tiempo ni acaso voluntad.

TRES INVITACIONES

—En los últimos tiempos ha hecho usted tres grandes invitaciones: a la unidad de

tos democristianos y una doble sugerencia a todos los grupos del país.

—Sí; que se busquen soluciones económicas que salven una situación que se está

haciendo cada día más grave y que se dieran las condiciones mínimas para poder

hacer unas elecciones decentes.

—¿Y qué eco han merecido estos gritos de don José María?

—Pues, hasta ahora, escaso.

—¿Eso le baja la moral?

—No, no. Al contrario. Lo que me demuestra es que esas cosas somos muy pocos

quienes las deseamos.

—¿Qué se debe exigir de un dirigente político?

—Que sea sincero, que sea desinteresado, y que esté dispuesto a sacrificarlo

todo, comenzando por el puesto que ostenta.

—¿Usted cree que se dan esas exigencias?

—Yo, modestísimamente, procuro demostrarlo.

—Dijo usted que prefería dimitir antes de morir. ¿Le preocupa ya la proximidad

de su muerte, don José

María?

—No, no. La he visto de cerca más de una vez. No soy un valiente. No soy un

cobarde. May profesiones en las cuales se dice que el valor se supone. A

nosotros ese valor no se nos supone, sino que debemos demostrarlo. Y el valor es

de dos clases: físico y moral. Yo he procurado, en la medida de mis fuerza y sin

pretender dar ejemplo a nadie, responder a esas dos exigencias: a la del valor

moral y al valor físico. Y el valor moral exige un sacrificio continuo de los

puestos..en ocupar dignamente más que si de ello se deriva un bien para la

comunidad. Si lo que se deriva es un beneficio propio es absolutamente inmoral.

LAS ENEMISTADES

—¿Qué hace que Gil-Robles siga teniendo tantos enemigos?

—Pues, no lo sé. Probablemente, en muchísima parte, la sinceridad con que

procedo.

—¿Simplemente? ¿No cree que puedan tener como razón esa supuesta culpabilidad

suya en los orígenes de la guerra civil?

—Pues, no lo creo. Pero esas cosas siempre quedan. Esas calumnias y esas cosas

siempre quedan. No hay cosa que tenga vida más duradera que la falsedad. Todavía

hay gente que está diciendo que yo en el año treinta y tres obtuve una mayoría

parlamentaria. Y, o las matemáticas fallan, o yo no conseguí ni la cuarta parte

de los diputados. Porque yo obtuve ciento quince, y la Cámara tenía

cuatrocientos setenta y cinco escaños.

—Y esa CEDA-FPD, ¿cuántos podría obtener?

—Aquella CEDA no puede ser la misma. En primer lugar, porque, por motivos

biológicos y naturales, ha desaparecido la inmensa mayoría de sus miembros. Yo

soy un resto de lo que fue... ¿A la FPD? Yo le daría... Mire usted, no se puede

decir... No tenemos datos. A las pruebas hay que atenerse. Todos esos sondeos

que se hacen son la mayor parte falsos. Se equivocan de medio a medio. Pero yo

creo que la democracia cristiana, pura y unida, tendría, tal vez, el más alto

porcentaje de votos del país.

—¿la democracia cristiana es típicamente «de derechas...»?

—Me molesta la palabra derechas.

—Conservadora, pues.

—Tampoco. Yo le llamaría una fuerza equilibradora de los extremismos.

UMA IDEOLOGIA FUERTE

—Algunas de las figuras de la democracia cristiana cree que se ha

«izquierdizado» excesivamente?

—N, no lo creo.

—¿Ni siquiera con determinados gestos pro comunistas?

—Eso, más que nada, son imprudencias externas de convicciones profundas.

- ¿Acaso revelan esos gestos que tales figuras deberían hallarse en otros grupos

de ideología más izquierdista?

- No. Yo creo que sinceramente están bien donde están. Lo que pasa es que..

- Usted está convencido de que este país está por la democracia cristiana..

- Sí, sí..

—¿Más que por el socialismo, la socialdemocracia, el liberalismo...?

—Eso de la socialdemocracia es una invención de última hora, que no sé

exactamente dónde se debe situar... En cuanto a los socialistas..., no tengo

suficientes elementos de contacto con te masa obrera...

—Usted ha leído a Carlos Marx, naturalmente.

—Creo que soy de los pocos que lo han leído en España.

—¿Y le parece muy aprovechable?

—Muy aprovechable para muchas cosas, pero sabiéndolo depurar de todo el fárrago

de cosas puramente accidentales y transitorias que contiene, la mayor parte de

quienes se declaran marxistas-leninistas no ha leído ni a Marx ni a Lenin. En

las Cortes Constituyentes de que yo formé parte, alguien dijo en una ocasión que

no había allí más que tres personas que hubieran leído a Marx: éramos yo,

Besteiro y un catedrático sevillano.

—¿Se ha olvidado suficientemente el pasado como para poder hablar de una etapa

nueva de vida española?

—Se ha olvidado bastante, pero yo preferiría que se hubiera olvidado más

todavía. Cuando más se olvide, seguramente nos entenderemos mejor. Las nuevas

generaciones, sí, desde luego, prefieren el olvido...Pero todavía quedan restos

de las antiguas generaciones muy acogidas a los resabios que ha dejado la guerra

civil.

—¿Y Gil-Robles sigue teniendo atractivo para esas nuevas generaciones?

—-Pues no le puedo decir a usted. Me he encontrado muchísimas veces con que

vienen a saludarme con muchísima efusión y con muchísimo cariño, y hasta con una

cierta lealtad, quienes han sido hijos y nietos

de antiguos colaboradores míos.

UN HOMBRE EN LA HISTORIA

—¿La Historia ha sido, está siendo, benévola para con don José María?

—Como la Historia se está haciendo todos los días, la actual no se puede llamar

historia. La actual más bien son expansiones, en unas ocasiones, apologéticas, y

en otras, nutridas de errores... De modo que eso no vale para llamarse historia.

—Parece excesivamente pesimista, señor Gil Robles, su juicio, en relación con e1

que otros dirigentes políticos expresan acerca del actual proceso de

democratización, o de la actitud del Gobierno.

—Yo no soy pesimista. Yo quiero ser realista. ¿Derrotista? No, no. A mí lo que

me parece derrotista es ese optimismo, muchas veces necio, que se empeña en

decir que todo es color de rosa. Y no lo es. El color de rosa se puede apreciar,

sobre todo, al amanecer. Después, ese color va cargándose de tintas más o menos

espesas, o de luz más o menos cegadora que no permite ver bien las cosas.

—A usted parece haberle invitado su partido a encabezar sus listas por

Salamanca. Si se presentara y resultara elegido, ¿qué haría en el Congreso? ¿Qué

urge hacer en las nuevas Cortes?

—Lo primero, que se ordenasen orgánicamente. Y mentalmente. Y que se dispusieran

a hacer una Constitución democrática. Cosa que, dada la ley aprobada por

referéndum y te posible composición de las Cortes, me parece casi imposible.

—Aún no existe acuerdo pleno de que esas Cortes vayan a ser constituyentes...

—Las Cortes debieran ser constituyentes. Pero, tal como se han proyectado y tal

como se han aprobado por decreto y tal como se van a desenvolver, es posible que

no consigan hacer una democracia. Una constitución democrática... Que no, que no

soy pesimista, como usted dice. Soy realista.

—Pero, ¿no cree que el país tiene mayores esperanzas que usted?

—Yo estoy dispuesto a conceder todos los márgenes de esperanza que sean

necesarias. Pero como, por otra parte, mi juicio tiene cada vez menos valor, no

tienen ustedes por que pre..

- ..parte de un partido hasta los setenta y ocho años...

—No, nada común. Usted tiene que pensar que han concurrido tres factores:

primero, que empecé muy

joven; segundo, que procuré ser muy sincero y muy sacrificado desde el primer

momento. Y en tercer

lugar, que en el pueblo español hay tina masa tan sana, tan leal, que no es

capaz de traicionar.

BALANCE A :LOS SETENTA Y OCHO AÑOS

—¿La política le ha hecho ser austero?

—Nunca he sido lujoso.

—¿te ha exigido muchos sacrificios?

—Económicamente, enormes sacrificios. De trabajo, en la vida cotidiana, también.

—Pero ha disfrutado, le ha gustado hacer lo que ha hecho...

—Estoy satisfechísimo de hacer lo que he hecho. Ya les he dicho a mis hijos que

creo que lo único que yo les, puedo dejar es un nombre limpio.

—Y algunas Memorias más...

—Es posible.

—¿las está escribiendo ya?

—Tengo tantas cosas que escribir que no tengo tiempo. Este despacho de abogado

no me deja. Yo sigo al frente del bufete, dedicado intensísimamente. Trabajos de

toda clase, en cuya solución me ayudan una serie de abogados, pasantes. Pero la

responsabilidad de buena parte de los asuntos sigue siendo mía.

—¿Y por qué capítulo va de sus Memorias?

—Tengo materiales copiados para dos o tres tomos. Son los años que podríamos

llamar de visión de España desde el destierro.

—De modo que le falta muchísimo para ponerse al día...

—Muchísimo.

—¿Cómo titularía esos últimos años de participación política en primera línea?

—Como espectador de una desgracia en cuya modificación no pude intervenir. Esa

desgracia pervive, desde luego.

—¿Se atrevería a vislumbrar futuro más agradable?

—E1 futuro es muy contingente y las profecías son siempre muy arriesgadas, sobre

todo en política. No, no quiero ser pesimista Lo que no creo es que haya que

darles a los españoles la sensación de que todo está ya resuelto. La gente

creyó; que en el momento de la muerte del general Franco iba a haber una

conmoción. Que no se ha producido, por fortuna. Yo he dicho, lo había dicho

mucho antes, que los problemas vendrían mucho más tarde. Problemas económicos,

problemas sociales. Y, claro, como estamos ahora en una etapa en que no se ha

resuelto a fondo ningún problema, salvo problemas accidentales, el fondo está

todavía sin tocar.

—¿Y piensa usted que esa serie de problemas van a forzar a mucha gente a añorar

el pasado?

—Habrá siempre gentes que añoren la etapa anterior, porque para ellas era la

etapa de sus beneficios personales o de la cobertura de sus riesgos. Creo que el

Gobierno tiene grandes méritos a su favor y que serían muchísimo mayores cuanto

más sincero fuera en el desenvolvimiento de sus funciones.

—¿Usted añora los años treinta?

—No. Aquellos tiempos tuvieron sus enormes dificultades, sus enormes problemas,

sus injusticias, pero, desde juego, fue peor el período que los siguió, Y ahora,

los gobernantes actuales y los que vengan, serán los herederos de las

consecuencias de ese tiempo.

(Va por la página siete el manuscrito que tiene sobre su mesa, «A su

disposición», dice al despedirse. Le espera cualquier gran litigio,

probablemente polémico, pero aún contesta a nuevas interrogaciones sobre

su actividad profesional, ex—presidencial...)

José CAVERO

 

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