Autor: Silva Muñoz, Federico (JUAN DE ESPAÑA). 
   La Democracia Cristiana y su manifiesto     
 
 ABC.    23/06/1976.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA, SOCIEDAD ANÓNIMA MADRID

ABC

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LA DEMOCRACIA CRISTIANA Y SU MANIFIESTO

Con el presente artículo iniciamos la publicación de una serie de tres que nos escribe don Federico

Silva Muñoz acerca del tema enunciado.

EL concepto de Democracia Cristiana no puede ser manipulado por nadie. Tiene unas raíces

absolutamente claras, válidas y objetivas. La Democracia-Cristiana no ha tenido un manifiesto de época,

como pudiera ser el que inspiró al marxismo. Parte esta concepción de León XIII cuando decía: ´Oponed

asociaciones populares cristianas a las socialistas; de vosotros depende que la Democracia sea cristiana;

salid de las sacristías e id al pueblo.»

Se trataba de cristianizar la Democracia y recoger toda la tradición del social-cristianismo que arranca con

¡a Encíclica «Rerum novarum» y que se prolonga después con los documentos pontificios emanados de

Pío XI y Pío XII. Ahora bien, hemos de reconocer que el término Democracia-Cristiana, como tal, no

resulta, a juicio de muchos, adecuado. Es un término válido para entenderse internacional mente; cuando

una persona dice que es socialista, no necesita más explicaciones; es un término vago pero acuñado; lo

mismo sucede con el demócrata-cristiano, y no ocurre igual con otras afiliaciones políticas que, a veces

por autóctonas y a veces por demasiado localistas, carecen de esa cotización internacional.

Pero esta fuerza plástica semántica y convencional del término democracia-cristiana no nos exime de

examinar la vigencia conceptual, en esta hora, del tema de las adscripciones políticas confesionales. La fe

cristiana, ha dicho en nuestra Conferencia Episcopal, no debe ser confundida con ninguna ideología de

tipo cultural, o de tipo político. Si el cristiano no debe adherirse a sistemas ideológicos que se opongan

radicalmente a su credo, debe tenerse en cuenta que ¡a realización concreta de las enseñanzas de la Iglesia

exige un análisis objetivo de las situaciones, con el recurso a las ciencias y técnicas de nuestro tiempo y

una programación adecuada que admita diferentes formulaciones. Por eso los cristianos pueden asumir

una pluralidad de compromisos, individual y colectivamente, sin que la Iglesia quede comprometida en la

actuación Individual o asociada de los cristianos.

En el cuadro de este planteamiento actual, la Democracia-Cristiana se ofrece como una de las grandes

corrientes del pensamiento político contemporáneo. Ello explica que como corriente, ciertamente

caudalosa, sus concreciones para la acción se presenten bastante diversificadas bajo la forma de alas,

tendencias o incluso organizaciones que, precisamente para ¡a acción y ante las circunstancias peculiares

y cambiantes de cada país y cada momento, exigen presencias plurales. Ahora bien, sobre todo está el

caudal del pensamiento demo-cristiano que es, en definitiva, el punto de referencia para todas ¡as

posiciones políticas de carácter concreto.

Sin duda, por tal necesidad de fijar los límites del pensamiento demo-cristiano y porque, sin un manifiesto

de época, había que determinar las coordenadas ideológicas de la Democracia-Cristiana en Europa, la

Unión Europea Demócrata-Cristiana publicó el manifiesto de 21 de febrero de 1976.

Debo de confesar mi extrañeza porque este documento, tan fundamental, no haya tenido la divulgación

que se merece en España. Pienso que más allá de las posiciones concretas, ante los problemas múltiples y

graves de un momento de cambio, está la sólida prerrogativa de los principios, que no pueden olvidarse ni

situarse en un segundo plano.

La Democracia-Cristiana pretende transformar y organizar la sociedad, el Estado y la comunidad de los

pueblos con una visión cristiana personalista y comunitaria de la dignidad del hombre.

Esta afirmación, con que comienza el documento, no es una declaración retórica ni tópica. Una visión

cristiana es una visión ética, que ni confunde la religión con la política ni separa a la política de la moral;

una visión personalista pone por encima de todo la dignidad de la persona humana y su libertad, no

subordinándola a los fines del Estado y, menos aún, a una política concreta, constituyendo la piedra

angular de la filosofía demo-cristiana; una visión comunitaria de esa dignidad del hombre tiene en cuenta

el punto de vista de la sociedad en la que el propio hombre se halla inmerso y en la que ha de

desarrollarse con responsabilidad y gracias a su esfuerzo personal, lo que le obliga a la aceptación del

principio de solidaridad con sus conciudadanos.

De ello se sigue la afirmación del objetivo fundamental del pensamiento demo-cristiano: "la realización

integra del hombre, y de todos los hombres, en una sociedad comunitaria y pluralista» mediante la

defensa de la libertad personal, de la igualdad de oportunidades, la justicia social y la solidaridad activa y

el empleo de métodos democráticos y la participación de cada uno en las decisiones que le conciernen.

Rechaza el manifiesto por igual, cualquier forma de totalitarismo y propugna la creación de estructuras

eficaces para solucionar democráticamente ¡as tensiones que surjan en la sociedad.

Toda sociedad es susceptible de perfeccionamiento y ha de estar siempre abierta al progreso. Rompe así

el manifiesto con la vieja ¡dea de que el pensamiento cristiano oponía la tradición a la razón y era opuesto

al progreso, haciendo de el «progresismo» una especie de criatura del mundo moderno, íntimamente

unida a cualquier ideología neutra, atea o anticristiana. Una ideología que cree en el progreso de la

sociedad y de los pueblos tiende a promocionar todos los derechos del hombre, desde su desarrollo

espiritual al cultural, hasta los políticos y económicos; y hace compatible el rechazo de la concepción

materialista de la vida con el propósito de reducir las desigualdades y de ayudar prioritariamente a los

débiles y a los menos favorecidos.

El documento se enfrenta abiertamente con el diagnóstico de nuestro tiempo: Si el progreso técnico y

económico pueden permitir al hombre combatir eficazmente la miseria, la ignorancia y la enfermedad y

crear las condiciones para el establecimiento de la Democracia, de la justicia social y de unas condiciones

de vida y de trabajo dignas, sin embargo, las conquistas de nuestro tiempo originan nuevas

contradicciones y nuevos desequilibrios.

Las tensiones y los desequilibrios se derivan de que los efectos del progreso son injustamente repartidos

entre los países desarrollados y los no desarrollados e, incluso en el seno de los países desarrollados,

crecen las diferencias entre las regiones ricas y las regiones atrasadas o en declive, entre los poseedores y

los desposeídos, entre personas con la plenitud de sus facultades y derechos y ¡as que las tienen limitadas,

personas de edad avanzada, trabajadores emigrantes, subnormales y marginados. De otra parte, todos esos

progresos no contribuyen, en muchos casos, a la existencia de un mundo integrado. La voluntad de

diálogo entre los pueblos y ias culturas es ca($a vez más fuerte, pero los conflictos de carácter ideológico,

racial, religioso y social persisten. La aspiración de los hombres a la paz crece, pero la ausencia de un

orden internacional eficaz se hace cada vez más manifiesta y los antagonismos, que a menudo son germen

de guerras, están ahí. Las formas de violencia sin motivo evidente prueban que en la sociedad se

desarrollan nuevas fuentes de conflictos, creándose situaciones intolerables, que los poderes públicos han

de reprimir.

Ante este diagnóstico, no queda más remedio que enfrentarse con tensiones y desequilibrios, sólidamente

cimentados en la solidaridad y la participación.

Federico SILVA MUÑOZ

 

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