Autor: Gil-Robles y Quiñones, José María. 
   Gil Robles y las Asociaciones     
 
 ABC.    22/02/1975.  Página: 27. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

GIL ROBLES Y LAS ASOCIACIONES

Señor director:

En el número de ABC correspondiente al domingo 15 del actual y en la corta columna, tan llena de

interés y sugerencias, que con frecuencia dedica «Argos» a temas de actualidad política, leo la referencia

a una posibilidad de que mi nombre aparezca entre los aspirantes a constituir una Asociación.

Es cierto que varios amigos, y entre ellos con especial empeño Ramón de Ralo, han de-tendido ante mí la

tesis de que todos los españoles debemos intentar superar el difícil trance en que hoy se encuentra España.

No es menos cierto, sin embargo, que yo me he mostrado rotundamente contrario, no a la noble finalidad

patriótica que se propugna, sino a la pertinencia del medio que se preconiza para lograrla.

En primer lugar, no puede dejar de extrañarme que al cabo de treinta y ocho años de destierro,

marginación y olvido - por no hablar de cosas peores - haya quien crea que mi voz pudiera ser siquiera

oída por quienes ejercen hoy funciones de autoridad o alto consejo.

Pero aparte de esto, y trasladando la cuestión del pequeño plano personal oí más elevado del interés

público, ¿qué atractivo puede ofrecer al ciudadano corriente una regulación legal que el propio autor de su

iniciativa, colocado en la cumbre de la función ejecutiva, ha considerado defectuosa, proclamándolo así

ante toda la nación?

¿Se darían las necesarias garantías a quienes se arriesgasen a intentar asociar a los españoles que acatando

las leyes vigentes, aunque no les gustasen, propugnen su modificación sustancial por vías legales? ¿Se

concedería una razonable libertad para discrepar de la política propugnada por el Consejo Nacional del

Movimiento? ¿No se expondrían a los rigores de la ley de Orden Público o de la jurisdicción especial

quienes sostuvieran la necesidad de modificar por vía de referéndum las Leyes Fundamentales, dando a la

futura Jefatura del Estado la solidez que no tiene por vía de sucesión hereditaria o por convalidación de la

voluntad de los españoles, libremente expresada?

No se trataría de amoldarse con aparente acatamiento a una norma legal en que no se cree para forzar la

puerta y actuar desde el interior como un liquidador más o menos impetuoso del régimen imperante. Se

trataría, si aquellas hipótesis se dieran, de un honrado intento de dar una salida normal a lo que tiene hoy

todas las características de un callejón sin salida. ¿Cree usted que ese intento tendría la menor viabilidad?

A la mucha experiencia política da «Argos» y a su bien probado talento queda encomendada la respuesta.

He dejado pasar conscientemente el plazo legal de rectificación, pues en ningún momento he pensado en

ejercitar el derecho de réplica. Prefiero invocar la caballerosidad de ABC para que dé cabida en sus

columnas al pensamiento de quien no consigue creer en la viabilidad del camino abierto a un

asociacionismo que no se preste a ser un juego.

Hay cordialmente, José María GIL ROBLES.

 

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