Autor: Tuñón de Lara, Manuel. 
   Canovismo en 1977     
 
 Diario 16.    16/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Canovismo en 1977

Manuel Tuñón de Lara

Las üpecueutes alusiones a Cánovas del Castillo, presentado como eianplo, y al. canovismo como sis«ma

salvador, constituyen un abuso de confianza histórica tan descomunal que están pidiendo a voces una

demixtificación. Porque ¿acaso puede establecerse un paralelo entre 1875 —cuando Cánovas echa las

bases del Estado de la Restauración— y nuestros días? Echemos una ojeada, por somera que sea: Cánovas

personificaba y dirigía una involución, la derrota política del sexenio de 1868-1874, la recuperación del

timón del Estado por la gran burguesía agraria, noble o no, integrando en el bloque de poder a la alta

burguesía de negocios. Era aquélla una España rural; 86,5 por 100 de la población vivía en zonas rurales

y 70 por 100 era analfabeta. Madrid no llegaba a 400.000 habitantes, y Barcelona, a 250.000; la clase

obrera industrial contaba, aparte de Barcelona, con unos núcleos en Vizcaya y Málaga...

El "canovismo" supo asegurar la hegemonía de esos oligarcas agrarios montando una apariencia

constitucional, una ficción de democracia (cuando en 1890 tiene que aceptar el sufragio universal),

tomando como modelo a deformar, nada menos que el de Inglaterra. En puridad —y ahí estén los

archivos para probarlo— se vivió medio siglo de farsa electoral de tal modo que hoy nos es imposible

conocer cuántos votos se emitieron de verdad una u otra vez, cuáles fueron las abstenciones, etc.; la

coacción, la corrupción, la deformación institucional y moral que suponía el caciquismo, cerraron por

completo al pueblo español su acceso a participar en las decisiones políticas, y los partidos del sistema,

doblados o confundidos por la red paralela del cacicato en que ellos mismos se apoyaban, colaboraron a

falsear la voluntad na: cional basta que se desplomaron en el desprestigio. Fueron unos partidos de

"notables", donde nunca se supo cuándo terminaban aquéllos y empezaban los caciques. El "canovismo"

se apoyó en ellos, y toleró, a sus extremos, unos grupos reducidos de carlistas y republicanos (de éstos,

mejor un Castelar que un Salmerón) y dejó en la ilegalidad a"! movimiento obrero hasta 1881; expulsó

catedráticos de la Universidad, derogó la ley de matrimonio

civil, sostuvo la creación de algún banco para luego reciba´ su apoyo, concedió privilegios a la

Trasatlántica, organizó empréstitos de guerra que aventajaban a los poderosos en lugar de dictar

impuestos para cubrir aquellas exigencias. El "canovismo" pactó con la burguesía catalana atemorizada en

1875 (aunque comprenda quince años después) y liquidó los Fueros vascos.

Cánovas afirmó muchas veces: "En la defensa del orden social está hoy la mayor legitimidad; quien

alcance a defender la propiedad, a restablecer el orden social, a dar a estas naciones latinas la seguridad y

los derechos de cada Uno y a libertarlas de la invasión bárbara de proletariado ignorante, éste tendrá aquí

y en todas partes una verdadera legitimidad."

El designio político de Cánovas era garantizar esa "legitimidad" de la gran propiedad, de los hombres de

negocios, de los dueños de ingenios cubanos (como el suegro de Romero Robledo) del centralismo, etc.

Era "su mundo" y debemos comprenderlo; el prototipo de hombre político del bloque dominante casó en

segundas nupcias con una Osma (de los del Crédit Mobilier), presidía cuatro compañías de ferrocarriles,

formaba parte del Consejo de Administración del Banco Hipotecario... y pasamos el resto. Para cumplir

esos fines el "canovismo" asentó una práctica política —una Constitución reaï, frente a la legal, como dijo

Azcárate— destinada a viciar y, en definitiva, anular la voluntad popular.

¿Qué significa, en 1977, la evocación del canovismo? ¿Qué se pretende al decir que necesitamos un

Cánovas o un sistema canovista? Recordemos que, al revés de entonces, España sale de treinta y ocho

años de dictadura, que es un país industrial a pesar de sus desequilibrios económicos y sus zonas de

subdesarrollo, con una clase obrera muy importante, dotada de alta experiencia y de sus organizaciones

políticas y sindicales; y de unas fuerzas intelectuales, que han pasado por !a experiencia de un régimen de

degradación cultural. Ciento dos años después de la experiencia canovista el pueblo español ha adquirido

un alto grado de madurez; todavía nos falta saber si esa madurez es o no compartida por los descendientes

o continuadores de aquel bloque dominante. Porque, en definitiva, ¿de qué se trata cuando se quiere que

los votos de las zonas más atrasadas y despobladas del país valgan el doble o el triple que los de las zonas

punía? Recordemos que el sistema "canovista" privilegió el voto rural (mucho más fácil de adulterar, ya

por manipulación, ya por coacción) y pudo así fabricarse mayorías cuando Madrid, Barcelona, Valencia,

Bilbao, etc. (donde la trampa y el fraude eran más difíciles) elegían diputados de la oposición.

¿Se trata de eso al ensalzar al "canovismo"? ¿Se trata de querer seguir falseando la voluntad popular para

defender sospechosas "legitimidades"? Porque, en 1977, cao sería mucho más grave; porque salimos de

una dictadura y aún está sin desmontar el aparato de su partido único; lejos ffe ello, sus resortes

electorales (aunque se les "neutralice" oficialmente a última hora y para la galería) están ya actuando, los

caciques de nuestro tiempo están ya a pie de obra, en lo suyo. Y si Cánovas disponía de unos aparatos de

Estado coactivos eficaces en la acción rural, ¿qué decir de un tiempo y de un país donde.nada permite

decir que se hayan modificado esos aparatos que fueron concebidos para defender un régimen y un orden

antidemocráticos? Y si en 1879 el Partido Socialista tiene que nacer en la ilegalidad, igual que estaba la

Federación de Trabajadores de la Región Española, la prohibición de partidos del movimiento obrero (o

cualquiera otros, cierto es) en 1977 no es sólo un testimonio de menguada democracia, sino una grave

falta política de imprevisibles consecuencias.

En resumen, que con lemas como los del neocanovismo y con prácticas de jugadores con ventaja ante lo

que debiera ser limpia consult;* electoral, hay quienes siguen creyendo tpie Jean-Jacques Rousseau era un

hombre nefasto. Que lo digan claramente, y que no se juegue con cartas marcadas; es la única manera de

impedir que se rompa la baraja. V romper la baraja ha costado ya demasiada sangre y demasiadas

lágrimas a muchas generaciones de españoles.

 

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