Autor: Mérida, María. 
   José María Gil Robles     
 
 Blanco y Negro.    18/10/1975.  Página: 4-6, 9. Páginas: 4. Párrafos: 51. 

TRIBUNA ABIERTA

JOSE MARIA GIL ROBLES

«Los actos terroristas son absolutamente intolerables e injustificados»

«La actitud de los Gobiernos de algunos países, aún sin pretenderlo, ha proporcionado una extraordinaria

ayuda al Régimen español»

«Yo no pacto ni pactaré nunca más que con fuerzas democráticas»

«No favoreceré jamás una política que pueda seguir derroteros separatistas»

"Tenemos que estar preparados para hacer frente a cualquier eventualidad con serenidad y sin

pasión".

"Mi conferencia con Solís, por TVE, y en directo, permitiría al público aprovecharse de los

conocimientos y sugerencias del ministro"

"La violencia nada resuelve y hay que huir para el día de mañana de todo lo que suponga

venganza, represalia o revanchismo".

"En los momentos actuales la integración de España en la Europa comunitaria la juzgo

absolutamente imposible".

AUNQUE José María Gil Robles no necesita presentación porque su trayectoria política anterior a la

guerra civil, ya es historia, recordaremos, a guisa de extracto de su amplia, relevante y espectacular

biografía, algunos de los datos más importantes de su vida.

Nació en Salamanca el 27 de noviembre de 1898. Cursó los estudios de Derecho en la Universidad

salmantina con premio extraordinario. En 1921 obtuvo el título de doctor en Derecho por la de Madrid. Al

ano siguiente gano por oposición la cátedra de Derecho Político Español Comparado en la Universidad de

La Laguna, y estudio en La Sorbona y Heidelberg. Se dedicó al ejercicio de la abogacía desde 1923. Fue

miembro de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. Desempeño la Secretaría General de la

Confederación Nacional Católico-Agraria, que estructuraba centenares de sindicatos agrarios en toda

España. En 1931 fue elegido diputado por Salamanca para las Cortes Constituyentes de la República. En

septiembre del mismo año fue elegido presidente de Acción Popular y al año siguiente presidente de la

famosa Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA).

Desde tal e importante plataforma apoyó, sin participar en ello, diversos Gobiernos de centro-izquierda.

Más tarde, venciendo la resistencia del presidente de la República, Alcalá Zamora, exigió participar en el

Gobierno. A la entrada en el Gabinete de tres ministros de la CEDA —la minoría entonces más numerosa

en las Cortes— reaccionó la izquierda, desencadenando las sangrientas revoluciones de octubre de 1934

en Asturias y Cataluña. En mayo de 1935 desempeñó el señor Gil Robles la cartera de Guerra, desde la

que llevó a cabo una profunda reorganización del Ejército. En su gestión ministerial le acompañó como

jefe del Estado Mayor Central el entonces general Francisco Franco, hoy Caudillo de España. Sus

esfuerzos por evitar la contienda civil fueron inútiles ante la actitud del presidente de la República, que

hizo a Gil nobles abandonar la trascendental cartera de Guerra.

Al producirse el Alzamiento Nacional, en cuya preparación no tuvo la menor parte, el señor Gil Robles se

encontraba en Biarritz, de donde fue expulsado por el Frente Popular francés, refugiándose en Portugal.

Ayudó desde allí durante los primeros meses del Movimiento, pero más tarde, disconforme con su

orientación, se apartó de la política activa. Fue objeto de dos confinamientos en el mismo Portugal. Su

destierro se prolongó hasta 1953, año en que regresó a España, dedicándose de lleno al ejercicio de su

profesión de abogado. En 1962 asistió al Congreso del Movimiento Europeo, donde defendió una

política que pusiera fin a las consecuencias morales de la guerra civil y de democratización del

Régimen español como camino de una incorporación plena de España a Europa. Esta actitud

le valió un nuevo destierro de más de dos años.

Perteneció al Consejo Privado de Don Juan de Borbón, del que se separó en junio de 1962 con

ocasión del ya mencionado Congreso del Movimiento Europeo en Munich. Ha sido presidente

de la Asociación Española de Cooperación Europea. En otro orden de cosas su nombre

acaparó la atención de la opinión pública con motivo del caso Matesa, como defensor de don

Juan Vila Reyes. El señor Gil Robles, el más veterano entre los democristianos españoles,

tiene una acusadísima personalidad intelectual, moral y hasta física. Al hablar con él no se

advierte nostalgia ni consciente resentimiento, pero sí una especie de amarga sensación de

haber luchado en la vida inútilmente, sensación que él suaviza con una fina y sutil ironía, un

gran sentido del humor y reminiscencias un tanto escépticas de su dilatada experiencia.

Hombre dotado de evidente talento con mente de «presa» es un observador perspicaz y su

diálogo es vigoroso, fluido, claro y de comedida audacia. Tiene una concisión en las ideas y en

las palabras que confieren a su conversación todo el interés de un documento testifical. Habla

con justeza y precisión, y esa misma justeza y precisión las transmite a su mirada, a sus

modales, a sus gestos y a su sonrisa. Es un hombre esencialmente serio y de genio fuerte,

pero sin embargo, la afabilidad y la cortesía en su trato son innegables. Como gran jurista y

gran político, cualquier problema o asunto que se le plantea lo analiza con un criterio selectivo,

y saca conclusiones rápidas, concretas y rotundas como si ya las tuviera de antemano

archivadas en su mente, en base, sin duda, a su inagotable caudal de conocimientos y

vivencias.

En esta amplia entrevista nos habla en detalle de la más rigurosa actualidad política y de

cuantos temas están hoy en la calle.

—Señor Gil Robles, ¿qué opinión le merecen los reiterados actos terroristas que se están

perpetrando contra miembros de las Fuerzas de Orden Público?

—Son absolutamente intolerables e injustificados como todos los actos que van contra la vida y

la seguridad de las personas y contra el orden social establecido, aunque se pueda discrepar

de él en el plano ideológico. Creo que, sean quienes sean los autores de tan bárbaro proceder,

se trata de gente empeñada en que no exista en España una convivencia pacífica.

—¿Es usted partidario de la pena de muerte?

—No lo soy porque no encuentro una justificación cristiana, filosófica ni jurídica para privar de

la vida a un ser humano, salvo en el caso especialísimo de que peligre la existencia de la

Patria, como puede ser durante una guerra. Por lo demás, no creo en la ejemplaridad de la

pena de muerte, y basta contemplar los acontecimientos que se están produciendo en el plano

de las represalias terroristas para comprobar lo que estoy diciendo. Creo que hay momentos —

en los que teóricamente puedo no estar de acuerdo personalmente— en los que, sin embargo,

los Gobiernos han de proceder con el mayor rigor y llegar a aplicar la pena de muerte, pero

para ello es preciso que se agoten al máximo todas las posibilidades de investigación y defensa

para que la convicción de la sociedad sea completa ante la pena impuesta. Conste que esto no

quiere decir en absoluto que dude de la rectitud de las sentencias que recientemente han sido

dictadas por los Consejos de Guerra. Lo contrario sería inferir una ofensa tan injusta como

gratuita a los tribunales militares. Lo que quiero decir es que no me parece cauce adecuado el

de unos instrumentos jurídicos que han sido ideados para circunstancias excepcionales, como

son las del ámbito castrense. Estimo, por otra parte, que antes de la promulgación del reciente

Decreto-Ley Antiterrorista había en nuestro ordenamiento penal y procesal un arsenal

suficiente para castigar a los culpables sin necesidad de asignar a jurisdicciones especiales

tareas que no les son propias.

—¿Que opinión le merece la campaña desatada en el extranjero de injerencia en los asuntos

internos de nuestro país?

—Me parece intolerable todo lo que constituya una injerencia en los asuntos internos de otro

país y, por consiguiente, creo que los Gobiernos de algunos países han cometido un error

imperdonable, mucho más teniendo en cuenta que han producido una reacción contraria a las

finalidades que tales actitudes podrían perseguir. Creo que todo ello ha constituido, aunque

obviamente no lo hayan pretendido o deseado así, una extraordinaria ayuda al Régimen

español. Ahora bien, si yo como español protesto de toda injerencia, como político creo que el

gobernante nunca debe dejarse arrastrar por apasionamientos.

—¿Cree usted que la actual escalada terrorista en España es un fenómeno local o, por el

contrario, constituye un campo y momento de acción de una internacional terrorista?

—Evidentemente, estamos dentro de un ambiente general de terrorismo en todo el mundo,

pero tal y como se presenta aquí, pienso que tiene unas características locales.

—El Gobierno, al no haber llegado en su clemencia a la conmutación de la totalidad de las

penas, ¿cree usted que lo ha hecho por un deseo de mantener una línea de firmeza?

—Hay que establecer un límite entre firmeza y dureza. Pienso, en efecto, que lo que se

pretende es mantener una línea de firmeza. Y en último caso, ¿por qué no admitir que lo haya

hecho por evitar males mayores? No olvide usted que la política es siempre el arte de optar

entre inconvenientes.

—¿Puede decirnos algo, señor Gil Robles, en relación con su propuesta, hecha en carta

abierta, que se ha considerado como un reto al ministro secretario general del

Movimiento, señor Solís, respecto de tratar públicamente el tema asociativo en las pantallas de

televisión?

—Quiero dejar bien claro que no se trata de un reto. El señor Solís, sin que yo hubiera tomado

ninguna iniciativa previa, dijo públicamente ante los periodistas que, aparte de que yo no

significaba ya nada, si deseaba tener noticia de las asociaciones me dirigiera a él. Yo le he

contestado con una carta cuyo sentido es éste: mantener una conferencia entre los dos, con la

condición de que tal diálogo se lleve a cabo ante las pantallas de televisión y en directo, lo que

permitiría al público aprovecharse de los conocimientos y sugerencias del señor Solís, que lleva

dieciséis años ocupándose de unas asociaciones que todavía no han podido nacer.

—¿Qué hay de su pretendida negativa a participar en un pacto con la ilegal Junta

Democrática?

—Yo no pacto ni pactaré nunca más que con fuerzas democráticas. Converso con todo el

mundo, porque creo que del intercambio de ideas puede salir la luz y porque creo que uno de

los defectos más graves de los españoles consiste en no saber conversar sin pelearse. Ahora

bien, de eso a aliarme con quien no sea demócrata de verdad hay un abismo que yo no puedo

ni quiero salvar.

—¿Qué opinión le merecen las tendencias separatistas?

—Nunca he sido ni seré separatista ni favoreceré una política que pueda seguir esos

derroteros. Pero el regionalismo es un problema que existe y que es necesario tratar con el

debido cuidado y en el que se han interesado fuerzas de derecha tan indiscutibles como el

Tradicionalismo. En el mundo de hoy está ganando terreno el principio federalista como medio

de organización no sólo de los Estados, sino incluso de las nacientes entidades

supranacionales, sin olvidar los avances que en ese sentido se han producido en Italia y en la

misma Francia en los tiempos del general De Gaulle. Tenga en cuenta que el federalismo es

una realidad en países tan unidos y con tan profundo sentido nacional como la República

Federal de Alemania y los Estados Unidos de Norteamérica. Lo que ocurre es que en España

está todavía vivo el fantasma del federalismo disgregador de la Primera República y que es

todo lo contrario de lo que puede suponer un federalismo integrador que supere diferencias

ideológicas para mejor reforzar una unidad nacional bien entendida.

—¿Cómo ve usted la evolución política desde el sistema actual español?

—En todos los países se va produciendo a lo largo de los años una serie de condicionamientos

históricos de los cuales difícilmente se libran los gobernantes, y por esos pasados históricos se

ha venido dando el fenómeno de Gobiernos que acaban por ser prisioneros de los

antecedentes que les dieron vida. La gran medida del gobernante que quiere ser estadista

estará en acertar a superar esos acontecimientos y decidiéndose a superar todos los intereses

que hayan surgido a la sombra de tal desarrollo histórico.

—¿Cree usted que después del Caudillo aparecerá algún líder con carisma político y capacidad

de aglutinación parecidas a las del actual Jefe del Estado?

—No lo creo, porque tendrían que darse los mismos presupuestos históricos que rodearon el

nacimiento del poder del actual Jefe del Estado, y sinceramente debo decirle que deseo que

esto no llegue a producirse, porque aquellos presupuestos determinaron una guerra civil que no

debe repetirse.

—¿Qué opinión le merecen los actuales acontecimientos en Portugal?

—He vivido durante dieciséis años en Portugal, he ejercido allí mi profesión y conozco muchos

miles de portugueses. Creo que en estos momentos hay que distinguir entre el acto vandálico

del asalto a nuestra Embajada y Consulados en Lisboa y Oporto, que fue posible por una

inhibición total de las fuerzas portuguesas del orden público —yo estaba allí y regresé a

España en el mismo avión fletado para repatriar a la representación diplomática española—, y

el proceso revolucionario portugués. Este proceso se inició por las dificultades propias del

momento en que llegó a su fin un régimen excepcional que duraba ya cerca de medio siglo;

pero, a mi juicio, las dificultades se agravaron por querer dejar en manos del Ejército la solución

de un problema que no es propio de quienes por vocación asumen la honrosa tarea de

defender a la patria. La misión del militar no es ser político, porque por ese camino con

frecuencia se puede deslizar hacia un particularismo que no coincida con los intereses de la

patria. El Ejército tiene una doble y nobilísima misión: defender al país contra sus enemigos

exteriores y evitar en una última instancia que actúen en el interior los factores de disgregación

nacional. Gobernar no es su tarea y hacerle gobernar es ponerle en peligro de que se

desnaturalice su propia esencia. En política son inevitables los errores, y cuando éstos los

comete una determinada ideología, siempre es posible sustituirla por otra; pero cuando los

comete el Ejército y éste se quebranta, se pone en peligro un elemento insustituible en la

sociedad. Por eso creo que en países que pasen por este trance o que se vean abocados a

algo parecido, la solución está en conseguir una amplia concentración de fuerzas políticas

capaz de asegurar una evolución pacífica del país, ofreciendo una alternativa a quienes

piensan que no hay más opción que anarquía o dictadura.

—¿Cree usted que la Unión Democrática Española, asociación que encabezan los ex ministros

señores Silva Muñoz y Monreal Luque, ha conseguido la homologación de la Democracia

Cristiana europea?

—Se ha tratado simplemente de una invitación del señor Strauss, que es el menos demócrata

de todos los demócrata-cristianos europeos.

—¿Piensa que el pueblo español es esencialmente conservador?

—Yo no diría que es conservador; lo que es, es demasiado vehemente e inconstante.

—¿Cómo ve usted el futuro?

—Creo que caminamos hacia un porvenir que nos guarda muchas sorpresas y tenemos que

estar preparados para hacer frente a todas las eventualidades con serenidad y sin dejarnos

someter por las pasiones.

—¿Supone que la integración de España en la Europa comunitaria será inmediata?

—El pueblo español debe compenetrarse con la verdad de que no es incompatible con los

pueblos europeos y que esas incompatibilidades pretendidas se refieren a factores

accidentales y, por lo tanto, transitorios. En los momentos actuales la integración a que usted

se refiere la juzgo absolutamente imposible. Me atreví a decir esto mismo en 1962, cuando

España solicitó por primera vez su adhesión a la C. E. E., y ello me costó dos años de

destierro. El tiempo me está dando la razón sobre lo que entonces avancé. Tal integración ha-

brá de venir después de que cambien muchas cosas en España.

—¿Cree usted que tienen alguna posibilidad las perspectivas políticas moderadas?

—Lo que para mí no se puede plantear es la sola alternativa entre comunismo o dictadura.

Creo que hay un camino, el más fecundo, que cuenta con el apoyo de más y mejores

voluntades, camino que debe comenzar por el espíritu de sacrificio de los que ocupan en el

momento actual posiciones privilegiadas.

—¿Qué está pasando aquí y a dónde vamos? ¿No cree que ésa es la pregunta que se

formulan muchos españoles?

—Es muy difícil contestar a esto. Creo que lo principal es que se concrete un deseo de

evolución real por parte de los que mandan y un deseo de evolución normal y pacífica por parte

de los que se encuentran en una postura de oposición constructiva.

—La condena de la oleada terrorista, tal y como ustedes han hecho, usted, el señor Ruiz

Giménez, Alvarez de Miranda, etc., ¿la estiman como imprescindible?

—Desde luego. Nos ha parecido que ante el nuevo y bárbaro brote terrorista que ha costado la

vida a varios servidores del orden público el día 1 de octubre era necesario reiterar una

posición y afirmar categóricamente que la violencia nada resuelve y que hay que huir para el

día de mañana de todo lo que suponga venganza, represalia o revanchismo.

—¿Qué ocurriría en este momento si se hiciese una consulta plebiscitaria en España?

—Que los extremismos tendrían muy poco que hacer, porque la sociedad española lo que

quiere es paz, tranquilidad y evolución hacia días mejores con plenitud de ciudadanía.

—¿Puede usted indicarnos algún matiz interesante de la personalidad del Caudillo poco o nada

conocida de los españoles?

—Simplemente, resaltar que para mí fue, en etapas ya lejanas, un magnífico y excelente

colaborador que incluso me dirigió elogios inmerecidos cuando dejé el Ministerio de la Guerra.

Creo que el Caudillo tiene, como todos los hombres, una fase sentimental más o menos

dominante.

María Mérida

 

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