Autor: Suárez González, Fernando. 
 Dos opiniones sobre Torcuato Fernández-Miranda. 
 Un duque     
 
 Arriba.    02/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

UN DUQUE

Desde que el 16 de octubre de 1950 entré en un aula dé la Universidad de Oviedo para escuchar Ja

primera lección de Derecho Político, hasta la mañana de ayer en que un ilustre periodista me refirió

puntualmente las palabras que el Presidente de las Cortes Españolas acababa de pronunciar, han sido

innumerables las ocasiones en que me he sentido deslumhrado ante el profesor Fernández-Miranda.

Testigos hay de que nuestras relaciones políticas han atravesado momentos de abierta discrepancia y de

que con muy pocas personas he tenido tan duros enfrentamientos dialécticos como con mi distinguido

maestro. Pero ese mismo hecho pone bien de relieve dos datos que quiero destacar. Uño, el de que

conozco muchos sedicentes liberales que jamás me demostraron con hechos tanta capacidad para superar,

en lo personal, las fisuras que pudieran haber abierto nuestros desacuerdos. Y otro, que nunca, ni aun en

los momentos en que sus palabras o sus actuaciones me produjeron más fuerte irritación, disminuyó

mínimamente mi sincera admiración hacia él y mi orgullo por haber sido —y seguir siendo en tantas,

cosas— discípulo suyo.

Probablemente, una de las características que mejor podrían definir la descollante personalidad de

Fernández-Miranda —sobre todo en estos tiempos en que la publicidad inventa líderes, modela

popularidades o levanta pirámides de antipatía— sea su aversión hacia las «relaciones públicas. Para eso,

don Torcuato tiene que admitir su incapacidad. Y así resulta que un hombre más bien tímido, cordial

hasta la ternura, con un sentido del humor agudi-zadfsimo y cuya mayor felicidad la encuentra siempre en

la intimidad de su casa —su casa es su castillo—. ha presentado en ocasiones imagen de hombre

durísimo, autoritario, desabrido y cargado de ambiciones. Hará falta un biógrafo muy documentado, pero

es sn duda posible demostrar que Fernández-Miranda no tiene esos defectos o, al menos, no los tiene en

mayor medida que el resto de los mortales a los que me ha sido dado conocer.

Académicamente, no ha defraudado jamás. Sus aptitudes, su vocación y su esfuerzo han coincidido en

hacer de él uno de´ los maestros más claros y competentes que yo he conocido. Incluso en sus largas

etapas de ausencia de la actividad docente, ha mantenido su dedicación al estudio y ha podido ofrecernos

conferencias y libros Importantes. Su actuación al frente del Rectorado ovetense resultó inolvidable y

muchos de nosotros aprendimos entonces lo que de verdad es un universitario. Y desde aquella tarde en

que habió de Clarín en el marco solemne del Paraninfo, yo antendí que la máxima preocupación política

de Fernández-Miranda era lograr que los españoles fueran capaces de convivir con el discrepante, sin que

cada uno tenga que renunciar a las ideas y creencias que generan la discrepancia misma.

Después se inició su biografía política en el más estricto sentido. Algunos bucearán en ella ahora para

buscar contradicciones, giros coyunturales y cambios de opinión, en ese afán inquisitorial de algunos

hispanos que en tantas ocasiones se aferran a las palabras y prescinde del espíritu con que se pronuncian.

Confieso que también yo he incurrido alguna vez en tan viciosa práctica. Pero bueno será reconocer que

en el caso de Fernández-Miranda también ha resultado verdad aquel «España sobre todo que nos

recordaron personajes egregios durante la otra lección magistral del pasado mes.

Poniendo a España sobre todo, don Torcuato ha hecho más por la democracia y por la Monarquía

Constitucional que muchos que quisieran el monopolio de una y otra solución a nuestra convivencia. Y

poniendo a España sobre todo, renuncia espontáneamente a su altísima función cuando ha llegado a la

conclusión de que otros pueden servir mejor el delicado encargo que supondrá para quien lo reciba la

Presidencia de las futuras Cortes. Y se va a disfrutar con mayor amplitud de otro de sus destacados éxitos,

que es la compañía de una de las más discretas y encantadoras damas de esta Corte y de unos hijos que

componen con ellos una familia absolutamente envidiable.

No sé por qué digo todas estas cosas, que a algunos parecerán Interesadas loas entre políticos del antiguo

régimen y que seguramente a Fernández-Miranda no le va a agradar leer. Pero la tentación de polemizar

con él es una tentación irresistible y en esta última actuación me ha dado también ocasión para la polé-

mica. Según las referencias de Prensa, el Presidente dimitido afirmó ayer que yo podría dar testimonio de

que al discutir la ley para la Reforma él nos declaró que el precepto que se refería al Presidente de las

Cortes estaba hecho para su sucesor. Es rigurosamente cierto, me hace un inmenso honor al invocar mi

testimonio y yo lo presto con muchísimo gusto. Pero ha cometido una equivocación, que es la de apelar al

testimonio de nadie. Bastaba y sobraba con su propia palabra ante los periodistas. Porque el profesor

Fernández-Miranda es un duque.

1-VI-1977

 

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