Autor: LUIS PEREIRA. 
   Al servicio del Estado     
 
 Diario 16.    09/03/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Al servicio del Estado

Luis Pereira

Algunos d* nuestros personajes políticos >fe la derecha autoritaria, antiguas ocupantes de altos cargos de

gobierno en la pasada dictadura, suelen ahora declarar públicamente, con harta frecuencia, su condición

de servidores del Estado, preciándose de ello y confesando, con rotundidad, que no tienen más intereses

que los del Estado mismo. "Al servicio del Estado" han dedicado su vida y "la defensa del Estado"

constituye el fin máximo y último, así como la pretendida justificación y legitimación de sus actuaciones

políticas pasudas, presentes y futuras.

Si tal argumemto es peligroso incluso cuando el servicio se presta a un Estado democrático íy hemos de

reconocer que fue muy utilizado por nuestros liberales, en especial por hombre de tan sólida formación

intelectual como Azaña, para quien el Estado, como en Von Stein, era el reino de la igualdad y el

instrumento, como eo los jacobinos, para la realización de la libertad) lo es mucho más en boca de

quienes han sido precisamente servidores de un Estado autoritario, que como tal no era, por supuesto, el

reino de la igualdad y la libertad, sino del privilegio y la proscripción; servidores de un régimen más que

de un Estado, Naturalmente quienes así se definen no suelen hacer referencia al régimen porque lo que

pretenden es, justamente, adornarse con el prestigioso nombre de estadistas (quien sólo se preocupa por

los intereses generales) para distinguirse así del político de partido ´especie menor que orienta su tarea a la

consecución de parciales intereses de grupo), pero esta pretensión es inadmisible.

La supuesta antinomia neutralidad-partidismo de ser rechazada, no sólo porque predica la neutralidad de

hombres de tan notoria filiación ideológica como nuestros personajes de la derecha autoritaria es cosa que

cabalga entre el cinismo y la estupidez, sino también porque se asienta, en general, en la falacia

conceptual de afirmar la existencia de un Estado neutral que no loma partido en las contiendas sociales.

Lo que suele esconderse í aunque sólo sea tras un velo demasiado sutil) bajo las encendidas proclamas del

servicio al Estado, aparte de la estrecha visión funcionarial de la política que confesiones asi comportan,

es algo mucho más serio que la fútil distinción entre estadista y políticos. Y mucho más grave también. Es

la exaltación del Poder, que viene a coincidir, casi siempre, con el menosprecio de la sociedad. Decía

Montesquieu que unas constituciones tienen por objeto la gloria del Estado y otras la libertad política de

los ciudadanos. Las primeras descansan en et principio de la subordinación de la sociedad al Estado. Las

segundas en el de la subordinación del Estado a la sociedad.

Si ahora se trata de instaurar en España un régimen constitucional, incluso estaría dentro de la lógica que

se hiciese objeto (le proscripción a quienes durante unos sirvieron tenaz y eficazmente a otro régimen

cuya orientación teórica más clara (la única clara o quizá simplemente la única) era la hostilidad a lo que

el constitucionalismo significa. Bien está que en aras de la concordia se renuncie a esas proscripciones,

pero que no se haga aún más difícil esa renuncia presentando como titulo de honor Iti que, en el mejor de

los casos, no es más que un irrefrenable apetito de poder que, con tal de verse satisfecho, no titubeó en

ponerse a! servicio de un régimen >¡ue. ciertamente, no lo estaba al de la libertad.

Argumento peligroso

Ahora bien, estas reflexiones nn tienen por qué limitarse solamente al supuesto de los antiguos

prohombres del Estado autoritario, pese a que en ellos el ejemplo alcance su máximo valor paradigmático.

Como el poder, aunque esté constitucionalmente limitado, incurre con frecuencia en el vicio de crearse

sus propios intereses, que no siempre coinciden con los de la sociedad, cuando alguna vez exista en

nuestra patria un Estado que tenga por objeto la libertad política de los ciudadanos, la pretensión de ser

únicamente un servidor de ese Estado habrá dejado, por supuesto, de ser un argumento deleznable, pero

no habrá dejado de ser, en modo ¿ilguno, un argumento peligroso.

* Con esta firma aparecerán, en te iucesivo, !»• colaboraciones del equipo Integrado por Francisco Rubio,

Manuel Aragón Reyes y Jiime Nicolás Muñiz.

 

< Volver