Autor: Contreras, Lorenzo. 
   Incompatibilidades de los consejeros y procuradores designados por Franco     
 
 Informaciones.    15/07/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

INCOMPATIBILIDADES DE LOS CONSEJEROS Y PROCURADORES DESIGNADOS POR

FRANCO

Por Lorenzo CONTRERAS

MADRID, 16. (INFORMACIONES.)

EL tema «rey» de la sesión de Cortes celebrada ayer fue la discusión sobre las incompatibilidades de los

consejeros nacionales y procuradores de designación directo. El Consejo Nacional, en un Pleno reciente,

había determinado que los consejeros del grupo de los cuarenta nombrados por Franco quedarían al

margen del sistema de incompatibilidades que rige para los restantes miembros de la llamada Cámara

política y, por supuesto, para la generalidad de los procuradores. A última hora de la tarde, cuando la

Comisión Mixta que preside el señor Fernández Cuesta había dictaminado ya que los procuradores de los

apartados c) y g) del artículo segundo de la ley de Cortes y los presidentes del Instituto de España y del

Consejo Superior de Investigaciones Científicas podrían compatibilizar su condición de procurador con el

ejercicio de los derechos de su investidura, dentro del cuadro de incompatibilidades que se viene

estableciendo, pidió la palabra el señor Madrid del Cacho, representante sindical empresarial, para

solicitar que no se discutiese el artículo noveno del, Proyecto de Ley de Incompatibilidades. Este artículo,

que acabó siendo discutido y aprobado con sólo cinco votos en contra, dice así: "El régimen de

incompatibilidades previsto en esta ley no afectará a los procuradores comprendidos en el apartado j) del

artículo segundo de la ley de Cortes (los 25 procuradores de designación directa) ni a los procuradores

que lo sean por su condición de consejeros nacionales designados por el Jefe del Estado o por el

presidente del Consejo Nacional (46 .en total), al amparo del articulo 22, d), de la Ley Orgánica del

Estado." La propuesta del señor Madrid del Cacho no fue aceptada,

¿DONDE ESTA LA SOBERANÍA?

El señor Escudero Rueda entró directamente en materia. "El Jefe del Estado —dijo— personifica la

soberanía nacional. ¿Pero dónde radica ésta? Está en el pueblo. Hay que distinguir entre el pueblo con su

soberanía y el Estado con sus órganos, uno de los cuales es la Jefatura del Estado. Entre los órganos del

Estado debe existir un equilibrio. El Jefe del Estado, como órgano, no puede ser el primero en romperlo."

LA .(HORA DE LAS LEALTADES))

Contra la interpretación del señor Escudero se alzó la de un gran número de procuradores que hicieron del

concepto de lealtad argumento supremo. El ex ministro señor García-Ramal, tras burlarse de «las

pitonisas que tratan de explicar lo que habría hecho o dejado de hacer el Jefe del Estado», señaló con

cierta solemnidad: «La hora de las lealtades es una hora permanente. La de las interpretaciones es una

hora cómoda». El ex ministro .confesó: «Soy incapaz de interpretar la voluntad del Jefe del Estado. Lo

que soy capaz de interpretar son las leyes del Estado». Para el señor Garcíá-Ramal estaba claro que el Jefe

del Estado, en el decreto del 16 de mayo, había refrendado lo decidido por el Consejo Nacional. Por

consiguiente, «un silencio, como pedía el señor Madrid .del Cacho, sería la actitud procedente».

Más radical se mostró el señor Díaz-Llanos, presidente del Consejo General de Economistas. No sólo

habría que evitar, a su juicio, «una guerra de las Cámaras», sino, además, un cercenamiento de las

facultades establecidas en la ley Orgánica del Estado». El señor Díaz-Llanos agregó: «Y aunque no

hubiera norma, yo estaría al lado del Jefe del Estado para refrendar sus actos». «Es inútil la deliberación»,

comentó el señor Lamo de Espinosa, presidente del Sindicato de Banca, Bolsa y Ahorro. «De acuerdo con

Madrid del Cacho», proclamó el señor Morrondo, familiar por Palencia. «Esta es la hora de las" lealtades

y no de las interpretaciones», ratificaba el señor Planelles, procurador de Administración Local.

NO A LAS INVOCACIONES EMOCIONALES

Discrepaba de esta línea el señor Carazo, familiar por Soria. Contrariaba la argumentación basada en la

invocación de las lealtades el señor Ortí Bordas, consejero nacional por Castellón. «No deben entrar en

esta discusión elementos emocionales» Pero el joven consejero no apoyaba tampoco a la ponencia en el

texto que ofrecía, por estimar que las Cortes «no podían avasallar el fuero de la otra Cámara». La otra

Cámara es el Consejo Nacional del Movimiento. El señor Reguera Guajardo, hombre de la U.D.E., fue

tajante. Dijo, introduciendo una variante en la línea de la discusión: «Si el Jefe del Estado estuviera aquí

habría quedado sorprendido por tanto intérprete fiel de su voluntad y se habría ruborizado por esta feria

de lealtades. Aquí, como el valor en el Ejército, la lealtad st supone, porque quien no siente esa lealtad se

sitúa a extramuros del Régimen, donde hoy se ofrecen sabrosas expectativas».

POLÉMICA ROMERO-ESPERABE

Don Emilio Romero Gómez, consejero nacional por Avila, aprovechó la coyuntura para referirse a los

que llamó «liberales», que tratan de homologar un procedimiento de incompatibilidades con un régimen

que presenta características ajenas a esta mentalidad, al menos mientras la Constitución no se reforme.

Criticó al señor Esperabé, quien había afirmado que los procuradores de designación directa representan

al Jefe del Estado. A juicio del señor Romero, el señor Esperabe había demostrado falta de información.

Le replicaria luego el procurador salmantino quien estimó que la lucha dialéctica con el señor Romero

sería desigual, pues siempre le quedaría a éste «su órgano de expresión para atacar». El señor Fernández

Cuesta, presidente de la comisión, había recomendado al señor Esperabé que no plantease situaciones

polémicas. No me ha hecho su señoría ningún caso», le reprochó. El señor Romero habla dicho que «las

designaciones del Jefe del Estado son necesarias para corregir las impurezas de la representación». Había

añadido que lo establecido por el Consejo Nacional en orden a las incompatibilidades debería merecer un

respeto de las Cortes, aunque sólo fuese por cortesía «parlamentaria», dado que la «cámara política»

había supeditado sus propias incompatibilidades generales a lo que el órgano legislativo decidiese.

NO HEREDAR CARISMAS

El señor Pedresa Latas se mostró vehemente. No compartía el planteamiento del debate «desde las

lealtades». «Me siento ofendido», dijo. «No admito dudas sobre estos sentimientos», agregó. Cuando

llevaba un buen rato criticando a quienes habían abusado del argumento, el presidente de la comisión le

interrumpió: «Su señoría lleva cinco minutos de lealtades.» El señor Pedrosa concluyó: «Que siga Franco.

Que Dios nos lo conserve muchos años. Pero que de sus carismas no disfrute nadie porque su

nombramiento proceda de un hombre tan puro como él.» La discusión tuvo otros matices. El señor

Merino criticó la inserción de la expresión «Jefe del Estado» en el texto aprobado, cuando la Ley

Orgánica del Estado sólo habla de «Caudillo». El señor Pinilla Turiño, tras elogiar a Franco por la

administración prudente de su Poder («sólo ha reten i d o —puntualizó— las cuotas necesarias para el

servicio de España»), declaró a propósito del tema debatido: «Ha sonado la hora de elegir entre la

grandeza y la cicatería.» El señor Meilán se declaró refractario a "la ostentación de las lealtades».

 

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