Autor: Seco Serrano, Carlos. 
   La monarquía, la república y la reconciliación nacional     
 
 ABC.    14/04/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LA MONARQUIA, LA

REPUBLICA Y LA RECONCILIACIÓN NACIONAL

LAS reacciones triunfalistas del •Partido Comunista´ después de su espaldarazo*

oficial requieren, cada

vez de forma más urgente, unas puntualizadones necesarias. Porque la

´reconciliación nacional* que ahora

se atribuyen a sí mismos en toda ctase de propagandas no puede consistir, de

ninguna manera, en volver

al punto de partida de la guerra civil, según los comunistas parecen suponer.

l.a definitiva superación de

nuestra contienda sólo se logrará cuando los dos extremos responsables de ella

retornen a integrarse en

una plataforma de civilizado diálogo —cuyo cauce supremo está en el Parlamento—;

pero no quitando la

razón a una de las partes responsables del enfrentamiento armado —la que ganó la

guerra—, para dársela

a la otra —la que la perdió.

En el contexto de lo reforma política y del proceso democratizador en que

estamos embarcados estimo

que la legalización del ´P.C.E.* es un paso positivo; aunque desde luego, no

tenga yo por democrático ai

Partido Comunista», ni entienda —como pretende una tenaz propaganda— que sus

líderes son los

abanderados de /¿i libertad. Pienso que, de hecho, tenia ya todas Jas puertas

abiertas; gozaba del respaldo

y del apoyo incondicional de la famosa plataforma de la ´Oposición´; no hallaba

obstáculos para una

propaganda asfixiante, coreada con más o menos disimulo por no pocos órganos de

Prensa; y, caso de no

haberse producido la legalización, se le ofrecía encuadramiento solapado en las

listas de otras

organizaciones marxistas legalizadas, de cara a las elecciones. Diré más: creo

que e! reconocimiento

oficial del «P. C.» era condición necesaria para que se tuviese por sincero el

empeño del Gobierno en

llegar & una reconciliación nacional.

Pero el ´Partido Comunista» tiene verdadero empeño, no exactamente en una

´reconciliación», sino en una

«revancha». Pretende, pura y simplemente, que se le dé la razón perdida, antes

que por la fuerza, por su

propia manera de actuar en la primavera trágica de 1936 y en los avatares que.

durante la guerra, le

permitieron usurpar un protagonismo político, a costa de los socialistas,

utilizando como palanca ei

apoyo diplomático y militar de la U R S S (Léanse los Recuerdos» de Largo

Caballero, y las minuciosas aclaraciones de Prieto en torno a la crisis de

1938.} Esa postura

triunfalista, ese cerril ´trágala», se hace evidente en el empeño de volver con

las mismas figuras y con las

mismas caras —aunque también con palabras muy oportunistas—. ¡Cuánto ganaría la

credibilidad de

nuestro eurocomunismo si renunciara a seguir aupando a los figurones del

stalinismo; si se esforzara en

hacer olvidar las insensatas crispaciones de 1936. con toda su secuela de

horrores, todavía vivos en

muchos jirones de España

Ahora, según sus portavoces oficiales, el «P. C.» pretende completar la

operación reconciliadora y

democrática, reclamando la ´plena devolución de la soberanía* al pueblo español.

Si esta frase, tan

•ancha», la relacionamos con las innumerables y explícitas ´pintadas* que

Ilustran las galerías del Metro

—verdadero muestrario mural y gratuito de los programas del *P. C.—. hemos de

entender que se trata de

´imponer» la República (todas las apelaciones republicanas aparecen signadas por

los símbolos

comunistas). Y de nuevo se busca. afanosamente, una confrontación, a ser posible

con victimas, en la

fecha ´Símbolo* del 14 de abril.

Alguna vez he dicho que, por desgracia, la escasa formación política del español

medio le hace confundir

´democracia* con ´República*; cuando es un hecho que el arbitraje —absolutamente

marginal a las

divisiones partidistas— asumido por una Monarquía moderna supone una garantía

democrática muy

superior a la que pueda ofrecer cualquier presidente extraído de un núcleo

político parcial. De la misma

manera se trata ahora de que los ingenuos confundan la ´República* con una

´dictadura de partido´, y para

lograrlo la dictadura se enmascara con el rótulo de ´democracia popular». Tengo

fe, sin embargo, en que,

superado ese doble confusionismo, el buen sentido del pueblo español —que ya dio

excelente muestra de

si en el referéndum del 15 de diciembre— sabrá triunfar de unas incitaciones

propagandísticas cuya

algarabía está en contradicción permanente con la realidad más obvia.

De momento, para el que no esté ciego, es evidente que las garantías

democráticas que han permitido la

reaparición de los partidos y la apertura de un proceso electoral libre, de cara

a unas Cortes

Constituyentes, han sido obra de la Monarquía —resulta grotesco que algunas de

las famosas «pintadas*

que respalda el «P. C.» pidan la muerte de la ´Monarquía fascista». ¿Qué

entiende el «P.C. por Monarquía

fascista, cuando a ella se debe la legalización de la democracia y hasta la

impunidad de esos alardes

propagandísticos? Es evidente que el Gobierno del Rey ha logrado neutralizar a

los extremos: por

definición, la Monarquía no puede contundirse con ninguna parcialidad social o

política. Sólo resulta

incompatible —y bien se ha demostrado— con cualquier género de totalitarismos,

ya queden a la

izquierda o a la derecha.

La plataforma integradora está a punto. La convivencia efectiva, dentro de ella,

entre ios que un día se

enfrentaron con las armas, sólo será posible cuando unos y otros renuncien a una

pura y simple anulación

del adversario; cuando no vuelva a ser preciso —jamás— el trágico epitafio

ideado por Larra: "Aquí yace

media España. Murió de la otra media.»

Sólo entonces, cuando un auténtico espíritu de reconciliación triunfe sobre un

larvado revanchismo,

podremos empezar a edificar el futuro, en lugar de intentar reconstruir nuestro

peor pasado.

Carlos SECO SERRANO

 

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