Autor: Páez, Cristóbal. 
   De la izquierda necesaria     
 
 Arriba.    25/03/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

DE LA IZQUIERDA NECESARIA

CREO que la clase política establecida está fastuosamente cabreada a causa de la larga lista

de incompatibilidades ordenada por la ley electoral. A tal cabreo le hace el contrapunto en la

acera de enfrente un reprimido y opaco entusiasmo, titularizado por cuantos aspiran a los

escaños de las próximas Cortes. La citada normativa se ha propuesto vaciar el terreno de juego

electoral de caras conocidas, y a este respecto es probable que la oposición se sienta

interpretada y satisfecha, aunque por razones tácticas fácilmente comprensibles reprima su

alegría.

Está la oposición en su deber de poner todos los peros imaginables a la ley electoral. La

izquierda, que es un gato escaldado, no se fía en absoluto casi de nada que no haya hecho ella

misma. Hay que ponerse en su lugar para entender sus razones, que, por desgracia para el

país, son abundantes. De la izquierda se ha querido hacer, generalmente, cosas impensables;

pocas veces se la ha tratado como problema político, pues ha terminado por devenir en pura

cuestión de orden público.

La izquierda, por su parte, ha cometido errores de bulto. Sus planteamientos clasistas, su

afición a lo utópico y, en definitiva, su maximalismo le han enajenado la adhesión y la simpatía

de sectores importantes del país. Per ello, sería deseable que no cometiera en el presente las

mismas torpezas que cometió en el pasado.

Yo he vivido por los pelos, cronológicamente hablando, pero con bastante consciencia el

período de la anteguerra, puedo opinar con cierto conocimiento de causa. Entonces, los

miembros de la siempre zurradísima clase media baja no encontraban nada sencillo el camino

para enrrolarse en los grupos izquierdistas, por la intolerancia de éstos en materia religiosa y

de costumbres, por sus prédicas constantes en pos de la violencia como única forma de

transformar el orden social existente. Podrá argüirse que muchos hombres finos y notables por

su cultura, inteligencia y apacibles maneras, militaron en los partidos de izquierda; pero ya se

vio la rapidez y la contundencia con que fueron rebasados, y dejados en la cuneta, por los

energúmenos. Ni Besteiro, ni Sánchez-Albornoz, ni Madariaga, ni el mismo Prieto, tenían nada

que hacer en aquel contexto prerrevolucionarío que luego estallaría, porque el estallido era

inevitable, con la guerra civil. Tampoco Azaña ni Largo Caballero encontraron su sitio y fueron

víctimas de la Inmoderación reinante y de los manejos de la colonización soviética.

De lo que la Izquierda es capaz de hacer en este país, tan profundamente aburrido de una

derecha resistente al cambio an el ámbito de lo social, principalmente, acaba de probarlo la

aparición de Felipe González en un fugaz espacio televisivo. He escuchado opiniones mil de

gentes muy alejadas, cuando no beligerantes, del socialismo, y casi todas han sido favorables

al líder del PSOE (r), por sus maneras apacibles y su encanto y rigor en la exposición de las

ideas de su partido. No es que cierta clase de ciudadanos de este país pretenda, para sentirse

feliz y satisfecha, que los jefes políticos se expresen como los mantenedores de Juegos

Florales; no. Es que están apetentes de una clase política consciente, responsable y

moderada, que les garantice libertad y autoridad a una sola mano, porque ambos valores

andan ahora como disociados y los que prometen uno de ellos lo hacen casi siempre a costa

de que padezca el otro. La mayoría básica y currante de este país no desea una situación de

autoridad con merma de la libertad, ni un estado de libertad con menoscabo de la autoridad;

trata de que se le den las dos cosas juntas y en toda su prístina pureza.

Ahora, bien; si detrás de Felipe González, tan bienquisto ahora de la moderación, queda un

fondo de puños en alto, de afirmación clasista, de marxismo arcaizante, y ya fuera de lugar en

Europa, éso es otro tema. Tema que, naturalmente, no es baladí, y que nuestros socialistas

deberían estudiar a la luz de una luminosa y amarga experiencia histórica.

Cristóbal PAEZ

 

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