Autor: Díez del Corral, Francisco. 
   El realismo político, esa utopía     
 
 Diario 16.    05/04/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

El «realismo» político, esa utopía

Francisco Díez del Corral

Si el "izquierdismo" puro y duro parece siempre condenado a hacer de la revolución sólo un sueño y de la

política sólo una idea, el "realismo" pragmatizante y electorocrático parece también abocado -y así nos

luce el pelo- a terminar de facto, en la más ilusa de las quimeras. Si el primero puede obnubilar, el

segundo a menudo ciega. Porque, en su más radical expresión, a fuerza de pegarse al terreno y de

someterse a eso que se llama "exigencia de la realidad", puede efectivamente acabar por cegar el

horizonte en que se inscribe. Es decir, por irrealizar los objetivos que lo fundaban.

Así, la "negociación" pasa a convertirse en un fin en sí mismo, el fin mismo de la práctica política, con

independencia de ¿sus contenidos. Con oí inconveniente de que, en muchos casos, el negocio de la

negociación lo es sólo para el poder, mientras que para la oposición resulta una verdadera bancarrota. Es

curioso. Pues si la utopía, en cuanto elemento creador de una tensión ideológica disparada hacia el

cambio, forma ella misma parte de las "condiciones objetivas" que hacen éste posible, el "realismo", en

cuanto práctica y teoría desideologizada y pragmatizante, acaba haciendo imposible la aparición de esas

condiciones. Con lo cual resulta que la utopía -que no el "utopismo"- establece las condiciones para su

propia, supresión, mientras que, al contrario, el "realismo" -que no es igual que la flexibilidad- acaba

conduciendo a situaciones en las que el cambio resulta utópico.

Valor conservador

Por lo demás, el "realismo" ha venido siendo un valor básico de la visión pragmática del mundo, que es,

justamente, la visión conservadora. Como tal ha formado parte del arsenal ideológico con el que las clases

dominantes han asentado y asegurado su hegemonía sobre la "sociedad civil" y en su nombre se ha

justificado desde la tortura hasta los más vergonzantes y ruinosos compromisos. Aunque -en cierto

modo- esto sea ya otra historia.

El hecho es que en la partida de hoy, aquí y ahora se está jugando entre una oposición "realista" y un

Gobierno "reformista", el segundo gana todas las bazas y el primero no recibe ya ni cartas. La situación,

en efecto, es más bien inquietante. Después de meses y meses -pasados los dorados tiempos de aquella

famosa "ruptura democrática" de la que todos los partidos hablaban y nadie practicaba- de sumisiones y

facilidades in crescendo, resulta que, como fruto de ese "realismo" al que tanto se ha sacrificado, a sólo

dos meses de unas elecciones cuando menos dudosamente democráticas, los unos corren el riesgo de no

ser legalizados, y los otros, como premio a su buen comportamiento y a las entrañables patatas fritas

compartidas, se les sorprende con una competencia de siglas "históricas" que no entraba en sus cálculos y

que, muy probablemente, va a arrebatarles algo más de un puñado de los anhelados votos, Con el

agravante de que tal competencia parece más cerca del Poder que otra cosa.

La Izquierda debe aplaudir

Por si esto fuera poco, el "hábil negociador" se dispone a saludar desde el centro del ruedo electoral antes

de empezar la frena y llevarse de calle a la plaza, incluidos algunos tendidos de sol... Mientras tanto, la

comisión negociadora -dicho sea con todos los respetos personales y políticos que sus miembros

merecen- continúa negociando con rigurosa ineficacia. Para colmo del "realismo", se llega incluso a

afirmar -o a sugerir o apuntar, que para el caso es lo mismo- que Ja operación electoral de Suárez, de

llevarse a cabo, en cuanto contrapeso de la impopular Alianza, no debe ser impugnada ni protestada por la

izquierda, sino más bien aplaudida. Lo malo es que la alternativa de hecho que se esgrime para justificar

una posición tal, no es, en rigor, como se ha pretendido, entre una mayoría neofranguista y una mayoría

centrista, pero moderadamente democrática, sino, más bien, entre dos mayorías posfranquistas. Con

Suárcz a la cabeza, se trataría entóneos de dos formas de continuismo: el continuismo duro y sin ambages

y el mucho más sutil que el presidente Suárez podría presentar. ¿Acaso cree la izquierda democrática que

el presidente Suárez, con la mayoría electoral en la mano, iba a llevar a cabo la ruptura democrática? ¿Se

piensa acaso que esas futuras Cortes estarían dispuestas a modificar realmente -es decir, radicalmente-

el aparato institucional todavía en plaza y su consiguiente superestructura jurídica? Francamente, una

expectativa tal sí que parece verdadero utopismo. Por de pronto, ya está ahí, como una amenazadora

premonición, la ley antilibelo. Y aunque al "movimiento" se le hayan agradecido los servicios prestados

-¿por qué en el último instante, cuando ya no hay tiempo de llevar a cabo un desguace completo antes

de las elecciones?- es más que probable que todavía pueda seguir prestando valiosos servicios al

Gobierno... hasta después de elecciones.

Iniciativa perdida

Ea posible que, dentro de este sombrío panorama, al final se aclare un poco. Es posible -e incluso

probable- que el Gobierno acabe legalizando el PCE. En cualquier caso, perdida la iniciativa, sometida

y dividida, la oposición va a ir a las elecciones gravemente disminuida. Y ya no hay tiempo para revisar

actitudes y estrategias. Porque la elección no parece ser -como la estrategia realista pretende- entre ir a

los comicios o no ir, y no negociar. Sino entre negociar desde una posición de fuerza basada en una

plataforma electoral unida de toda la izquierda democrática -o al menos de las organizaciones de la

izquierda socialista y comunista-, aunque para ello hubiera que sacrificar inmediatos intereses

partidarios, o negociar sumisamente en condiciones de inferioridad colocando los Intereses coyunturales

de cada partido por encima de los intereses democráticos comunes y apostar por un futuro mejor. En

último caso, siempre cabe aquello de "en las municipales nos veremos". Y usted que lo vea.

¿Dónde está entonces el realismo y dónde el utopismo?

 

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