Autor: Aguilar Navarro, Mariano. 
   En busca de la identidad europea     
 
 Ya.    04/12/1977.  Página: 7-8. Páginas: 2. Párrafos: 9. 

EN BUSCA DE LA IDENTIDAD EUROPEA

Mariano Aguilar Navarro, catedrático de Derecho Internacional Privado y senador, considera en este

artículo dos recientes acuerdos internacionales: el suscrito entre España y Portugal y la entrada de nuestro

país en el Consejo de Europa. Con el primero iniciamos nuestra política de buena vecindad; con el

segundo nos encaminamos hacia la integración europea. Estas han de ser las vías de nuestra identidad.

ES obligado reconocer que la opinión pública española ha acogido con cierta indiferencia la

incorporación de España al Consejo de Europa. El hecho pueda ser grave y nos debe obligar a todos los

parlamentarios a ser conscientes de lo que esta escasa mentalización política puede suponer para el futuro

histórico de nuestra nación. Presidiendo, en mi condición de profesor de Derecho internacional, un

coloquio estudiantil sobre el pacto de la Moncloa, he podido verificar este diagnóstico, que es válido por

igual con relación a las fuerzas de derecha y de izquierda, con el posible agravante de que es en estas

últimas donde menos explicable resulta esa ausencia de intereses por encontrar cuál es la correcta relación

mundial de fuerzas sociales y políticas. No se trata, insisto, en el dato concreto de la valoración del

Consejo de Europa y en lo que puede significar la presencia de España (no sólo de su Gobierno, sino

especialmente de sus fuerzas sociales, políticas, económicas, sindicales, etc.) en los trabajos de sus muy

variados órganos. Lo relevante es esa ausencia de mentalidad internacional que sufre la misma clase

política y que hace pueril toda propuesta de democratización de nuestra política internacional y ridicula

toda solicitud de debates nacionales sobre nuestra incorporación en las Comunidades, nuestra toma de

posición respecto de la NATO, el bloqueo de no alineados, etc, Órganos de expresión de partidos

políticos de signo internacionalista se han limitado a unas lastimosas y provincianas crónicas sobre este

dato verdaderamente histórico,

LOS españoles tenemos que ser conscientes de que ahora más que nunca se vive dentro de un contexto

internacional, y que es en éste donde tendremos que hallar nuestra esfera de competencia y de libre

apreciación de nuestras dificultades y de las formas de superarlas. Una y otra vez, desde mis

intervenciones domésticas e internacionales en la significativa quincena con la que se terminaba el mes de

febrero de 1965 (en lo que De la Cierva ha calificado de la rebelión de los profesores), he insistido en la

necesidad de evaluar nuestra capacidad de "maniobra política" en función de la situación de las fuerzas

políticas en el gran escenario conflictivo de la política mundial. Buscando nuestra identidad política,

resulta obligado hacerlo en función de nuestras posibilidades de acción como Estado soberano (en su

orden) e independiente (en sus supremas decisiones de programación política y económica).

EN busca de "nuestra identidad" tenemos que pasar inexorablemente por nuestra actitud con relación a las

diversas esferas, que más o menos confusa y desordenadamente trazan el plano de la vida internacional en

su escala universal. Y si todo esto resulta correcto, lo primero que se impone es una clara toma de

posición con relación a la política de "vecindad internacional" y respecto de nuestra política de signo

regional, es decir, de cara a muy especificas comunidades internacionales particulares, de signo

marcadamente regional. De aquí se deduce la enorme importancia que tenemos que otorgar a dos

acuerdos internacionales, que casi coinciden en el tiempo y en la explicación histórico-política de su

misma negociación y feliz conclusión. Estoy aludiendo a la firma del acuerdo de amistad y de

cooperación ibérico y al acto de adhesión al Consejo de Europa. Con el primero iniciamos una empresa

de c1arificación de nuestra política bilateral de "buena vecindad" con los países fronterizas; con el

segundo nos encaminamos hacia una incorporación plena en el proceso inexcusable (aun cuando

mecánicamente no asegurado) de la integración política europea, al menos de la Europa democràtica y

parlamentarla.

Estas tienen que ser las "vías" cardinales de nuestra identificación como comunidad con poder de

autodeterminación o, lo que es igual a decir, en términos jurídicos, con capacidad de ser libre en sus

decisiones políticas, en sus decisiones de poder.

LA participación futura en las actividades del Consejo de Europa nos permitirán irnos progresivamente

adaptando a las exigencias de una vida crécientemente internacionalizada. Ha llegado el momento de ser

consecuentes y realistas. La denuncia de viejas actitudes retóricas puede ser una recaída retórica de no

venir acompañada de una total revisión de nuestras actitudes políticas, de no saber trascender de una

política de campanario para abordar las esferas de la auténtica política, que ha sido desde la constitución

de la sociedad de estados la que se realiza a escala internacional. La misma evolución democrática

doméstica pasa obligadamente por la democratización de las relaciones internacionales, empresa en la que

aún estamos en sus primeros balbuceos. Y es en esa linea de democratización de la vida internacional,

empezando por la sociedad política europea, por la que se orienta. con resultados desiguales, el Consejo

de Europa.

CUANDO se celebró el Pleno del Congreso sobre política exterior, los partidos de Izquierda insistieron

muy legítimamente en la inexcusable democratización de nuestra "acción exterior". Esto suponía admitir

el "control parlamentario" sobre la acción diplomática del ejecutivo. Un magnífico e imprescindible

proposito, que puede convertirse en un piadoso y lírico deseo de no fortalecer doctrinal y científicamente

la dimensión internacional de los programas politicos de las diversas familias ideológicas de nuestra aún

ambigua democracia. Si la burocracia, como correctamente han advertido los especialistas (incluso el

realista Kissinger, y, entre nosotros, García Enterria y yo mismo), es al mismo tiempo inevitable (por la

complejidad y tecnificación de la actividad estatal y de los mismos partidos) y peligrosa, lo es en mayor

grado por la sitúación de "hegemonía" en el acopio y empleo de datos, que se da en grado superlativo en

la acción diplomática. De no esforzarse los partidos y los mismos sindicatos en adquirir una aptitud para

los problemas internacionales, el deseado "control parlamentario" será una frase vacía de sentido en lo

que concierne a la política exterior e internacional.

SI he hablado de una búsqueda de la "identidad europea", lo he hecho para introducirme, con sentido

realista, en una obligada" reactualización de nuestra capacidad diplomática, que fue extraordinaria en el

apogeo de la Casa de Aragón, en la política del rey Fernando y que tuvo acaso sus últimos resplandores

en el reinado de Carlos III. Hoy se nos ofrece una coyuntura propicia, pues asistimos al declinar de la

política de las superpotencias (con la "aparición" de nuevas formas de poder internacional, como

adecuadamente ha dicho W. P. Bundy en un recentísimo artículo en la revista americana "Foreign

Affairs", octubre de 1977), lo que permite un cierto protagonismo a las medianas potencias y a las que,

por historia, cultura e incluso geografía, puedan actuar como elementos activos de "nuevas"

colectividades estatales (y éste puede ser nuestro supuesto si acertamos en determinados planteamientos

tercermundistas y logramos hacer de ellos una de las lineas de la cooperación política de los Estados de la

peninsula Ibérica).

QUISIERA, para concluir esta "introducción", aludir a la tridimensionalidad que caracteriza a la acción

del Consejo de Europa. Sólo para los intelectos simplistas, escasos de "circuitos neurológicos", puede ser

válida una caracterización del Consejo de Europa, centrada casi exclusivamente en la empresa de

protección de los derechos humanos. Para aquel que ha seguido mas o menos de cerca la trayectoria

del Consejo de Europa, la realidad es muy distinta. Seria suficiente leer tres textos del Consejo de Europa

para salir de ese peligroso simplismo. Me estoy refiriendo a la resolución 185 de la Asamblea (26 de

septiembre de 1960), a la resolución 74 adoptada por el Comité de Ministros del Consejo de Europa (24

de enero de 1974) y a la recomendación 821 de la Asamblea parlamentaria (1 de octubre de 1677).

En la primera se aborda el tema de la "relance du Consell"; en la segunda se delibera sobre "le róle

futur du Consell", y en la última se diagnostica "le mal européen". Es un tríptico adecuado para resaltar la

tridimensionalidad del Consejo de Europa. La enorme lección de "formación política" que podemos

sacar de una inteligente participación en los trabajos del Consejo es la de advertir que su acción

incide en tres esferas políticas: afecta a la misma forma de programar la política doméstica de cada

Estado miembro, incide decisivamente (o puede hacerlo) en la forma de entender las relaciones

"intraeuropeas" e, inevitablemente, puede suponer una manera imaginativa de recuperar el protagonismo

internacional esta Europa, en la que muy posiblemente su misma carga histórica y su debilitamiento

estrictamente material puede otorgarle una grandeza diplomática, antes velada y desnaturalizada por la

misma servidumbre que crea un exceso de poder. ¿En qué esferas especificas se proyecta esta

tridimensionalidad ? En próximas colaboraciones se irá paulatinamente esclareciendo este panorama,

aún ciertamente nublado por el desinterés del politico español por los grandes temas políticos, es decir,

por la auscultación de los tiempos.

M, AGUILAR NAVARRO

 

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