Régimen parlamentario     
 
 Diario 16.    12/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Régimen parlamentario

Con la aprobación por el Senado del proyecto de ley sobre control parlamentario se restablece en España

el principio de responsabilidad del Gobierno ante el Legislativo. Termina así el largo periodo de

omnipotencia del Ejecutivo que durante la dictadura era el único centro de poder. Los ministros no

respondían en su actuación política ni individual ni colectivamente salvo ante el dictador, que a su vez no

admitía ningún control jurídico o político. La arbitrariedad y la irresponsabilidad eran las únicas

categorías políticas del sistema.

El parlamentarismo al que ahora se vuelve es con diferentes matices el régimen usual de toda Europa

occidental y tiene.su origen en una concepción clásica de raigambre liberal: el poder político no se

concentra monopolísticamente en ningún punto del aparato del Estado, sino que se distribuye entre

diversas instituciones, Parlamento y Gobierno especialmente. Estos poderes, sin embargo, colaboran entre

sí y se equilibran en su sistema de frenos y contrapesos en virtud del cual los dos poderes se necesitan

mutuamente y ninguno puede prescindir del otro.

El proyecto que ahora se ha aprobado no puede decirse ni mucho menos que sea el mejor posible ni el

más adecuado. Sólo su carácter provisional hasta la aprobación de la ´ Constitución puede excusar las

imperfecciones técnicas, algunas de las cuales eran ineludibles por el pie forzado de la ley de Reforma

Política. La absoluta igualdad del ´Senado y del Congreso de Diputados para iniciar el proceso de ia

censura obliga al Gobierno a una especie de doble confianza que complica la vida política y la resta

agilidad. Las discrepancias de las Cámaras sobre la moción de censura obligan además a una atípica

sesión conjunta de ambas que echa por tierra los fundamentos mismos de un bicameralismo, ya de por sí

muy discutible.

Donde la nueva ley llega al colmo de lo inaceptable es en la regulación de la cuestión de confianza que se

concibe como un verdadero "trágala". El Parlamento se verá obligado a aceptar las imposiciones del

Gobierno o improvisar una estrategia de ataque por medio de una moción de censura. Al Parlamento se le

atribuye de hecho la "carga de la prueba" que en buena lógica debería corresponder al Gobierno que es el

que presenta "un proyecto de ley que incorpore las bases de su actuación programática en supuestos de

especial transcendencia para el país". Tras la retonca del párrafo anterioí, que pertenece a la nueva ley y

recucrda la literatura jurídica del franquismo, se esconde la posibilidad dada al Gobierno de intentar que

se acepten sus imposiciones prácticamente sin dar explicaciones. Ahí estaba, quizá, la vía a seguir sí los

acuerdos de la Moncloa no hubieran obtenido el consensus conocido. Aparte de otras consideraciones, el

Gobierno muestra con todo esto una escasa consideración por el Parlamento, que no solamente no es

instrumento en sus manos, sino la fuente de su poder y el punto de referencia obligado para controlar su

actuación.

Lo verdaderamente decisivo del régimen parlamentario no es que exista un Parlamento, .pues ni siquiera

los sistemas autoritarios prescinden de cámaras seudorrepresentativas y hasta más o menos "elegidas"

como era el caso de las viejas Cortes franquistas. Lo importante es que el Parlamento no sea un mero

adorno institucional, sino un órgano eficaz, dotado de poderes reales, expresión de la soberanía popular y

muy sensible a las corrientes y estados de ra opinión pública. Un Parlamento moderno tiene que acertar a

conciliar su carácter de órgano político con el rigor técnico y la eficiencia,

Nuestras Cortes -que, conviene no olvidarlo, son las primeras elegidas legítimamente por el pueblo

español en cuarenta anos - están muy lejos todavía del papel que les corresponde en un régimen

parlamentario. Dan una impresión de docilidad excesiva, con tos "nipos parlamentarios pendientes de las

consignas de los estados mayores de los partidos y con el grupo dd partido gubernamental desviviéndose

por complacer al Gobierno. Son muy pocos lox diputados y senadores que figuran, intervienen y opinan,

y demasiadas los disciplinados comparsas. En las Cortes no se percibe la variopinta complejidad del

panorama nacional y se parecen, más bien a un monótono paisaje sin accidentes. El Gobierno no está,

h.isi;i ¡inora, valorando a las Cortes ni siendo consciente de que sin ellas no es nada. No se trata de

reivindicar un régimen de convencí*» ni un tumultuoso sistema de asamblea, pero sí de reclamar para

nuestro máximo órgano representativo el lugar y las funciones que le corresponden en una democracia

que lo sea de veras.

 

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