Autor: Simón Tobalina, Juan Luis de. 
   Hacia la Europa de las regiones     
 
 Ya.    17/11/1977.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 5. 

HACIA LA EUROPA DE LAS REGIONES

EL Estado español se ve solicitado en estos momentos por dos fuerzas

aparentemente contradictorias, que son, en realidad, las dos caras de una misma

moneda o, más exactamente, las dos vertientes hacia las que se diversifican las

energías políticas, económicas y culturales del hombre europeo de nuestro

tiempo: la región, encarnada o no en una minoría étnica, y la comunidad

supranacional cristalizada en la CEE. Este doble fenómeno no ha sido comprendido

suficientemente. ¿Como volver ahora a la región cuando, dada la insuficiencia

del Estado nacional, tratamos de integrarnos en Europa?, me han preguntado

incluso personas que, en su especialidad científica, gozan de merecido

prestigio y cuya categoría intelectual es muy estimable. Procede esta

desorientación de no haber calado en la filosofía política del Estado-Nación.

Discuten los tratadistas sobre la hora en que esta forma de comunidad política

aparece en la historia. Pero indudablemente sus rasgos y caracteres

fundamentales quedan perfilados nítidamente en el Renacimiento como una feliz

superación de reinos, principados y ciudades libres medievales, acompañada de

una lamentable ruptura de la solidaridad que unió a los pueblos europeos en la

vieja cristiandad bajo la cobertura del Sacro Imperio.

HASTA la actual crisis de civilización, las naciones modernas configuradas

como círculos de vida social cerrados, han derrochado dinamismo en su empeño

de desconocer, en su interior, diferenciaciones étnicas, históricas o

culturales, mientras, en el exterior, lejos de abrirse a una cooperación

institucionalizada con otros estados nacionales, se han conformado con alianzas

efímeras realizadas con ánimo más de preparar la guerra que de asegurar la paz.

Desde la iniciación de la última postguerra mundial, las naciones europeas, bajo

el influjo de pensadores ilustres y de estadistas de amplia visión, han sido

sensibles, una vez comprobada la estrechez del marco nacional, a la exigencia

de unirse permanentemente en comunidades supranacionales capaces de acometer las

grandes empresas económicas y científicas exigibles en el actual nivel del curso

histórico.

Así ha nacido la CEE, comunidad política, más que meramente económica—pese a su

denominación—a la altura de nuestro tiempo. Pero al crear, para su gobierno,

nuevos centros de poder—sobre tarifas arancelarias, precios agrícolas,

reglamentaciones de industrias, organización de mercados, inmigración de

obreros, etc.— más alejados que el Estado de los ciudadanos, las familias,

las entidades locales, estos núcleos primarios de vida colectiva han sentido la

necesidad de convertirse en órganos decisorios de sus propios y específicos

asuntos.

Y al organizar los gobernantes, acuciados por los gobernados, círculos

territoriales más entrañables, más inmediatos, más próximos, ha recobrado su

vida entidad regional apoyada en sentimientos afectivos que si, durante

siglos, estuvieron adormecidos —nunca dormidos del todo y menos muertos—han

renurgido, al modo de "Guadianas" del mundo político y social, a la. superficie

decididos a no volver a su curso subterráneo. "He aquí la explicación de que los

países europeos, al mismo tiempo que la necesidad de unirse, sientan la de

reconocer en su seno personalidad a comunidades territoriales menores que

postulan "suidad" jurídica, vida diferenciada y autogobierno.

EL fenómeno aludido es perceptible, con variedad de matices, en todos los países

de la Europa comunitaria. La República Federal Alemana, como su propio nombre

implica, está organizada en un fértil federalismo muy de acuerdo con su historia

y sus peculiaridades étnicas, geográficas e incluso religiosas. Gran Bretaña

vive el problema de la "devolución de poderes" a Escocia y Gales.

En Bélgica el drama lingüístico ha originado la diferenciación de comunidades

dentro del Estado-Nación. Italia está ya organizada en regiones, si bien las

dificultades de su puesta en marcha no han terminado del todo. Singular es el

caso de Francia. Giscard d´Estaing ha rectificado ligeramente su convicción

regionalista al plantear el problema de la posible incompatibilidad entre región

y departamento (circunscripción análoga a nuestra provincia, aunque de más

reducida dimensión media) y, por tanto, la necesidad de elegir entre una y otra

división del territorio nacional.

El Presidente francés estima excesiva la coexistencia de cinco círculos

geográficos cuya asamblea u órgano legislativo deba elegirse por sufragio

universal: municipio, departamento, región, Estado y Comunidad Económica Europea

(cuyo Parlamento será elegido desde mayo-junio de 1978 por sufragio universal

directo).

Son demasiadas convocatorias a un mismo cuerpo electoral, piensa razonablemente

el ilustre estadista. Pero la región sigue llamando a la puerta y es inútil

intentar desconocerla.

EL problema regional europeo tiene otras perspectivas muy hondas que no podemos

desconocer cuando se discute en los organismos comunitarios de Bruselas la fecha

y características del proceso transitorio previo de nuestra adhesión, como

miembros de pleno derecho, a la Comunidad. Me refiero a las ayudas acordadas

por la comisión europea a las regiones del territorio de "los nueve" más

necesitados mediante el otorgamiento de créditos—Banco Europeo de In-

versiones, créditos CECA—y de subvenciones—Fondo Agrícola, Fondo Social, Ayudas

CECA y Fondo Regional—y a través de la reunión regular del comité de política

regional de la Comunidad. La importancia de esas ayudas no ha sido

suficiente para resolver el problema del desequilibrio regional dentro de la

perspectiva política global y, por añadidura, surgen continuamente nuevos

desequilibrios entre sus ciento doce regiones hasta ahora existentes. Cuando se

unan a ellas las de España, Portugal y Grecia las dificultades se multiplicarán.

Piénsese que las diferencias de nivel de vida entre las regiones más ricas y

las más pobres de la Comunidad varían, más o menos, en proporción de uno a

cinco. Por ejemplo, el parisiense, el bruselense o el luxemburgués es cinco

veces más rico que el calabrés o el irlandés de Danegal.

El aumento del Fondo Regional que se calcula debería proporcionar para 1978 la

cuantía de 800 millones de dólares, no sería, sin embargo, suficiente para

llenar las aspiraciones de una estrategia completa de política regional

comunitaria. Pero debemos exigir una aproximación a la resolución perfecta de

los problemas. Para ello está la imaginación de los estadistas y el esfuerzo

científico de los técnicos. Lo que a nosotros, españoles, nos interesa ahora es

evitar la falsa Solución que sería dividir la Comunidad, al ingresar en ella los

tres nuevos países candidatos, en esas "dos velocidades" de que se ha hablado:

la de los "nueve" y la de los tres pobres que llegaron los últimos. Será

inevitable que cada país desempeñe en el marco comunitario su propio papel en

relación con sus posibilidades, pero a condición—como ha dicho Giolitti—de

procurar la convergencia de todos los caminos hacia el objetivo común de una

Comunidad en la que ]os desequilibrios vayan desapareciendo progresiva-

mente.

Una Comunidad es siempre una exigencia ética de sacrificio de los privilegiados

en favor de los más débiles y necesitados.

Juan Luís DE SIMÓN TOBALINA

 

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