Autor: Perpiñá Rodríguez, Antonio. 
   Democracia, socialismo, comunismo     
 
 Ya.    15/12/1977.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 9. 

Democracia, socialismo, comunismo

Nuestro colaborador A. P e r p i ñ á Rodríguez analiza en cute artículo las alternativas que se le proponen

al pueblo español, de cara a la democracia, por parte del socialismo y del comunismo y las interrogantes

que ambas ideologías plantean. El anterior artículo —antecedente de éste— se publicó en YA el 27 de

octubre.

DEMOCRACIA, "la palabra soberana y universal que todos loa partidos invocan, de que todos tratan de

apropiarse como de un talismán". Puea, no. No es una descripción del actual momento español, sino una

frase que en 1894 escribió el político francés Guizot con motivo de la Segunda República francesa

(aunque esa situación no impidiera que tre?. anua después Napoleón III asumiera el poder absoluto). Pero

no es de la democracia en si ni de sus vicisitudes pasadas y futuras de lo que queremos hablar, ahora, sino

de sus conexiones con el socialismo y el comunismo que resultan un poco ambiguas y sospechosas, ya

que ni la conducta de nuestros líderes ea claramente democrática (¿lo es el Pacto de la Moncloa, el

personalismo de los partidos, la total falta de protagonismo de laa Cortes?J, ni nuestros socialistas y

comunistas son muy explícitos sobre cuales son sus propósitos. Téngase en cuenta, qu« el PSOE. *\ PSP

y el PCE, como grupos "gubern a men tables", se han declarado marxistas y, digas* lo que se quiera, no

está nada claro que Marx fuera demócrata. En defecto da Información "oficial", buscaremos nosotros

alguna luz orientadora.

La cual debe encenderse recurriendo a la historia, en defecto de indicadores fidedignos del presente.

Prescindiendo de antecedentes más remotos, la situación quedó claramente perfilada tras la primera

guerra mundial. A un lado, el comunismo, triunfante en Rusia y aceptado por los partidos que se fueron

formando bajo su patronato; a otro lado, el socialismo, que era la continuación del tradicional. Allí la III

Internacional, aquí la II Internacional. Loa bolcheviques (todavía se llamaban asi) eran claramente

antidemocráticos, pues veían en las formas democráticas una institución burguesa absoluta rechazable.

Los famosos veintiún puntos de Moscú, que se imponían para entrar en la III Internacional comunista,

eran bien explícitos: marxismo revolucionario, violencia, lucha de clases, ninguna colaboración con loa

partidos burgueses, dictadura de¡ proletariado, colectivización total y dirección espiritual y de hecho de

Moscú. Los partidos socialistas (algunos de los cuales se habían llamado "socialdemócratas", como el

alemán y el ruso de Lenin) entraron, por el contrario, en el juego de la política democrática. Aunque

verbalmente siguieron bajo el signo marxista, la verdad es que su conducta fue absolutamente correcta

desde el punto de vista de ]a democracia pluralista burguesa: colaboración con todos los partidos,

aceptación de los principios demoliberales y, lo que es más decisivo, dimisión voluntaria, en su caso. Mac

Donald, en Inglaterra; Müller, en Alemania; León Blum, en Francia; son oí ejemplo de ello. Añádase el

caso de los social-demócratas suecos que vinieron gobernando desde los años treinta y tantos a través de

la "vía sueca" (socialismo sin colectivizar la producción, sino más bien el consumo mediant* tos

impuestos) y el más aparatoso del laborismo de Clement Attlee, que cedió cortesmente el poder a lo¡¡

conservadores triunfantes, dejando a la buena voluntad de éstos el destino de Ia.s nacionalizaciones ya

realizadas (y, por cierto, que los conservadores supieron corresponder con un "fair play" muy británico).

Quizá la excepción más acuaada dentro de esa corriente fuera la del Partido Socialista Obrero Español

que no se europeizó bajo la dilección de Pablo Iglesias y Largo Caballero, El primero se decidió contra la

III Internacional más por rechazar el mando de Moscú que por condenar el programa marxista; el segundo

fue llamado el "Lenin español".

EL panorama fue bien claro ha^ta los años treinta en que empezó el viraje comunista d*1 la política de

"mano tendida" (no de ´´puño cerrado") y de los frentes populares; pero aún la posición de ambas

corrientes era clara: los socialistas por (a democracia, los comunistas contra eila. En estas circunstancias

el elector español de la II República podía tener una visión relativamente clara de las cosas: votar por los

comunistas era apuñalar la joven democracia, hacerlo por loa socialistas "podía" ser democráticante

correcto. Incluso en 1933 dimitió el Gobierno de que ellos formaban parte. SI bien la revolución de

octubre de 1934 demostró lo endeble de la« buenas intenciones democráticas de los seguidores de Largo

Caballero. Ese alzamiento y laa incendiarias frases de propaganda ulteriores fueron «na dt las dos

importantes causas dfl la guerra civil de 1936 (la otra fue la incomprensión y egoísmo de las derechas). Al

término de la segunda guerra mundial la situación internacional cambió poco. Es cierto que se suavizó

alg*o la intransigencia comunista; pero el distanclamiento de la actitud socialista no se acortó,´desde el

instant* en que los partidos de esa denominación también acentuaron su "aburguesamiento democrático"

a partir de 1951. A destacar la renuncia expresay

A. PEEPIÑA RODRÍGUEZ

(Continúa en pá«. sigte.)

(Viene de la pág. anterior)

formal de las tesis marxis t aa llevada a cabo por ¡a social-democracia alemana en Bab Godesberg. ¿ Y en

España? La conducta de socialistas y comunistas durante el régimen de Franco no es significativa. Els

muy distinto vivir en el exilio o en la clandestinidad que estar, como ahora, quizás a punto de ocupar

democráticamente el poder. L/a nueva democracia española es el clima sociopsicológico en que debemos

encuadrar nuestros partU floe. ¿Y qué podemos afirmar fcon probabilidades de no equivocarnos ?

EN principio, el PSOE de Felipe González merece la confianza democrática tanto por las declaraciones

de aus dirigentes (no por las de sus juventudes) corno por el Indiscutible aburguesamiento de la elle ntela

socialista—naturalmente, en mayor grado de sua jefes—, como consecuencia de la gran elevación del

nivel de vida. Eso, y el ambiente político espiritual de todo el país, permiten confiar que ese socialismo si

se ha "renovado". A pesar de la constante referencia a Pablo Iglesias y a Largo Caballero, de las banderas

rojas y el puño cerrado y otros síntomas, podemos creer en su democratismo. Incluso hay poderes fácticos

que impedirían otro octubre de 1934. Pero la posición de] PCE y su comparación con el socialismo

resultan ahora más oscurecidas desde el momento en que «us vor ceros se han lanzado a declamar

enfáticamente el canto a la democracia como preciado "talismán" y, sobre todo, al acuñar la fórmula del

eurocomúnlamo. Mirando a otras zonas, diremos que el PSP no ea un partido de masas, con programa

incierto y que casi sólo cuenta con el prestigio personal de su director espiritual. En cuanto a los llamados

"socialdemócratas", grupo aún más minoritario que el anterior, la verdad es que tienen de "sociales" lo

que durante la III República francesa tenía de "socialista" el Partido Radical Socialista. Son el "tercer"

partido burgués, tras los conservadores y liberales. Y expuestas asi las cosas, intentaremos reBumir la

actitud que cabe adoptar en el presente momento español en punto a las relaciones de las tres grandes

cuestiones mencionadas en la rúbrica de este artículo:´

1." Con convicción o sin ella, la conciencia colectiva española se inclina por la democracia. No como

"palabra soberana y universal", pero si como única vía posible para poner en marcha el tren político

español. Casi por imposibilidad de hallar otra más satisfactoria. Nos parece perfectamente aplicable a

nuestro pala la fina Ironia de Churchill: "La democracia es la peor forma de gobierno..., después de todas

las demás."

2.° ¿Democracia socialista? Eso nos parece prometer el PSOE, con clara coexistencia pacifica de ambas

Ideologías. Lo único que pasa ea que aún no sabemos qué formulas prácticas se aplicarán si triunfa esa

opción. Se rehuye hablar de colectivismo o de nacionalizaciones por el desprestigio en que han caído tras

el fracaso del laborismo inglés y el mal ejemplo totalitario de la URSS. Mirando al mayo parisino de

1968, se pronuncia en voz baja la palabra autogestión. ¿Se preferirá esta minidemocracia a la gran

democracia socializante estatal? No lo sabemos y, por lo mismo, tenemos derecho a exigir que se nos

diga. 3." ¿ Democracia comunista? Ese es el gran enigma. Comprendemos las protestas de Santiago

Carrillo por que ae crea en la sinceridad de BU eurocomunismo; pero la historia (magistra vita*) nos

autoriza a no concederle sin más el beneficio de la duda. El día en que veamos dimitir a un Gobierno

eurocomunista, sometiéndose a las reglas del juego democrático, como Blum o Attlee, creeremos en el

democratismo que se nos promete.

4." Queda un interrogante más. Democracia, por un lado, y" socialismo o comunisnlo, por otro, pueden

coexistir, pero sobre un supuesto fundamenta!. La democracia es una forma de constituir gobierno y

tomar decisiones, el .socialismo es un cierto contenido de esas decisiones gubernamentales. Aquella

coexistencia se basa en el supuesto de´ que la mayoría se pronuncie democráticamente por el socialismo.

¿Y qué hacer si no es asi ? ¿ Predominará el impulso democrático, renunciando al ideal socialista, o se

preferirá el logro de éste, rompiendo con la democracia? He aquí la gran alternativa que puede plantearse

a las buenas voluntades de muchos españoles. Queda la salida del comunismo reformista (como los

ahogados por la URSS en Hungría y Checoslovaquia), no muy democrático,, pero sí de "rostro humano";

mas de esto no hablamos aquí.

A. PERPIÑA RODRÍGUEZ

Miembro de número de la

Real Academia de Ciencias

Morales y Políticas

 

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