Autor: Coronel de Palma, Luis. 
   "Una política económica para el futuro inmediato"  :   
 Conferencia pronunciada por DON LUIS CORONEL DE PALMA, director general de la Confederación de Cajas de Ahorros, en el Club "Siglo XXI". 
    Páginas: 8. Párrafos: 95. 

"UNA POLÍTICA ECONÓMICA PARA EL FUTURO INMEDIATO"

• Conferencia pronunciada por DON LUIS CORONEL DE PALMA, director general de la

Confederación de Cajas de Ahorros, en el Club "Siglo XXI"

INTRODUCCIÓN

Todo discurso sobre-cuestiones económicas en los tiempos que vivimos debe tener un comienzo

obligado: el de reconocer que la Economía no es el tema del momento ni es un tema popular.

No es el tema del momento porque la atención de la sociedad española está monopolizada por el

escenario político. Es en ese marco en el que hoy se desarrollan Jas cuestiones que prioritariamente

importan a los españoles: la definición de los cauces de,la representación política, el hallazgo de los

criterios que deben inspirar la ley electoral, la formación de las agrupaciones de partidos de cara al

momento—históricamente decisivo— de las próximas elecciones. La simple enunciación de esos grandes

temas políticos que describen la peculiaridad y los rasgos de un sistema de convivencia, basta para

comprender que el viejo lema "Politique d´abord" conviene plenamente a la hora que hoy marca el tiempo

de España. Esa hora parece atribuir un puesto subordinado y secundario a la economía que debe

proclamarse por quien pretenda examinar sus problemas.

La economía no sólo no es el tema prioritario del momento. Hay que reconocer, además, que no es un

tema popular. Y no lo "es porque quien de ella se ocupe no puede ser emisario de buenas huevas sino de

enojosas dificultades. Desde hace tres años oímos repetir todos los días que la economía española atra-

viesa, una situación de crisis. Y por desgracia de la crisis económica abierta a comienzos de 1974 ño sólo

hablamos y oímos hablar. Con los problemas de la crisis vivimos también. Viven las empresas agobiadas

por las dificultades del crédito, por el endurecimiento de los mercados y por los preocupantes números

cada vez más rojos de sus cuentas de explotación. Viven los trabajadores con dificultades crecientes para

encontrar y mantener su empleo y para sostener las horas extraordinarias con las que acrecer sus

retribuciones y alentar la urgencia y la ilusión de Su consumo y el remedio de sus necesidades. Viven los

inversores irritados por la pérdida de sus activos ante la espectacular e irresistible caída de la Bolsa de

valores. Viven, en fin, los consumidores cuyos presupuestos ven ahogada su capacidad adquisitiva ante la

ola incontenible de los precios.

Esa suma de preocupantes experiencias diarias, de los intérpretes de la vida económica hace de la

economía un problema que complica las prioritarias decisiones de la política. La economía se configura

así, en esta hora política que vivimos, como un tema inoportuno e incómodo. Un tema cuyas urgencias

parece preciso aplacar para que la sociedad resuelva, sin; apremios económicos, los trascendentales

problemas políticos que tiene planteados.

De este extendido . planteamiento se sigue la inoportunidad y la impopularidad del tratamiento del

problema económico español.

No puede, en consecuencia, extrañaros que la proclamación. de esta circunstancia constituya el obligado

comienzo de mis palabras. Porque es de ese tema inoportuno e impopular ,de la economía del que

pretendo ocuparme contando con vuestra paciente tolerancia.

Comprenderéis que por partir de este planteamiento me haya preguntado, antes de acudir a este

comprometido encuentro, si no estaría justificado él aplazamiento y el silencio sobre, los temas

económicos en aras de ofrecer mi tiempo y sacrificar mis palabras a quienes pudieran sustituirlos por las

apremiantes reflexiones dedicadas a los decisivos problemas políticos del momento.

Si he optado —pese a todo--por esa comparecencia personal, es por pensar qué existen motivos que

justifican ocuparse de la inoportuna e impopular situación económica española.

Y es por el recuento de esos motivos por el que desearía iniciar mi conferencia de esta tarde.

Se ha afirmado anteriormente que el problema político de la sociedad española ocupa y ocupa con

razón— el lugar prioritario en la atención de todos los grupos sociales y en el deseo de todos, los

ciudadanos. Construir un orden político abierto al cambio, asentado en el reconocimiento pleno de las

libertades democráticas, que incorpore en sus mecanismos dé representación política todas las fuerzas

sociales y que consolide la Monarquía española es un objetivo en el que hoy convienen con abrumadora

mayoría los españoles de nuestro tiempo.

Es en la construcción de ese nuevo orden político en el que la economía debe desempeñar su papel. Uno

de los más destacados economistas de nuestro tiempo, John Maynard Keynes, afirmó en una ocasión que

ningún, sistema político puede ser perdurable ni ningún orden político puede considerarse estable si no

cuenta con las bases económicas que le conceden futuro y continuidad. No es posible que el orden

político de una sociedad se afirme y garantice la paz civil necesaria si no incorpora, como parte

fundamental de su contenido, la construcción de un sistema económico que permita utilizar los recursos

escasos de los que la sociedad dispone, abriendo las tareas de la producción a las jóvenes generaciones,

ofreciéndoles la oportunidad de una ocupación productiva, si no consigue eliminar los despilfarres en la

utilización de los recursos productivos con los que cuenta, si no define un marco en el que se eliminen las

grandes diferencias de riqueza y de renta, dando así fundamento a la justicia, si no procura, en fin, que la

sociedad aproveche plenamente sus oportunidades de progreso y bienestar.

Por todo ello no creo qué el planteamiento y la Solución de los problemas económicos de España pueda

silenciarse, ni eliminarse en el decisivo momento que hoy vivimos. Antes al contrario, esos problemas

económicos deben conocerse y valorarse en todas sus dimensiones para que su presencia pendiente no

destruya o no consienta levantar los fundamentos del orden político que debe construirse con esfuerzo y

sacrificio por todos los españoles.

Afirmar la necesidad de esta tarea no supone negar su dificultad. Esa dificultad existe y es precisamente

el reconocimiento abierto de la categoría y la clase de los problemas económicos con los que nos

enfrentamos el principio" por el que debemos comenzar.

"La economía no sólo no es el tema prioritario del momento. Hay que reconocer, además, que no es un

tema popular. Y no lo es porque quien de ella se ocupe no puede ser emisario de buenas nuevas sino de

eno josas dificultades"

2 UN BALANCE DE LA

SITUACIÓN ECONÓMICA

ESPAÑOLA

Ante todo están los hechos. Un balance que parta de los datos más recientes de la economía española

ofrece como primera impresión de sus cifras productivas la de una economía que se recupera de su más

profunda crisis experimentada desde 1959. Aún con las dudas y vacilaciones que la producción industrial

ha experimentado a lo largo de 1976, resulta claro que las tasas de crecimiento apuntan progresivamente

hacia una recuperación.

Si el tiempo se detiene donde todos los datos estadísticos llegan hoy, nos encontramos que el índice de

producción industrial crecía en octubre un 5,4% por encima de sus valores del mes anterior y un 14%, en

números redondos respecto a octubre del 75. Es muy posible que los Hechos que la estadística no puede

contar aún, aunque hayan sucedido hace tiempo, nos muestren dentro de algunos meses un nuevo

crecimiento del índice. Frente a éste dato que constituye el activo del balance del 76,

se hallan sus tres grandes pasivos que pesan sobre el ejercicio actual y que amenazan con frenar la clara

marcha ascendente a la que apunta la producción. Esos tres pasivos son tan desgraciadamente familiares

que resulta fastidioso repetirlos:

• La inflación de dos dígitos en la que hemos entrado hace ya tiempo y que en el año 76 se ha quedado

a 23 centésimas en el coste de vida de que la cifra inicial fuese el 2.

• El desequilibrio de la balanza de pagos, frontera en la que la economía española ha alcanzado una

cifra "récord", superior a los 4.000 millones de dólares, y

• El aumento del paro, con cifras reveladoras de que sus valores y síntomas actuales que no pueden

ser consecuencia tan sólo de una débil coyuntura, sino que traducen, también en gran medida, quizás

en mayor medida— debilidades y defectos de la estructura productiva española. Dicho en otros términos,

España ha entrado en 1976 en una fase con, paro estructural. Un problema y un pasivo diferentes del

paro coyuntural que pueda registrarse.

Esos tres pasivos que comprometen la recuperación de la economía es preciso conocerlos en sus matices,

pues sólo así podrán valorarse debidamente sus consecuencias. . .

Tres notas diferentes cabe percibir en el proceso inflacionista vivido por la economía española en el

pasado año y qué ha heredado el actual.

La primera es la aceleración del coste de vida, con la que 1977 arranca. El coste de la vida en 1976

asciende ininterrumpidamente hasta el mes de mayo, en el que el índice alcanza su techo mensual

histórico de 4,58 puntos, para descender después hasta septiembre, pero el crecimiento vuelve de nuevo a

intensificarse en el último trimestre. El mes, de enero del 77 recibe, pues, una inflación abierta y

aceleradada de difícil dominio y control.

La segunda característica de nuestra inflación se obtiene cuando se la compara> con la vivida desde el

comienzo de la crisis energética^ por los países del área en la que debe considerarse. En efecto, frente al

comportamiento de los países de la OCDE España ha sido, una vez más, diferente. Podría afirmarse que

crecientemente diferente. El punto de arranque muestra comportamientos simétricos: nuestra economía,

partiendo en 1973 de un ritmo superior de crecimiento de precios situado 3 puntos por encima de los

"precios internacionales", mantiene estas diferencias durante el año 1974, pese a la crisis energética, pues

como es bien sabido, las autoridades españolas decidieron demorar la traslación sobre los precios internos

de los mayores costes de la energía. En 1975 esta política española de demora y compensación de la crisis

se hizo imposible, lo que motivó el salto de los precios de consumo que y alcanzan un ritmo intenso de

crecimiento durante los tres primeros meses de 1975. A partir del mes- de abril las medidas

estabilizadores frenan el desbordante ritmo inicial de la inflación y el año termina con crecimientos de

precios más reducidos. Sin embargo, considerado el año en su totalidad, el incrementó medio de los

precios de ´- consumo eleva su tasa desde los 3 puntos que la separaban de la OCDE en 1974 a 4 puntos.

"Tres,grandes pasivos que pesan sobre el ejercicio actual y que amenazan con frenar la clara marcha

ascendente a la que apunta la producción: la inflación, el desequilibrio de la balanza de pagos y el

aumento de paro"

Se perfilaba así una separación entre precios españoles y "precios internacionales" que se consolida y

afirma con la gran inflación de la primera mitad de 1976 que, pese a la mayor calma del índice en la

segunda parte del 76, daría para el total del año un crecimiento medio sobre la media de 1975 del

17,5%, que/sitúa 7 puntos por encima el ritmo de crecimiento de los precios de consumo españoles, de los

precios de la OCDE.

Es esa clara divergencia la que añade una nota de gravedad a nuestra situación al mostrarnos la peligrosa

singularidad en que se sitúa la inflación española considerada en un marco internacional.

La tercera característica de la inflación española deriva de su propio éxito y consiste en el tuerte

arraigo -del alza de precios en las expectivas de los distintos intérpretes de la vida económica. Cabe

poca duda, contempladas las posiciones y actitudes de consumidores, trabajadores y empresarios, de

que las expectativas de alza de precios se han intensificado.

Estas tres características macizan las propiedades de la inflación española y la conceden una prioridad

difícilmente discutible entre los problemas económicos actuales.

El segundo de los pasivos que ofrece el balance de la economía en el momento actual se halla en el déficit

de la balanza de pagos por cuenta de renta. Un pasivo en el que el desarrollo económico de España se ha

tropezado con frecuencia en el pasado. Si con la vista atrás se contempla la experiencia disponible del

cambio económico registrado en España en la última década, pocos sucesos testimonian presencia tan

reiterada como la persistente incompatibilidad entre un intenso crecimiento y una situación de equilibrio

en la balanza de pagos. Hay entre estos dos acontecimientos una clara incompatibilidad que parecía

obedecer a un extraño arbitraje de la norma del 7% y que se formulaba afirmando que si el PNB crecía

más allá de este límite, se generaba un déficit de la balanza corriente que no podía financiarse y que, en

consecuencia, limitaba el proceso de expansión económica. Los tres años que llevamos viviendo bajo el

dominio de 1a crisis energética han acortado esta frontera de la tasa posible de desarrollo de la economía,

o bien alternativamente si se quiere: han agudizado el problema del desequilibrio exterior. Los datos de

1976 son reveladores: ha bastado un crecimiento del 2% del PIB para que el déficit de la balanza

corriente se haya ido por encima de los 4.000 millones de dólares. En otros términos: un crecimiento del

2% del PIB ha provocado un déficit corriente de la balanza de pagos del 4% del PIB. De dos formas

diferentes puede expresarse esta nueva relación: la tasa de desarrollo que compra un déficit de la balanza

de pagos es muy reducida o bien una tasa ambiciosa y mayor de desarrollo tiene que contar con una

financiación exterior que haga viable el mayor esfuerzo que la balanza de pagos debe aportar. Es este

arbitraje más difícil entre progreso económico y balanza de pagos un hecho nuevo y un problema

pendiente que nuestra economía ha heredado y acumulado sin resolver desde el comienzo de la crisis

energética.

Él tercer pasivo del balance tiene también cifras. Quizás demasiadas y no demasiado buenas porque el

paro se aprecia en España por tres mediciones diferentes: el paro registrado, el estimado y el resultante dé

la encuesta de población activa. Esas cifras nos dicen que el paró es ya importante —un 5% de la

población activa del país— y que el paro es creciente: ha ido aumentando a mes. Pero esas cifras totales

no lo dicen todo. Sir William Beveridge afirmó en una ocasión con dramatismo y verdad "que las

estadísticas de paro no son unas estadísticas más: expresan la tragedia "de seres humanos —de hombres y

de mujeres— cuyas vidas se desperdician en la inutilidad en la desesperación y en la impotencia". Ese

mal económico, ausente de nuestro pasado reciente, ha comparecido con todo el peso de su carga humana

y social en el presente y lo ha hecho además de en la magnitud que se ha indicado con unas desigualdades

que hacen más "preocupante esa indeseable presencia.

"EI factor desencadenante de la crisis que vivimos se halla en la variación formidable de los precios

relativos que habría de ser una consecuencia directa de los acontecimientos económicos preparados desde

tiempos atrás, pero que hicieron su irrupción en la economía en 1973-74"

Desigualdades geográficas, que gravitan hacia la mitad sur de España, por debajo de la línea Cáceres,

Toledo, Murcia. Desigualdades por edad: es la población joven a la que más afecta, poniendo una barrera

a su incorporación a las tareas productivas. Desigualdades, en fin, por sexo: es la población femenina la

que con más número paga ese obligado distanciamiento de la ocupación. Esas y otras características

tienden a mostrar al problema del paro bajo una óptica distinta de la que se contempla convencionalmente

al considerarle como un fenómeno pasajero y doloroso pero asociado a la recesión económica que

vivimos. El hecho de que el paro presente características relacionadas con la estructura económica del

país, con la estructura de la población por edades, con la estructura de la población por sexos, revela que

existen causas y males más profundos que la simple baja coyuntural, en los que arraiga su existencia.

Males que derivan de nuestras formas de producción y del dinamismo de la oferta de trabajo.

Cerremos aquí el rápido repaso del balance de nuestra economía. Los hechos que el mismo refleja son

rotundos:

Un activo constituido por la recuperación de las cifras productivas. Es claro que la economía española va

recuperando su tono, vital tras haber vivido su fase de recesión más aguda.

Esa recuperación productiva se halla comprometida —gravemente comprometida, me atrevería a

añadir— por los tres pasivos sumados en el balance: la inflación acelerada, diferente y arraigada en las

expectativas de todos los grupos sociales, el agudo déficit de la balanza corriente para comprar tan poco

desarrollo cómo el conseguido, el paro, en fin, en cifras y en forma que distancian su comportamiento y

características de una desocupación pasajera asociada a la recesión del momento.

Hasta aquí los hechos. Tratemos ahora de interpretarlos.

LA INTERPRETACIÓN

DE LOS RESULTADOS

DE UN BALANCE

Esos tres pasivos del balance de la economía definen, con las matizaciónes expuestas, la crisis

que hoy padecemos. Pero esos tres pasivos son, como todo resultado, síntomas y no causas, efectos y no

origen de la crisis actual.

Si apoyándonos en ellos bajamos hasta sus raices, comprobaremos que éstas tienen un triple componente.

En primer lugar, una estructura productiva con problemas no resueltos en el pasado que la crisis

económica ha agudizado y traducido en precios mayores, desequilibrio exterior más agudo, paro más

acusado. En segundo término, esos resultados tienen también un indiscutible componente externo: la

elevación internacional de los precios de los crudos y las materias primas y, en tercer lugar un

componente interno y sicológico: el profundo convencimiento de la población española en la inflación y

la traducción inmediata de ese convencimiento en peticiones de mayores rentas y en otras actuaciones

defensivas con las que cada grupo social trata de mantener y acrecer su participación relativa en la

producción total.

Consideramos con mayor detenimiento este triple fundamento del que arrancan los hechos externos de la

crisis.

Es evidente que el alza de precios, el déficit exterior y el paro creciente que hoy se regístran, son en parte

consecuencia de una estructura productiva que España fue forjando durante su pasada etapa de desarrollo

económico. España creció en los 60 y en los comienzos de la década que Vivimos con especial intensidad

y este crecimiento singular, favorecido por factores internacionales de importancia induscutible, tendió a

ocultar algunos problemas que la estructura productiva creada en esos años iba planteando sin que se

resolviesen por la política económica. Es evidente que entre esos defectos ,estaba la debilidad exterior de

nuestra producción que se recogía en el déficit espectacular y creciente de la balanza comercial, figuraban

también los defectos de la red de comercialización del país, el insuficiente desarrollo de la agricultura y

de los servicios públicos que habrían de acusar sus consecuencias sobre el alza de precios. Se percibía,

asimismo, un desequilibrio regional que repartía con injusta desigualdad los frutos del progreso y la

demanda final crecía en aquellos sectores en los que menos oportunidades existían para crear nuevos

puestos de trabajo, mientras que, por otra parte, las técnicas productivas utilizadas demandaban

intensivamente capital, lo que también frenaba la creación del empleo. En suma, esa estructura productiva

del pasado desarrollo propendía a llevar a nuestra economía hacia el desequilibrio externo, a provocar

alzas de precios y a alimentar una demanda de empleo insuficiente para atender a la oferta de la creciente

población activa que cada año pedía nuevas oportunidades en el mercado de trabajo.

Todos estos defectos fueron agudizados por la crisis energética y de materias primas. Puede incluso

afirmarse que la crisis fue el catalizador qué precipitó la explosión de defectos antiguos y ocultos de

nuestras estructuras productivas. Un precipitado que respondía fundamentalmente a un triple signo:

inflación, déficit exterior, paro. Justamente los tres síntomas de la crisis actual.

IV

Pero el factor desencadenante de la crisis´ que vivimos se halla en la variación formidable de los precios

relativos que habría de ser una consecuencia directa de los acontecimientos económicos preparados desde

tiempo atrás, pero que hicieron su irrupción en la economía en 1973-74. La economía española vivió

como -todos los países esta peculiar crisis internacional que padecemos. Pero la vivió desde una clara

vulnerabilidad, motivada por la carencia de materias primas y productos petrolíferos y la limitada

provisión existente de productos alimenticios. Considerada desde esta perspectiva, España era quizás el

país europeo, con la única excepción probablemente de Italia, más débil a los vientos críticos que

soplaban desde la economía internacional. Esta situación de partida explica el súbito empobrecimiento de

España frente al resto del mundo, ya que los precios de los productos que teníamos , que comprar no

podían corresponderse con la elevación de los precios de los productos que teníamos que vender. La

marcha de los precios de importación de un lado y los de exportación de otro desde 1974 constituyen una

muestra elocuente de esta debilidad española. Cuando estos precios se observan, en el año 1974, se ve que

se abren como las hojas de una tijera, de forma súbita, cortando dramáticamente en un 20% nuestra renta

frente al resto del mundo.

Este es un hecho básico del que toda consideración de la crisis económica tiene que partir. España se ha

empobrecido frente al resto del mundo y ante este empobrecimiento sólo caben dos actitudes: la primera,

la de aceptar esa variación relativa de precios y cambiar en consecuencia las actitudes y el

comportamiento de la población aceptando sacrificios en el gasto interior que permitan liberar los

recursos precisos hacia sus empleos en la exportación con el fin de liquidar, con equilibrio, nuestras

cuentas exteriores. Una segunda alternativa sería la de negarse a pagar los nuevos precios fijados a las

importaciones con mayores exportaciones. Este objetivo podría tratarse de conseguir disminuyendo

drásticamente las importaciones realizadas hasta el nivel marcado por la nueva capacidad de compra de

nuestras exportaciones tras la crisis energética. Salida más teórica que real, puesto que, como la historia

prueba elocuentemente, España no ha podido nunca sustituir sin grave quebranto, las importaciones que

realiza. Nuestras compras al resto del mundo son vitales para asegurar la continuidad de la. producción y

el consumó .españoles. Cambo afirmó en una ocasión distante y en una intervención inolvidable en el

Congreso de los Diputados, qué los hilos que ligan a´ España, con el resto del mundo no son muchos, pero

son los que mantienen la vitalidad de nuestros procesos de producción. "Cortad las importaciones,

concluía Cambó, y comprobaréis como el pulso económico del país declina hasta el límite de la parálisis".

Desde su tiempo al nuestro, esa dependencia del exterior se ha agudizado y no cabe pensar, en

consecuencia, en que puedan remediarse los problemas de la balanza de pagos con este drástico y

expeditivo procedimiento.

Una última alternativa consistiría en no exportar más, pero manteniendo las importaciones. Alternativa

que equivale a la necesidad de utilizar las reservas o de endeudarse para asegurar el aprovisionamiento

exterior.

Sabemos hoy por cual de estas tres alternativas optó la economía española.

Hay que decir que los españoles nos hemos negado rotundamente a pagar, con la reducción de nuestro

gasto, ese coste necesario de la crisis económica internacional para transferir la producción excedente al

exterior. Los españoles no hemos querido sacrificar con nuestro consumo lo que a España le ha costado la

crisis económica. Todos los grupos sociales han buscado en la elevación de sus retribuciones, de sus

precios, o en las subvenciones y los impuestos del Estado, y el último término, en el endeudamiento a

través del crecimiento del crédito, la fórmula compensatoria necesaría para mantener el ritmo de

crecimiento de sus rentas y de sus gastos en términos reales. El resultado de estas reivindicaciones ha sido

poner en movimiento una espiral de precios ,-rentas-precios, pues toda alza de precios ha generado una

petición de mayores retribuciones, y esa alza de las rentas y retribuciones ha provocado alzas de costes,

traducidas en los precios (cuando las empresas han podido) lo que suscitaba un nuevo crecimiento de las

rentas con lo que el círculo vicioso se continuaba en una escala ampliada. Precios y rentas se han

perseguido constantemente en España en una cadena sin fui hasta el presente, acelerando un proceso

inflacionista en el que todavía estamos.

La cadena del, proceso inflacionista cuenta con un eslabón ´fundamental*´ que incorpora el

comportamiento subjetivo de los españoles ante la crisis. En otros términos, puede afirmarse que los

españoles creemos en la inflación, la marcha de los precios ha arraigado profundamente en todos,

expectativas de precios alcistas. Esas expectativas alcistas sostienen actitudes reivindicativas crecientes

de la población sobre´ sus precios y sus retribuciones, actitudes defendidas con tal ahinco y pasión que

«amenazan la paz social, deterioran diariamente el clima industrial y afecta negativamente a la

productividad, acelerando el paso creciente de los precios. La inflación española de nuestros días se nos

aparece así como un tejido continuo formado por hechos objetivos (que el índice´del coste de vida trata de

medir) y por opiniones subjetivas, de más difícil medición pero perceptibles, que alimentan las

expectativas alcistas y las anticipaciones esperadas de inflación por cada grupo social. Esas anticipaciones

no se quedan en la conciencia de los individuos, sino que sostienen las peticiones de grupo, presionando

al alza precios y costes, convirtiendolo que es un mapa sicológico de opiniones en hechos externos

concretos. La inflación une así hechos objetivos (precios crecientes), opiniones subjetivas (expectativas

de inflación), materializando esas expectativas en peticiones que tienden a vencer, o al menos a anular las

consecuencias del crecimiento del coste de, la vida para cada uno de los grupos sociales. En la medida

que el proceso inflacionista se acentúa, extiende las anticipaciones inflacionistas entre todos los grupos e

intensifica la lucha de éstos por su participación relativa en el producto nacional. Y como cada grupo de

rentas no puede ganar en este proceso de reclamaciones más de lo que crezca la producción nacional y lo

que consiga quitar a las demás rentas, resulta evidente que el ritmo de la inflación dependerá de la tasa de

desarrollo y de la agresividad efectiva y neutralizante que detenta cada uno de los grupos que reclaman y

piden rentas mayores.

Esta raíz subjetiva de la inflación tiene una trascendencia social y política difícil dé. exagerar.

Trascendencia social porque las expectativas inflacionistas crecientes despiertan una lucha entre los

distintos grupos que forman la sociedad que tiene a desintegrar a ésta y a romper cualquier sentido de

solidaridad entre sus miembros. En efecto, los grupos mejor librados en este proceso inflacionista son

aquellos con más capacidad agresiva que consiguen elevar sus retribuciones arrancando una parte mayor

del producto para alimentar sus ingresos, los inversores con más capacidad de especulación son los que

logran multiplicar sus rentas y .sus ganancías. Esos grupos ganadores lo son gracias a vicios y no a vir-

tudes: la agresión económica, la especulación organizada. Y esos vicios que la inflación fomenta porque

son los que detenta los ganadores del alza de precios consiguen su triunfo a costa de los perdedores del

proceso de inflación: los grupos carentes de capacidad agresiva o los inversores que no tiene potencia

especulativa. Las filas de los perdedores se engrosan con personajes que nutren las clases medias del país

(los ahorradores modestos, los pequeños y medianos empresarios, los pensionistas, los jubilados, los

funcionarios, los perceptores de alquileres y rentas fijas). Clases medias patéticamente vencidas no por

una inflación anónima y distante, sino por una ´inflación con nombres y apellidos, personalizada,

disfrutada y, en definitiva, impulsada por los grupos sociales que de ella se aprovechan. Porque los

ganadores de la inflación viven a costa de las clases medias expoliadas gracias a su fuerza agresiva social,

económica o política o gracias a su poder económico que les abre las puertas de la inversión especulativa.

"Hay que decir que los españoles nos hemos negado rotundamente a pagar, con la reducción de nuestro

gasto, ese coste necesario de la crisis económica internacional para transferir la producción excedente al

exterior. Los españoles no hemos querido sacrificar con nuestro consumo lo que España le ha costado la

crisis económica"

Una política económica que asiste pasivamente a este espectáculo y consiente —cuando no alienta— ese

trato profundamente injusto; de los grupos que la constituyen, está sembrado un extenso malestar social y

fomentado una lucha de grupos y clases por trasladar sobre los demás el peso de la inflación. Esta

´hostilidad entre grupos sociales que la inflación genera rompe la solidaridad y cuartea la cohesión del

país, sin cuya concurrencia resulta muy difícil asegurar la paz, civil y mantener una convivencia estable.

La presencia de estos acontecimientos en la sociedad española que están en la raíz de los efectos de la

crisis ha discurrido paralelamente a un agravamiento creciente de la balanza de pagos por cuenta de renta

cuyas liquidaciones deficitarias anuales no han bajado en el último trienio de los 3.500 millones de

dólares, ofreciendo así el mayor déficit continuado de los países europeos por balanza de pagos.

El tercero de los efectos de la crisis, el paro, ha engrosado sus cifras en los tres últimos años, dadas las

tasas de desarrollo de una parte y de otra, la forma elegida por el desarrollo económico y la dinámica de la

población activa determinantes en buena parte del paro estructural, que padecemos; Sin embargo, el paro

más que llegar a nuestra economía como un problema coyuntural y pasajero puede decirse que se ha

instalado para quedarse, porque sus cimientos —como hemos afirmado— son superiores a los que

motivan una crisis coyuntural.

CRITERIOS PARA APRECIAR

LA SUPERACIÓN DE LA

CRISIS ECONÓMICA

Hasta aquí la interpretación de los hechos. Sabemos que estos hechos no han discurrido de forma

satisfactoria. No es aceptable_el jurado intenso y distinto de inflación al que estamos sometidos. No es

financiable a plazo medio el déficit comente de la balanza de pagos. No es tolerable que el paro se mueva

en las cifras actuales con los mecanismos hoy montados para afrontar sus consecuencias.

Esta suma de comportamientos negativos motiva, en todas las instancias sociales, el deseo de articular

medidas, políticas o criterios con los que superar esas realizaciones insatisfactorias que nuestra economía

ofrece.

Cuando los remedios se prodigan, es bueno no dejarse llevar por la hipotética discusión de sus efectos,

sino sentar previamente los criterios que deben servir de contraste práctico para juzgar la eficacia de las

medidas o políticas que se sugieran.

Los seis siguientes parecen fundamentales:

1°. La crisis actual no se superará si no logramos transferir los recursos necesarios a la exportación para

mantener el ritmo de importaciones demandadas por el crecimiento de la producción interna, y si esa

necesaria acción exportadora no se secunda por la máxima economía posible de las importaciones que

hagan financiable el déficit externo a medio plazo.

2°. La crisis actual no sé superará si los precios de la energía no incorporan plenamente los costes

internacionales, de tal forma que impongan a la sociedad española las economías necesarias en sus

utilizaciones.

3°. La crisis actual no se superará, si las expectativas inflacionistas siguen alimentando el crecimiento de

las rentas y de ,las retribuciones salariales por encima de cualquier incremento posible de la

productividad.

4°. La crisis actual no se superará si el reparto de la carga fiscal no contribuye a distribuir, con la

necesaria justicia, el peso del ajuste de la disminución del gasto interno.

5°. La crisis actual no se superará si el sector público en el doble cauce del presupuesto, del Estado y en el

casi semejante de la Segundad Social no economiza gastos con actuaciones eficaces de consecuencias

tangibles reordenando servicios y evitando costes capaces de crear el necesario ahorro público, y

6°. La crisis actual no se superará, si la competencia de los precios del mercado no se extiende a la

mayoría de los sectores de una economía y no disciplina, en consecuencia, el comportamiento de

empresarios y consumidores, forzando el uso más exigente de los recursos económicos disponibles.

Esos seis criterios facilitan las preguntas operativas, las preguntas que hay que hacer para discernir si la

salud económica del país ha mejorado o si las medidas que se proponen para entonarla mejorarán su

vitalidad actual o, por el contrario, empeorarán su futuro. He aquí las preguntas operativas comprometidas

qué deben dirigirse diariamente a la economía del país y a las medidas que se proponen mejorar su

funcionamiento:

• ¿En cuánto ha aumentado la participación de las exportaciones en el gasto nacional?.

• ¿En cuánto se han sustituido las importaciones por la producción interna a precios internacionales?.

• ¿En cuánto se ha reducido el consumo de energía?.

• ¿Cuáles son los precios relativos de la energía que demandamos y consumimos?,

• ¿En cuánto se han incrementado los costes de trabajo por unidad de producto?.

¿Se han eliminado las expectativas alcistas o se han alimentado?.

• ¿Ha mejorado sustancialmente el reparto de la carga fiscal con aumentos significativos en la

recaudación de aquellos impuestos que manifiestan una elevada capacidad de pago?.

• ¿Mejora la cifra de ahorro público efectivamente realizada?.

• ¿Qué economías del gasto público se han conseguido y qué servicios sé han suprimido o

reducido?.

• ¿A qué nuevos sectores se ha extendido la liberación y la competencia?.

Ese cuestionario exigente es el que debe repasar una economía que se halla en una situación crítica. Y si

estas preguntas no tienen respuesta positiva con hechos, no con promesas de futuro, resulta evidente que

la situación crítica continuará.

POLÍTICAS FRENTE A UNA CRISIS

La obligada consecuencia del •discurso anterior, nos lleva frente a una pregunta frontal, comprometida e

inquietante: ¿cómo conseguir respuestas positivas a esas interrogantes anteriores?

VI

En definitiva, ¿qué ´tipo de política y con qué componentes lograra esos frutos, difíciles que deben

madurarse con esfuerzo en los seis puntos desde los que debe contemplarse la superación de la situación

de la crisis económica?.

Se ha dicho públicamente —y creo que se ha dicho con verdad— que la crisis económica española no

tiene la salida simple y sencilla 4? un plan de estabilización semejante a los de 1959 o 1967. Ninguna

alternativa de este tipo permitiría superar la circunstancia económica presente. Los motivos de esta

afirmación se hallan en que la situación actual de la economía española es muy diferente de la que

atravesaba en aquellas dos fechas. La crisis actual, como hemos tratado de probar, es una crisis compleja.

Crisis con extensas raíces internas, exteriores y sicológicas que obligan también a dirigir las acciones

necesarias en esos mismos frentes. Es necesario actuar de forma que puedan serenarse las expectativas

alcistas, de! suerte que se reduzca el déficit energético, de manera que la estructura productiva no siga

agudizando los problemas que padecemos, operando consecuentemente en los terrenos fiscales y

laborales, para conseguir unas medidas que puedan aceptarse como principio de la moderación de las

rentas, generalizando en fin, la libertad y la competencia para conseguir una mejor administración de los

recursos económicos de los que disponemos. Una primera consecuencia se desprende de este

planteamiento: la actuación de la política económica no puede ser simple, sino compleja, y esa

complejidad reclama coordinación y ésta, la técnica necesaria para poderla realizar.

En segundo lugar, la política económica requiere hoy acciones generales y debe desarrollarse con toda

firmeza. La cadena más peligrosa, la más esclavizante de la inflación que ¡padecemos, es la sicológica. Y

ésta difícilmente podrá alterarse sin una actuación de conjunto que despliegue sus elementos integrantes

con la máxima perseverancia. Sin esta política antiinflacionista, sería y general es imposible que el

público crea que la, inflación va a desaparecer y en consecuencia no desligará, como es necesario, las

alzas de precios pasadas de las expectativas de inflación futuras.

En tercer lugar, las actuaciones previstas no pueden ser tan sólo estabilizadoras conforme generalmente se

cree y con insistencia se opina. La política necesaria es una política de estabilidad y de desarrollo que

tiene por, objetivo principal reducir el alza de precios, sanear la balanza de pagos, y lograr una estabilidad

de la peseta. Estos son objetivos prioritarios induscutibles porque España no puede permitirse un ritmo de

inflación situado permanentemente siete puntos por encima del europeo y porque debe pagar una factura

petrolífera indispensable para el funcionamiento de su economía.

Este elemento estabilizador es condición necesaria de la política que precisamos, pero no suficiente.

España demanda urgentemente una actuación enérgica para incrementar las exportaciones y, en

consecuencia, la producción precisa para hacer efectivo ese aumento. Este trasvasé de recursos obliga a

efectuar toda clase de esfuerzos productivos. Por otra parte, es preciso fomentar un proceso de sustitución

razonable de importaciones que aumenten la producción y la ocupación interiores a precios aceptables. Y

en tercer lugar, es preciso remediar el paro con aquellas medidas que inciten las inversiones creadoras de

empleo y ayuden a reestructurar los sectores productivos con problemas, merced al apoyo del sector

público.

Ahora bien, este tercer principio de la política económica necesaria no puede olvidarse, pero tampoco

puede - sobrecargarse en exceso. Una reactivación generalizada que no se limitase a esos sectores,

agudizaría los problemas de la crisis sin resolver ninguno. .

Como ha afirmado Raymond Barre, recientemente, seis acciones distintas deben integrar un , programa

ajustado a los principios anteriores.

1. Reconocimiento de los nuevos precios relativos de la energía y de las materias primas surgidos de la

crisis con el propósito de conseguir la mejor utilización de recursos hoy escasos y caros y de. impedir

cualquier despilfarro en los mismos.

2. Acción sobre la balanza de pagos, tendente a tres finés: facilitar las exportaciones, (definiendo la

política cambiarla y las ayudas directas e indirectas que faciliten el crecimiento de nuestros envíos al resto

del mundo) sustituir las importaciones posibles y articular una política de endeudamiento exterior que

debería formar parte de la política económica general para dar sentido coherente y de futuro al

endeudamiento del país con el resto del mundo.

3. Acción fiscal y monetaria que haga posible crear un clima de disciplina que reclama el

saneamiento de los precios.

4. Actuaciones tendentes a alterar la organización del gasto, público y de la seguridad social que

constituyen, en todos los países latinos problemas prioritarios.

5. Acciones para moderar la evolución de las retribuciones, logrando la aceptación. social, lo que

requiere combinar medidas fiscales con las propias de política laboral.

6. Acción para reducir los factores estructurales causantes de la inflación que derivan, en muchos

casos, de la falta de libertad y competencia que caracteriza el funcionamiento de distintos sectores y que

es necesario corregir.

Es obvio que esa suma de actuaciones necesarias no es fácil de adoptar. Piden poder político y esconden

un crecido coste de impopularidad. Es por ello explicable que la política económica de muchos países se

resista a aceptar esas condiciones y es también explicable que demóre el tiempo de adoptarlas. Sin

embargo, la experiencia comparada muestra que no existe un sólo, país europeo que no haya superado o

.no se debata en el momento presente frente a las exigencias de esta política. Unos países han logrado

superar, con la adopción de planes integrados de esas actuaciones, la difícil circunstancia en la que

vivimos otros países que aún no hemos incorporado a la programación de nuestra economía esas

indicaciones que alcanzan un generalizado consenso técnico actual.

La demora, sin embargo, no solucionará, por sí, misma, los problemas planteados y mucho menos una

reactivación generalizada que no atienda a los frentes de los precios y de la balanza de pagos. Quienes

creen que es posible lanzar la demanda vigorizando, el gasto de consumidores, liberando de la disciplina

de la política monetaria y del crédito, dejándose arrastrar en definitiva por la cuesta abajo de la facilidad

económica, deben responder con qué financiación exterior cuentan y a que nivel comparado de precios

nos llevan.Deben decirnos lo que va a ocurrir con la economía española tras la adopción de esos planes,

dadas sus tasas de inflación y las vigentes en Europa y dado su.déficit exterior y el que se seguiría de una

reactivación generalizada. Deben también, repasar a qué tipo de cambió de la peseta conducirían sus

propuestas. Y una vez que tengamos estas ´respuestas a maño diremos si sus ambiciosos deseos de

expansión económica ´—que compartimos— son coherentes con las dificultades económicas de España

en el momento presente.

"La cadena del proceso inflacionista cuenta con ,su eslabón fundamental que incorpora el

comportamiento subjetivo de los españoles ante la crisis. En otros términos, puede afirmarse que los

españoles creemos en la inflación, la marcha de los precios ha arraigado profundamente en todos,

expectativas de precios alcistas "

Quizá la política económica del^Gobierno situada entre estas dos alternativas de una- acción generalizada

y políticamente costosa para afrontar la situación de la crisis y de una reactivación incoherente con las

dificultades del momento, siga esa línea media a la que hoy apuntan las distintas afirmaciones oficiales;

Conseguir un crecimiento modesto, sin empeorar los desequilibrios. Las dificultades de esta política son,

sin embargo, claras, porque incluso la tasa más divulgada de crecimiento económico para la España actual

—un 3%/3,5% del PNB—´es,´pese a.su modestia, difícil de conseguir, Y lo es porque su realización

efectiva pide un conjunto de importaciones que no deben superar el 3% en su crecimiento, respecto de las

cifras de 1976, mientras que las exportaciones deben situarse muy por encima de sus valores de 1976 —el

9%—. Conseguir esto en un mundo cuyo comercio internacional proyecta incrementar sus intercambios

en el 6,5 en, el próximo ejercicio no será labor sencilla. Tampoco lo será el mantener las tasas de

consumo al nivel previsto y él de precios disminuyendo en dos o más puntos las tasas registradas en el

ejercicio de; 1976. En suma, ese aireado cuadro económico debe contar para su realización efectiva con

un esfuerzo considerable que.´ debe hacer valer la política económica. Es de esperar que esta política

económica se articule con buena´ técnica, se ejecute con firmeza y cuente con el favor de la fortuna para

superar las que estimo dificultades claras de la prudente opción de la política gubernamental para situar a

la economía del país sin graves quebrantos en sus desequilibrios fundamentales en la fecha de las

elecciones. Pero entonces volverá a plantearse de nuevo el irrenunciable ajuste de la economía española a

la crisis y las consideraciones anteriores deberán cobrar, como lo han hecho en otras economías, todo el

peso e importancia que debe concedérseles.

En cualquier caso, creo que dos conclusiones fundaméntales se desprenden de cuanto se ha expuesto

hasta aquí.

Es la primera el que la lucha contra la inflación, el desequilibrio exterior y el paro no constituyen un

problema pasajero que afecte solamente al Gobierno. Es un tema en el que estámos todos implicados, no

solamente porque padezcamos sus consecuencias, sino porque nuestras propias conductas son muchas

veces la causa de esos efectos. Si España desea construir un orden económico estable, sus. ciudadanos

deben estar: dispuestos a aportar transigencia, sacrificio, sobre los cuales´ apoyar una política económica

constructiva.

Por otra parte y en segundo lugar, es evidente que el problema económico de España para bien o para mal

no podrá separarse del político. La división ideal y deseada según la cual, de un lado cae la economía y de

otro la política, no puede aceptarse. La economía es política. Y por tanto, el planteamiento y la solución

de los problemas económicos pueden aplazarse temporalmente, incurriendo, por supuesto, en

apreciables. Pero no pueden olvidarse en la construcción de un orden apolítico, ya que si esos problemas

económicos, no sé plantean y resuelven, será el propio orden político el que arriesgará su continuidad y su

atractivo como meta de la sociedad. Porque lo entiendo así he querido repasar a lo largo de la.

exposición anterior como veo los problemas económicos de España y he tratado de definir unas

alternativas y unas soluciones con las que abrir las puertas del futuro a la. sociedad española, para que.

ésta recorra un camino que exige sacrificios, pero en cuyo final esta también el progreso y la esperanza.

" Es necesario actuar de forma que puedan serenarse las expectativas alcistas, de suerte que se reduzca el

déficit energético, operando en los terrenos fiscales y laborales, generalizando en fin, la libertad y la

competencia para conseguir una mejor administración de los recursos económicos de los que

disponemos"

 

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