Autor: Calleja, Juan Luis. 
   Se busca partido     
 
 ABC.    26/02/1977.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

FIRMAS EN ABC

SE BUSCA PARTIDO

DICHO muy deprisa, un partido es un grupo de aspirantes a gobernar que nos promete la

bienaventuranza, a cambio de nuestro voto. Lo decía D´Alembert, de otra manera: «La política

es el arte de engañar a los hombres.»

Al fundarse, el partido elige un nombre que adelanta su programa con dudoso éxito descriptivo.

Quisiera uno saber, por ejemplo, qué diferencias hay, a primera vista, entre un socialista

popular y un socialista histórico, o en qué puede distinguir, el poco enterado, el «Partido

Popular», de «Alianza Popular»; y los liberales de izquierdas, de la izquierda democrática; o

cómo entienden muchos a los centristas empeñados en descentralizar, a los extremistas en

convergencia y a las concentraciones de divergentes. Como no se bauticen todos con más

nitidez, el lio que resultará de las elecciones será poco «indicativo» de las ideas del pueblo.

Los vocablos políticos, de goma y acomodaticios, ensanchan, encogen y hasta ocultan lo que

sugieren. Hacerse autorretratos con esa clase de pintura complica el ya difícil trabajo de

hacerse entender sin anfibologías.

«Comunista», diríamos, sugiere que el que así se llama proyecta hacernos felices poniéndolo

todo en común, lo suyo y lo nuestro; pero como no escasean los comunistas que hacen dinero

y lo legan a la familia, y no precisamente a la de usted, aquella acepción se desdibuja.

«Conservador» hace pensar, a algunos, en un tipo rico y pudibundo; sin embargo, conocemos

tantos conservadores a la cuarta pregunta y tantos con vocación ejercitada de Juerguistas, que

lo mismo podría significar «pobre y disoluto». Pues, ¿y «Liberal? ¿No ha conocido usted

liberales intransigentes que se creen con derecho a imponer sus opiniones con ninguna

tolerancia para las ajenas?

Una cosa es exigir la libertad y otra, que puede ser muy diferente, el espíritu liberal. La libertad

absoluta consigo mismo es el absolutismo de más de un liberal, palabra noble inventada por el

genio castellano y de las peor aplicadas. El que es liberal, consigo, resulta casi siempre un

déspota. En cambio, el que se domina hasta tiranizarse sale, muchas veces, liberal con los

demás.

•Para hacerse entender algo mejor, los partidos amplían la información de sus nombres con

programas. «Mire usted —nos dicen—, con su voto yo seré su apoderado, o sea, tendré el

Poder. Si usted me da el Poder yo le pagaré con lo siguiente: mi Programa.»

Lo malo es que el Programa también se compone de palabras. Y no las miden bien. Unas, por

demasiado grandes y por muy concretas: abolición de la propiedad, nacionalización dé la

industria eléctrica o de la banca, divorcio, aborto, separatisimo... son palabras enormes, mucho

más repetidas que estudiadas. Ni uno de los que propugnan de buena fe el divorcio para

arreglar conflictos ha caído en la cuenta de que el divorcio crea muchísimos más problemas de

los que resuelve; crea, por ejemplo, más divorcios. Y hay, también, palabras inmensurables,

por abstractas, que estimulan ia imaginación y a nada comprometen: libertad, democracia,

bienestar, representación, voluntad general; pero los partidos las manejan, como si tal cosa, al

prometernos la ventura.

Supongamos que nosotros queremos fundar un partido para, naturalmente, hacer felices a

todos los españoles. Primera pregunta que deberíamos plantearnos: ¿Qué hacer con los que

sólo son felices haciendo desgraciados a ios demás? Pues, una de dos: o dejarles jorobar al

prójimo o prohibírselo y fastidiarles. En cualquiera de ambos casos, habríamos fracasado nada

más empezar, porque ya tendríamos a la vista un lote de españoles infelices. Entonces nos

retiraríamos a las posiciones previstas por el Mando de nuestras meditaciones y dejaríamos el

Programa inicial en una línea menos ambiciosa, pero aún complicada: hacer felices a los que

no desean molestar y preparar otro programa para los chinchosos. ¿Qué programa? ¿El

ostracismo? ¿El sanatorio? ¿La cárcel? ¿La libertad en observación? ¿La vigilancia automática

de la antipatía social? Tal vez. ¿Y

cómo se regularía eso? ¿Debería regularse?

Bueno: dejémoslo, que, aun a este nivel infantil, podemos complicar la vida de un pobre articulo

de periódico. Pero, al menos, hemos vuelto a recordar que ´la felicidad general es un cuento

politico que no debemos creer cuando nos piden el voto ni podemos hacer creer si fundamos

un partido, a menos que queramos engañar.

Sin embargo, la mayoría de los partidos parecen creerlo o intentan hacérnoslo creer. Cometen

la estupenda inepcia de criticar a quien no produce soluciones definitivas y caen en el

megalómano orgullo de prometerlas.

En la vida no hay soluciones definitivas porque la vida es una sucesión de problemas que sólo

cesa com la muerte del individuo, de la sociedad o de la civilización. Y no es ésa la única

dificultad de altísimo bordo. Hay otra: asi como el Verbo estuvo entre los suyos y no te

conocieron, así la Felicidad anda por este mundo y tampoco la reconocemos. Los gritos más

agudos de descontento surgen de gaznates hartos. Fue lo que les pasó a Adán y Eva. Ellos

organizaron la primera revolución contra el Poder Constituido aunque vivían en el auténtico

Paraíso. Lo he dicho muchas veces, pero no veo por qué no voy a repetirlo.

Por todo esto, nos gustarla poner un anuncio en la sección «Pérdidas» que empezara: Se

busca Partido». Un partido que resultara comprometido por su propio nombre, bien definido,

incapaz de desorientar a los que no piensan como uno, para evitar desengaños. Nada de

«liberal», de «conservador», de «centro», de «izquierda», de «derecha» ni otros apellidos. Un

partido de la Paz, el Orden, la Familia y el Trabajo. Un partido que no quiera convertir España

en Dinamarca, en Inglaterra ni en Rusia, sino lograr que España sea España, con el respeto

alcanzable en el mundo. Un partido que presentase la Ley de Dios como fundamento de las

leyes. Y un partido que supiera escribir. En política sólo escribe bien el que explica lo que va a

hacer, por qué lo va a hacer y... cómo lo va a hacer.

A cualquiera se le ocurre, por ejemplo, incluir en su Programa el punto de un Ejército

modernísimo, muy reducido y temible. Tampoco es difícil explicar por qué. Pero, si no nos

aclaran cómo se haría, con qué y a costa de qué, este punto significa muy poco.

También es fácil proponer la Cultura o la Libertad. Pero el Partido de mi anuncio habrá de

explicar qué entienda por Cultura y por Libertad, No fue a un librepensador a quien Europa oyó

decir por vez primera que toute la dignité de l´homme est en la pensée, sino al espíritu grande,

humilde y obediente de Blas Pascal. La cultura por la cultura no es un ideal indiscutible; puede

consistir en una pedanteria congénita que haga de los hombres estúpidos archivos vivientes.

Toda la dignidad del hombre está en el pensamiento, desde luego; pero la cultura

desenfrenada, o el desenfreno vestido de cultura, no es pensamiento, sino la confusa

encrucijada por donde algunos quieren llevarnos al estupor hipnótico, a la abulia espiritual y a

la esclavitud.

En fin: se busca partido que descarte las grandes palabras; que se proponga pensar y obrar en

cristiano; enamoramos a todos dé España; formar hombres y mujeres; instruirlos bien, luego de

educarlos mejor; hacerles capaces de escuchar al prójimo; defender sus familias y lo que hace

las familias; gobernar en paz, con justicia, en orden; exigirse y rendir cuentas; y explicar lo que

va ha hacer, por qué lo quiere hacer y cómo piensa hacerlo.

Si lo hay tendrá nuestro pobre y apenas ilusionado voto.

Juan Luis CALLEJA

«Para hacerse entender algo mejor, los partidos amplían la Información de sus nombres con

programas. "Mire usted nos dicen, con su voto yo seré su apoderado, o sea, tendré el

Poder. Si usted me da eI Poder yo le pagaré con lo siguiente: mi Programa".»

 

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