Autor: Sopeña Ibáñez, Federico. 
   Prieto-Bretón     
 
 Informaciones.    14/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

PRIETO-BRETON

Por Federico SOPEÑA IBAÑEZ

SIEMPRE he creído que el Julián de la Verbena de la Paloma venía de personaje real. Es verdad que

todo el género chico es retrato y caricatura, retrato y critica de la sociedad en torno, pero ese personaje

tiene una especial fuerza. Canta su amor, canta sus celos, pero en su rabia hay hermosa protesta, cuando

en la más valiente frase de la obra se queja y vitupera a la vez: «También la gente del pueblo tiene su

corazoncito y lágrimas en los ojos y celos mal reprimidos.» No es arbitra ria, ni mucho menos, la

referencia a Pablo Iglesias. En el general analfabetismo de los obreros de aquella época, el obrero del

«arte de imprimir» bello nombre desmentido por la realidad de hoy era una excep ción: tenía que

saber leer y comprender, y, por eso, Pablo Iglesias, como Julián, podían ganar «cuatro pesetas y no deber

ná». Un retrato divertido y cruel a la vez de ese mundo nos lo da, ¿cómo no?, Galdós en «La

desheredada». No es azar, sino estricta lógica cue el Partido Socialista tomara cuerpo en ese mundo. No

es azar tampoco que Bretón se metiera tan a gusto en una obra que, en principio, no era para su música

Bretón, nombre de carácter muy áspero, profesaba con violencia verbal un exaltado humanismo: si como

hombre de buena cultura era capaz de cartearse y sin psicología de párvulo con don Miguel de Unamuno

también era capaz de contribuir con exaltación de «liberal socializante» en el homenaje a «Oligarquía y

caciquismo», de Joaquín Costa, exaltación que raya con la caricatura al echar la culpa de todo al Papa. No

olvidemos, sobre esto he de volver, que Pablo Iglesias era asiduo concurrente al teatro de género chico.

La diferencia entre la clase media del «quiero y no puedo» y el artesano, se marca a la hora de elegir la

diversión preferida, pues aquélla se va al paraíso del teatro Real a fingir lo que no tiene «Tanto vestido

nuevo, tanta parola y el puchero en la lumbre con agua sola» retrata y canta Chueca, mientras que los

otros son asiduos al «teatro por horas».

Aparece Indalecio Prieto en sus «Memorias» como puntual tarareador de ese género chico y de ahí

podemos tirar del hilo para estudiar su peculiar humanismo y su postura muy singular ante el mundo de la

cultura. Baste por ahora recordar con gratitud de musicólogo su definitiva confirmación de mis sospechas

acerca del «realismo» de Julián Prieto, periodista nato, conocía muy bien el mundo de los cajistas y por

eso tenia como muy preferida la obra de Ricardo de la Vega y de Bretón. La cita que doy está un poco

como escondida en su famoso artículo titulado «Un capitalista esquirol» «Aunque Ricardo de la Vega nos

familiarizó en "La verbena de la Paloma" con Julián, cajista tan noble como impetuoso, he conocido y he

sufrido a bastantes con el buche lleno de alacranes. En honor del gremio he de decir que el Julián de los

"celos mal reprimidos" no nació en el magín del ilustre sainetero, si no que tuvo existencia real. Un cajista

incompleto o "medio oficial" según se denomina a quien, pasando de pinche, todavía no se apaña bien

para ajustan líneas en el componedor, solía llevarle las pruebas de sus versos festivos a Ricardo de la

Vega Viéndole taciturno y afligido, le preguntó don Ricardo la causa y el muchacho quiso descargarse de

congojas contando el desvío de su novia, el amparo celestinesco de una tía marrullera y el asedio amoroso

de un vejete Asi nació "La verbena de la Paloma".» Me interesa puntualizar que no conocía esa cita

porque casi literalmente esta, en una carta a Gregorio Marañón, cuyo epistolario integro será, si se

publica, una fuente valiosísima para la historia de nuestro siglo. Esa puntualizaron me lleva a algo que es

superior al recuerdo; ese liberalismo «socializante» o ese socialismo «humanista» de tan estricta

actualidad, fue diálogo personal, vivo, luego epistolar entre el liberal Marañón y el socialista Prieto.

Evoco con mucha emoción lo que era en la tertulia de Gregorio, mientras él iba y venía de sus enfermos

desde la consulta a la sala, la lectura, el comentario de las cartas de Prieto desde Méjico, cartas no

clandestinas, que leía y copiaba la censura, que pasaban al Pardo y que el Pardo, indirectamente,

solicitaba si alguna había llegado de matute. Recuerdo con especial emoción cómo una de esas cartas fue

leída casi en público en el seudosalón de la iglesia de la. Ciudad Universitaria; un párrafo pasó a

multicopista y a predicación, inmediatamente denunciada con grandísima cólera de Gregorio, al que sólo

le faltó subir a predicar también. A la salida, ya calmado, el Gregorio «trapero del tiempo» hacia dos

huecos en la semana, uno para Beethoven y el otro para «La verbena de la Paloma»: no era disparatada la

juntura, recordando, con insistencia, que si la gran música la oímos como «actual», la ligera, cuando es

muy auténtica, tiene una extraordinaria capacidad de evocación histórica, y, en este caso con fondo de

arrolladora simpatía.

 

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